martes, junio 28

Al teléfono


Cuando todavía andaba en la escuela, recuerdo haber preguntado en qué consistía todo ese rollo que los grandes llamaban la lucha de clases y alguien resumió la novela diciendo que se trataba de evitar que algunos se lo pasaran siempre mandando y otros siempre obedeciendo. Cuando muchos años más tarde entré al mundo laboral, descubrí que la lucha de clases se daba por teléfono, especialmente por el teléfono celular (móvil). El teléfono es el instrumento de poder por excelencia y uno puede advertirlo especialmente en algo tan natural como la postura. Hay quien inclina la cabeza, hay quien se yergue, quien gesticula con las manos para alguna admonición como si el interlocutor estuviera delante; está quien se muerde los labios y cruza los dedos como gestos de preocupación, el que le sonríe a la nada para resultar persuasivo, el que vocifera sin importarle alrededor, como buscando que se enteren que es un puto jefe y está muy molesto (y quizá para exorcizar de paso la intranquilidad que su cargo le produce).

Cuando suena el celular, el sujeto (nunca mejor puesto el sustantivo) pega un brinco y rebusca en sus bolsillos, ella hurga en su bolso y algunos otros lo desenganchan del cinto con aire de resignación. El sobresalto que origina una llamada es ya sintomático de este sistema de control. El que manda entiende el teléfono como una extensión de su cuerpo y al teléfono ni el día ni la hora le significan nada para alcanzar al que obedece mientras retoza, sigue la telenovela, está en el yoga, cambiando los pañales al bebé, en el tráfico o en el baño. El que obedece masculla, se queja, a veces se llena de ímpetu y decide omitirlo, pero siempre acaba, por remordimiento y/o necesidad, estirando la mano para luego encorvar el cuerpo y ensayar un tono patético de felicidad.

En Francia acabaron con la monarquía porque estaban hartos de que alguien les zumbara siempre en el oído qué hacer, qué no hacer, cuánto torcer el tronco en genuflexión y cuánto callar. Luego a todos les pareció eso una gran idea y conquistamos la libertad, pero el teléfono es la señal y la evidencia de que cambiamos un rey por distintos agentes de sujeción: el jefe, el acreedor, la esposa, el esposo, los hijos y una laya variopinta de voces del otro lado del aparato. La libertad depende de qué lado del teléfono se encuentre uno.

Pero la de clases no es la única lucha que se evidencia por teléfono. Hay otras más íntimas cuyas posturas también delatan las claves del dilema. Mover una pierna y consultar sistemáticamente la hora en el aparato ilustra la angustia, la desazón, la decepción, el miedo. Esperar en el café con el blackberry en la mano resulta para algunos tan sexy como fumar. Hay pocas cosas que se comparan a la sonrisa del muchacho o la muchacha cuando la pantallita se ilumina y sus rostros también, porque se trata de él o de ella. En general, el éxito y el fracaso siempre guardan alguna relación con el teléfono. Cuando alguien habla de amor o de negocios con la frente alta, está ganando; si lo hace con el gesto abatido, es que ya perdió.

Me gusta pensar que la mayor de las victorias consiste en demorar la contestación: dejar que timbre, timbre y timbre, dejar que la otra persona se inquiete hasta la exasperación con ese rin ring ring, que llegue a odiarlo, del mismo modo como odiamos algunas veces a quien llama.

Al teléfono (1978). Óleo 47x61cm. Oscar Tusquets Blanca.

viernes, junio 17

Sal y Pimienta

Hay cosas así, pasa con tickets de avión, entradas de teatro o algún amuleto: resumen cierto aroma, cierta zozobra, cierta felicidad. Ocurrió lo mismo con Enemigos Intimos, el disco de Sabina y Paez. La verdad es que sonó muy poco, del entusiasmo que produjo la noticia de su alumbramiento pasamos a velarlo en el anaquel de los archivos. Joaquín y Fito se hartaron, la radio circuló un single y a nosotros el tiempo nos puso en otro lado. Sin embargo, cada vez que me topo con esas canciones tengo la sensación de que algo o alguien me rebusca en los costados.

El momento que escogieron para hacer la placa era el mejor de ambos. Fito venía de convertirse en grande después de El amor después del amor y Circo Beat. Sabina acababa de convertirse en el español más grande y querido en Latinoamérica después del Yo, mi, me, contigo. Y nosotros, en la universidad, teníamos grandes expectativas acerca de muchas cosas. Ya saben, es ese tiempo en que el futuro es un camino hermoso de lozas amarillas donde todo puede ocurrir, éramos románticos y la juventud nos respaldaba. Recuerdo largas conversaciones sobre el disco delante de algunas cervezas, un viernes o un sábado de esos en Barranco. Alguien imaginaba los mejores versos empacados en las mejores melodías. Otro temía que a Fito se le diera por jugar con el folklore para armonizar versos y no faltó quien asegurara que Joaquín sonaría como si Satchmo se pusiera a cantar las de Jimmy Brown. En fin, nos ilusionábamos, como nos ilusionaba esa certeza de estar haciéndonos grandes.

