sábado, julio 30

Aquellos hombrecitos azules

La infancia la perdemos muy pronto y nos lleva toda la vida tratar de sentirnos como entonces. Sin embargo, lejos de hallar experiencias vicarias que nos devuelvan a ese tiempo bueno, el mundo parece empeñado en minar esos espacios confortables, esas referencias básicas, esa buena onda de antaño. Fuimos inocentes, sí, pero no cretinos. Cuando leíamos cuentos o veíamos dibujos animados, no había mayor ideología detrás que la diversión, ni mayor propaganda que la publicidad. En ese tiempo éramos sencillamente felices y quizá por eso no nos complicábamos la existencia.

Cuando conocí a la Caperucita Roja, me pareció una niña que por desobediente y por fiarse de extraños se había metido en un gran lío. Y punto. Fueron los ojos adultos los que luego insistieron en entenderla como un rito de pasaje de la niñez a la adolescencia, con acentos ginecológicos y taras freudianas. Dicen que Perrault la escribió como una historia moralizante para advertir a las "señoritas" de la corte sobre los peligros de "ciertos hombres", y que Jacob y Wilhelm Grimm editaron el cuento en su versión más conocida a partir de relatos orales que servían para entretener. Sea como fuere, no existe un canon emocional alrededor de Caperucita, hay tantas niñas de capucha roja como niños que conocen de su aventura con el lobo. Cualquier otra versión, permeada de razón y adultez, está condenada al desencanto.

Pero quizá quienes más han sufrido el vejamen de la interpretación adulta sean Los Pitufos, aquellos risueños "suspiritos azules" que resultaban encantadores y entretenidos como cualquier pandilla de hermanos. A esta altura de la historia, nunca conoceremos cuáles fueron las reales motivaciones y referencias del dibujante belga Peyo al momento de concebirlos, sobre todo porque la leyenda y las lecturas sesgadas parecen haberse impuesto sobre una verdad que sólo importa a los fanáticos de la conspiración, pero no a los niños. Algunas versiones hablan de la hábil adaptación de una historia medieval en la que cierto monje debía enfrentarse a los pecados capitales de la vanidad, la gula, la pereza, etc. De acuerdo con esto, Peyo habría invertido las valoraciones convirtiendo a pitufo vanidoso, pitufo goloso, pitufo perezoso, y los demás, en seres ideales perseguidos por un sujeto carente de todo tipo de encanto.

A lo largo de cuatro décadas, la creación de Peyo ha sido analizada desde perspectivas tan diferentes como increíbles, definiéndola como una apología del comunismo, del fascismo y de los diferentes tipos de ”ismos” políticos que se quieran considerar. Aún cuando lo más sensato es entender que Peyo quiso continuar la tradición del cuento moral para niños al crear Los Pitufos, no han faltado teorías que los catalogan como arquetipos de una “utopía totalitaria con tintes estalinistas y nazis”, que los aleja de su inocencia predominante en el imaginario popular. En El pequeño libro azul: análisis crítico y político de la sociedad de los pitufos, el francés Antoine Buéno, ha hecho una deconstrucción conspirativa de la aldea pitufa, concluyendo que reproduce estereotipos racistas, totalitarios y antisemitas.

Según Buéno, Papá Pitufo es un líder autoritario cuyos pantalones y gorro frigio de color rojo delatan su verdadera ideología. La nariz aguileña de Gargamel sería la evidencia principal para afirmar que se trata de una caricatura antisemita, sustentada además por el peculiar nombre de su gato: Azrael. En contraposición estaría pitufina, única mujer de la aldea idealizada por su belleza, que coincide con el perfil ario tanto en el color de sus ojos como en el de su cabello.

El autor del libro, según declaraciones recogidas por Le Nouvel Observateur, cree que su análisis no es novedoso porque recoge “intuiciones” anteriores de otros públicos, como del estadounidense, que llegó a sospechar de Los Pitufos como parte de una campaña de propaganda comunista. En ese sentido, el nombre de esos seres en inglés, smurf, correspondería al acrónimo de “Small Men Under Red Forces” (Pequeños hombres bajo fuerzas rojas), aunque Buéno ha opinado que Peyo, nacido en 1928 y sobreviviente de la ocupación nazi, pudo no ser consciente de esas relaciones cuando los imaginó en 1958.

Yo creo que a Buéno no lo abrazaron lo suficiente cuando era niño, o quiero pensar que sus padres, por algu
no de estos motivos quizá, le prohibieron disfrutar la serie. Porque no encuentro otro motivo por el cual alguien quiere buscarle tres pies al gato y dos vueltas de tuerca a algo que ni la mejor propaganda puede asentar en las mentes de los niños. Porque, insisto, de niños lo único que importaba era encender la tele, pasarlo bien y luego seguir con la vida, pitufando.


martes, julio 19

Tres historias de perdón

Después del Renacimiento, muchos de los valores que preconaba la religión pasaron a formar parte del catecismo humanista. Por ejemplo, la tolerancia y el perdón, dos sensibles marcas de fábrica, se adscribieron a causas ilustradas como la democracia y el derecho. Y desde entonces, también, hay una especie de querella entre el cielo y la tierra sobre los criterios para administrar esos valores.

