La infancia la perdemos muy pronto y nos lleva toda la vida tratar de sentirnos como entonces. Sin embargo, lejos de hallar experiencias vicarias que nos devuelvan a ese tiempo bueno, el mundo parece empeñado en minar esos espacios confortables, esas referencias básicas, esa buena onda de antaño. Fuimos inocentes, sí, pero no cretinos. Cuando leíamos cuentos o veíamos dibujos animados, no había mayor ideología detrás que la diversión, ni mayor propaganda que la publicidad. En ese tiempo éramos sencillamente felices y quizá por eso no nos complicábamos la existencia.
Cuando conocí a la Caperucita Roja, me pareció una niña que por desobediente y por fiarse de extraños se había metido en un gran lío. Y punto. Fueron los ojos adultos los que luego insistieron en entenderla como un rito de pasaje de la niñez a la adolescencia, con acentos ginecológicos y taras freudianas. Dicen que Perrault la escribió como una historia moralizante para advertir a las "señoritas" de la corte sobre los peligros de "ciertos hombres", y que Jacob y Wilhelm Grimm editaron el cuento en su versión más conocida a partir de relatos orales que servían para entretener. Sea como fuere, no existe un canon emocional alrededor de Caperucita, hay tantas niñas de capucha roja como niños que conocen de su aventura con el lobo. Cualquier otra versión, permeada de razón y adultez, está condenada al desencanto.
Pero quizá quienes más han sufrido el vejamen de la interpretación adulta sean Los Pitufos, aquellos risueños "suspiritos azules" que resultaban encantadores y entretenidos como cualquier pandilla de hermanos. A esta altura de la historia, nunca conoceremos cuáles fueron las reales motivaciones y referencias del dibujante belga Peyo al momento de concebirlos, sobre todo porque la leyenda y las lecturas sesgadas parecen haberse impuesto sobre una verdad que sólo importa a los fanáticos de la conspiración, pero no a los niños. Algunas versiones hablan de la hábil adaptación de una historia medieval en la que cierto monje debía enfrentarse a los pecados capitales de la vanidad, la gula, la pereza, etc. De acuerdo con esto, Peyo habría invertido las valoraciones convirtiendo a pitufo vanidoso, pitufo goloso, pitufo perezoso, y los demás, en seres ideales perseguidos por un sujeto carente de todo tipo de encanto.
A lo largo de cuatro décadas, la creación de Peyo ha sido analizada desde perspectivas tan diferentes como increíbles, definiéndola como una apología del comunismo, del fascismo y de los diferentes tipos de ”ismos” políticos que se quieran considerar. Aún cuando lo más sensato es entender que Peyo quiso continuar la tradición del cuento moral para niños al crear Los Pitufos, no han faltado teorías que los catalogan como arquetipos de una “utopía totalitaria con tintes estalinistas y nazis”, que los aleja de su inocencia predominante en el imaginario popular. En El pequeño libro azul: análisis crítico y político de la sociedad de los pitufos, el francés Antoine Buéno, ha hecho una deconstrucción conspirativa de la aldea pitufa, concluyendo que reproduce estereotipos racistas, totalitarios y antisemitas.
Según Buéno, Papá Pitufo es un líder autoritario cuyos pantalones y gorro frigio de color rojo delatan su verdadera ideología. La nariz aguileña de Gargamel sería la evidencia principal para afirmar que se trata de una caricatura antisemita, sustentada además por el peculiar nombre de su gato: Azrael. En contraposición estaría pitufina, única mujer de la aldea idealizada por su belleza, que coincide con el perfil ario tanto en el color de sus ojos como en el de su cabello.
El autor del libro, según declaraciones recogidas por Le Nouvel Observateur, cree que su análisis no es novedoso porque recoge “intuiciones” anteriores de otros públicos, como del estadounidense, que llegó a sospechar de Los Pitufos como parte de una campaña de propaganda comunista. En ese sentido, el nombre de esos seres en inglés, smurf, correspondería al acrónimo de “Small Men Under Red Forces” (Pequeños hombres bajo fuerzas rojas), aunque Buéno ha opinado que Peyo, nacido en 1928 y sobreviviente de la ocupación nazi, pudo no ser consciente de esas relaciones cuando los imaginó en 1958.
