jueves, febrero 24

No ser el tonto, tampoco el muerto

Se discute desde hace algún tiempo, con sir Ken Robinson a la cabeza, acerca del cambio de paradigma que necesita el sistema educativo a nivel mundial. Hay algo que ya no está funcionando y lo que se plantea, a modo de síntesis con brocha gorda, es un cambio que nos permita transitar de la clásica educación pensada por los padres de la Ilustración en el contexto de la Revolución Industrial a una educación que atienda las particularidades, donde lo académico y lo no académico, lo pragmático y lo cerebral, la experiencia estética, el pensamiento lateral y otras buenas hierbas, se administren no en favor del sistema, sino en favor de lograr personas realizadas y libres, que no se sientan pistones o ejes de engranaje, para que sean capaces de usar y trasformar el sistema.

En esta línea, el rol del maestro sufriría una transformación sensible, obligándolo a dejar de lado sus formas de oráculo, de dictador de consignas, de instructor de gimnasias mecánico-relacionales, para convertirse en un ser que oscile entre el protagonismo y la referencia, para entenderse como una especie de volante repartidor de pelota, un 10 clásico, para ponerlo en términos futbolísticos; un sujeto capaz de crear los contextos y las proposiciones ideales para sus pupilos. Entonces me pregunto si ya no teníamos eso y le dimos la espalda, si lo relegamos y olvidamos sin darnos cuenta en alguna esquina del progreso.

En estos días he tenido la oportunidad de observar un par de casos ilustrativos. Mientras aguardaba la entrega de mi auto en el taller, pude observar cómo un viejo mecánico, de esos que detectan el malestar de las máquinas sólo parando la oreja, le decía al novato que dejara el manual de lado para encontrar la falla, porque los autos no se malogran según ciertas instrucciones sino que padecen aleatoriamente el uso y desgaste que le imprimen sus conductores. Minutos más tarde, el muchacho sonreía al descubrir un atasco en la bobina. De madrugada, en una de esas sangucherías que sacian el hambre antes de ir a la cama, un ganador de póquer deslizaba la siguiente frase a alguien que parecía haber recibido una paliza en el casino: siempre hay un tonto que pierde; si a la media hora no has descubierto quién es, eso significa que el tonto eres tú. Abandona inmediatamente.

Podríamos remontarnos varios siglos atrás y hallar estas mismas palabras en boca de los antiguos, cuando alrededor del fuego prestaban orejas a aquél que había vivido, padecido y observado más que los demás. Algunos le llaman doctrina de la experiencia, porque no es vertical ni instructiva ni de copy/paste, sino que resulta modélica, propositiva, y opera como materia prima a partir de la cual el sujeto trasforma, adapta y forja lo que luego serán sus propias referencias. Se trata del propio descubrimiento del mundo y de las cosas, antes que del develamiento del saber en sesión pública y ceremoniosa. La lección del tahúr (que parece tomada del catecismo de Luky Luciano: "En cualquier negocio lo más importante es no ser el muerto"), o la del maestro mecánico, son síntesis de un saber particular surgido de sus propios dilemas, de sus propias necesidades; no caben fórmulas infalibles ni consignas incuestionables, sino invitaciones a la experiencia. Lo que se espera es un proceso individual que no ocurra al ritmo de la producción en serie, pero que sea capaz de encontrarle el revés a las cosas, ponerle la cola al burro y colocar con arte los puntos sobre las íes.

Hay que recuperar el instinto y tomarse menos en serio el valor de producción. Se trata de conocerse de primera mano y no a través de terceros; de aprender para qué somos buenos y no para qué deberíamos serlo. Se trata de no confundir éxito con felicidad, porque las cosas se viven, se sienten y se saben para evitar los problemas y no para salir de ellos. Hay que dejar de lado las certezas, porque está visto que son arbitrarias. Hay que evitar ser el tonto y también el muerto.

viernes, febrero 18

El amor y los ladrillos

Hay parejas difíciles, pero ninguna como ese par. Ellos se amaban, sí, aunque él no lo aceptara porque era un duro y aunque a ella las feministas le recomendaran terapia. Ver cómo renovaban su devoción en cada golpe era catártico, provocaba que nuestras ilusiones no se apagaran y avivaba la esperanza de que un día nuestros propios amores se animaran a querernos. Hay parejas difíciles, pero Ignacio y la Gata Loca lindaban con el martirio.

