viernes, diciembre 31

Tiempo suspendido

El balance de fin de año dice que puedo desajustarme la corbata y subir las mangas de la camisa hasta el codo, echarme el saco sobre un hombro y largarme silbando la alegría. La semana entre navidad y año nuevo es una especie de tierra de nadie, un tiempo suspendido, como la antesala de otra función. Entonces uno ajusta los anteojos en el puente de la nariz y revisa el itinerario en la estación. El 2011 cumpliré 35, habré llegado a lo que para muchos es la mitad de la vida promedio. Hasta aquí gasté las semanas atento al más allá descuidando el más acá, midiendo la huella de mis zapatos; me tocó pasarlo bien y mal, golpeé, me golpearon, qué más da... Supongo que empiezo a envejecer, pero de pronto entiendo que "lo importante no es llegar, lo importante es el camino". De modo que voy a sentarme en las bancas al borde de la ruta, voy a prestarle hígado y corazón a las injurias, voy a querer mejor y voy a mortificar menos... Voy a hacer deporte, como un enfermo terminal voy a aspirar el aire bien adentro, voy a ponerme menos serio y más cursi, voy a fungir de pistolero, voy a ser juez y parte, voy a ponerle precio a la rutina, voy a tomarme un café y hacer las paces con la nostalgia... Voy a seguir porfiando la mejor versión de mi mismo, voy a corregir mi postura a la hora de escribir, voy a creerme todas las mentiras, voy a reeducar mi estómago, voy a capitular antes de la victoria para disfrutar mejor la primavera... Aquí vamos.

martes, diciembre 21

La canción de navidad

Los villancicos son desconcertantes. Personalmente tengo problemas con varios de ellos. Salvo que sean obra de algún ejercicio de escritura automática, un cadáver exquisito, por ejemplo, algunos pasajes resultan ciertamente ininteligibles. ¿Qué significa eso de "la Virgen se está peinando entre cortina y cortina"? ¿por qué se oculta la Virgen al peinarse? ¿o se peina entre dos ventanas? ¿o simplemente es una discutible licencia para lograr la rima (y de paso afectar la coherencia)? Después: "Sopas le dieron al niño, no se las quiso tomar". Creo que hasta el más presocial de los padres entiende que las sopas no son recomendables para un recién nacido. Ok, aceptemos que es sólo una mala metáfora, pero ¿qué hay de esto?: "En el portal de Belén han entrado los ratones y al bueno de San José le han roído los calzones". Yo, desde aquí, alzo mi voz de protesta. Me parece muy mala paga para un tipo que aceptó que su esposa fuera elegida como Madre de Dios sin participar directamente de la fiesta, el vejamen de los calzones de San José es un detalle demasiado triste para este hombre desprendido que quiso colaborar con el mundo. A tal punto estos villancicos son desconcertantes que incluso se tornan sospechosos algunos pasajes tenidos como no controversiales. "La Virgen está lavando y tendiendo en el romero" ¿Realmente se trata del romero, la hierba aromática que todos conocemos, o es un guiño, una clave que permite adivinar que los pastorcitos de Belén sabían pasarlo bien antes de las drogas sintéticas? Sin duda, el premio mayor va para los peces que "Beben en el río, beben y beben y vuelven a beber para ver a Dios nacer". Se me ocurren un par de nexos freudianos al respecto, el amamantamiento natural y otras fijaciones orales, pero tal vez incurra en un extraordinario alborozo. De modo que simplemente preguntaré: si los peces no beben en el río -se refiere al Jordán, ¿no?- ¿dónde más podrían beber? ¿quién les dijo que debían beber tanto para ser testigos del nacimiento? ¿acaso de tanto bebe(r) nacen los bebes? ¿o hace alusión a los padres en la antesala de partos? No lo sé, pero todos los años llegan estas fechas y todos los años escucho los mismos villancicos y nadie parece inquietarse... Qué más da, es Navidad. Afortunadamente existen algunos temas que nos rescatan del paroxismo. Felices fiestas.