Yo creo que a Buéno no lo abrazaron lo suficiente cuando era niño, o quiero pensar que sus padres, por alguno de estos motivos quizá, le prohibieron disfrutar la serie. Porque no encuentro otro motivo por el cual alguien quiere buscarle tres pies al gato y dos vueltas de tuerca a algo que ni la mejor propaganda puede asentar en las mentes de los niños. Porque, insisto, de niños lo único que importaba era encender la tele, pasarlo bien y luego seguir con la vida, pitufando.
Cuando conocí a la Caperucita Roja, me pareció una niña que por desobediente y por fiarse de extraños se había metido en un gran lío. Y punto. Fueron los ojos adultos los que luego insistieron en entenderla como un rito de pasaje de la niñez a la adolescencia, con acentos ginecológicos y taras freudianas. Dicen que Perrault la escribió como una historia moralizante para advertir a las "señoritas" de la corte sobre los peligros de "ciertos hombres", y que Jacob y Wilhelm Grimm editaron el cuento en su versión más conocida a partir de relatos orales que servían para entretener. Sea como fuere, no existe un canon emocional alrededor de Caperucita, hay tantas niñas de capucha roja como niños que conocen de su aventura con el lobo. Cualquier otra versión, permeada de razón y adultez, está condenada al desencanto.
Pero quizá quienes más han sufrido el vejamen de la interpretación adulta sean Los Pitufos, aquellos risueños "suspiritos azules" que resultaban encantadores y entretenidos como cualquier pandilla de hermanos. A esta altura de la historia, nunca conoceremos cuáles fueron las reales motivaciones y referencias del dibujante belga Peyo al momento de concebirlos, sobre todo porque la leyenda y las lecturas sesgadas parecen haberse impuesto sobre una verdad que sólo importa a los fanáticos de la conspiración, pero no a los niños. Algunas versiones hablan de la hábil adaptación de una historia medieval en la que cierto monje debía enfrentarse a los pecados capitales de la vanidad, la gula, la pereza, etc. De acuerdo con esto, Peyo habría invertido las valoraciones convirtiendo a pitufo vanidoso, pitufo goloso, pitufo perezoso, y los demás, en seres ideales perseguidos por un sujeto carente de todo tipo de encanto.
A lo largo de cuatro décadas, la creación de Peyo ha sido analizada desde perspectivas tan diferentes como increíbles, definiéndola como una apología del comunismo, del fascismo y de los diferentes tipos de ”ismos” políticos que se quieran considerar. Aún cuando lo más sensato es entender que Peyo quiso continuar la tradición del cuento moral para niños al crear Los Pitufos, no han faltado teorías que los catalogan como arquetipos de una “utopía totalitaria con tintes estalinistas y nazis”, que los aleja de su inocencia predominante en el imaginario popular. En El pequeño libro azul: análisis crítico y político de la sociedad de los pitufos, el francés Antoine Buéno, ha hecho una deconstrucción conspirativa de la aldea pitufa, concluyendo que reproduce estereotipos racistas, totalitarios y antisemitas.
Según Buéno, Papá Pitufo es un líder autoritario cuyos pantalones y gorro frigio de color rojo delatan su verdadera ideología. La nariz aguileña de Gargamel sería la evidencia principal para afirmar que se trata de una caricatura antisemita, sustentada además por el peculiar nombre de su gato: Azrael. En contraposición estaría pitufina, única mujer de la aldea idealizada por su belleza, que coincide con el perfil ario tanto en el color de sus ojos como en el de su cabello.
El autor del libro, según declaraciones recogidas por Le Nouvel Observateur, cree que su análisis no es novedoso porque recoge “intuiciones” anteriores de otros públicos, como del estadounidense, que llegó a sospechar de Los Pitufos como parte de una campaña de propaganda comunista. En ese sentido, el nombre de esos seres en inglés, smurf, correspondería al acrónimo de “Small Men Under Red Forces” (Pequeños hombres bajo fuerzas rojas), aunque Buéno ha opinado que Peyo, nacido en 1928 y sobreviviente de la ocupación nazi, pudo no ser consciente de esas relaciones cuando los imaginó en 1958.
Yo creo que a Buéno no lo abrazaron lo suficiente cuando era niño, o quiero pensar que sus padres, por alguno de estos motivos quizá, le prohibieron disfrutar la serie. Porque no encuentro otro motivo por el cual alguien quiere buscarle tres pies al gato y dos vueltas de tuerca a algo que ni la mejor propaganda puede asentar en las mentes de los niños. Porque, insisto, de niños lo único que importaba era encender la tele, pasarlo bien y luego seguir con la vida, pitufando.
