martes, noviembre 30

Pessoa o todos los hombres

El 30 de noviembre de 1935, a los 47 años, murió Fernando Pessoa. Un día antes había ingresado con cólico hepático en la clínica de San Luis de los Franceses, tras escribir en un texto fechado el 19 de noviembre, al final de un poema: "Denme más vino, porque la vida es nada".

Cuando se leen sus poemas, cuando se ven sus fotos -todas tomadas en forma casual, porque no hay una imagen de Pessoa para la posteridad, como tampoco la hay de Kafka- no surge la figura de un poeta maldito. No aparece ninguna representación emblemática que en pocos trazos defina al personaje. Esa falta de representación suele desdibujar la figura del creador y lo aleja de la fama y de la consagración. Tal vez ese fue el caso de Pessoa en vida, que apenas rozó el prestigio provinciano de la Lisboa de aquella época. Pero no fue el caso de Pessoa después de la muerte.

A fines de la década del 50 y comienzos de los 60, Pessoa comienza a apabullar y deslumbrar a sus lectores. Porque no se trata de una obra pequeña, unas cuantas joyas arrojadas al futuro en busca de un destello, sino de una vasta aventura poética, compleja, multifacética, completamente única. Samuel Beckett dijo una vez que estaba contento porque ya sabía suficiente portugués como para leer a Pessoa en su lengua original. Antonio Tabucchi lo tradujo al italiano, escribió el relato Los tres últimos dias de Fernando Pessoa y rindió homenaje al poeta en Requiem, en donde Pessoa es el fantasma innombrado de la trama de esta mágica novela. José Saramago celebró también al poeta en El año de la muerte de Ricardo Reis.

Pessoa escribió poemas con su propio nombre y de acuerdo a su singular personalidad. Esa parte de su obra se diferencia de la escrita por sus heterónimos, que no son meros seudónimos, ya que Pessoa les dio una biografía, un pensamiento, lecturas, influencias, determinada poética. Tres nombres han escrito estas obras heterónimas de Fernando Pessoa: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Alvaro de Campos. Estas personalidades deben ser consideradas como diferentes de la del autor, pues cada una forma una especie de drama y todas juntas forman otro drama.

Pessoa relató alguna vez cómo surgió uno de sus heterónimos: "Cierto día se me ocurrió inventar un poeta bucólico de especie complicada y presentarlo, no recuerdo ya como, dentro de una especie de realidad. Pasé unos días elaborando el poeta, pero no lo conseguí. Ya había desistido cuando un día, por fin -era el 8 de marzo de 1914-, me acerqué a una cómoda alta, tome unos papeles y comencé a escribir de pie, que es como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no lograría definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca volveré a tener otro igual". Ese fue el nacimiento de su "maestro", como lo llamaba: Alberto Caeiro.

En una carta a Casais Montero, fechada en 1935, Pessoa habla de los heterónimos en forma desgarrada, dejando de lado todo artificio literario, todo juego verbal. Así se confiesa: "El origen de mis heterónimos es el trazo profundo de histeria que hay en mí. Como quiera que sea, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación. Estos fenómenos, afortunadamente para mí y para los demás, no se manifiestan en la vida práctica: explotan hacia el interior y yo los vivo solo, conmigo mismo". En ese teatro interior, con la escenografía de la desolación, Pessoa puso en escena la voz de todos los hombres.

¡Más vino!... Ya dijo el maestro que la vida es nada.

viernes, noviembre 26

Crecer es un oficio triste

La calle siempre será dura, pero afortunadamente existen los amigos, esos compinches de esquina como Noodles o Max o el pequeño Dominic, que como todos tienen problemas pero están dispuestos a jugarse la mano perdedora. Los amigos nos confortan, nos apañan, y entonces nos sentimos a salvo y tratamos de cobrarnos la revancha con la vida. Entonces empezamos a saborear las mieles retrecheras del triunfo y entonces también conocemos el amor. Por un tiempo, que resulta variable según le antoje al recuerdo, somos felices. Los amigos de siempre están allí, rodeándonos como buenos presagios, exhibiendo las mismas cicatrices que uno, con la niñez hecha jirones, como uno, pero con el rostro adulto tiznado de horror también, como uno. Y entendemos que los amigos forman parte de la competencia y no queda más que hacerles frente. Crecer es un oficio triste, de pronto nos deshacemos de la alegría, nos desarropamos, nos quitamos los abrazos y acabamos aceptando que la muerte no siempre redime y que la vida nunca da revanchas. La calle entonces se convierte en un paisaje destartalado y nos perdemos en el mismo hoyo negro donde todo empezó, donde todo tendrá sabor a nada, esta vez para siempre y sin nadie. (Érase una vez en América.)