viernes, diciembre 17

Los títulos

Un amigo sugirió que cuando escribiera una novela, le pusiera por título el nombre del personaje principal. "Los títulos con nombre de personaje están destinados a la inmortalidad"- me dijo después de citar una larga lista que iba desde Don Quijote hasta Harry Potter. Desde entonces me gusta pasear los ojos por los catálogos de novedades en busca de estos títulos y confieso que más de una vez los he comprado. ¿Qué tan cierta es la sentencia de mi amigo? Me puse a pensar. Hay dos títulos que me parecen fascinantes, provocativos: Un cielo difícilmente azul, de Alfonso Grosso, y Un amor pequeño, de Alejandro Gándara. No leí, en su momento, ninguno de los dos. ¿Será que tengo resistencias a leer los libros con títulos lindos? Hay libros extraordinarios con títulos dignos de un oficinista: La guerra y la paz, Rojo y Negro. En otros casos, la fuerza del título es tal que uno ya no piensa si es bueno o malo: ¡Absalon, Absalon!, Paradiso, Juntacadáveres. Es importante tomarse en serio lo de poner un título. Las infernales máquinas del deseo del doctor Hoffmann parece una broma y es el título de un libro excelente de Angela Carter. Me gustan los títulos largos que suenan a canciones: Mañana en la batalla piensa en mi, La reina en el palacio de las corrientes de aire, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Cómo hacer para llegar al próximo invierno. Los títulos más bien generales no me gustan para la ficción, pero sí para la investigación o la academia: por ejemplo, no me gusta El villorrio, de Faulkner, (en inglés The hamlet, y en algunas traducciones La aldea), pero sí me gusta La poética, de Aristóteles, o La Risa, de Bergson. Hay títulos que salieron del juego encantador de palabras que hacen algunos traductores inspirados. Ahí está París era una fiesta, que en inglés se llama A moveable feast (Una fiesta móvil) o La importancia de llamarse Ernesto, que es una imaginativa e ingeniosa traducción del original La importancia de ser honrado. A propósito de estas líneas interrogué a algunos amigos acerca de sus títulos favoritos. Saltaron espontaneamente Las mil y una noches, Elogio de la locura, Hojas de hierba, El guardián entre el centeno, No me esperen en abril, El viejo y el mar, Trópico de cáncer, Los miserables, Poemas humanos, Todos los nombres, La Divina Comedia, La metamorfosis, Bartleby el escribiente, El laberinto de la soledad, Los detectives salvajes, El país de las últimas cosas, El tiempo envejece de prisa... En fin, lo curioso es que cuando me preguntaron cuál era mi título favorito, yo no pude sino rendirme a la sentencia de mi amigo y farfullar: Lolita.

viernes, diciembre 3

La crisis

Estamos en crisis, ok. Pero se habla tanto de la crisis, en tan distintas áreas particulares, que darle un sentido a todo este proceso crítico resulta ya inconmensurable: el medio ambiente, las finanzas, el sida, el hambre, los misiles... Tal vez si buscáramos el mínimo común denominador de todas las crisis, encontraríamos que las raíces están hundidas en ese fárrago pantanoso que resulta de mezclar, como pésimo maridaje, dinero y deshonor.

Antes el mundo no quería tener dinero, sólo buscaba ser libre y vivir honorablemente, a costo y costa de sus trabajos, la ambición consistía en aspirar a tener un mundo mejor, la utopía, y todos trataban de poner lo mejor de sí con propuestas ideológicas, morales, religiosas, etc. Cierto, los canallas nunca han faltado en ningún tiempo, tampoco se trata de ser ingenuos, pero en algún momento algo cambió y empezamos a asociar la realización con el dinero. Hace poco, uno de los altos cargos de Google declaró: "de lo que se trata es que todos ganemos mucho dinero". Pero hay algo que evitó decir: que somos siete mil millones de habitantes en la Tierra y no es posible que todos seamos ricos, suponiendo que eso sea lo que queremos. Hemos sustituido el Dios severo de las antiguas religiones por otro mucho más peligroso: el Dinero.

