viernes, agosto 26

Historia de malvados e idiotas

De vez en cuando viene bien saber que un sujeto de a pie es capaz de asestar un golpe que ponga en serios predicamentos a cualquier mastodonte del mundo. No es que uno le perdone el pecado al tramposo más pequeño, pero resulta inevitable conmoverse, aún en el juego de las deslealtades, ante el tesón de cualquier David que se plante delante de Goliat.

Microsoft afronta una demanda por 500 mil millones de dólares hecha por un usuario de la Xbox Live llamado David Stebbins, quien aprovechó los vacíos legales de los términos del servicio para reclamar esa suma. Stebbins cambió unilateralmente el 6 de mayo el contrato que lo unía al servicio online argumentando que el texto "no especifica que el usuario no pudiera modificarlo”. Según la compañía, los daños y perjuicios ocasionados por Xbox Live no excederán, en ningún caso, un mes de cuota (cinco dólares), pero Stebbins colocó una "letra pequeña" en la cual indica que la aceptación y posterior renovación del contrato por el servicio de Xbox Live, deberá acompañarse USD 500.000 millones, desembolsado por Microsoft para el usuario.

Tras recibir la notificación, Microsoft debía haber rechazado el cambio y terminado su contrato con Stebbins tras diez días. Pero al no hacerlo, se da por descontado que aceptó la modificación, siguiendo la misma lógica que usan las compañías con los consumidores: si se notifica a un cliente los cambios en los términos del servicio y el usuario sigue haciendo uso del mismo, se asume que el cambio ha sido aceptado.

El 18 de mayo, dos días después del plazo de Microsoft, Stebbins presentó una demanda en la que reclama los 500.000 millones de dólares. Asegura que en el nuevo contrato incluyó una cláusula que establecía que si Microsoft no contestaba en 24 horas, automáticamente ganaría. El gigante de Redmond ha guardado silencio hasta ahora, quizá para no desatar una ola de "aprovechamientos masivos".

Como en otros casos, detrás de cualquier fraude hay una alta dosis de codicia. Cuando es una empresa la que lidera la estafa, la pérdida de confianza precipita su descalabro. Los casos de Enron y Worldcom son ilustrativos. No había crisis ni nada a inicios de siglo, simplemente fueron las operaciones marcadas por la ambición y el presentimiento de que todo iba a ir bien en los años venideros las que decidieron la debacle. “La codicia es buena”, diría Gordon Gekko, el memorable personaje de Wall Street. Pero si detrás del escándalo sólo aparece una persona, la justicia suele ser más severa y las empresas menos comprensivas.

La historia de Stebbins recuerda un viejo caso que se traía a colación en las clases de Persuasión y propaganda de la universidad: un tipo pone un aviso en el diario que tiene como único texto "Último día para mandar su dólar" junto a una dirección de P.O. Box. El anuncio se reprodujo muchas veces en distintos estados de Norteamérica. Al cabo de un tiempo, el fisco denunció al autor del aviso por estafa, sin embargo, la justicia debió dejarlo libre, apenas con un jalón de orejas y la advertencia de no volver a hacerlo. Al tipo no pudieron acusarlo de nada, pues "no había ofrecido nada a cambio", se tomaron los masivos e inconscientes envios de un dolar como responsabilidad de los anunciantes, que lo hicieron libremente y sin coacción o promesa alguna.

Existen dos partes en este tipo de historias: los malvadamente listos y los tiernamente idiotas.

viernes, agosto 19

La originalidad de los apócrifos

La naturaleza de la creatividad ha sido largamente estudiada y, aunque es aún poco lo que sabemos de ella, al parecer se trata de un misterioso talento para reordenar ciertos elementos que ya estaban presentes, pero de una manera diferente, lo cual produce un efecto inesperado y, en algún sentido, valioso. Un producto original nunca procede de la nada. Por eso, aunque no se puede predecir su aparición, siempre se puede explicar retrospectivamente de dónde salió. Lo difícil de explicar, sin embargo, es la manera cómo la creatividad misma opera. ¿Qué sucede en alguien que tiene un chispazo de originalidad? ¿Cómo es que sobreviene una idea, un rapto, una intuición que a nadie se le había ocurrido y que uno mismo no entiende de dónde pudo provenir? ¿Hasta qué punto es voluntario o producto del azar?

