sábado, abril 30

La muerte de nuestros padres

Hay gente que pensamos que nunca morirá, y sin embargo se muere. Cuando al cabo de un tiempo se muere otro, y otro más, y luego otro, el corazón va de a pocos sintiéndose desolado. Y es que crecemos al amparo de esa gente, de esos héroes imperecederos, que alzan la voz para decir lo que no sabemos decir, que pintan imágenes que nos completan, que escriben versos que nos taladran, que cantan sonidos que nos arrullan y nos despiertan. Crecemos rodeados de todos ellos y acabamos reconociendo que somos lo que somos porque ellos hicieron y existieron. Es una lástima que los inmortales no existan, sino que haya que inventarlos, porque así no tendríamos que aceptar la muerte de nuestros padres.

Todas esas muertes, de pronto, nos abren una realidad insondable, la misma que se resume en unos ojos vivaces que nos miran desde abajo buscando lo que nosotros encontramos en los que se fueron. Es aterrador. Entonces caemos en la cuenta de que nos toca ser los padres. ¿Qué versos escribiremos? ¿qué imágenes, qué consignas, qué esperanzas podremos legarles? De pronto tenemos entre manos el lápiz de nuestros padres, el pincel de nuestros padres, la voz de nuestros padres, las herramientas, los instrumentos, la responsabilidad. Resulta aterrador, sí, y nos estremecemos, como hoy que sabemos que Sabato ha muerto y no dejamos de preguntarnos "¿Y ahora?"... Qué zapatos tan grandes nos toca llenar, los de él y los de todos aquellos que se fueron antes. En un tiempo bubblegum, el pánico escénico nos sobrecoge. ¿Sobreviviremos? ¿Podremos hacerlo, al menos, la mitad de bien que ellos? Me gusta imaginar a Sabato y los demás preguntándose lo mismo cuando sus padres empezaron a morir...

No queda más que echarse a andar.

miércoles, abril 20

Paul is the boss


El inminente concierto de Paul MacCartney en Lima ha generado un revival significativo de la Beatlemanía. Y eso está muy bien, Paul es el más representativo de los Beatles sobrevivientes (aunque sospecho que un concierto de Ringo and his All Stars Band también sería capaz de compungir los corazones), pero su gesta va más allá de los fab four. Opacado por la leyenda que junto a Lennon, Harrison y Starr labró, la carrera como solista de Paul ha quedado en un injusto segundo lugar. Cuando en el año 2009 Bono le entregó el premio Ultimate Legend acertó con una frase que resume lo que significa Paul MacCartney para la música contemporanea: "Este es el hombre que inventó mi trabajo".

The Beatles fue la feliz conjunción de cuatro personalidades afines que dio como resultado una historia magnífica, acaso todavía insuperable. Cambiaron la historia de la música y aunque en este tiempo hiperbólico todo lo espectacular sea apenas novedoso, porque siempre se espera más y más, eso no fue cualquier bicoca. Cambiaron la música como sonido y como industria, le dieron tres vueltas a la cultura popular, grabaron la banda sonora del siglo XX y se instalaron en la memoria de los que vivieron directamente la fiebre de su época y de los que vendríamos después. John era el líder, la personalidad que magnetizaba todo a su paso. Harrison fue el tipo espiritual de un tiempo material, dueño de un riff que dejaría huella. Ringo era el alma del grupo, no en vano la percusión era lo suyo. Paul, además del galán, era el músico y empresario. Era, y lo sigue demostrando, el más completo de los cuatro. Esto no lo convierte en el mejor Beatle, porque un Beatle es la suma de cuatro.