1. Galileo todavía se mueve

El 17 de febrero de 1600, el Santo Oficio hizo arder a Giordano Bruno por blasfemia, herejía e inmoralidad al afirmar que la tierra flotaba en el espacio, que no era inmóvil. Más tarde, Galileo perfeccionó el telescopio holandés y lo enfocó hacia la luna para derribar la teoría física aristotélica que consideraba los astros como esferas celestes, puras, perfectas e inmutables. El proceso que libró Galileo por sus observaciones es representativa de la lucha entre razón y religión, pero también de los conflictos intestinos del Vaticano, pues Galileo se convirtió en la excusa y el blanco de las pugnas contra el Papa Urbano VIII, dilecto amigo del científico y prologuista de su obra principal. Tras varios descargos y debates, en medio de los cuales Kepler corrigió sus observaciones confirmando los descubrimientos galileanos, el científico fue llevado a Roma para retractarse. Firmó un manifiesto en el que señalaba que creía en todo cuanto sostenía la Santa Iglesia Católica y sólo así le permutaron la hoguera por la prisión domiciliaria hasta su muerte en 1642. La famosa anécdota, verdadera o no, de Galileo murmurando "Pero se mueve" quedó para la posteridad como un manifiesto de rebeldía. 359 años después, el Papa Juan Pablo II "perdonó" al excomulgado Galileo, pero se cuidó de no afirmar que tenía razón, quizá para no aceptar el error de la sangre y las cenizas de Bruno.

2. Kill Bill

Se llamaba Henry McCarty, pero se hizo conocido como Billy The Kid. Huérfano y ávido de un nombre, desenfundó el arma muy joven para matar al Sheriff Brady, que había matado a quien él consideraba su padre adoptivo, John Tunstall, en medio de lo que se conoce como la Guerra del Condado de Clinton, y ahí empezaron sus problemas. Billy haría carrera propia como bandolero, aunque al parecer la mitad de todas las dificultades en las que se metió fueron resultado de encuentros con alguien que quería vengar la muerte de alguien que antes había ido a buscar a Billy para saldar cuentas sin éxito. Es decir, su vida fue una singular espiral de venganzas. Para poner fin a los problemas en Clinton, el Gobernador de Nuevo México, Lew Wallace, ofreció una amnistía a favor de todos los sobrevivientes de tal evento, pero cuenta la leyenda que Billy a esa altura ya tenía demasiados enemigos y lejos de cumplirle el ofrecimiento, lo arrestaron. Sin embargo, huyó matando a dos guardias que se sumaron a la lista de 21 cadáveres que figuraba en su prontuario. En 1881 Billy fue asesinado por el Sheriff Patt Garret, aunque hay quienes dicen que se libró de la parca y vivió hasta los 90 años. En 2002, la Gobernación de Nuevo México recibió varias solicitudes de indulto a favor de Billy The Kid, todas ellas basadas en el ofrecimiento de Wallace. Frente a los reclamos de los descendientes de los sheriff asesinados y pese a que la propuesta era apoyada por gran parte de la población, el 30 de diciembre de 2010, Bill Richardson, Gobernador de Nuevo México, decidió rechazar el indulto ante la imposibilidad de determinar por qué Wallace renegó de su promesa. "El romanticismo me inclinaba a otorgar el perdón- dijo Richardson a la cadena ABC- pero los hechos y las evidencias no lo sustentan". En verdad, Billy nació condenado.

3. Vida de perros

Los granjeros volvieron a encontrar un desastre en el corral y la emprendieron de manera definitiva contra los perros que ya habían matado decenas de ovejas, conejos y gallinas en la zona. La cabeza de Luten, el líder de los canes, de pronto tenía precio. Perros asilvestrados, les llaman a los que habiendo sido desatendidos o abandonados por sus dueños forman bandas de forajidos para procurarse alimento en pandilla. De modo que los granjeros, secundados por la Consejería de Medio Rural y Pesca, el Seprona y la Policía Local montaron una batida en el concejo de Gozón, en el Cabo Peñas, Asturias, y capturaron a los bandidos. Visto el estado indomable en que se hallaban, fueron condenados a muerte de forma inmediata. Algunos piadosos y algunas agrupaciones en favor de los animales pusieron el grito en el cielo indicando que a quienes había que condenar era a los dueños de los animales, pero la apelación no tuvo efecto y la paz regresó a los graneros. Sin embargo, bien dicen que no hay sangre derramada en vano. El caso de Luten y sus compinches se hizo célebre gracias al internet y en 2009, cuando la jueza Mónica de Acuña, de la Provincia de Neuquén, en la Patagonia argentina, condenó a muerte a Cachorro, un perro doberman que había mordido en la pierna a una mujer robusta, el intendente Horacio Quiroga, indultó al animal declarándose "defensor de la vida en cualquiera de sus formas". Esto después de la intervención mediática del Movimiento Argentino de Protección Animal, y gracias a una niña de 8 años que le envió una carta al presidente Fernando de la Rúa pidiéndole interceder en favor del animalito de marras. Hoy Cachorro sigue vivo y moviendo la cola, mientras su dueña sigue enfrascada en un juicio con la daminificada que no parece tener cuándo acabar.

