Cuando todavía andaba en la escuela, recuerdo haber preguntado en qué consistía todo ese rollo que los grandes llamaban la lucha de clases y alguien resumió la novela diciendo que se trataba de evitar que algunos se lo pasaran siempre mandando y otros siempre obedeciendo. Cuando muchos años más tarde entré al mundo laboral, descubrí que la lucha de clases se daba por teléfono, especialmente por el teléfono celular (móvil). El teléfono es el instrumento de poder por excelencia y uno puede advertirlo especialmente en algo tan natural como la postura. Hay quien inclina la cabeza, hay quien se yergue, quien gesticula con las manos para alguna admonición como si el interlocutor estuviera delante; está quien se muerde los labios y cruza los dedos como gestos de preocupación, el que le sonríe a la nada para resultar persuasivo, el que vocifera sin importarle alrededor, como buscando que se enteren que es un puto jefe y está muy molesto (y quizá para exorcizar de paso la intranquilidad que su cargo le produce).
Cuando suena el celular, el sujeto (nunca mejor puesto el sustantivo) pega un brinco y rebusca en sus bolsillos, ella hurga en su bolso y algunos otros lo desenganchan del cinto con aire de resignación. El sobresalto que origina una llamada es ya sintomático de este sistema de control. El que manda entiende el teléfono como una extensión de su cuerpo y al teléfono ni el día ni la hora le significan nada para alcanzar al que obedece mientras retoza, sigue la telenovela, está en el yoga, cambiando los pañales al bebé, en el tráfico o en el baño. El que obedece masculla, se queja, a veces se llena de ímpetu y decide omitirlo, pero siempre acaba, por remordimiento y/o necesidad, estirando la mano para luego encorvar el cuerpo y ensayar un tono patético de felicidad.
En Francia acabaron con la monarquía porque estaban hartos de que alguien les zumbara siempre en el oído qué hacer, qué no hacer, cuánto torcer el tronco en genuflexión y cuánto callar. Luego a todos les pareció eso una gran idea y conquistamos la libertad, pero el teléfono es la señal y la evidencia de que cambiamos un rey por distintos agentes de sujeción: el jefe, el acreedor, la esposa, el esposo, los hijos y una laya variopinta de voces del otro lado del aparato. La libertad depende de qué lado del teléfono se encuentre uno.
Pero la de clases no es la única lucha que se evidencia por teléfono. Hay otras más íntimas cuyas posturas también delatan las claves del dilema. Mover una pierna y consultar sistemáticamente la hora en el aparato ilustra la angustia, la desazón, la decepción, el miedo. Esperar en el café con el blackberry en la mano resulta para algunos tan sexy como fumar. Hay pocas cosas que se comparan a la sonrisa del muchacho o la muchacha cuando la pantallita se ilumina y sus rostros también, porque se trata de él o de ella. En general, el éxito y el fracaso siempre guardan alguna relación con el teléfono. Cuando alguien habla de amor o de negocios con la frente alta, está ganando; si lo hace con el gesto abatido, es que ya perdió.
Cuando suena el celular, el sujeto (nunca mejor puesto el sustantivo) pega un brinco y rebusca en sus bolsillos, ella hurga en su bolso y algunos otros lo desenganchan del cinto con aire de resignación. El sobresalto que origina una llamada es ya sintomático de este sistema de control. El que manda entiende el teléfono como una extensión de su cuerpo y al teléfono ni el día ni la hora le significan nada para alcanzar al que obedece mientras retoza, sigue la telenovela, está en el yoga, cambiando los pañales al bebé, en el tráfico o en el baño. El que obedece masculla, se queja, a veces se llena de ímpetu y decide omitirlo, pero siempre acaba, por remordimiento y/o necesidad, estirando la mano para luego encorvar el cuerpo y ensayar un tono patético de felicidad.
En Francia acabaron con la monarquía porque estaban hartos de que alguien les zumbara siempre en el oído qué hacer, qué no hacer, cuánto torcer el tronco en genuflexión y cuánto callar. Luego a todos les pareció eso una gran idea y conquistamos la libertad, pero el teléfono es la señal y la evidencia de que cambiamos un rey por distintos agentes de sujeción: el jefe, el acreedor, la esposa, el esposo, los hijos y una laya variopinta de voces del otro lado del aparato. La libertad depende de qué lado del teléfono se encuentre uno.
Pero la de clases no es la única lucha que se evidencia por teléfono. Hay otras más íntimas cuyas posturas también delatan las claves del dilema. Mover una pierna y consultar sistemáticamente la hora en el aparato ilustra la angustia, la desazón, la decepción, el miedo. Esperar en el café con el blackberry en la mano resulta para algunos tan sexy como fumar. Hay pocas cosas que se comparan a la sonrisa del muchacho o la muchacha cuando la pantallita se ilumina y sus rostros también, porque se trata de él o de ella. En general, el éxito y el fracaso siempre guardan alguna relación con el teléfono. Cuando alguien habla de amor o de negocios con la frente alta, está ganando; si lo hace con el gesto abatido, es que ya perdió.
Me gusta pensar que la mayor de las victorias consiste en demorar la contestación: dejar que timbre, timbre y timbre, dejar que la otra persona se inquiete hasta la exasperación con ese rin ring ring, que llegue a odiarlo, del mismo modo como odiamos algunas veces a quien llama.
Al teléfono (1978). Óleo 47x61cm. Oscar Tusquets Blanca.