viernes, noviembre 19

El cielo detrás de un cristal antibalas

Mamá siempre nos encomendó a las bondades del Altísimo para llegar con bien al final del día. Sus lecciones siempre estuvieron cargadas de una fe que yo no era capaz de entender, pero ante la cual sólo quedaba rendirse, porque lo decía mamá y porque las proezas y logros del Altísimo eran tan prodigiosas, que sólo un tonto no hubiera querido estar del lado de los buenos. De modo que crecí confiando que nunca nos pasaría nada malo porque los ángeles de la guarda, que eran más o menos como los guardaespaldas que Dios nos enviaba, se encargarían de alejar a los pillos, a los perros bravucones y cualquier otro peligro inadvertido. El caso es que esa fe se diluyó conforme me hice grande, junto con los mitos de Papá Noel, el monstruo del cuarto oscuro y las enfermedades oftálmicas resultantes de ojear revistas porno. Y creo que este proceso empezó a gestarse una tarde de mis cinco años, cuando regresando de la escuela encontré a mamá frente al televisor, apretando entre los dientes un secador que sujetaba con ambas manos, mientras procuraba guardar la compostura.

En la tele se sucedían imágenes de gente triste y todo tenía el mismo aire serio de cuando las maestras nos reprochaban por haber hecho llorar a una compañera y nos sentíamos unos miserables. Al reparar en mí, mamá me jaló de un brazo y estuvo apachurrándome contra su regazo hasta que decidió secarse las lágrimas y preguntar qué prefería, si mazamorra o torta helada. No sé si quiso despistarme, pero con el tiempo entendí todo. Ese día habían baleado al Papa en la Plaza San Pedro, había sido un turco de nombre curioso, Ali Agca, que según decían se entendía con unos búlgaros que a su vez eran amigos de unos rusos a los que llamaban comunistas y que se reunían en un club privado llamado KGB... Los guardaespaldas de Dios habían fallado y mamá parecía decepcionada. La imagen de Wojtyla bendiciendo al mundo detrás de un cristal antibalas fue un arquetipo del siglo XX al cual terminamos acostumbrándonos.

Ignoro si este incidente cambió en algo la fe de mamá, pero es cierto que algo cambió. Es probable que desde entonces sus admoniciones no hicieran más referencia a las alturas y que sus advertencias empezaran a guardar más relación con precauciones domésticas que con mantos invisibles y protectores. Mamá era muy sencilla, la recuerdo siempre esmerada en darnos lo mejor, apenas interesada en el curso de la política, pero atenta y vigilante de ciertas prácticas y costumbres que su fe inmensa nunca le permitió perder de vista. Esa noche, cuando se supone yo ya debía estar en la cama, la volví a ver delante de la tele, esta vez acompañada de papá, tomándole de la mano y repitiéndole: ¡Qué mundo, viejo, qué mundo! Aunque no he sido capaz de ponderar esto sino muchos años despues, tengo la impresión de que ese día mamá entendió que ni siquiera las alturas estaban a salvo de las bajezas de los hombres y decidió instruinos contra ellas.

He recordado este episodio porque Mehmet Ali Agca, autor de los tiros contra Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981, ha acusado al propio Vaticano de tentar el magnicidio. Me he puesto a pensar cuál habría sido la reacción de mamá ante esta circunstancia. ¿Se habría sentado a estudiar las declaraciones de Agca culpando al secretario de Estado del Vaticano, Agustino Casaroli, de orquestar el atentado? ¿Habría protestado contra esa falacia y la hubiera emprendido contra la CIA o la KGB y la conexión búlgara? ¿O tal vez habría apagado la tele después de enterarse que Agca está próximo a publicar sus memorias y esto huele a efectismo editorial?

