La naturaleza de la creatividad ha sido largamente estudiada y, aunque es aún poco lo que sabemos de ella, al parecer se trata de un misterioso talento para reordenar ciertos elementos que ya estaban presentes, pero de una manera diferente, lo cual produce un efecto inesperado y, en algún sentido, valioso. Un producto original nunca procede de la nada. Por eso, aunque no se puede predecir su aparición, siempre se puede explicar retrospectivamente de dónde salió. Lo difícil de explicar, sin embargo, es la manera cómo la creatividad misma opera. ¿Qué sucede en alguien que tiene un chispazo de originalidad? ¿Cómo es que sobreviene una idea, un rapto, una intuición que a nadie se le había ocurrido y que uno mismo no entiende de dónde pudo provenir? ¿Hasta qué punto es voluntario o producto del azar?
Desde los orígenes de la modernidad, en el siglo XVI, se suele asumir que explicar algo es encontrar las regularidades que gobiernan su comportamiento. Así, por ejemplo, explicamos el clima si podemos conocer las leyes que lo gobiernan, prediciendo su comportamiento futuro. Pero según ese principio la creatividad sería por definición inexplicable, pues creativo no es el que sigue eficientemente un conjunto de pautas establecidas, sino quien tiene la habilidad para modificarlas o inventar nuevas. No hay fórmulas que nos digan cómo debemos crear nuevos cánones, pues si las hubiera los genios solo tendrían que seguir un manual.
Mozart creó nuevas reglas de composición para su época. Picasso introdujo estrategias de dibujo que nadie había imaginado. Einstein ideó una manera de entender el universo en base a criterios hasta entonces inconcebibles. Wittgenstein sugirió una manera de abordar los problemas filosóficos que no estaba prevista en la tradición. En todos estos casos se pueden rastrear las influencias previas, pero el producto creativo es mucho más que la suma de sus antecedentes pues, siendo un reordenamiento de piezas que ya estaban sobre el tablero, se trata de un nuevo orden que a nadie se le ocurrió fuera posible.
La originalidad parece un misterio todavía insondable y posible solo en los remotos parajes de la psiquis y los procesos químico eléctricos que se dan en nuestro cerebro. A lo original se opone, por definición, la copia, lo apócrifo, y de eso creemos saber un poco más: se han establecido leyes, procedimientos, sanciones y demás, pero igual que los recovecos de nuestro cerebro, la sociedad humana también es insondable en misterios y sorpresas sobre este tema.
Galeano versus Galeano
En una biblioteca universitaria de Estados Unidos, Eduardo Galeano se enteró de que era autor del prólogo de un libro de Nahuel Maciel, publicado en Buenos Aires por las ediciones El Cronista. Como nunca escribe prólogos, el asunto le llamó la atención. El prólogo, firmado por Eduardo Galeano "en Montevideo, a los 76 días de 1992", comienza advirtiendo "es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña". Y a continuación, el enseñante enseñado se deshace en elogios con un estilo inflado por las citas ilustres y el noble sentido de la gratitud. Aunque ya había pasado algún tiempo desde la publicación, Galeano decidió recurrir a la justicia. Hizo la denuncia penal en Buenos Aires pensando que el sentido común tenía algo que ver con el derecho, pero los representantes de la ley lo sacaron del error: el fiscal consideró que ese prólogo no contituye propiedad literaria digna de protección, puesto que Galeano nunca lo escribió, y el juez puso punto final al malentendido al esablecer que no existe defraudación por cuanto el prólogo no perjudicaba su patrimonio. A Galeano no le quedó más que respetar a la justicia y hacer de tripas corazón; quizá algún día se convencería de que ese prólogo espantoso era suyo, y quizá un día también llegara a quererlo. Ya le había pasado algo parecido con la Enciclopedia Larousse. Allí figura con una fecha de nacimiento, 1920, que le agrega veinte años de vida. Pidió que corrigieran la errata y en una edición posterior le hicieron una rebajita y pasó a nacer en 1924. Su papá, su mamá y sus documentos aseguran que nació en 1940, pero es tanto su respeto por la Larousse que Galeano ha empezado a padecer los achaques de la edad que le atribuyen.