Desde los orígenes de la modernidad, en el siglo XVI, se suele asumir que explicar algo es encontrar las regularidades que gobiernan su comportamiento. Así, por ejemplo, explicamos el clima si podemos conocer las leyes que lo gobiernan, prediciendo su comportamiento futuro. Pero según ese principio la creatividad sería por definición inexplicable, pues creativo no es el que sigue eficientemente un conjunto de pautas establecidas, sino quien tiene la habilidad para modificarlas o inventar nuevas. No hay fórmulas que nos digan cómo debemos crear nuevos cánones, pues si las hubiera los genios solo tendrían que seguir un manual.

Mozart creó nuevas reglas de composición para su época. Picasso introdujo estrategias de dibujo que nadie había imaginado. Einstein ideó una manera de entender el universo en base a criterios hasta entonces inconcebibles. Wittgenstein sugirió una manera de abordar los problemas filosóficos que no estaba prevista en la tradición. En todos estos casos se pueden rastrear las influencias previas, pero el producto creativo es mucho más que la suma de sus antecedentes pues, siendo un reordenamiento de piezas que ya estaban sobre el tablero, se trata de un nuevo orden que a nadie se le ocurrió fuera posible.

La originalidad parece un misterio todavía insondable y posible solo en los remotos parajes de la psiquis y los procesos químico eléctricos que se dan en nuestro cerebro. A lo original se opone, por definición, la copia, lo apócrifo, y de eso creemos saber un poco más: se han establecido leyes, procedimientos, sanciones y demás, pero igual que los recovecos de nuestro cerebro, la sociedad humana también es insondable en misterios y sorpresas sobre este tema.

Galeano versus Galeano


En una biblioteca universitaria de Estados Unidos, Eduardo Galeano se enteró de que era autor del prólogo de un libro de Nahuel Maciel, publicado en Buenos Aires por las ediciones El Cronista. Como nunca escribe prólogos, el asunto le llamó la atención. El prólogo, firmado por Eduardo Galeano "en Montevideo, a los 76 días de 1992", comienza advirtiendo "es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña". Y a continuación, el enseñante enseñado se deshace en elogios con un estilo inflado por las citas ilustres y el noble sentido de la gratitud. Aunque ya había pasado algún tiempo desde la publicación, Galeano decidió recurrir a la justicia. Hizo la denuncia penal en Buenos Aires pensando que el sentido común tenía algo que ver con el derecho, pero los representantes de la ley lo sacaron del error: el fiscal consideró que ese prólogo no contituye propiedad literaria digna de protección, puesto que Galeano nunca lo escribió, y el juez puso punto final al malentendido al esablecer que no existe defraudación por cuanto el prólogo no perjudicaba su patrimonio. A Galeano no le quedó más que respetar a la justicia y hacer de tripas corazón; quizá algún día se convencería de que ese prólogo espantoso era suyo, y quizá un día también llegara a quererlo. Ya le había pasado algo parecido con la Enciclopedia Larousse. Allí figura con una fecha de nacimiento, 1920, que le agrega veinte años de vida. Pidió que corrigieran la errata y en una edición posterior le hicieron una rebajita y pasó a nacer en 1924. Su papá, su mamá y sus documentos aseguran que nació en 1940, pero es tanto su respeto por la Larousse que Galeano ha empezado a padecer los achaques de la edad que le atribuyen.

También hay formas originales de ser apócrifos.


La verdad de las mentiras

Hasta marzo de 2010 el historial de Tomasso Debenedetti parecía perfecto, publicaba sus “entrevistas exclusivas” con grandes literatos, algunos de ellos autores de best sellers, en periódicos de las provincias italianas que publicaban sus historias sin verificar si las entrevistas a literatos de primer nivel eran reales. Hasta que Philip Roth descubrió el teatro cuando una reportera le preguntó por unas declaraciones que él jamás había hecho. Así, Roth descubrió que no sólo él había sido falsamente entrevistado por Debenedetti, sino que eran muchos escritores de todas las tallas y tamaños los que supuestamente habían sido "reportados" por el italiano.

Tomasso Debenedetti nunca temió ser descubierto ni demandado. Si al dramaturgo Derek Walcott lo presentó aterrorizado al otro lado del teléfono el día del terremoto de Haití; a Philip Roth lo puso a decir cosas terribles contra Obama, al grado de que lo puso como “antipático, además de ineficaz y deslumbrado por los mecanismos del poder”; mientras tanto, al escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II lo suplantó para escribir una carta en la que dice que a pesar de ser ateo y marxisma lo emocionaba la visita del Papa a España y las manifestaciones de los jóvenes.

