Se discute desde hace algún tiempo, con sir Ken Robinson a la cabeza, acerca del cambio de paradigma que necesita el sistema educativo a nivel mundial. Hay algo que ya no está funcionando y lo que se plantea, a modo de síntesis con brocha gorda, es un cambio que nos permita transitar de la clásica educación pensada por los padres de la Ilustración en el contexto de la Revolución Industrial a una educación que atienda las particularidades, donde lo académico y lo no académico, lo pragmático y lo cerebral, la experiencia estética, el pensamiento lateral y otras buenas hierbas, se administren no en favor del sistema, sino en favor de lograr personas realizadas y libres, que no se sientan pistones o ejes de engranaje, para que sean capaces de usar y trasformar el sistema.
En esta línea, el rol del maestro sufriría una transformación sensible, obligándolo a dejar de lado sus formas de oráculo, de dictador de consignas, de instructor de gimnasias mecánico-relacionales, para convertirse en un ser que oscile entre el protagonismo y la referencia, para entenderse como una especie de volante repartidor de pelota, un 10 clásico, para ponerlo en términos futbolísticos; un sujeto capaz de crear los contextos y las proposiciones ideales para sus pupilos. Entonces me pregunto si ya no teníamos eso y le dimos la espalda, si lo relegamos y olvidamos sin darnos cuenta en alguna esquina del progreso.
En esta línea, el rol del maestro sufriría una transformación sensible, obligándolo a dejar de lado sus formas de oráculo, de dictador de consignas, de instructor de gimnasias mecánico-relacionales, para convertirse en un ser que oscile entre el protagonismo y la referencia, para entenderse como una especie de volante repartidor de pelota, un 10 clásico, para ponerlo en términos futbolísticos; un sujeto capaz de crear los contextos y las proposiciones ideales para sus pupilos. Entonces me pregunto si ya no teníamos eso y le dimos la espalda, si lo relegamos y olvidamos sin darnos cuenta en alguna esquina del progreso.
En estos días he tenido la oportunidad de observar un par de casos ilustrativos. Mientras aguardaba la entrega de mi auto en el taller, pude observar cómo un viejo mecánico, de esos que detectan el malestar de las máquinas sólo parando la oreja, le decía al novato que dejara el manual de lado para encontrar la falla, porque los autos no se malogran según ciertas instrucciones sino que padecen aleatoriamente el uso y desgaste que le imprimen sus conductores. Minutos más tarde, el muchacho sonreía al descubrir un atasco en la bobina. De madrugada, en una de esas sangucherías que sacian el hambre antes de ir a la cama, un ganador de póquer deslizaba la siguiente frase a alguien que parecía haber recibido una paliza en el casino: siempre hay un tonto que pierde; si a la media hora no has descubierto quién es, eso significa que el tonto eres tú. Abandona inmediatamente.
Podríamos remontarnos varios siglos atrás y hallar estas mismas palabras en boca de los antiguos, cuando alrededor del fuego prestaban orejas a aquél que había vivido, padecido y observado más que los demás. Algunos le llaman doctrina de la experiencia, porque no es vertical ni instructiva ni de copy/paste, sino que resulta modélica, propositiva, y opera como materia prima a partir de la cual el sujeto trasforma, adapta y forja lo que luego serán sus propias referencias. Se trata del propio descubrimiento del mundo y de las cosas, antes que del develamiento del saber en sesión pública y ceremoniosa. La lección del tahúr (que parece tomada del catecismo de Luky Luciano: "En cualquier negocio lo más importante es no ser el muerto"), o la del maestro mecánico, son síntesis de un saber particular surgido de sus propios dilemas, de sus propias necesidades; no caben fórmulas infalibles ni consignas incuestionables, sino invitaciones a la experiencia. Lo que se espera es un proceso individual que no ocurra al ritmo de la producción en serie, pero que sea capaz de encontrarle el revés a las cosas, ponerle la cola al burro y colocar con arte los puntos sobre las íes.
Hay que recuperar el instinto y tomarse menos en serio el valor de producción. Se trata de conocerse de primera mano y no a través de terceros; de aprender para qué somos buenos y no para qué deberíamos serlo. Se trata de no confundir éxito con felicidad, porque las cosas se viven, se sienten y se saben para evitar los problemas y no para salir de ellos. Hay que dejar de lado las certezas, porque está visto que son arbitrarias. Hay que evitar ser el tonto y también el muerto.


