Cuando empecé la universidad acababa de leer El pez en el agua y venía de soplarme varios textos de la llamada literatura comprometida, un poco de Sartre, otro poco de Nietzsche, a los que entendía más menos que más, y en el pecho me palpitaba ese entusiasmo adolescente por cambiar el mundo. Se supone que era un chico comprometido, ¿con qué?, eso me tomaría toda la carrera y un poco más de vida definirlo, pero me sentía una suerte de paladín libertario, un muchacho con conciencia social. Un día me topé con un cartel que convocaba a marchar hasta la Embajada de Francia para sumarnos al pedido mundial de cese a las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa. Corría el año de 1995 y yo me enlisté.
Gasté toda una noche ayudando a confeccionar pancartas, mientras un ilustre profesor de cosmología narraba historias inspiradoras, como la de El Vega, el pequeño velero de David McTaggart, que en 1972 logró trasponer el límite de las aguas prohibidas para detener los ensayos atómicos. Recuerdo que fue una noche de camaradería, casi no dormimos, acampamos en el enorme jardín de la casa de alguien en La Molina y a la mañana siguiente nos zurramos todas las clases en nombre de la ecología. En el patio de Estudios Generales conseguimos convocar a otros entusiastas (hoy los llamaría, más bien, gente ávida de excusas para faltar a Mate 1) y provistos con megáfonos y arengas que había ayudado a pulir por encargo (alguien consideró que ser lector de poesía me convertía en el indicado para dotar de ritmo y consonancia a la protesta), avanzamos por las calles de la ciudad con la firme convicción de estar haciendo lo correcto.
No éramos un grupo muy grande, pero sí bastante bullicioso. La gente nos veía pasar como si se tratara de un grupo de sectarios, miembros de algún credo trasnochado que advertía acerca del apocalipsis. No hace falta decir que yo esperaba una jornada épica, con gases lacrimógenos, abusos de autoridad, desacatos y algunos arrestos, pero ocurrió todo lo contrario. En algún punto alguien me pasó una lata de cerveza. Atrás un grupo estallaba en carcajadas y mientras unos alzaban pancartas con lemas del tipo "Gracias Francia por tanta elegancia", otros se prestaban un porro de marihuana. De pronto, una patrulla nos cortó el camino. Pensé que empezaría la acción cuando cierto capitán nos pidió el permiso de la prefectura para marchar y nadie supo qué responder, pero todo quedó en nada porque el embotellamiento que se formó obligó a la policía a dejarnos ir, presionados por el bocinazo. Nada detendría nuestra revolución. Los cánticos de protesta reiniciaron, pero atrás, en el furgón de cola, las carcajadas eran cada vez más estrepitosas: se había improvisado un torneo de chistes y se premiaba las mejores gracias con un trago de cierta botellita parecida a la de los clochards de las películas. De pronto, una chica me sorprendió con un beso y antes de que pudiera reaccionar sentí algo sobre mi lengua, era un pastilla de MDMA, la misma que tragué cuando alguien tropezó conmigo. Para cuando llegamos a la embajada, éramos el grupo más simpático de toda la ciudad.
Un contingente de policías de la UPE nos esperaba, gentilmente habían demarcado la zona donde debíamos pararnos a vociferar y allí nos acomodamos con bastante civismo. Psicoactivos gracias a las sustancias, estimulados por el alcohol, inspirados por las arengas de nuestro combativo maestro de cosmología, estuvimos allí algunas horas enrostrándole a los franceses su traición alevosa a los derechos humanos y acusándolos de haber convertido la Polinesia en un retrete atómico. Poco a poco nos fuimos desinflando, algunos desertaron porque el hambre arreciaba y otros porque esa noche había partido por Copa Libertadores. Cuando oscureció, los que permanecíamos ahí, con ánimo de prolongar la bulla, éramos exactamente los mismos de la noche anterior. El cosmólogo se esforzaba por mantener a tope nuestro entusiamo, pero consultaba el reloj insistentemente y miraba alrededor como buscando que alguien le tomara la posta. Cuando lo acompañé a comprar botellas de agua, pidió que nos detuviéramos en un teléfono público para hablar a su casa. Lo escuché explicando con denodados esfuerzos a su esposa la importancia de la gesta que llevaba a cabo con nosotros, y cuando comprendí que la mujer estaba furiosa porque había pasado la noche fuera y no le toleraría otra gracia como esa dos veces, me alejé buscando la avenida para tomar el autobus de regreso a casa. Hasta allí había llegado la revolución.
Al año siguiente, Francia canceló definitivamente su programa nuclear. Hasta hoy, el Greenpeace de MacTaggart sigue llamando la atención sobre las secuelas de las pruebas atómicas en los nativos y en el ecosistema del Pacífico Sur. Yo volví a marchar al final de mi carrera, esta vez contra la reelección de Alberto Fujimori. Fue una experiencia más feliz y alcanzó para redimirme de cierta forma con las movilizaciones comprometidas. Entonces aprendí que la inocencia la perdemos conforme caminamos el mundo, pero las convicciones se maceran.
Desde aquellos días he tratado de juzgar políticamente a las personas por lo que hacen y no por lo que dicen. Una organización que atropella a otras en nombre de la preservación o el cambio del sistema, es solamente una organización de idiotas. Un gobierno de derecha o izquierda que cree que el poder, las normas y la propia voluntad forman una sola cosa, es un gobierno fascista por mucho que se adorne con firuletes constitucionales. Un periodista que reclama libertad de expresión y no escatima artillería para destruir a una persona, sobre todo a las honorables, amparado en los supuestos intereses de su público, es un imbécil del que bien podríamos deshacernos en una situación propicia. Un moralista, uno de esos prohombres y líderes de opinión que dicen pelear contra la corrupción y los vicios pero evade impuestos, no paga las multas de tráfico, usa su rango para beneficios particulares y se burla de la cola en el supermercado, está también corrompido y despierta el más íntimo de los desprecios.
Como se verá, entre la batahola de esa marcha pueril en defensa de Mururoa y ahora, entre las cervezas y los desengaños de entonces y ahora, no hay más que algunos calendarios de por medio. El sol sale todos los días, pero no hay nada nuevo bajo el sol. El problema no es del sol, el problema es nuestro.