La historia contrafáctica de la gata que traicionando su especie se enamora perdidamente de un ratón ha sido una de las mejores renovaciones del tópico del amor ciego. Con ellos el amor fue también odio y la flecha de Cupido se transformó en un bloque de concreto. Era 1910, George Herriman completaba por encargo los fondos de una historieta cuando se dejó llevar y dibujó a una gata golpeada por el ladrillo que había lanzado un ratón. Esa agresión fue equivalente al golpe de martillo que Miguel Angel le dio a su Moisés para exigirle que hable; el ratón ni siquiera quería que la gata le hablara, pero ella fue más allá y lo amó.

Krazy Kat (La Gata Loca) ha sobrevivido al tiempo porque se curtió como los mejores melodramas hasta forjar su propia leyenda. Sin proponérselo, su deliciosa aberración resultó universal, supo reunir en un solo trazo el tánatos propio de la tensión amor- odio, los desencuentros de la pasión, las imposibilidades de las relaciones prohibidas y la tragedia de una repetición dolorosa pero sublime que hubiera envidiado hasta el mismísimo Sísifo. Y es que La Gata Loca siempre amará a Ignacio, cada ladrillazo que le resta razón (la enloquece) opera como una declaración primorosa, una marca de compromiso que la trasporta a las estrellas. Ella es como esas mujeres nobles que existen para desvivirse por un infeliz que no sabe apreciarlas. Ella supura inocencia, fervor, es la encarnación misma de lo bueno que extrañamente tiende a lo malo, a la violencia, al cinismo, a la ambición, a todo lo abyecto que es él, quizá porque ella es el antídoto esencial.

Ignacio, ese ratón barrigón y despreciable, era el mejor personaje de la historia. Era un incomprendido a quien el mundo se empeñaba en castigar: no tenía empleo, ingresaba de manera recurrente en la cárcel y, por si fuera poco, el perro policía andaba detrás de su chica, la gata aquella que castigaba consuetudinariamente con magistral puntería. La violencia de Ignacio era contra el mundo, pero descargaba sus frustraciones en esa mujer que lo seguía con fanatismo; la amaba y la odiaba a la vez porque la Gata Loca quería todo lo que Ignacio despreciaba de sí mismo.

Las historietas de Herriman se transformaron en animación en 1916 y el paso de un soporte a otro supuso algunos cambios. Por ejemplo, se limaron algunos excesos, los diálogos perdieron su filo de crítica social y toda su riqueza léxica, se dotó de una feminidad más explícita a la gata, que en la historieta exhibía una ambigüedad tan sexy como descarnada. Pero lejos de perder la magia, Krazy Kat ganó un nuevo público, sobre todo entre la contracultura de los años sesenta, época en que la Famous and Paramount Cartoon la animó por última vez. En Perú se trasmitió por PANTEL a mediados de los ochenta, junto a "Beetle Bailey, el recluta holgazán" y "Tapón López", otras dos joyitas de antología.

Krazy Kat no gozó de un éxito rentable en su tiempo, pero sobrevivió gracias a la subvención que William Randolph Hearst le otorgó para aparecer en sus periódicos y el cine, sin embargo, fue capaz de cosechar fieles e ilustres seguidores como Chaplin, Disney o Picasso y, más recientemente, Michael Stipe, el líder de R.E.M., que lleva un tatuaje de la pareja en un brazo.

El destino de Krazy Kat ha sido perdurar y desde su posición es capaz todavía de recordarnos que así como el amor es ciego, la bondad puede ser idiota y la maldad otra forma de pasión. Zygmunt Bauman platea el concepto de amor líquido para referirse a la fragilidad de las relaciones interpersonales. El nexo entre Ignacio y La Gata Loca es todo lo contrario. Literalmente, es un amor firme, imbatible, construido ladrillo a ladrillo.


jueves, febrero 10

El concierto por Bangladesh


Antes de los Live Aid y todas sus secuelas, están George Harrison y Ravi Shankar contra los monzones. Hace ya cuarenta años de esto, cuando en el delta del Ganges la discrimación lingüística y los problemas económicos derivados de la toma de Cachemira llevaron a la Guerra de Liberación de Bangladesh, incómoda costilla del Pakistán que Ayub Khan había regentado con pavor. El caos obligó a la población a refugiarse en territorios de la India, específicamente en una zona donde el ciclón Bhola no escatimó bravura y desató una crisis humanitaria agravada por la hambruna. Ante este panorama, Ravi Shankar pidió ayuda a George Harrison para encontrar una manera de ayudar a toda esa gente. Y la respuesta surgió de la única forma que podían concebirla dos músicos: un concierto benéfico, el primero de la historia.

