
En 1966 José María Arguedas ingirió 37 cápsulas de Seconal, pero la muerte lo ignoró. Tiempo después compró un revólver calibre 22. "Lo he probado. Funciona. Está bien. No será fácil elegir el día, hacerlo". Eligió el día, o acaso el día lo eligió a él, y la bala entró por la cabeza hasta perderse en la imaginación. Este año se cumplen cien del nacimiento del mayor indigenista peruano y, como cada vez que se le convoca, el trazo final que escogió para clausurar su vida es un detalle que acaba eclipsando sus mejores páginas.
El suicidio resulta fascinante en el ámbito de los escritores, tenidos muchas veces como seres distintos, almas contrariadas, poetas malditos, hacedores de su suerte, excomulgados de cualquier paz interior o locos demasiado cuerdos para seguir en este mundo. La lista de los que han cometido suicido en diferentes épocas no es tan sorprendente si se lista al lado de obreros, ingenieros, médicos, amantes, incluso niños, que también decidieron el último acto por sí mismos. El suicidio y los procesos creativos no son cócteles mortales en potencia, por lo que también puede resultar ocioso jugar al criptograma descifrando en sus escritos alguna pista que permita explicar, anticipar o culpar a alguien de tremenda decisión.
Posiblemente, quien inauguró este pasatiempo fue el antropólogo italiano Cesare Lombroso, que en 1889 intentó darle confirmación científica a las corazonadas melancólicas de su tiempo. En Genio y locura, Lombroso planteaba que el genio artístico era una forma de desequilibrio mental hereditario y para sustentar ésto se dedicó a coleccionar lo que llamó “arte psiquiátrico”, escritos, dibujos y pinturas realizados por pacientes encerrados en hospitales mentales. Lombroso vinculó el genio artístico con la esquizofrenia, debido al alto índice de pacientes que sufrían de este mal y que lograban plasmar por medio de la expresión creativa su atormentado y complejo mundo interior. Cien años después, exactamente en 1993, apareció el libro Tocados por el fuego, de la psicóloga clínica Kay Redfield Jamison, y el cotarro literario volvió a alborotarse a raíz del sistemático análisis que emprendió alrededor de los desórdenes maníaco-depresivos y los procesos creativos de varios escritores, como Dickens, Faulkner, Baudelaire, Herman Hesse, Ernest Hemingway, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Virginia Woolf y Kurt Vonnegut. Sin embargo, tal como ocurrió con Lombroso, todo acabó teñido de especulación y sus afirmaciones hoy son tenidas como esfuerzos conmovedores, y nada más.
Las motivaciones del suicidio de los escritores son tan pedestres como las de cualquier mortal. El inventario de sus métodos y situaciones a lo sumo sirve para ilustrar los límites y la naturaleza de algunas personalidades muy particulares. El polaco Jerzy Kossinski, autor de la novela Desde el jardín, podría encabezar la lista de los que procedieron con mayor rebuscamiento: después de saciarse con barbitúricos tragados con ron y Coca Cola, se metió en la tina de baño con la cabeza dentro de una bolsa de supermercado. Su nota de suicidio decía: “Voy a dormir ahora un rato más largo del usual. Llamemos a ese rato Eternidad”.
A fines de 1961 Hemingway ya era un envejecido hombre de cabellos grises, flaco y lejano de la figura fanfarrona y corpulenta que se le conocía. Ingresado en la Clínica Mayo por problemas con algunos fármacos, es tratado con electroshocks y el único resultado se manifiesta en la acentuación de su manía persecutoria y algunos intentos de suicidio. Para 1962 no aguanta más y decide arreglárselas a solas con una escopeta de dos cañones. Toda su vida había buscado la muerte, como corresponsal de guerra, cazando leones en África o corriendo delante de los toros en Pamplona. En la Primera Guerra Mundial fue herido conduciendo ambulancias en el frente italiano, entonces habría dicho: "Las mejores vacaciones las pasé alguna vez en un hospital".
Emilio Salgari optó por el suicidio para no darle posibilidades de victoria al grave aneurisma que había contraído en 1911. Se abrió el vientre con un cuchillo. Yukio Mishima siguió el protocolo samurai para mandarse mudar y Virginia Woolf decidió escapar de esta vida por miedo a la locura. Tras su primera novela en 1913, El viaje de ida, la Woolf tuvo un colapso nervioso que le hizo rozar la demencia y esa sensación enajenada se repitió varias veces hasta la primavera de 1941 cuando, a tono con los bombardeos de la Luftwaffe sobre Inglaterra, decidió acabar con sus días ahogándose en el río. El caso de Sylvia Plath es muy parecido. También aquejada por temporadas depresivas y de locura, una mañana de 1963 se arrodilló junto al horno abierto de la cocina de la segunda planta de su departamento y abrió la llave de gas. Antes había tragado una buena cantidad de somníferos y tomado precauciones para que no se intoxicaran sus hijos.
La poeta rusa Marina Tsvetaeva se colgó hasta morir. La alemana Unica Zürn se tiró desde la ventana del departamento que compartía con su compañero sentimental, el pintor Hans Bellmer. Jacques Vaché, amigo de André Breton y uno de los fundadores del surrealismo, murió de una sobredosis de opio. Horacio Quiroga tomó cianuro poco después de saber que sufría cáncer estomacal. Cesare Pavese tomó una sobredosis de barbitúricos luego de una decepción amorosa. Alfonsina Storni se adentró en el mar en la playa La Perla, en la ciudad de Mar del Plata, agobiada por la soledad y tras detectársele un cáncer mamario. Paul Celan se arrojó al Río Sena en París. Anne Sexton se encerró en su garaje, encendió el motor de su automóvil y murió por envenenamiento con monóxido de carbono.
Algunas muertes ocurrieron de manera tal que la línea entre suicidio y accidente no queda muy clara. Es el caso de Primo Levi, el escritor italiano de origen judío que sobreviviera al holocausto y que fuera encontrado muerto en las escaleras interiores de su edificio. Sus allegados y el forense que lo examinó estuvieron de acuerdo en que Levi se suicidó lanzándose por las escaleras, ya que jamás pudo sobreponerse al trauma y la culpa de haber sobrevivido a Auschwitz. Sobre la muerte de Jack London también se alza la sombra del suicidio. London sufría de uremia y los dolores lo obligaban a tomar morfina. Si la sobredosis que lo mató fue ingerida de manera accidental o deliberada, es algo que sigue en el misterio.
Más allá de nombres y prohombres, cada quien es dueño de las sogas que bajan su telón. Cada quien decide la hora del último vals. Los escritores, cómo no, deciden también escribir su propia muerte.