A MacCartney se le conoce especialmente por ser un predestinado de la melodía, hábil para los temas sentimentales y para enroscar en medio de dos estrofas un estribillo memorable que dota a toda la pieza de un halo particular. Sin embargo, todo esto configura para algunos un demérito antes que una virtud. Paul puede ser autor de muchas silly loves songs que el público ha recibido con entusiasmo, pero también es el reinventor del bajo (hay que escucharlo solamente en Hey Buldog!, Rain o Good Night tonight) y el referente principal del mainstream rockero. El tipo ha sabido moverse con harta versatilidad por toda la línea que une los extremos. Helter Skelter, compuesto con The Beatles, es todavía considerado el pionero del rock pesado. Paul inventó el vintage en la música, al actualizar de manera notable las melodías de piano típicas de la década de 1920 (When i'm sixty four, por ejemplo). Puede hacerlo bien con una gran orquesta (de hecho, ha escrito piezas de música clásica como el Ecce cor meum, de 2006) o a solas con una guitarra (queremos tanto Blackbird, y él lo sabe, que insiste en regalarnos piezas como Calico Skies o Jenny Wren). Ostenta el récord de ser el artista que más discos de oro ha obtenido en su carrera, es Miembro del Imperio Británico, pero no le gusta que lo llamen Sir, y el planeta menor tipificado con el número 4148, descubierto en 1983, lleva su nombre "MacCartney".

Acerca de gustos y colores nadie ha escrito el verso definitivo, pero el mundo ha convertido a Paul en un dinosaurio venerable, en una de esas figuritas de colección que "hay que tener", lo hemos transformado en un producto de la nostalgia, pero en cada concierto él y sus 68 años suben a ofrecer lo que más le gusta como si fuera un quinceañero, tiene una performance inmejorable, es un profesional prolijo, conserva la voz intacta, suena en vivo mejor que nunca y él solamente alza los brazos para agradecer el enorme cariño que le prodigan. En estas últimas giras por el mundo está comprobando lo que cantaba con The Beatles en el Abbey Road: the love you take is equal to the love you make.

Aquí algunos temas que corresponden a su etapa post-beatles y que bien merecen estar en el setlist del concierto junto a las mejores piezas de los fab four.

Good Night tonight

(Cortina durante muchos años del recordado Disco Club de Gerardo Manuel)




My love




Mrs Vanderbilt




Calico skies




Let me roll it


jueves, abril 14

La marcha

Cuando empecé la universidad acababa de leer El pez en el agua y venía de soplarme varios textos de la llamada literatura comprometida, un poco de Sartre, otro poco de Nietzsche, a los que entendía más menos que más, y en el pecho me palpitaba ese entusiasmo adolescente por cambiar el mundo. Se supone que era un chico comprometido, ¿con qué?, eso me tomaría toda la carrera y un poco más de vida definirlo, pero me sentía una suerte de paladín libertario, un muchacho con conciencia social. Un día me topé con un cartel que convocaba a marchar hasta la Embajada de Francia para sumarnos al pedido mundial de cese a las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa. Corría el año de 1995 y yo me enlisté.

Gasté toda una noche ayudando a confeccionar pancartas, mientras un ilustre profesor de cosmología narraba historias inspiradoras, como la de El Vega, el pequeño velero de David McTaggart, que en 1972 logró trasponer el límite de las aguas prohibidas para detener los ensayos atómicos. Recuerdo que fue una noche de camaradería, casi no dormimos, acampamos en el enorme jardín de la casa de alguien en La Molina y a la mañana siguiente nos zurramos todas las clases en nombre de la ecología. En el patio de Estudios Generales conseguimos convocar a otros entusiastas (hoy los llamaría, más bien, gente ávida de excusas para faltar a Mate 1) y provistos con megáfonos y arengas que había ayudado a pulir por encargo (alguien consideró que ser lector de poesía me convertía en el indicado para dotar de ritmo y consonancia a la protesta), avanzamos por las calles de la ciudad con la firme convicción de estar haciendo lo correcto.