No lo sé. Hemos intentado acabar con Dios desde que Robespierre quiso instaurar el culto del Ser Supremo en una grandiosa ceremonia pagana en Notre Dame. Desde entonces vivimos una especie de religión sin religión donde los dogmas cambian cada cierto tiempo mientras los hombres, esos seres desangelados, nos disputamos una pelota en el centro del campo sin saber hacia dónde enfilar para anotar un gol. A estas alturas del mundo me siento cómodo con el esceptismo. ¿Mamá estaría desilusionada? Probablemente, pero me gusta pensar que, donde quiera que esté, es capaz de confirmar que ya no hay santos ni ángeles y que el verdadero crimen de Agca fue disparar contra la ilusión.

viernes, noviembre 12

Un Robinson en Marte

Que alguien despierte a Daniel Defoe y le diga que aquí en la Tierra, entre los vivos, hacen falta sus buenos oficios de escribidor. Hasta hace poco yo solía bromear diciendo que el libro que de verdad, de verdad, me llevaría a una isla desierta era Robinson Crusoe. Y de pronto me he quedado sin bibliografía ad hoc para estos tiempos. Me explico. La novela de Defoe (1719) es un manual adelantado de autoayuda para náufragos, no sólo porque nos instruye acerca del fuego y ciertos aprovechamientos de la lluvia, sino porque muchos pasajes tienen cierta cualidad euforizante para momentos de desánimo. Bueno, pues, como ya no hay rincón del mundo que hoy no pueda ser auscultado por un satélite, y como no existe máquina que no pueda rescatarlo a uno de cualquier parte, desde el fondo de una mina a 700 metros bajo tierra o de una rama que apenas asoma sobre el nivel de las aguas de un tsunami, la única posibilidad de quedar varados está en Marte.

Los científicos Paul Davies y Dirk Schulze-Makuch han alborotado el gallinero proponiendo misiones a Marte sin boleto de retorno. ¿Por qué? El asunto es complejo e interesante. Existen muchas razones para establecer una colonia en Marte. Somos una especie vulnerable que vive en una parte de la galaxia en la que los acontecimientos cósmicos, como el impacto de asteroides y cometas, o la explosión de supernovas, suponen una significativa amenaza para la vida en la Tierra, especialmente para la vida humana. Así, la colonización de otros mundos es una necesidad si queremos sobrevivir a largo plazo. Marte es, de lejos, el más prometedor de los destinos para soportar una colonia, ya que en muchos aspectos es similar a la Tierra. El éxito del proyecto depende de tres factores: la cuidadosa elección del lugar de aterrizaje, el establecimiento previo de una base no habitada pero con los recursos necesarios para sustentar la vida humana, y el envío de astronautas dispuestos a realizar un viaje sólo de ida, sin esperanza alguna de regresar a la Tierra.

Una misión tripulada es algo tecnológicamente posible, pero enormemente costosa. La mayor parte de los gastos no se consumen llevando seres humanos hasta allá, sino trayéndolos de regreso. Por no hablar de la necesidad de años enteros de rehabilitación una vez terminado el viaje, que no serían necesarios si los astronautas se quedaran en ese ambiente de baja gravedad que es Marte. Davies y Schulze-Makuch subrayan que no se trata de una misión suicida en la que los astronautas son abandonados en un lugar hostil. Al contrario, la zona de aterrizaje se buscaría con sumo cuidado, teniendo en cuenta la existencia de refugios naturales (cuevas confortables, espectaculares tubos de lava), minerales y agua. Los primeros astronautas recibirían un intenso entrenamiento, tanto físico como psicológico, antes de emprender su misión y mantendrían contacto permanente con la Tierra por medio de e-mail, radio y videoconferencia. En plena era de las comunicaciones, estos primeros colonos marcianos estarían más conectados a casa que los primeros exploradores antárticos. Y, de este modo, en apenas unas décadas, la población humana de Marte podría haber crecido hasta los 150 individuos, lo que supone un pull genético viable y que permitiría llevar a cabo un programa reproductivo a largo plazo.

