El primer hombre en el espacio fue el cosmonauta Yuri Gagarin a bordo de la nave Vostok 1. Despegó desde la plataforma de Baikonur el 12 de abril de 1961 y su periplo alrededor del planeta duró 108
minutos. Cuando se habla de la carrera espacial, se piensa en
la lucha que mantuvieron los Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética
por convertirse en la primera potencia capaz de llevar un hombre a la Luna. Sin
embargo, no fueron los únicos países que durante la Guerra Fría se lanzaron a
la conquista del espacio.
A comienzos de la década
de los 60, Zambia también desarrolló su propio programa espacial. Su objetivo
era enviar un cohete a Marte, tripulado por doce astronautas y dos
gatos. La iniciativa fue ideada y puesta en marcha en 1962 por Edward
Makuka Nikoloso, un profesor de ciencias y activista político que fundó la
Zambia National Academy of Science, Space Research and Philosophy.
Para
poder llevar a cabo el proyecto, Nikoloso construyó un centro de entrenamiento
cerca de la capital del país, Lusaka. En esas instalaciones, mientras los
futuros astronautas recibían consignas tan disparatadas como no forzar la
conversión al cristianismo de los habitantes marcianos, otros operarios se
encargaban de construir artesanalmente la nave que debería llevarlos hasta el
planeta rojo, que sería impulsada con un sistema derivado de la catapulta. Como
es lógico, el gobierno de Zambia no puso demasiado interés en esta alocada
iniciativa, así que Nikoloso solicitó siete millones de libras a la UNESCO para
afrontar los costes de su programa espacial. El dinero nunca llegó y el
proyecto fue abandonado cuando Matha Mwambwa, la primera mujer de raza
negra que debía llegar a Marte, quedó embarazada y abandonó el programa junto con sus gatitos.
Pese
a la evidente inviabilidad del proyecto, el profesor Nikoloso nunca reconoció
que su idea era una utopía. Al contrario, llegó a escribir artículos de prensa
en los que la defendía, a la vez que aseguraba que los rusos y americanos
espiaban su trabajo y planeaban robarle a la chica astronauta con el objetivo
de frustrar su proyecto.
Existen otros nombres perdidos entre los pioneros soñadores del espacio y el primero de ellos tendría que ser Wan Hu, funcionario
imperial de la dinastía Ming en el siglo XVI. Wan Hu estaba obsesionado con las estrellas y elucubró la idea de alcanzarlas inspirado en los fuegos artificiales. Tras
hacer los oportunos cálculos y estudios, construyó una nave espacial en la que,
visto el diseño, no contempló el viaje de regreso. La nave en cuestión era un
tabla de madera sobre la que fijó una silla que sería propulsada por los 47 cohetes de pirotecnia más grandes que pudo conseguir.
El día del lanzamiento se vistió con
sus mejores galas, se subió a la silla y dispuso a 47 ayudantes, uno por
cohete, para que prendiesen la mecha al mismo tiempo. Wan Hu dio la orden,
encendieron los cohetes y se retiraron… tras una gran explosión, y cuando el
humo se disipó, comprobaron que la nave y Wan Hu habían desaparecido. Nada se
volvió a saber de él, nadie ha podido comprobar que no llegó hasta el
espacio, de modo que los anales deben registrarlo como el primerísimo viajante del cosmos.
Fuentes: Historias de la historia, NASA.
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