Cuando Llueve sobre mojado empezó a sonar en la radio, todos movimos la cabeza en señal de afirmación. Y el día que sacaron a la venta el disco, faltamos a clases para escucharlo y fuimos a bebernos la tarde y el whisky del papá de alguien a una casa en La Aurora. Nos tendimos en la alfombra, alguien puso play y junto con las primicias musicales circularon dos paquetes de cigarrillos. Éramos un grupo recurrente, forjado más bien a fuerza de costumbre y horarios compartidos, yo pensé que sería el grupo de amigos con los que envejecería y por eso me tomaba a pecho los códigos y los ritos que marca la buena praxis. Después de la primera pasada, todos eligieron su canción favorita y yo elegí, además, no tener nada con la muchacha que se había tendido a mi lado en la alfombra. Era una chica linda, se llamaba Mariana, pero Rodrigo me había confesado que le quitaba el sueño y eso era argumento suficiente para que yo me mantuviera lejos. Mariana se esmeró en hacerme entender que si yo quería podíamos llegar más lejos, pero corté todo avance cambiándome de lugar cuando hubo que reponer los whisky.

La tarde se animó más cuando sacaron las guitarras y tratamos de sonar alguna de las nuevas canciones. Mariana insistía con sugerencias oblicuas y yo me esmeraba por hacer el desentendido con gestos demasiado obvios, al punto que en algún momento Rodrigo me clavó las pupilas y se asiló en el punto más lejano de la sala a beber y observarnos. Así como Fito y Sabina tenían problemas, así también ocurría conmigo y con Rodrigo. Los siguientes días traté de hablar con él para explicar que los avances eran unilaterales y yo jamás lo traicionaría, pero al parecer no fui bastante persuasivo, porque pronto los demás empezaron a reprocharme la deslealtad sin que yo le hubiera tocado un cabello a Mariana. Entonces decidí hablar con ella. Antes de que pudiera reprocharle cualquier cosa, me soltó algo así como "Ya sé que estás molesto, ya sé no quieres nada porque Rodrigo es tu amigo, pero date cuenta: él no me interesa, no es mi amigo y tampoco lo será más de ti, ¿o crees que después de eso serán los mejores amigos que fueron en Estudios Generales?". Demasiada honestidad me pareció brutal y sentí como si algo dentro se hubiera roto.

La prensa anunció a los pocos días que no habría gira, Sabina y Paez se habían largado mutuamente y del disco no hablamos nunca más. Tampoco estrenamos Más guapa que cualquiera en la guitarra. Y así fue como Rodrigo y yo no volvimos a coincidir en una clase. Hay discos que se escuchan como metáforas y nunca pierden ese halo distinto que le otorgamos: el sabor agridulce de los amores que no se dieron, los amigos que perdimos, las mujeres imposibles, los hermanos ausentes. Algunos discos son como el mar, a veces nos devuelven cosas, objetos, personas. Siempre que suenan esas canciones vuelvo a sentirme el chiquillo universitario de esa tarde de whisky y cigarrillos, tendido en una alfombra, lleno de buena fe, enroscando ilusiones entre las bolutas de humo. Y por un momento también, Rodrigo sigue porfiando que se necesita un Fa y no un Re. La vida es así, es cuestión de ponerle un poco de sal y pimienta.

viernes, junio 10

El cazador de crepúsculos

Entre las muchas referencias que hace Cortázar al cine, hay una incluida en su libro Un tal Lucas (1979) donde esboza cierto manifiesto de estilo: “Si fuera cineasta me las arreglaría para cazar crepúsculos, en realidad un solo crepúsculo, pero para llegar al crepúsculo definitivo tendría que filmar cuarenta o cincuenta, porque si fuera cineasta tendría las mismas exigencias que con la palabra, las mujeres o la geopolítica.”

Pero hay un episodio insólito, sólo digno del autor, que se impone sobre los demás. En 1981 Cortázar escribe el cuento Queremos tanto a Glenda. La historia es como sigue: un grupo de fanáticos de la actriz Glenda Garson (una velada referencia a la actriz Glenda Jackson) pasa de la fascinación al trastorno cuando se propone hacer de ella una actriz perfecta. “Sólo poco a poco, al principio con un sentimiento de culpa, algunos se atrevieron a deslizar críticas parciales, el desconcierto o la decepción frente a una secuencia poco feliz, las caídas en lo convencional o lo previsible (…) Sólo contaba la felicidad de Glenda en cada uno de nosotros, y esa felicidad sólo podía venir de la perfección”. El grupo se empeña en perfeccionarla y hace todo lo indecible con tal de que las películas de Glenda se ajusten a sus deseos y expectativas estéticas, llegando al extremo de comprarlas o robarlas para modificarlas en una sala de montaje y después reemplazarlas por las originales. Como la actriz sigue actuando en filmes que no son del gusto de sus adictos, éstos deciden matarla para conservar en el pedestal de la veneración la figura ideal que de ella se han forjado y que han difundido y asentado en sus películas adulteradas.

