jueves, enero 27

Los bárbaros y los presbíteros

En el mundo universitario puede ser común toparse con gente que lo haga sentir a uno un enano mental. Me pasa a menudo y me pasa, sobre todo, con los físicos, los químicos, los matemáticos, en suma, con los científicos duros, a los que imagino trabajando en las fronteras del mundo, bajo el riesgo de desbarrancarse e irse a otra dimensión en cualquier momento. Solía pensar que ellos en verdad trabajaban y le aportaban cosas importantes al planeta, mientras que tipos como yo llegábamos a fin de mes con la obligación de disimular nuestras precariedades. Pero de un tiempo a esta parte empiezo a sospechar que estos Atlas sobre cuyos hombros descansan muchas de las explicaciones de la tierra, pueden ser también un bluf.

La ciencia y las creencias han seguido caminos dispares en la evolución del tiempo. Existen, para establecer una dicotomía ilustrativa, dos tipos de gente: los bárbaros y los presbíteros de la ciencia. Es decir, los héroes de la razón y los advenedizos. Pues bien, en este último tiempo me ha tocado también conocer a tipos virtuosos, de reconocidos pergaminos científicos, que abrazan todavía el pensamiento mágico-religioso pese a toda la ciencia que supuran. Estos son los que me desconciertan. Todo está bien con esta gente si el ámbito de juego se circunscribe a Pitágoras, Newton, Galileo, Fleming o Einstein. Pero fuera de esas canchas son fanáticos que pueden llegar a las manos si les discutes el feng shui; no hagas bromas acerca de su peregrinación a cierta ermita, no discrepes acerca de su fe en la quiromancia, ni oses contravenir el dictado de su horóscopo, porque entonces ese científico, que en el laboratorio investiga los agujeros negros que se tragan las galaxias, puede convertirse en una fiera, en un reverendo idiota, en una tremenda decepción.

Quizá esto no deba sorprenderme, alguien diría se cumple lo mismo cuando los pobres votan a la derecha y los ricos a la izquierda, pero no puedo evitar sentirme estafado cuando descubro esa ruptura, ese quiebre básico entre los esquemas mentales que usan en el trabajo y el que practican después. De pronto siento que todas sus geniales conclusiones son bicocas que hacen agua y no son capaces de sostener más el entendimiento del mundo que yo les atribuía. Estos tipos no pueden ser Atlas, sino una pandilla de sujetos con problemas. Los paganos y los bárbaros al menos son consecuentes. Esto sólo puede significar dos cosas: que la estupidez es una pandemia y que el cerebro humano todavía está a medio cocinar.

jueves, enero 20

Escribir su propia muerte

En 1966 José María Arguedas ingirió 37 cápsulas de Seconal, pero la muerte lo ignoró. Tiempo después compró un revólver calibre 22. "Lo he probado. Funciona. Está bien. No será fácil elegir el día, hacerlo". Eligió el día, o acaso el día lo eligió a él, y la bala entró por la cabeza hasta perderse en la imaginación. Este año se cumplen cien del nacimiento del mayor indigenista peruano y, como cada vez que se le convoca, el trazo final que escogió para clausurar su vida es un detalle que acaba eclipsando sus mejores páginas.

El suicidio resulta fascinante en el ámbito de los escritores, tenidos muchas veces como seres distintos, almas contrariadas, poetas malditos, hacedores de su suerte, excomulgados de cualquier paz interior o locos demasiado cuerdos para seguir en este mundo. La lista de los que han cometido suicido en diferentes épocas no es tan sorprendente si se lista al lado de obreros, ingenieros, médicos, amantes, incluso niños, que también decidieron el último acto por sí mismos. El suicidio y los procesos creativos no son cócteles mortales en potencia, por lo que también puede resultar ocioso jugar al criptograma descifrando en sus escritos alguna pista que permita explicar, anticipar o culpar a alguien de tremenda decisión.

Posiblemente, quien inauguró este pasatiempo fue el antropólogo italiano Cesare Lombroso, que en 1889 intentó darle confirmación científica a las corazonadas melancólicas de su tiempo. En Genio y locura, Lombroso planteaba que el genio artístico era una forma de desequilibrio mental hereditario y para sustentar ésto se dedicó a coleccionar lo que llamó “arte psiquiátrico”, escritos, dibujos y pinturas realizados por pacientes encerrados en hospitales mentales. Lombroso vinculó el genio artístico con la esquizofrenia, debido al alto índice de pacientes que sufrían de este mal y que lograban plasmar por medio de la expresión creativa su atormentado y complejo mundo interior. Cien años después, exactamente en 1993, apareció el libro Tocados por el fuego, de la psicóloga clínica Kay Redfield Jamison, y el cotarro literario volvió a alborotarse a raíz del sistemático análisis que emprendió alrededor de los desórdenes maníaco-depresivos y los procesos creativos de varios escritores, como Dickens, Faulkner, Baudelaire, Herman Hesse, Ernest Hemingway, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Virginia Woolf y Kurt Vonnegut. Sin embargo, tal como ocurrió con Lombroso, todo acabó teñido de especulación y sus afirmaciones hoy son tenidas como esfuerzos conmovedores, y nada más.

