Normalmente, soy un tipo normal. Es decir, no suelen ocurrirme las cosas grandilocuentes, maravillosas, trágicas y líricas que le ocurren a otras personas dentro y fuera de la ficción. Pero cuando me ocurre algo después de un periodo sin aspavientos, ocurre por todo lo alto... Mamá siempre dijo que si iba a hacer algo, que lo hiciera de lo mejor.
El año que termina ha sido pródigo en felicidad, creía que llegaría hasta el final invicto en desgracias, sin embargo, diciembre se ha encargado de recordarme un par de cosas: que la felicidad cuesta y que uno nunca las tiene todas consigo. Empecemos por la ventana. Sí, la ventana de mi dormitorio en un quinto piso que caprichosamente resbaló de mis manos, saltó de su carril y cayó ocasionando destrozos. Ni bien fui consciente de lo que había ocurrido, quedé perplejo. Me tomó uno o dos minutos asomar la cabeza por la ventana y comprobar que el único perjudicado había sido el auto de mi vecina. El panel de la ventana que cedió tenía un tamaño considerable y atravesó el parabrisas trasero, la lluvia de vidrios raspó la pintura y los cromos generando, además, numerosas abolladuras. Sólo después de respirar aliviado por no tener víctimas mortales, maldije la mala suerte de tener que cubrir los gastos. Cuando reparé en que mis manos y brazos estaban ensangrentados, también maldije la cuenta de lavandería.
Luego vino el problema del ritmo. Sin señales previas, una madrugada después de navidad desperté sobresaltado. Sentía como si un tropel de caballos embistiera para salirse de mi pecho. Pensé que era mi reacción natural a los temblores limeños, pero no. Solamente levantarme de la cama supuso un esfuerzo tremendo. Aún así pude vestirme y llegar caminando las siete cuadras que separan mi casa de la Clínica Americana. Ordenaron electrocardiograma y la atenta señorita que manipulaba el aparato salió disparada apenas tuvo el resultado de las lecturas. Inmediatamente fui rodeado por enfermeras y sujetos que me inyectaron, desvistieron, entubaron y trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos porque la taquicardia marcaba 190 pulsaciones y había "riesgo de caída", eufemismo que debe suponer el peor resultado de los eventos, porque el médico de urgencias respiró aliviado cuando hizo el traslado y los de la UCI me acogieron.
Ambas circunstancias, de las que he salido afortunadamente bien librado, no hacen sino confirmar que la salud no es una bicoca y que terminar tus días como víctima de un cuadro de estrés es muy poco honorable. Lo paradójico es que hace años yo pensaba que el estrés era solo una excusa con respaldo médico y, sin embargo, he terminado abrazando cualquier causa que lo combata. Por eso, este 2012 me he prometido extender la felicidad emocional al cuerpo y ser un tipo odiosamente feliz, en cuerpo y alma. Creo que hay varios años nuevos más por rebanar allá, adelante. Y van a pillarme en forma... Claro, si las profecías Maya lo permiten.
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