Lección: Todos los condenados tienen de perros forajidos y todos los condenadores, de granjeros. Que cada cual se encomiende según su vocación.


viernes, julio 8

El chico de Belfast



Tal vez no sea el mejor momento para hablar de él. No ahora que empezó la Copa América y otros son los nombres en las marquesinas, pero cuando el tema es fútbol, tipos como George Best dicen presente; y en este caso con mayor razón si hay cervezas de por medio.

Alguien dijo que afortunadamente Dios había dado a los irlandeses la bebida, porque sino hubieran sido dueños del mundo. La historia de George es un buen ejemplo. Pudo ser el futbolista más grande de su tiempo, pero eso jamás le interesó tanto como vivir la vida, beber cerveza y besar a todas las mujeres. "Si yo hubiese nacido feo, ustedes jamás habrían oído hablar de Pelé", dijo una vez y puede que no se hubiera equivocado. Tenía un tranco imparable, corría como pocos, quebraba como brasilero, sembraba rivales y tenía en el botín derecho uno de los cañones de Trafalgar. Le decían "el quinto beatle" porque el alboroto que generaba sólo podía compararse al de los Fab Four por esa misma época. Este otro George fue un fabuloso cometa que se llevó todo de encuentro, incluso a sí mismo.

A los 17 años ya había debutado en primera y con la selección de Irlanda. El Manchester United lo fichó para levantar la moral y volver a alzar copas después de la tragedia de Munich en 1958, donde ocho de quince jugadores de la plantilla habitualmente titular perecieron en un accidente aéreo. George Best se metió en el bolsillo a todo Old Trafford con regates de antología, desbordes incontenibles y un oportunismo tan desenfadado como efectivo. "Yo podía jugar con las dos piernas, marcaba goles, muchos de ellos con la cabeza. Trabajaba duro en la cancha, retrocedía a defender si hacía falta. Si perdía la pelota, era un insulto personal y la quería recuperar. Sí, señor, me fastidiaba mucho que me la quitaran, porque era MI pelota"

La faena era completa dentro y fuera de la cancha, donde alimentaba otra leyenda en paralelo, la del bebedor curtido y play boy impenitente. "Hace años dije que si me daban a elegir entre marcar un golazo al Liverpool o acostarme con Miss Mundo iba a tener una difícil elección. Afortunadamente, he tenido la oportunidad de hacer ambas cosas". Era común hallarlo en las páginas de deportes como en las del jet set, y en ocasiones también las policiales. Matt Busby, entrenador del Manchester, se esforzó por tutelarlo, pero George tenía sus propios planes y pese a conseguir dos ligas en el 65 y 67, una Copa de Europa (Champions) en el 68, que además le valió para ser designado Balón de Oro, el fútbol no fue su prioridad.

El talento de Best se regó por varios equipos después del Manchester a partir del 74: Sudáfrica, Escocia, Irlanda, Estados Unidos e Inglaterra. Donde iba, junto a la pelota también empacaba la vida nocturna, su catálogo privado de conquistas, la ceremonia de dos botellas de champagne y vodka antes de dormir. "He gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y autos deportivos. El resto lo he despilfarrado". Era el chico de Belfast, el galeón de los excesos. La leyenda cuenta que cuando jugaba por el Fulham, había una persona encargada de buscarlo a las once en el hotel y traerlo minutos antes de las tres para jugar.

Se retiró a los 38 años para beber tranquilo y su paso por las canchas mediatizó el fútbol y a sus protagonistas. En el año 2001 hubo que practicarle un trasplante de hígado, nimiedad que no mermó sus hábitos, y en el 2005 una hemorragia interna acabó con él definitivamente. El delirio fue casi colectivo en Irlanda y más allá: el cortejo contó con cien mil personas en franca conmoción, fue velado en el Parlamento de su país, con transmisión en vivo de la BBC y otras cadenas. El aeropuerto de Belfast fue re bautizado con su nombre, se hizo una edición limitada de 68 Huevos Fabergé en su honor y hasta se emitieron billetes de cinco libras con su rostro.

La de George Best es una de esas historias que las masas adoran hasta convertir en mito. Siempre he pensado que la fascinación que despiertan tipos que desbordan cualquier límite no es obra del morbo, no. Yo creo que la gente los quiere porque exorcisan las precariedades, evidencian la fragilidad de la que estamos hechos, retratan nuestras carencias, nuestros afectos, y uno acaba queriéndolos porque no puede evitar sentirse un poco como ellos. Los héroes son hombres de su tiempo y Best fue la personificación de los cambios de una época, de esos sesenta y setenta que deshicieron y compusieron muchas cosas. A George no le interesó ser el mejor, eso ya lo llevaba en el apellido.