El último capítulo de mi personal historia con las cámaras fotográficas ocurrió a propósito del tremendo terremoto ocurrido en Japón. Tal vez deba explicar algunos antecedentes. Hasta que aparecieron las cámaras digitales, mi relación con la fotografía era frustrante. Resultaba desalentador ir al Kodak de la esquina a recoger los sobres con setentaidos fotografías para comprobar que sólo 8 o 9 se habían salvado de la mansalva de errores que no conseguía corregir: decapitaciones, mutilaciones de brazos y piernas, contraluces inoportunos, imágenes difusas, brillos inconvenientes, en fin. Alguien dijo que a lo mejor las pocket no eran para mi y me inscribí en el curso de fotografía de la universidad.
El entusiasmo duró muy poco. Al tratarse de un proceso artesanal entendí que jamás saldría bien librado, vista mi famosa torpeza para la psicomotricidad fina y los trabajos de precisión. En la escuela había padecido bastante al respecto. Mientras todos llevaban a casa lindos trabajos con temperas, el mío era un empasto abstracto, pues los colores se corrían invariablemente al momento de recostar la cartulina para que se secara. Todos pudieron confeccionar hermosos keros en homenaje a los Tiahuanaco; yo sólo conseguí un cúmulo amorfo de arcilla, fofón y aguachento. Desde entonces, decidí que lo mío sería el surrealismo y empecé a calificar todo de vanguardia para evitar las pifias. Y, bueno, cuando alguien sabe uno o dos nombres y tres o cuatro conceptos que los demás desconocen, pues consigue cierto respeto. Pero, en fin, volviendo a la fotografía en la universidad, la historia no fue distinta. Jamás pude enrollar el negativo en el espiral de revelado y cuando me dijeron que estaría en un cuarto absolutamente oscuro, rodeado de químicos, lo primero que vino a mi mente fue una imagen en la que pude verme anciano y con traje de jardinero, pagando con trabajo por los daños ocurridos en la explosión del laboratorio de fotografía. Afortunadamente mi tremendismo no llegó tan lejos y conseguí llevarme algunos conceptos que hasta hoy me son útiles.
Pero todo cambió cuando aparecieron las cámaras digitales y sus procesos amigables. Tener una referencia exacta del cuadro a fotografiar, tener la posibilidad de afectar la imagen con un juego de lentes y obturadores automáticos fue sencillamente genial. De pronto me convertí en un maníaco-fotográfico. Click por aquí, click por allá. Retratos, texturas, paisajes, juegos de luces, caray, fue una buena época, me sentía una especie de Cartier- Bresson a la caza de todo lo extraordinario que tiene el mundo ordinario... hasta que entendí que no pasaría de ser un amateur y hasta que se me metió en la cabeza que no todo podía ser fotografiado. ¿Por qué? La justificación es muy personal, a lo mejor califica de tontería, pero pensé que si todos teníamos una cámara y andábamos por el mundo fotografiando todo lo que se nos cruzara delante, entonces luego ninguna fotografía sería especial. Es decir, uno va por la calle y ve una banca de parque cuya herrumbre ofrece texturas delicidosas ¡click! Luego encuentra a una anticuchera y la capta vociferando. Más tarde retratamos a los amigos después del partido de fulbito de los sábados. Otra foto en el almuerzo familiar y, antes de acabar el día, unas tomas del atardecer en la playa. Al final, de todo esto, ¿qué es lo que realmente vale la pena?
Cuando los rollos ponían a disposición un número finito de fotografías, la cosa era distinta: discriminábamos las tomas, las reservábamos para cuando estuvieran todos reunidos, para cuando llegara el momento cumbre de la velada, para cuando se diera algo realmente especial. Todavía me encanta tomar la cámara y disparar, sobre todo en los viajes. Me entretiene sobremanera componer los encuadres y luego darles una secuencia en el álbum físico o virtual. Realmente lo disfruto, pero con las fotografías me pasa lo mismo que con las "gracias". Siempre he pensado que las gracias no deben darse a granel, porque hay favores y Favores con mayúscula, ¿no? Y sólo una palabra a cambio. "Muchas gracias", "mil gracias", "un millón de gracias", "eternamente agradecido": todas son pobres deformaciones de lo mismo. ¿Cómo se dice gracias con el alma, de verdad? Siempre que debo dar las gracias me devano los sesos pensando si a la situación le corresponde un gracias simple o un muchas gracias o qué se yo.
Tal vez todas estas consideraciones sean absurdas, pero no pude evitar felicitarme cuando el sábado pasado, con una sorpresa y un estremecimiento que hasta ahora no caben en mi registro de situaciones estúpidas, vi a muchas personas apiñadas en los muros del malecón de Miraflores con sendas cámaras fotográficas, prontas a capturar el instante magnífico en que la ola eco del tsunami de Japón golpeara la Costa Verde de Lima. La ola nunca llegó y muchos renegaron del tiempo perdido, como si les hubieran dicho que llegaría Godot y Godot nunca llegó ("pero mañana puede que sí"). Más allá de la impronta morbosa e irresponsable del triste espectáculo del malecón, fotografiar la desgracia o la muerte puede resultar interesante, pero francamente, llegado el momento, prefiero esperar cualquier tsunami o a cualquier Godot tomándome un café o besando los labios que me gusta besar. Esa sería un linda foto para el final de los días.
* La imagen es del maestro Henri Cartier- Bresson.