Las motivaciones del suicidio de los escritores son tan pedestres como las de cualquier mortal. El inventario de sus métodos y situaciones a lo sumo sirve para ilustrar los límites y la naturaleza de algunas personalidades muy particulares. El polaco Jerzy Kossinski, autor de la novela Desde el jardín, podría encabezar la lista de los que procedieron con mayor rebuscamiento: después de saciarse con barbitúricos tragados con ron y Coca Cola, se metió en la tina de baño con la cabeza dentro de una bolsa de supermercado. Su nota de suicidio decía: “Voy a dormir ahora un rato más largo del usual. Llamemos a ese rato Eternidad”.

A fines de 1961 Hemingway ya era un envejecido hombre de cabellos grises, flaco y lejano de la figura fanfarrona y corpulenta que se le conocía. Ingresado en la Clínica Mayo por problemas con algunos fármacos, es tratado con electroshocks y el único resultado se manifiesta en la acentuación de su manía persecutoria y algunos intentos de suicidio. Para 1962 no aguanta más y decide arreglárselas a solas con una escopeta de dos cañones. Toda su vida había buscado la muerte, como corresponsal de guerra, cazando leones en África o corriendo delante de los toros en Pamplona. En la Primera Guerra Mundial fue herido conduciendo ambulancias en el frente italiano, entonces habría dicho: "Las mejores vacaciones las pasé alguna vez en un hospital".

Emilio Salgari optó por el suicidio para no darle posibilidades de victoria al grave aneurisma que había contraído en 1911. Se abrió el vientre con un cuchillo. Yukio Mishima siguió el protocolo samurai para mandarse mudar y Virginia Woolf decidió escapar de esta vida por miedo a la locura. Tras su primera novela en 1913, El viaje de ida, la Woolf tuvo un colapso nervioso que le hizo rozar la demencia y esa sensación enajenada se repitió varias veces hasta la primavera de 1941 cuando, a tono con los bombardeos de la Luftwaffe sobre Inglaterra, decidió acabar con sus días ahogándose en el río. El caso de Sylvia Plath es muy parecido. También aquejada por temporadas depresivas y de locura, una mañana de 1963 se arrodilló junto al horno abierto de la cocina de la segunda planta de su departamento y abrió la llave de gas. Antes había tragado una buena cantidad de somníferos y tomado precauciones para que no se intoxicaran sus hijos.

La poeta rusa Marina Tsvetaeva se colgó hasta morir. La alemana Unica Zürn se tiró desde la ventana del departamento que compartía con su compañero sentimental, el pintor Hans Bellmer. Jacques Vaché, amigo de André Breton y uno de los fundadores del surrealismo, murió de una sobredosis de opio. Horacio Quiroga tomó cianuro poco después de saber que sufría cáncer estomacal. Cesare Pavese tomó una sobredosis de barbitúricos luego de una decepción amorosa. Alfonsina Storni se adentró en el mar en la playa La Perla, en la ciudad de Mar del Plata, agobiada por la soledad y tras detectársele un cáncer mamario. Paul Celan se arrojó al Río Sena en París. Anne Sexton se encerró en su garaje, encendió el motor de su automóvil y murió por envenenamiento con monóxido de carbono.

Algunas muertes ocurrieron de manera tal que la línea entre suicidio y accidente no queda muy clara. Es el caso de Primo Levi, el escritor italiano de origen judío que sobreviviera al holocausto y que fuera encontrado muerto en las escaleras interiores de su edificio. Sus allegados y el forense que lo examinó estuvieron de acuerdo en que Levi se suicidó lanzándose por las escaleras, ya que jamás pudo sobreponerse al trauma y la culpa de haber sobrevivido a Auschwitz. Sobre la muerte de Jack London también se alza la sombra del suicidio. London sufría de uremia y los dolores lo obligaban a tomar morfina. Si la sobredosis que lo mató fue ingerida de manera accidental o deliberada, es algo que sigue en el misterio.

Más allá de nombres y prohombres, cada quien es dueño de las sogas que bajan su telón. Cada quien decide la hora del último vals. Los escritores, cómo no, deciden también escribir su propia muerte.