Hace unos meses circuló por Internet un mensaje en el que se comparaba al mundo con una aldea de 100 habitantes. Manteniendo las proporciones globales, las cifras que resumirían la vida en esa pequeña aldea serían estas: habría 57 asiáticos, 21 europeos, 14 personas del hemisferio oeste y ocho africanos; 52 serían mujeres y 48 hombres; 70 no serían blancos y 30 serían blancos; 70 no cristianos y 30 cristianos; 89 heterosexuales y 11 homosexuales. Seis personas poseerían el 59% de la riqueza de toda la aldea y, de los seis, cinco serían norteamericanos. De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas; 70 serían incapaces de leer; 50 sufrirían de malnutrición. Solo una tendría educación universitaria, y en esta aldea habría una sola persona con computadora.

¿Pero las variaciones en la Bolsa, los oscuros negocios inmobiliarios, los movimientos de la especulación, los paraísos fiscales, qué relación tienen con la vida de los hombres y las mujeres de esa aldea de cien habitantes? Grandes masas de dinero cambian de unas manos a otras, dotadas de una vida tan indescifrable como caprichosa, mientras ese hombre individual y minúsculo repite las mismas acciones en su pequeña aldea: abrir su taller, ir a su oficina, llevar a los niños a la escuela, atender las demandas de sus pacientes. La economía de su país, o la del mundo entero, entra en fase de crecimiento o de recesión sin que en apariencia haya ninguna relación entre lo que ese hombre está haciendo y el que tales cambios se produzcan. Por ejemplo, ¿cómo es posible que mientras un peón de albañil tiene que trabajar 10 horas al día para ganar un sueldo ridículo, a un especulador bursatil le baste con una llamada telefónica o el simple trasladar papeles de una mesa a otra para amasar una fortuna que aunque viviera 100 años no podría gastar?

Cuando las televisiones del mundo dieron la noticia del atentado de las Torres Gemelas, las imágenes que mostraban los edificios ardiendo, su derrumbe y su tragedia, se alternaban con compulsivas conexiones con la Bolsa para ver cómo se comportaba el Dinero. Pero ¿qué o quién es exactamente el Dinero, cómo se comporta? Cuando unos días después del atentado se produjo la reapertura de la Bolsa de Nueva York, todo el mundo tuvo la sensación de que quien llegaba esa mañana a trabajar era Dios, en silencio, serio, sin ceremonias, diligente, desplegando esa sensación de fuerza inaudita, tan incomprensible como extraño y vengativo. La Bolsa era el templo y sus sacerdotes trataban de aplacar la ira divina después de la insolencia de los impíos. Lo mejor de la cultura política de Occidente ha nacido de regirse por la siempre prudente razón y ahora nos descubrimos volviendo al seno de un nuevo sistema religioso en que reina una divinidad no menos caprichosa e implacable que la antigua. La de ese Dinero que solo unos pocos iniciados son capaces de comprender, y en el que parece estar contenida la posibilidad de nuestra salvación.

Todos recuerdan la última versión de Spiderman en el cine. Un muchacho apocado recibe la picadura de una araña y su cuerpo empieza a adquirir cualidades sorprendentes. Sus sentidos se agudizan, es capaz de ascender por paredes verticales y puede segregar hilos de sus manos. Mientras va descubriendo todo esto, se vuelve huraño y esquivo. Su tío se preocupa y habla con él. Todos los muchachos, le dice, antes o después tienen que transformarse en alguien y hay que tener cuidado en quien lo hacen pues luego ya no podrán cambiar. Y añade: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Suelo pensar en esta escena cuando veo por televisión las reuniones del G-20 y el G-8. Un niño muere cada cuatro segundos, una parte importante del mundo no tiene para comer, y epidemias espantosas como el sida asolan continentes enteros, mientras los dirigentes más poderosos del mundo se comportan como colegiales del más selecto de los clubs. Y aquella imagen de Bush y Aznar con los pies sobre la mesa, tras una de esas reuniones, expresa fielmente lo que quiero decir.

Estamos en crisis y estamos en un mundo sin honor. El honor es una relación de lealtad con los demás, de manera que el deshonor no es tanto "haberse fallado a uno mismo", sino "haberles fallado a los otros". Los simples habitantes de esa aldea que es el mundo, debemos asumir nuestra parte de responsabilidad en lo que sucede. Le estamos fallando al futuro.