No éramos un grupo muy grande, pero sí bastante bullicioso. La gente nos veía pasar como si se tratara de un grupo de sectarios, miembros de algún credo trasnochado que advertía acerca del apocalipsis. No hace falta decir que yo esperaba una jornada épica, con gases lacrimógenos, abusos de autoridad, desacatos y algunos arrestos, pero ocurrió todo lo contrario. En algún punto alguien me pasó una lata de cerveza. Atrás un grupo estallaba en carcajadas y mientras unos alzaban pancartas con lemas del tipo "Gracias Francia por tanta elegancia", otros se prestaban un porro de marihuana. De pronto, una patrulla nos cortó el camino. Pensé que empezaría la acción cuando cierto capitán nos pidió el permiso de la prefectura para marchar y nadie supo qué responder, pero todo quedó en nada porque el embotellamiento que se formó obligó a la policía a dejarnos ir, presionados por el bocinazo. Nada detendría nuestra revolución. Los cánticos de protesta reiniciaron, pero atrás, en el furgón de cola, las carcajadas eran cada vez más estrepitosas: se había improvisado un torneo de chistes y se premiaba las mejores gracias con un trago de cierta botellita parecida a la de los clochards de las películas. De pronto, una chica me sorprendió con un beso y antes de que pudiera reaccionar sentí algo sobre mi lengua, era un pastilla de MDMA, la misma que tragué cuando alguien tropezó conmigo. Para cuando llegamos a la embajada, éramos el grupo más simpático de toda la ciudad.

Un contingente de policías de la UPE nos esperaba, gentilmente habían demarcado la zona donde debíamos pararnos a vociferar y allí nos acomodamos con bastante civismo. Psicoactivos gracias a las sustancias, estimulados por el alcohol, inspirados por las arengas de nuestro combativo maestro de cosmología, estuvimos allí algunas horas enrostrándole a los franceses su traición alevosa a los derechos humanos y acusándolos de haber convertido la Polinesia en un retrete atómico. Poco a poco nos fuimos desinflando, algunos desertaron porque el hambre arreciaba y otros porque esa noche había partido por Copa Libertadores. Cuando oscureció, los que permanecíamos ahí, con ánimo de prolongar la bulla, éramos exactamente los mismos de la noche anterior. El cosmólogo se esforzaba por mantener a tope nuestro entusiamo, pero consultaba el reloj insistentemente y miraba alrededor como buscando que alguien le tomara la posta. Cuando lo acompañé a comprar botellas de agua, pidió que nos detuviéramos en un teléfono público para hablar a su casa. Lo escuché explicando con denodados esfuerzos a su esposa la importancia de la gesta que llevaba a cabo con nosotros, y cuando comprendí que la mujer estaba furiosa porque había pasado la noche fuera y no le toleraría otra gracia como esa dos veces, me alejé buscando la avenida para tomar el autobus de regreso a casa. Hasta allí había llegado la revolución.

Al año siguiente, Francia canceló definitivamente su programa nuclear. Hasta hoy, el Greenpeace de MacTaggart sigue llamando la atención sobre las secuelas de las pruebas atómicas en los nativos y en el ecosistema del Pacífico Sur. Yo volví a marchar al final de mi carrera, esta vez contra la reelección de Alberto Fujimori. Fue una experiencia más feliz y alcanzó para redimirme de cierta forma con las movilizaciones comprometidas. Entonces aprendí que la inocencia la perdemos conforme caminamos el mundo, pero las convicciones se maceran.

Desde aquellos días he tratado de juzgar políticamente a las personas por lo que hacen y no por lo que dicen. Una organización que atropella a otras en nombre de la preservación o el cambio del sistema, es solamente una organización de idiotas. Un gobierno de derecha o izquierda que cree que el poder, las normas y la propia voluntad forman una sola cosa, es un gobierno fascista por mucho que se adorne con firuletes constitucionales. Un periodista que reclama libertad de expresión y no escatima artillería para destruir a una persona, sobre todo a las honorables, amparado en los supuestos intereses de su público, es un imbécil del que bien podríamos deshacernos en una situación propicia. Un moralista, uno de esos prohombres y líderes de opinión que dicen pelear contra la corrupción y los vicios pero evade impuestos, no paga las multas de tráfico, usa su rango para beneficios particulares y se burla de la cola en el supermercado, está también corrompido y despierta el más íntimo de los desprecios.

Como se verá, entre la batahola de esa marcha pueril en defensa de Mururoa y ahora, entre las cervezas y los desengaños de entonces y ahora, no hay más que algunos calendarios de por medio. El sol sale todos los días, pero no hay nada nuevo bajo el sol. El problema no es del sol, el problema es nuestro.

jueves, abril 7

El voto traición

Este domingo hay elecciones. "El voto peruano es un voto emotivo", dicen los analistas: priman las sensaciones, el feeling, las esperanzas románticas o las frustraciones que reclaman desquite, las ilusiones pueriles, el miedo a que nos corran la alfombra y más, rellene usted.