viernes, enero 14

Dios en Nueva York

Según cierta broma impía, si Dios fuera de izquierda viviría en Calcuta, si fuera de derecha estaría cómodamente instalado en Londres, pero si Dios existiera de verdad, entonces viviría en un edificio del Midtown en Manhattan. Sería vecino cercano de otros dioses vivos y muertos, como George Gershwin, Mel Brooks, Woody Allen, Barbra Streisand, Al Pacino, Christopher Walken, Sarah Jessica Parker, Louis Armstrong, Allen Ginsberg, Herman Melville, Calvin Klein o Stanley Kubrick. Se entretendría en los teatros de Broadway, cómo no, pero es seguro que también daría larguísimos paseos por Central Park, se sentaría en una banca a recuperar el aliento acompañado de un pretzel, con el IPod clavado en las sienes, comprado seguramente en la tienda de Apple de la Quinta Avenida; disfrutaría de sus criaturas viéndolas retozar en el zoológico del parque, visitaría a Lennon en Strawberry Fields, recurriría a Bloomingdale's para actualizar el guardarropa cuando lo necesitaran en algún evento benéfico y es casi seguro que tendría sus oficinas en Times Square, no en el Rockefeller Center ni en la Torre Trump ni en el edificio de las Naciones Unidas, porque desde Times Square sentiría el pálpito de la gente, esa colección de acentos, rostros, ascendencias, sueños, angustias, alegrías y miserias de los que está compuesta el alma de los hombres. Dios seguro se enardecería como en el Antiguo Testamento por una mala temporada de los Yankees o se largaría refunfuñando ante la mediocridad de un director de orquesta en el Lincoln Center. Ser Dios no le impediría hacer fila como cualquiera por un café en Starbucks o una hamburguesa en el P.J. Clark; seguramente frecuentaría el Stage Deli de la Séptima Avenida, y sólo su condición de Dios le permitiría acabar uno de los descomunales sandwichs con nombre de famosos que allí se ofrecen, como el Aretha Franklin de pastrami, pavo, roast beef y queso suizo. Aceptaría ser invitado de honor en la semana de la moda y en algún vernissage del Moma con la misma simpatía e interés con que cenaría en el Barbetta o el Astoria con un jeque árabe y usaría los mismos modos para discutir los números de Wall Street como las políticas de los Republicanos, porque está claro que Dios sería Demócrata. Seguro desayunaría en el Club 21 y como parte del trabajo recorrería el planetario para vigilar sus intendencias, acomodaría alguna estrella, encarrilaría algún cometa, retocaría los colores violeta de alguna concentración de rayos gama y haría una pausa en el Café Gitane o en el Bemelmans Bar, almorzaría en el Plaza y seguro acabaría la tarde rematando una cerveza en el Lenox Lounge, atento a la tristeza de una trompeta de jazz que le traería más de una nostalgia de otras eras. Probablemente Dios sería feliz y el secreto de su felicidad consistiría en reconocerse un materialista profundo, coleccionista de planetas, seres y fenómenos naturales. Su felicidad no radicaría en gastar millones, sino en apreciar la magnificencia de las cosas elaboradas y de las sencillas también. Dios se complacería en los rascacielos, pero también en la luz de los cuadros de Vermeer, el olor que despliega en el ambiente una naranja recién cortada, las manos asidas de dos amantes, la vertical de sol que cae sobre un tomate abierto, el humo del café que se expande entre las noticias del periódico, el acorde helado de Stravinski que abre el compás mientras el avión se eleva dejando abajo esa enorme ciudad envuelta en invierno. Sólo Dios sería capaz de vivir en Nueva York y conmoverse a la vez con las cosas ínfimas, sólo ese Dios le daría sentido al universo.

lunes, enero 3

La lección de Rocky

Los héroes son hombres de su tiempo y quizá por eso hoy es un incomprendido, un figurín irreal lejano de la espectacularidad 3D, pero fue el más grande. Todos los demás tenían un tufillo de imposibles, de virtuosismo exacerbado y éxito infalible, todos los que corrían por cuenta de Willis, Schwarzenegger o Norris, eran demasiado en todo sentido. Rocky, en cambio, era humano, un tipo valiente capaz de trenzarse a golpes con cualquiera para luego largarse a llorar en primer plano por una mujer. Stallone siempre será Rocky y Rocky siempre será uno de los nuestros.

Filadelfia parecía la sucursal de cualquier barrio en cualquier parte y Rocky sólo quería probarse que era capaz de resistir, que no importaba cómo viniera la mano, él iba a estar allí para poner la otra mejilla y devolver un gancho de izquierda. Ese pequeño perro de presa era capaz de poner en aprietos al mastín más fiero. Resultaba conmovedor verle ofrecer la quijada al más plantado y resistir sin besar la lona, con la cara inflamada y tumefacta; si alguien iba a quitarle la dignidad, tendría que llevarse también un poco de lo suyo.

Rocky se hizo viejo con nosotros, fue nuestro Mickey Goldmill, siempre en la esquina recordándonos que aún no había sonado la campana y había que dar la talla en el patio de la escuela frente al grandazo, en la calle, en la universidad, en el trabajo. Rocky nos enseñó a montar la bicicleta de la vida sin las rueditas laterales, desde su esquina nos animó a marchar con el pie firme en los pedales y la frente orgullosa. Puede que el mundo no sea el baile que nos contaron, pero mientras estemos aquí sólo nos queda bailar. Rocky lo supo siempre muy bien y nos lo dijo muchas veces, la última de ellas con ese tono de ángel de la guarda próximo al retiro, con el peso de los puños en las palabras: no importa lo fuerte que golpees, muchacho, sino cuánto puedes resistir, lo que aguantes mientras sigues adelante.