viernes, septiembre 16

Letras de miedo


Mi primera imagen del terror literario es la de un jinete sin cabeza que galopaba en la noche. Se trataba de un cuento de Washington Irving que aparecía en El Tesoro de la Juventud. Las casas encantadas vinieron luego y, enseguida, los aparecidos de la noche, los seres que habitaban los rincones de la casa y que venían, desde un tiempo de guerra y muerte, a cobrarse lo suyo, dejando un rastro de olor a podredumbre. Leer entonces era, más que otra cosa, buscar la prueba de la existencia de esos personajes de sombra y sentir el vértigo del espanto. Leer para temblar. Escuchar relatos para lo mismo. Porque el miedo es el alma de los cuentos que tienen como materia narrativa lo sobrenatural, las postrimerías y todo aquello que tiene difícil explicación y es el reflejo de otros miedos, otros tabúes, otros fantasmas menos reconocibles. El espanto, el terror, la truculencia es un territorio literario (que se frecuenta en el papel para no tener que hacerlo en la realidad) que pocos lectores han dejado de explorar alguna vez, de la mano de sus representaciones cinematográficas (el gran aliado de la literatura de terror) o no, eso es lo de menos. Es algo más que un género que hunde sus raíces no ya en la novela gótica del XVIII, sino en los mitos y leyendas que surgen del corazón del bosque. Algunas de estas creaciones o arquetipos provienen de mitos germánicos expandidos por toda Europa, otras vienen de más lejos y han dejado su huella en la literatura clásica. La licantropía, el brucolaco o vampiro, corrían que era un gusto en el mundo rural, el de las brujas y sus hechizos. No es por tanto una invención romántica. Es un mundo literario poblado por figuras de la imaginación que parecen aguardar agazapadas en la noche oscura, agitado por las asechanzas del diablo, por el misterio de la muerte, por la inquietud de lo inexplicable, por las noticias de lo remoto. A veces basta sólo un detalle para desatar el escalofrío: por ejemplo, un "¡Adelante!" que se escucha desde el fondo de una casa abandonada. Sus escenarios preferidos son los lugares solitarios, las mansiones malditas (como la casa Usher de Poe) y encantadas; los alrededores del árbol del ahorcado, el cruce de caminos donde humea el colchón del muerto o se vende el alma al diablo; el cementerio donde aparecen los muertos vivos y los ladrones de tumbas, las ruinas de algún monasterio habitadas por monjes de la estirpe del legendario Ambrosio; las rutas del barco fantasma que se dirige a Magonia, la abrupta geografía que dictan los aquelarres; castillos laberínticos; teatros como el de la Ópera, por cuyas profundidades vagaba el fantasma de Gaston Leroux... Por esos predios siempre andan aparecidos, desaparecidos, metamorfoseados por arte del diablo, enterrados vivos, lapidados, perros diabólicos, monstruos o simplemente locos o enfermos, almas condenadas a la errancia sin fin... y con todas ellos temblamos y viajamos en la noche alguna vez. Junto a Mary Shelley y su Frankestein, con Charles Robert Maturin y su Melmoth, con Arthur Machen, con Lovecraft y los seres que acechan bajo tierra, con Matthew Gregory Lewis, con Meyrink y su Gollem, con el gran Poe, que logra causar escalofríos en algo tan misterioso, tan enigmático todavía hoy, como Las aventuras de Arthur Gordon Pym. También están Hoffman, Sheridan Le Fanu y hasta Henry James con su Otra vuelta de tuerca... Y más recientemente, menos clásico o próximamente clásicos, duchos en el crimen y el espanto, Cormac McCarthy con sus locos asesinos abrazados a las carroñas y Tim Krabbé con sus enterrados vivos. Alguien dijo que el terror literario, igual que el folletín, fueron los grandes perdedores cuando la bombilla de Edison apareció para iluminar todo y desvanecer el misterio... pero alguien también ha recordado que con la luz eléctrica apareció la silla eléctrica, otra clase de terror que de fantástico no tiene nada.