También hay formas originales de ser apócrifos.
La verdad de las mentiras
Hasta marzo de 2010 el historial de Tomasso Debenedetti parecía perfecto, publicaba sus “entrevistas exclusivas” con grandes literatos, algunos de ellos autores de best sellers, en periódicos de las provincias italianas que publicaban sus historias sin verificar si las entrevistas a literatos de primer nivel eran reales. Hasta que Philip Roth descubrió el teatro cuando una reportera le preguntó por unas declaraciones que él jamás había hecho. Así, Roth descubrió que no sólo él había sido falsamente entrevistado por Debenedetti, sino que eran muchos escritores de todas las tallas y tamaños los que supuestamente habían sido "reportados" por el italiano.
Tomasso Debenedetti nunca temió ser descubierto ni demandado. Si al dramaturgo Derek Walcott lo presentó aterrorizado al otro lado del teléfono el día del terremoto de Haití; a Philip Roth lo puso a decir cosas terribles contra Obama, al grado de que lo puso como “antipático, además de ineficaz y deslumbrado por los mecanismos del poder”; mientras tanto, al escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II lo suplantó para escribir una carta en la que dice que a pesar de ser ateo y marxisma lo emocionaba la visita del Papa a España y las manifestaciones de los jóvenes.
Pese a ser considerado uno de los grandes impostores de los tiempos modernos, este profesor de italiano y de historia que da clases en un instituto de educación básica, mantiene el humor y ha prometido seguir con sus juegos. “Creo que he inventado un género nuevo y espero poder publicar nuevos falsos en mi web, y la colección en un libro. Por supuesto, con prólogo de Philip Roth”. Fiel a su promesa, a finales de febrero de este año abrió en Facebook la falsa página de Mario Vargas Llosa, donde hizo declaraciones polémicas suplantando al Premio Nobel de Literatura. Su intención, ha declarado, es “animar a la gente a reflexionar sobre la débil frontera que divide a la verdad de la mentira en el sistema de la información actual”, e incluso dijo que todo es posible y creíble en las redes sociales.
El camino de la verdad está empedrado de mentiras, dijo un historiador.
Desde los orígenes de la modernidad, en el siglo XVI, se suele asumir que explicar algo es encontrar las regularidades que gobiernan su comportamiento. Así, por ejemplo, explicamos el clima si podemos conocer las leyes que lo gobiernan, prediciendo su comportamiento futuro. Pero según ese principio la creatividad sería por definición inexplicable, pues creativo no es el que sigue eficientemente un conjunto de pautas establecidas, sino quien tiene la habilidad para modificarlas o inventar nuevas. No hay fórmulas que nos digan cómo debemos crear nuevos cánones, pues si las hubiera los genios solo tendrían que seguir un manual.
Mozart creó nuevas reglas de composición para su época. Picasso introdujo estrategias de dibujo que nadie había imaginado. Einstein ideó una manera de entender el universo en base a criterios hasta entonces inconcebibles. Wittgenstein sugirió una manera de abordar los problemas filosóficos que no estaba prevista en la tradición. En todos estos casos se pueden rastrear las influencias previas, pero el producto creativo es mucho más que la suma de sus antecedentes pues, siendo un reordenamiento de piezas que ya estaban sobre el tablero, se trata de un nuevo orden que a nadie se le ocurrió fuera posible.
La originalidad parece un misterio todavía insondable y posible solo en los remotos parajes de la psiquis y los procesos químico eléctricos que se dan en nuestro cerebro. A lo original se opone, por definición, la copia, lo apócrifo, y de eso creemos saber un poco más: se han establecido leyes, procedimientos, sanciones y demás, pero igual que los recovecos de nuestro cerebro, la sociedad humana también es insondable en misterios y sorpresas sobre este tema.
