De vez en cuando viene bien saber que un sujeto de a pie es capaz de asestar un golpe que ponga en serios predicamentos a cualquier mastodonte del mundo. No es que uno le perdone el pecado al tramposo más pequeño, pero resulta inevitable conmoverse, aún en el juego de las deslealtades, ante el tesón de cualquier David que se plante delante de Goliat.
Microsoft afronta una demanda por 500 mil millones de dólares hecha por un usuario de la Xbox Live llamado David Stebbins, quien aprovechó los vacíos legales de los términos del servicio para reclamar esa suma. Stebbins cambió unilateralmente el 6 de mayo el contrato que lo unía al servicio online argumentando que el texto "no especifica que el usuario no pudiera modificarlo”. Según la compañía, los daños y perjuicios ocasionados por Xbox Live no excederán, en ningún caso, un mes de cuota (cinco dólares), pero Stebbins colocó una "letra pequeña" en la cual indica que la aceptación y posterior renovación del contrato por el servicio de Xbox Live, deberá acompañarse USD 500.000 millones, desembolsado por Microsoft para el usuario.
Tras recibir la notificación, Microsoft debía haber rechazado el cambio y terminado su contrato con Stebbins tras diez días. Pero al no hacerlo, se da por descontado que aceptó la modificación, siguiendo la misma lógica que usan las compañías con los consumidores: si se notifica a un cliente los cambios en los términos del servicio y el usuario sigue haciendo uso del mismo, se asume que el cambio ha sido aceptado.
El 18 de mayo, dos días después del plazo de Microsoft, Stebbins presentó una demanda en la que reclama los 500.000 millones de dólares. Asegura que en el nuevo contrato incluyó una cláusula que establecía que si Microsoft no contestaba en 24 horas, automáticamente ganaría. El gigante de Redmond ha guardado silencio hasta ahora, quizá para no desatar una ola de "aprovechamientos masivos".
Como en otros casos, detrás de cualquier fraude hay una alta dosis de codicia. Cuando es una empresa la que lidera la estafa, la pérdida de confianza precipita su descalabro. Los casos de Enron y Worldcom son ilustrativos. No había crisis ni nada a inicios de siglo, simplemente fueron las operaciones marcadas por la ambición y el presentimiento de que todo iba a ir bien en los años venideros las que decidieron la debacle. “La codicia es buena”, diría Gordon Gekko, el memorable personaje de Wall Street. Pero si detrás del escándalo sólo aparece una persona, la justicia suele ser más severa y las empresas menos comprensivas.
La historia de Stebbins recuerda un viejo caso que se traía a colación en las clases de Persuasión y propaganda de la universidad: un tipo pone un aviso en el diario que tiene como único texto "Último día para mandar su dólar" junto a una dirección de P.O. Box. El anuncio se reprodujo muchas veces en distintos estados de Norteamérica. Al cabo de un tiempo, el fisco denunció al autor del aviso por estafa, sin embargo, la justicia debió dejarlo libre, apenas con un jalón de orejas y la advertencia de no volver a hacerlo. Al tipo no pudieron acusarlo de nada, pues "no había ofrecido nada a cambio", se tomaron los masivos e inconscientes envios de un dolar como responsabilidad de los anunciantes, que lo hicieron libremente y sin coacción o promesa alguna.
Existen dos partes en este tipo de historias: los malvadamente listos y los tiernamente idiotas.
Microsoft afronta una demanda por 500 mil millones de dólares hecha por un usuario de la Xbox Live llamado David Stebbins, quien aprovechó los vacíos legales de los términos del servicio para reclamar esa suma. Stebbins cambió unilateralmente el 6 de mayo el contrato que lo unía al servicio online argumentando que el texto "no especifica que el usuario no pudiera modificarlo”. Según la compañía, los daños y perjuicios ocasionados por Xbox Live no excederán, en ningún caso, un mes de cuota (cinco dólares), pero Stebbins colocó una "letra pequeña" en la cual indica que la aceptación y posterior renovación del contrato por el servicio de Xbox Live, deberá acompañarse USD 500.000 millones, desembolsado por Microsoft para el usuario.
Tras recibir la notificación, Microsoft debía haber rechazado el cambio y terminado su contrato con Stebbins tras diez días. Pero al no hacerlo, se da por descontado que aceptó la modificación, siguiendo la misma lógica que usan las compañías con los consumidores: si se notifica a un cliente los cambios en los términos del servicio y el usuario sigue haciendo uso del mismo, se asume que el cambio ha sido aceptado.
El 18 de mayo, dos días después del plazo de Microsoft, Stebbins presentó una demanda en la que reclama los 500.000 millones de dólares. Asegura que en el nuevo contrato incluyó una cláusula que establecía que si Microsoft no contestaba en 24 horas, automáticamente ganaría. El gigante de Redmond ha guardado silencio hasta ahora, quizá para no desatar una ola de "aprovechamientos masivos".
Como en otros casos, detrás de cualquier fraude hay una alta dosis de codicia. Cuando es una empresa la que lidera la estafa, la pérdida de confianza precipita su descalabro. Los casos de Enron y Worldcom son ilustrativos. No había crisis ni nada a inicios de siglo, simplemente fueron las operaciones marcadas por la ambición y el presentimiento de que todo iba a ir bien en los años venideros las que decidieron la debacle. “La codicia es buena”, diría Gordon Gekko, el memorable personaje de Wall Street. Pero si detrás del escándalo sólo aparece una persona, la justicia suele ser más severa y las empresas menos comprensivas.
La historia de Stebbins recuerda un viejo caso que se traía a colación en las clases de Persuasión y propaganda de la universidad: un tipo pone un aviso en el diario que tiene como único texto "Último día para mandar su dólar" junto a una dirección de P.O. Box. El anuncio se reprodujo muchas veces en distintos estados de Norteamérica. Al cabo de un tiempo, el fisco denunció al autor del aviso por estafa, sin embargo, la justicia debió dejarlo libre, apenas con un jalón de orejas y la advertencia de no volver a hacerlo. Al tipo no pudieron acusarlo de nada, pues "no había ofrecido nada a cambio", se tomaron los masivos e inconscientes envios de un dolar como responsabilidad de los anunciantes, que lo hicieron libremente y sin coacción o promesa alguna.
Existen dos partes en este tipo de historias: los malvadamente listos y los tiernamente idiotas.
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