Pese a ser considerado uno de los grandes impostores de los tiempos modernos, este profesor de italiano y de historia que da clases en un instituto de educación básica, mantiene el humor y ha prometido seguir con sus juegos. “Creo que he inventado un género nuevo y espero poder publicar nuevos falsos en mi web, y la colección en un libro. Por supuesto, con prólogo de Philip Roth”. Fiel a su promesa, a finales de febrero de este año abrió en Facebook la falsa página de Mario Vargas Llosa, donde hizo declaraciones polémicas suplantando al Premio Nobel de Literatura. Su intención, ha declarado, es “animar a la gente a reflexionar sobre la débil frontera que divide a la verdad de la mentira en el sistema de la información actual”, e incluso dijo que todo es posible y creíble en las redes sociales.

El camino de la verdad está empedrado de mentiras, dijo un historiador.

sábado, agosto 6

El genio desconocido

Una serie de libros radicales, obsesionados con la crueldad, la soledad, el miedo, la superstición y la muerte, aparecieron en Alemania en la década de 1920. El más celebrado, El tesoro de la Sierra Madre. Su autor: un tal B. Traven, de quien apenas se sabe que vivía en México pero rehusó dar fotografías o material biográfico a sus editores. Esto sólo azuzó el apetito de periodistas e historiadores literarios, pero sólo en 1990, 21 años después de su muerte, su viuda Rosa Elena Luján reveló algunos datos que trajeron cierta luz a muchas partes oscuras de su secreto. Según ella, el novelista fue Ret Marut, actor convertido en revolucionario, obligado a huir en 1919 de Alemania al fracasar una rebelión en Munich. Con uno de sus muchos seudónimos, Hal Groves, fue contratado por el director John Huston como asesor técnico para filmar El tesoro de la Sierra Madre en 1947. En un pasaporte mexicano de la década de 1950 figuró como Traven Torsvan, nacido el 3 de mayo de 1899 en Chicago, de origen noruego. Al novelista también le gustaba decir que era hijo ilegítimo del emperador Guillermo II. Como Ret Marut sólo puede ser rastreado hasta 1907, la revelación de la señora Luján deja sin respuesta una pregunta debido a la inconsistencia de los datos cronológicos: ¿quién era B. Traven antes de ser Ret Marut?

Pocos conocen de Traven/Marut y por eso puede que apenas califique de curiosidad, pero un misterio similar envuelve a William Shakespeare. Las obras del dramaturgo inglés son tan sólidas y duraderas que se ha dudado de que provengan de una sola persona, especialmente alguien con tan poca formación como un desconocido actor de Stratford-upon-Avon, un pueblo de 20 mil habitantes a 34 km de Birmingham, Inglaterra, en cuyo archivo parroquial figura, escrita en latín y fechada el 26 de abril de 1564, una anotación sobre el bautizo de "Gulielmus, filius Johannes Shaksper": William, hijo de John Shakespeare. William fue el tercero (y primer varón) de los ocho hijos que tuvieron Mary Arden y John Shakespeare, un guantero y ocasionalmente funcionario local. Posiblemente nació 2 o 3 días antes de su bautizo. No se sabe nada de la educación de William, pero se supone que asistió a la primaria de Stratford, donde se estudiaba en latín. Su formación tal vez incluyó asistir a la iglesia y estudiar la Biblia intensivamente. A fines de noviembre o inicios de diciembre de 1582, Shakespeare tenía 18 años y casó con Anne Hathaway, hija de un próspero granjero y ocho años mayor que él. Seis meses después tuvieron a su hija Susanna y en febrero de 1585 tuvieron gemelos: un varón, Hamnet, y otra niña, Judith. Desde entonces y hasta 1592, en que aparece en Londres como actor famoso y exitoso dramaturgo, no se sabe nada de William Shakespeare.