Galeano versus Galeano
En una biblioteca universitaria de Estados Unidos, Eduardo Galeano se enteró de que era autor del prólogo de un libro de Nahuel Maciel, publicado en Buenos Aires por las ediciones El Cronista. Como nunca escribe prólogos, el asunto le llamó la atención. El prólogo, firmado por Eduardo Galeano "en Montevideo, a los 76 días de 1992", comienza advirtiendo "es tarea y es propio de los maestros prologar las obras de sus discípulos, pero lo cierto es que no considero a este joven periodista como un discípulo, puesto que casi siempre es él quien me enseña". Y a continuación, el enseñante enseñado se deshace en elogios con un estilo inflado por las citas ilustres y el noble sentido de la gratitud. Aunque ya había pasado algún tiempo desde la publicación, Galeano decidió recurrir a la justicia. Hizo la denuncia penal en Buenos Aires pensando que el sentido común tenía algo que ver con el derecho, pero los representantes de la ley lo sacaron del error: el fiscal consideró que ese prólogo no contituye propiedad literaria digna de protección, puesto que Galeano nunca lo escribió, y el juez puso punto final al malentendido al esablecer que no existe defraudación por cuanto el prólogo no perjudicaba su patrimonio. A Galeano no le quedó más que respetar a la justicia y hacer de tripas corazón; quizá algún día se convencería de que ese prólogo espantoso era suyo, y quizá un día también llegara a quererlo. Ya le había pasado algo parecido con la Enciclopedia Larousse. Allí figura con una fecha de nacimiento, 1920, que le agrega veinte años de vida. Pidió que corrigieran la errata y en una edición posterior le hicieron una rebajita y pasó a nacer en 1924. Su papá, su mamá y sus documentos aseguran que nació en 1940, pero es tanto su respeto por la Larousse que Galeano ha empezado a padecer los achaques de la edad que le atribuyen.
También hay formas originales de ser apócrifos.
La verdad de las mentiras
Hasta marzo de 2010 el historial de Tomasso Debenedetti parecía perfecto, publicaba sus “entrevistas exclusivas” con grandes literatos, algunos de ellos autores de best sellers, en periódicos de las provincias italianas que publicaban sus historias sin verificar si las entrevistas a literatos de primer nivel eran reales. Hasta que Philip Roth descubrió el teatro cuando una reportera le preguntó por unas declaraciones que él jamás había hecho. Así, Roth descubrió que no sólo él había sido falsamente entrevistado por Debenedetti, sino que eran muchos escritores de todas las tallas y tamaños los que supuestamente habían sido "reportados" por el italiano.
Tomasso Debenedetti nunca temió ser descubierto ni demandado. Si al dramaturgo Derek Walcott lo presentó aterrorizado al otro lado del teléfono el día del terremoto de Haití; a Philip Roth lo puso a decir cosas terribles contra Obama, al grado de que lo puso como “antipático, además de ineficaz y deslumbrado por los mecanismos del poder”; mientras tanto, al escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II lo suplantó para escribir una carta en la que dice que a pesar de ser ateo y marxisma lo emocionaba la visita del Papa a España y las manifestaciones de los jóvenes.
Pese a ser considerado uno de los grandes impostores de los tiempos modernos, este profesor de italiano y de historia que da clases en un instituto de educación básica, mantiene el humor y ha prometido seguir con sus juegos. “Creo que he inventado un género nuevo y espero poder publicar nuevos falsos en mi web, y la colección en un libro. Por supuesto, con prólogo de Philip Roth”. Fiel a su promesa, a finales de febrero de este año abrió en Facebook la falsa página de Mario Vargas Llosa, donde hizo declaraciones polémicas suplantando al Premio Nobel de Literatura. Su intención, ha declarado, es “animar a la gente a reflexionar sobre la débil frontera que divide a la verdad de la mentira en el sistema de la información actual”, e incluso dijo que todo es posible y creíble en las redes sociales.
El camino de la verdad está empedrado de mentiras, dijo un historiador.
0 apuntes:
Publicar un comentario en la entrada