Harrison había compuesto y grabado el single Bangladesh, cuyas ventas serían destinadas a la causa, pero pronto debió levantar el teléfono y convocar a los amigos para montar un recital que sería pionero en la historia del rock. La expectativa fue grandiosa, aún cuando la ilusión principal se esfumó pronto. La idea de ver a los cuatro Beatles reunidos en vivo se fue al traste cuando John Lennon y Paul McCartney recusaron la invitación. John se sintió defraudado porque Yoko Ono no aparecería como artista en el line up y Paul consideró prematura cualquier reunión con sus ex compañeros. De modo que el único en presentarse fue Ringo Starr.

Pero había más motivos para comprar una entrada y zambullirse en el Madison Square Garden. Se anunciaba a Leon Russell, Billy Preston, Klaus Voormann y, en una participación estelar, a Bob Dylan, retirado desde su último concierto en 1969 en el Festival de la Isla de Wight. Para añadirle pimienta, reaparecería en escena también Eric Clapton, apenas recuperado para el mundo tras superar una crisis de heroína. Por si fuera poco, estaba Harrison, que por ese entonces gozaba de gran prestigio y popularidad gracias a su disco debut como solista, All Things Must Pass. En definitiva, un momento histórico.


Ravi Shankar y el sarodista Ali Akbar fueron los encargados de abrir fuego con una sesión de música de la India. Y fueron sin duda los protagonistas de la anécdota de la noche, no sólo porque Shankar pidiera a la cofradía hippie allí reunida que no fumara, sino porque antes de ejecutar el primer tema afinaron instrumentos por espacio de casi dos minutos y la gente pagó con sonoros aplausos que obligaron a Shankar a decir: "Si disfrutaron con la afinación, espero que disfruten también la música". Harrison y la banda se encargaron del segundo round. Los acompañaron el guitarrista Jesse Ed Davis, Jim Keltner en la segunda batería, miembros del grupo Badfinger en las guitarras rítmicas, una sección de vientos conducida por Jim Horn, además de un coro y una cuadra de percusión. Las canciones de All Things Must Pass y los clásicos de Harrison con los Beatles se intercalaron con ejecuciones individuales a cargo de Ringo, Preston y Russel.

En la película que se grabó, también con miras a conseguir beneficios para la causa, puede verse a un Eric Clapton particularmente etéreo, aunque impecable. Es una época de la que ha dicho no sentirse orgulloso, sin embargo, es capaz de recordar varios detalles. Es él mismo quien hace notar, en la versión DVD del concierto editado en 2005, que estando todavía bajo la resaca de los narcóticos, olvidó cambiar de guitarra para interpretar While my guitar gently weeps. Se dio cuenta a poco de iniciar el solo final que él había creado para su amigo en los tiempos del White Album, pero no defraudó. Pese a la dificultad de no contar con un instrumento que le permitiera llegar hasta el final del diapasón, Clapton se las ingenió para alcanzar los agudos e improvisar incluso un dueto con Harrison. Un momento sólo para fanáticos (Ver 0:28 en el video).

El tercer bloque corrió por cuenta de Bob Dylan, acompañándose de Harrison, Ringo y Russel en algunas canciones. Blowin' in the wind fue un momento particularmente sentido, terminaba de ponerle el marco a la razón que los había reunido. Y el tema final a cargo de Harrison, Bangladesh, cerró el concierto dándole carta de ciudadanía a un evento que luego la música se encargaría de recrear con otros actores para cumplir los mismos fines.

Ocurrió en el Madison Square Garden, un primero de agosto de 1971. Hubo dos funciones, de tarde y de noche. La recaudación de la película y los conciertos alcanzaron un cuarto de millón de dólares que fueron cedidos a UNICEF para que los administrara. Hasta hoy, la fundación de Harrison redirecciona las regalías. Fue hace cuarenta años cuando George Harrison y Ravi Shankar se enfrentaron a los monzones.


viernes, febrero 4

El lobo feroz y el zapato de Kruschev

"Permítanme afirmar mi creencia en que lo único a lo que debemos temer es al miedo mismo; al terror anónimo, irracional, injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir una retirada en un avance". Franklin Delano Roosevelt iniciaba su gobierno en medio de la peor crisis norteamericana y en su primer discurso trató de transmitir la actitud que se debía tener ante el monstruo de la depresión. Lo que nunca imaginó es que con el tiempo la frase adquiriera una inusual fama.