¿Qué tal? ¿No hay suficiente material para Defoe? Robinson Crusoe fue considerada la primera narrativa de ficción en que las actividades cotidianas de una persona se convierten en el centro de la atención literaria, es decir, la primera novela realista, verdaderamente realista. Esta sería una versión actualizada, un remake postmoderno, postnuclear, postindustrial, post todo y pre todo al mismo tiempo. Si Marx llegó a considerar a Robinson el prototipo de individuo precapitalista que producía bienes sólo para su provecho propio y sin pretender sacarles más beneficio, este Robinson en Marte sería la encarnación del individuo aislado por las redes de comunicación, viviendo en un Second Life alucinante. Y si James Joyce decía que Crusoe encarnaba la independencia viril, la crueldad inconsciente, la tenacidad, la inteligencia eficaz, la apatía sexual y la taciturnidad calculadora, quien sabe si algunos años después de esta obra encargada postmorten a Defoe alguien escriba, durante la postvida fuera la Tierra, que ese Robinson era la síntesis de las aspiraciones grandilocuentes de la raza humana.

Quien sabe, total, las grandes hazañas de este mundo han sido obra de personas que no fueron capaces de darse cuenta de que eran imposibles.

viernes, noviembre 5

Rosa de los vientos

Cuando nos dijeron que había llegado el fin de la historia y Fukuyama nos dejó sin valor para las ideologías, nunca imaginó que nos dejaría también sin un sentido práctico, sin un norte de consuelo. Es decir, cuando la ideología era importante, las respuestas se hallaban en los libros, en los debates de café, en la política de las acciones cotidianas, y los problemas tenían que ver con el mundo, con el desenvolvimiento del mundo, con la historia del mundo. Los traumas personales, los edipos, las depresiones, las neurosis, los apocamientos, las compulsiones, en fin, nada tenían que ver con uno. Pero de pronto el marxismo se esfumó, la ideología fue sustituida por la esoteria y las respuestas hubo que buscarlas en el tarot y las gitanas. Y cuando quedó claro que por ahí no iba la cosa, o sea, que el mundo no iba a mejorar si confluían dos o tres astros (cosa además que ocurre cada ciento de años), alguien llamó al analista y cambió los debates de café por la clínica de bolsillo. Entonces aprendimos a leer y reconocer ecos y resabios de una infancia pendiente y complicada, severas represiones y fobias que definen el carácter y nuestra relación con los demás. De pronto todos tenían algo qué decir, bla, bla, bla, y muy poco fue lo que aprendimos acerca de escuchar. Hasta que alguien dijo al diablo con todo y con todos y que cada cual se busque la suya, sin escalas ni terceros, porque la respuesta verdadera sólo puede estar en uno y nadie más que uno es capaz de descubrirla. Fue así como la existencia acabó condenada a encontrar una salida personal a sus problemas. El boom de la autoayuda nos enseñó que nada está del todo jodido, hasta el más sórdido de los dramas guarda un lado positivo, su propia vuelta de tuerca. ¿La novia con la que estabas a punto de casarte después de siete años de noviazgo descubrió que no eres el hombre de su vida? ¿Te echaron del trabajo? ¡Por favor, para qué sufrir! Fíjate, es la oportunidad de ser tú mismo, es decir, estuviste fregado todo este tiempo y, recién, este acto aparentemente infeliz te ha hecho cobrar conciencia del asunto, ahora tienes la página en blanco y cinco lápices bien afilados para emprender la mejor de tus historias, que es siempre la que está próxima a escribirse. ¿La muerte? ¡La muerte es una bicoca! Ceteris paribus, es parte de la ecuación, como eso por lo que se desgañitan algunos y que llaman calentamiento global. Vamos, la vida está ocurriendo ahora mismo, ¿quién tiene tiempo para pensar en la muerte? ¡Ey!, ahí se va una oportunidad mientras estás tú allí, ensortijando dudas con el dedo como si fuera un rulo. Y, bueno, por último, si te mueres ¡qué más da! Dejarán de hincharte las pelotas esos tipos que nos cargan con la cantaleta del éxito, habrás llegado finalmente al paraíso, a ese lugar donde podrás tenderte sin remordimientos a hacer nada, sin excusas, sin respuestas, porque ya estás frito y más que eso, no hay. El ombligo se nos ha convertido en un agujero negro, un tirabuzón que nos traga sin remedio y nos pierde y nos desconcierta y nos aturde y nos encanta. Cuando nos dijeron que había llegado el fin de la historia y Fukuyama nos dejó sin valor para las ideologías, nunca imaginó que nos dejaría también sin la rosa de los vientos. No nos dejó ni siquiera una chapita para canjearla por algo y empezar de nuevo.