Al año siguiente, Cortázar llega a San Francisco para dictar un curso con su último libro de cuentos bajo el brazo (Queremos tanto a Glenda) y descubre que las marquesinas anuncian a Glenda Jackson en una película titulada Hopscotch (1980), equivalente en inglés de la palabra rayuela. Pero esto es sólo el inicio. En la película, Glenda Jackson ayuda a fraguar la muerte de un autor cuyo libro se llama Hopscotch, para así salvar su dignidad de los agentes secretos que lo persiguen. Es decir, Cortázar y Jackson, en un capricho de fantástica coincidencia, se conectan y se eliminan uno al otro para perpetuarse: "Haber llegado de México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar su nombre en una película que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así (…) En el cuento que acabo de publicar yo la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscotch".

Los fragmentos citados de una supuesta carta a la Jackson forman parte del cuento Botella al mar y en él Cortázar considera que el filme es un mensaje cifrado: "que fuera una comedia de espionaje apenas divertida, me forzaba a pensar en lo obvio, en esas cifras o escrituras secretas que en una página de cualquier periódico o libro previamente convenidos remiten a las palabras que transmitirán el mensaje a quien conozca la clave". El cazador de crepúsculos jamás viviría otra experiencia tan cercana a la fantasía como aquella ‘continuidad de los cines’.


viernes, junio 3

Dichosos los monos

Todo empezó con Tiger Woods y sus infinitas amantes. A él le siguió Charlie Sheen, un hombre hecho orgía, convertido en el rey de los excesos, aunque el cetro también lo reclama otro macho de polendas, Silvio Berlusconi, un emperador romano a carta cabal. Luego ocurrió el escándalo Strauss Kahn, el ex jefe del Fondo Monetario Internacional, pero antes ya había circulado una foto risueña en la que Sarkozy le miraba el trasero a una muchacha brasilera durante el G8. Para completar el cuadro, Schwarzenegger abría la caja de los vientos al confesar que tenía un hijo de diez años con su asistente. Hasta allí la cosa parecía asunto de famosos, pero cuando la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, planteó la creación de una Zona Rosa, el asunto se convirtió en desmadre de todos.

El sexo, y el placer en general, es uno de esos tópicos que mejor pone en evidencia las contradicciones de nuestro tiempo, un tiempo que persigue la posibilidad científica de colonizar otros mundos, pero que sigue practicando una serie de tabúes, en este caso el sexo, ese monstruo "ágil, de rápidos movimientos y cubierto de manchada piel" que describe Dante en la Divina Comedia. En general, de sexo se habla muy poco, o circulan cosas indirectas, envueltas en el artificio conveniente del eufemismo. En otros casos se prefiere un lenguaje absolutamente ascéptico, profesional y despersonalizado, como para evitar cualquier compromiso. Quizá los únicos honestos sean los pornógrafos. Abundan las consignas
y dicotomías, qué está bien, qué está mal, qué situaciones hay que evitar, incluso cuándo y para qué se debe practicar el sexo. Sin embargo, las referencias acerca de sus bondades y satisfacciones son escasas. El principal reprimido de la historia del mundo ha sido el placer.

Los móviles de este sotto voce parecen diversos. Existe un aura de secreto que se construye en aras de preservar la "intimidad", un concepto asociado a la dignidad, el honor, el derecho al buen nombre e incluso la identidad, según la literatura que se consulte. Pero lo íntimo, lo privado, lo restrictivamente de uno, es una categoría que empieza a hacer agua, toda vez que una época desaforada como ésta ha admitido la mostración como consigna de libertad (Jennifer López espera el veredicto de un juez que censure o autorice la circulación de un video "íntimo" con su ex esposo). Hoy es posible acceder a todo, o casi todo, ver y dejarse ver va convirtiéndose en parte del contrato social.

Las razones médicas son otro grupo interesante de razones para no tocar el tema abiertamente, pero si uno escarba en ellas notará que en cierto punto pasa de consideraciones acerca de salud a cuestiones de tipo económicas y de gobierno, donde el orden social, las tasas de violencia y crimen, los problemas de sobrepoblación, la escasez de recursos, los impuestos, las tareas y gastos del Estado, se conjugan en un espiral de buenas y perversas intenciones. También están las consideraciones religiosas, espirituales o de orden moral. Obediencia y castigo, templanza y contención, aparecen de manera repetida; turbación, goce, dicha o plenitud son conceptos crípticos.

Todo esto recuerda aquella inmensa abadía que se describe en El nombre de la rosa, donde la risa era un placer proscrito. "La risa pertenece al orden de los monos", decía el hermano Jorge, que sospechaba que la risa podía provocar la pérdida del temor a Dios. Iluso él, si viviera en estos días se daría cuenta de que gracias a la risa no hemos terminado de sucumbir. La misma analogía parece cumplirse con el sexo muchos años después de la Edad Media de Eco: nada estará nunca del todo perdido mientras exista el placer como refugio, sin embargo, se insiste en ello como una curiosidad de monos... Pobre de nosotros, qué dichosos los monos.