Según el historiador Lewis Jacobs, Walt Disney produjo Los Tres Chanchitos inspirado en el discurso de Roosevelt. El Lobo Feroz simbolizaba la depresión y los chanchitos al pueblo norteamericano que, motivado por su presidente, cantaba: "quien le tiene miedo al lobo, tan feroz tan feroz…" No tener miedo al miedo fue un concepto tan popular que veinte años después aún tenía vigencia. En 1953 el escritor Edward Albee leyó un graffito que decía: Who's Afraid of Virginia Woolf? Evidentemente se trataba de un juego de palabras con el apellido de la escritora. Fue tal el impacto de la frase que en 1962 Albee escribió una obra de teatro con el mismo nombre. Tiempo después el escritor confesaría que en realidad "¿Quién le Teme a Virginia Woolf?" Tenía mucho que ver con la idea del presidente Roosevelt y poco con la escritora inglesa.

Los Estados Unidos de Roosevelt era una sociedad dominada por la mafia, el desempleo, los bajos sueldos, la escasez y las huelgas, y el miedo era un elemento común en los hogares. El discurso de Roosevelt pasó a la historia porque supo interpretar el momento, identifico el problema y planteó una solución. Algo parecido hizo Winston Churchill. El público que acudió la primavera de 1946 a la universidad de Westminster, no sabía que estaba a punto de presenciar una exposición histórica. En ese lugar Churchill pronunció un discurso que en una frase definía una época política: “desde Stettin en el Báltico, hasta Trieste en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido sobre el continente”.

Hablar ante la multitud es un arte que ha merecido todo tipo de reflexiones. Alguna vez escuché decir que para que un discurso sea bueno debía ser como la falda de una mujer: lo suficientemente largo para contener algo y lo suficientemente corto para despertar interés. Corolario: los discursos cortos mueven el corazón y los largos las posaderas.

Para perder el miedo a la multitud Demóstenes recomendaba ir a la orilla de un mar bravo y ponerse piedras en la boca. El romper de las olas simulaba el ruido de la multitud y las piedras aseguraban una buena dicción. Esto último le ayudó a superar una tartamudez que, sin embargo, no le impidió ganar algunos juicios. En la antigüedad el orador alcanzó grandes niveles de reconocimiento. Posiblemente asombrados por las peroratas de Cicerón, los Emperadores romanos manifestaban en sus edictos que los abogados, aquellos maestros de la oratoria, no triunfaban menos con la invencible fuerza de la elocuencia, que los Conquistadores con la de las armas, y que no contribuían menos a la defensa de los pueblos y conservación de los estados, que los Generales con sus numerosos ejércitos.

Aristóteles aseguraba que un Capitán debía ser además un excelente orador. "No es menos glorioso para un soberano saber rendir a los hombres con la fuerza de su elocuencia, que con la de sus armas…. Es más decoroso para un conquistador ganarse la estimación y amor de sus tropas y vasallos por medio de las arengas oratorias, que pasearse en triunfo en los campos de batalla, pisando cadáveres y cetros de Reyes". Dicen que Cesar hablaba fuerte y con vehemencia. Celio era admirado por la sutileza de sus discursos. Cálido era fino en la expresion. Bruto despertaba la admiración del público por la gravedad de sus oraciones. Suplicio tenía dichos y salidas graciosas. Calvo peroraba con fogosidad. Polonio componía con majestad. Séneca era fecundo. Africano enérgico. Crispo agradable. Tracalo buen declamador. Secundo elegante. Demóstenes irónico y mordaz con exceso.

Superando a los maestros griegos y romanos, Nikita Kruschev demostró que podía elaborar un discurso histórico sin pronunciar una sola palabra. Era 1958. Stalin había caído y su sucesor Nikita Kruschev, aparecía como alguien más abierto a occidente. En su visita a los Estados Unidos no tuvo problemas para elogiar los hot dogs y criticar a la policía norteamericana porque no lo dejó ir a Disneylandia por cuestiones de seguridad. Con esta aura acudió a la Asamblea General de la ONU, que tenía como presidente al irlandés Freddie Boland. En un momento de la sesión Kruschev interrumpió y Boland lo llamó al orden golpeando un mazo. Nikita insistió en interrumpir y Boland siguió golpeando el mazo. Superado por los decibeles de la madera, Nikita no tuvo mejor idea que sacarse el zapato para responder al mazo.

Aunque fueron sólo unos minutos, mazo y zapato protagonizaron un debate sin precedentes que terminó cuando se rompió el mango del mazo. Gracias a la consistencia del zapato comunista y a la fragilidad del mazo capitalista, Kruchev logró que su discurso ocupara un lugar en la historia, sin pronunciar palabra alguna.