De acuerdo con esto, decidir el voto de manera racional consistiría en sentarse a hacer una lectura programática de cada candidato y sacar conclusiones. Esto significa que el elector confrontará aquello que lee, o lo que le dice el candidato que va a hacer, con la realidad que vive (y por realidad abarquemos todas las aristas de una vez: económicas, educacionales, sociales, culturales, etc). Bien, todos parecen estar de acuerdo en que este proceder sesudo debería dar como resultado un voto genuino, ideal, correcto, sano y justo, sin embargo, creo que no todos están dispuestos a aceptar el resultado de esa confrontación, porque (aceptémoslo) los resultados de esa práctica sesuda no serían distintos al que tenemos hoy con el voto emotivo.

El voto emotivo es el voto del sujeto que hasta ahora no ha encontrado en el sistema, en los partidos que han gobernado y en el Estado que lo rige, respuestas satisfactorias para sus necesidades, respuestas de acción para modificar su realidad... el voto emotivo tiene mucho de apuesta, es verdad, de timba, pero uno apuesta y no va sobre seguro cuando encuentra que todo lo anterior le ha fallado.

Hoy tenemos un candidato con serias posibilidades de ganar y todos aquellos que no están de acuerdo con esa posibilidad, todos los que reclaman un voto racional, empiezan a votar también de manera emotiva, movidos por el miedo a retroceder, a ver amenazada la democracia, etc. Es decir, movidos por el temor a perder lo que consideran que funciona bien, pero que lamentablemente para otros no es así. En este momento no existe ninguna diferencia entre los dos votos.

El juego de la democracia consiste en que se haga y se decida en función de las mayorías, sin embargo, jugamos un juego perverso cuando decidimos votar en contra de un candidato y no a favor de alguien, porque estamos traicionando ese espíritu en favor de las mayorías... Podrá argumentarse que “no estar de acuerdo” o “no preferir a cierto candidato” también es parte del juego de la democracia, pero no dejo de pensar que cuando votamos en contra de un candidato estamos confabulando para sacarle la vuelta al sistema (para alejar nuestros miedos) y estamos cortándole la piernas a los que no comparten nuestros miedos y tienen tanto derecho como nosotros a que sus votos sirvan de algo. El voto con cálculo (para bloquear o impedir que suba determinado candidato), no es un voto consciente ni de convicción, es un voto tramposo.

Para sazonar esta situación, o quizá para justificarla, le ponemos etiquetas a toda esa gente que se supone está “equivocada”, es “necia”, o que “no entiende nada de cómo está el país”… ¿están equivocadas porque no piensan como uno?, ¿son necias porque se resisten a entender la realidad como la entendemos nosotros?, ¿son ignorantes o bobalicones porque no entienden que el país está bien, aún cuando ellos no lo pasen tan bien?... Afortunadamente también hay personas, pocas pero las hay, que entienden que esta situación la hemos cocinado nosotros mismos, practicando el mismo juego que practicamos con el voto en contra, pero en los ámbitos de la gestión y ejecución de la democracia, haciendo que en aspectos que van más allá del sufragio, la democracia bloquee a unos y tranquilice a otros. Ya lo decía el viejo Cassirer: “las fallas de los miembros de un sistema, son reflejo de las fallas del sistema”... Ganar o perder es parte del juego.

Yo no voy a votar en contra de nadie, yo voy a votar por quien me nace genuinamente. El mío será un voto consciente: consciente de que hay otros que pueden no pensar como yo, o puede no gustarles mi candidato, y que pueden ser más que yo y que pueden incluso ganar; consciente de que esta no es una carrera de caballos y no hay que irle a ganador; consciente de que los candidatos que hay a disposición, me gusten o no, están resumiendo el sentir de mucha gente y sus realidades. Votar en contra y no a favor de un candidato significa traicionar el sistema y traicionarnos también a nosotros mismos. Además de ser algo soberbio, ¿no? Es como decir "si no es como yo quiero, entonces pateo el tablero".