Con sus intrincadas tramas y personajes, las obras de Shakespeare exploran las emociones humanas en toda su profundidad y revelan el conocimiento que tenía el autor sobre historia, literatura, filosofía, derecho e incluso etiqueta cortesana. ¿Dónde aprendió este campirano la forma en que hablaban los aristócratas y los abogados? ¿Es posible que el actor prestara su nombre a un importante y erudito funcionario que quiso mantener en secreto la autoría de sus obras? En 1781, un clérigo inglés Ilamado J. Wilmot, tras revisar los archivos de Stratford, llegó a la asombrosa conclusión de que un hombre de la extracción de Shakespeare no tenía la educación y experiencia necesarias para escribir tales obras.

Wilmot no quiso publicar su tesis y quemó sus notas, pero confió sus sospechas a un amigo. Esta conversación no se publicó sino hasta 1932. Mientras, en el siglo XIX, académicos ingleses y norteamericanos plantearon teorías similares. Uno de ellos, William Henry Smith, propuso en 1856 a Francis Bacon como autor de las obras. Este ensayista, filósofo y estadista fue un alto funcionario de Jaime I, sucesor de la reina Isabel, quien lo promovió a un rango de nobleza. Los académicos de ambos lados del Atlántico se abalanzaron sobre la hipótesis de Smith y produjeron una avalancha de argumentos y documentación para sustentarla. Los baconianos, como se les llamó, señalaron que Francis Bacon tenía las cualidades de las que carecía el actor: educación clásica, un puesto en la corte y sólidos conocimientos de derecho. Pero para infortunio de la teoría, a Bacon no le importaba el teatro y no se sabe de ningún verso libre escrito por él. A su turno, Calvin Hoffman afirmó en 1955 que el autor de las obras de Shakespeare fue el dramaturgo isabelino Christopher Marlowe, quien en 1593 afrontó la prisión e incluso la muerte por sus opiniones heréticas. Según la teoría de Hoffman, Marlowe fingió su propio asesinato en una taberna al sur de Londres, siendo la verdadera víctima un marino extranjero, y después huyó a Europa, donde siguió escribiendo la clase de obras que ya le habían ganado fama en Londres y las enviaba a Inglaterra para ser producidas bajo el nombre de Shakespeare.

Otros investigadores creeb que no fueron Bacon ni Marlowe, sino un noble que consideraba indigno escribir teatro o que temía el enojo real por expresar en público sus opiniones políticas. Los candidatos aristócratas, todos ellos más o menos contemporáneos de Shakespeare, son: William Stanley, sexto conde de Derby; Roger Manners, quinto conde de Rutland, y Edward de Vere, el famoso decimoséptimo conde de Oxford. Aunque lord Derby se interesó mucho en el teatro y escribió algunas obras, cabe hacer notar que vivió 26 años más que Shakespeare y en ese lapso no se publicaron más obras shakesperianas. En lo que respecta a lord Rutland, éste tenía apenas 16 años de edad en 1592, año en que por lo menos tres obras de Shakespeare ya habían sido escritas y producidas. Por su parte, lord Oxford murió en 1604, mientras que obras maestras de Shakespeare como El rey Lear, Macbeth y La Tempestad aparecieron una tras otra hasta 1612, año en que se piensa que Shakespeare inició su retiro en Stratford.

A pesar de las intrigantes especulaciones acerca de un autor secreto que se ocultó tras el nombre de un rústico actor, hoy casi todos aceptan a William Shakespeare de Stratford-upon-Avon como el verdadero autor de las obras que se le atribuyen, pese a las posibles contradicciones. Su legado es tal vez el más rico del mundo: 37 obras de teatro, 154 sonetos, dos poemas narrativos y varios versos. Sólo dos de estas obras son irrefutablemente auténticas; no hay cartas o diarios que revelen sus sentimientos personales; de su puño y letra sólo existe una variedad de firmas garabateadas y 147 renglones de una escena para una obra en colaboración, escrita hacia el año 1595 pero suprimida por los censores. Parece inútil tratar de explicar cómo adquirió la experiencia y talento para producir sus obras, sobre todo porque los logros de William Shakespeare como dramaturgo fueron reconocidos por sus contemporáneos, quienes publicaron sus obras completas sólo siete años después de su muerte, en 1616. Podríamos pensar que el talento siempre lo tuvo y que su fabulosa capacidad de observación y curiosidad le hicieron hábil para manifestarse acerca de distintos temas, pero porfiar en esa línea tal vez resulte igualmente vano.

Es mucho mejor dejar en paz a los muertos y dar a Traven lo que es de Traven y a Shakespeare lo que nunca nadie podrá quitarle a Shakespeare.