Extramuros es mi primer libro de cuentos, la primera cosa que siento venida desde muy adentro y que acaba materializándose en una entidad propia; algo así como tener un hijo. Hasta antes de que empezara todo esto de la publicación, estos cuentos eran un pasatiempo que yo cultivaba con inmenso celo, me enfrentaba a ellos con emoción, pero al mismo tiempo con temor, porque de alguna manera sentía que me escrutaban, me cuestionaban, me mostraban cosas que yo no había querido decir, pero que saltaban a la vista en forma evidente; con ellos aprendí a procesar muchas cosas y a confundirme definitivamente en otras. Es decir, escribirlos ha sido como ir a terapia por mucho tiempo sin que me cueste un centavo.
Ahora que de pronto aparecen en formato de libro, ahora que está impreso, con imagen en la tapa y código isbn, que es como el dni de los libros, mi impostación es otra. ¿Qué locura he cometido? ¿Por qué he perpetrado esto?... De alguna manera esas han sido las preguntas que me han acompañado en estos días: para qué escribe uno, para qué publica. Empecé a atormentarme. Pasé por muchos estados. Primero el auto reproche: qué pésimo momento, Cappello, justo ahora que Vargas Llosa gana el Nobel, dirán que eres un posero, que te subiste al carro de la moda literaria. Luego me tranquilicé pensando: nadie te conoce, probablemente todos estén ocupados buscando libros de Vargas Llosa y nadie vaya a la presentación. Pero, bueno, los amigos insisten en hacerlo sentir a uno muy bien y ayer estuvieron en cuerpo y alma los de toda la vida. ¿Por qué escribir un libro? ¿para hacerle check a esa famosa lista que dice que toda persona debería tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro? ¿es este un acto de vanidad? Digo vanidad porque desde que se enteraron que este momento ocurriría, muchas personas han llamado a felicitarme como si hubiera ganado una medalla en salto alto… ok, eso es algo improbable, una mala metáfora en mi caso, dada mi modesta estatura, así que dejémoslo en “como si hubiera ganado una medalla”.
El caso es que me he preguntado mucho por el sentido de un libro en estos tiempos. En la solapa del libro dice que soy magister en literatura, pero no esperen de mí algo inteligente alrededor de lo que significa un libro en estos tiempos, voy a decepcionarlos. Supongo que la respuesta es cada vez más personal y menos social, quizá porque la lectura es un acto individual y en una sociedad despersonalizada por las redes, más todavía. Entonces me da por pensar cómo fue que empecé a leer y recuerdo una tarde de verano comiendo mandarinas frente al televisor de mi casa. Mi madre se plantó delante y sentenció que desde ese momento yo vería tantos minutos de televisión como páginas de un libro leyera. Y así empezó todo. Todas las mañanas me levantaba, tomaba un libro, me embutía cien páginas e iba a cobrarlas. Hasta que olvidé el acuerdo y leer se convirtió en un acto cotidiano… Como ven, todavía hay cosas buenas qué agradecerle a la televisión. Y digo esto porque cuando trato de recordar cuándo empecé a escribir, la respuesta también tiene que ver con la tele. Hace años, Canal 9 pasaba un dibujo animado que se llamaba El jinete sable. Probablemente pocos lo recuerden, estuvo al aire muy poco tiempo y cuando dejaron de darlo, quedé muy triste y junto a una amiga de escuela nos propusimos continuar sus aventuras y empezamos a llenar cuadernos de cuadernos con historias que nos prometimos un día mandar a los productores de la serie, cosa que nunca ocurrió, por supuesto... Cuando la fiebre pasó, mi amiga decidió dedicarse a la arquitectura y yo al empeño necio de querer ser feliz.
Ayer he presentando este libro de cuentos y sigo preguntándome ¿para qué publicar un libro de cuentos? ¿qué valor puede tener? Alfredo Bryce siempre repite que escribe para que sus amigos lo quieran. Pienso que es una buena frase, pero que sólo tiene sentido porque la dice Bryce. Yo no tengo los pergaminos de Bryce, yo soy Giancarlo Cappello. E incluso por momentos dudo que soy Giancarlo Cappello, porque El Comercio publicó una nota acerca de la presentación y anunció a un tal Giancarlo Copello, que seguro debe parecerse mucho a mi, pero que no soy yo. Mi apellido plagado de dobles P y dobles L siempre me ha jugado malas pasadas… Ya se imaginarán los problemas que tengo para cobrar cheques... El caso es que alguien, para levantarme la moral me dijo que la primera vez que le hicieron una nota a Maradona en el 74, lo llamaron Diego Caradona. Otro amigo me invitó a no desanimar considerando que en algunos documentos oficiales consignan el nombre del Presidente como Alan Damián en vez de Alan Gabriel… no sé si son consuelos pretensiosos o deleznables, pero ahí vamos… Ah, y un amigo de la universidad, lector impenitente y memorioso, me recordó que la primera vez que Ribeyro publicó, imprimieron en la contra tapa la foto de un autor homófono: Ribeiro, sin la Y griega, un portugués obviamente muy distinto a él… esta quizá sí sea una comparación pretensiosa… Y, para rematar la faena, antes de que acabara la noche, un señor me pasó la voz preguntando: ¿Es usted Giancarlo Cappello, el que ganó el concurso de la Carta de Amor de la revista Caretas hace años?... Sí, soy yo. Le dije… Pues sepa que su libro me ha decepcionado, pensé que eran historias románticas… Y el tipo se fue cacheteándome con la espalda.
Esto me lleva a los cuentos reunidos en Extramuros y de ellos tengo que decir que son historias urbanas, historias que podrían haberle pasado a usted o a alguien que conoce; no tienen fantasía, pero sí olor a vida diaria, ése que espero permita que los vincule y comprometa en su lectura. Me ha tocado escribir y publicar siendo un adulto y creo que en los extramuros van quedando todas esas cosas que sirvieron para crecer y que ahora empiezan a diluirse y salir de circulación, me refiero a ciertas preocupaciones, personajes, espacios y rituales cotidianos. De esas cosas se ocupa este libro y espero que lo encuentren medianamente interesante.
Y con respecto a la pregunta ¿qué sentido tiene publicar un libro o para qué escribir en estos tiempos donde todos hablan y pocos escuchan? Solo puedo decir que escribir constituye un delicioso acto de escapismo y exorcismo. Y si Bryce escribe para que sus amigos lo quieran, yo escribo para que mamá se sienta orgullosa.
Ahora que de pronto aparecen en formato de libro, ahora que está impreso, con imagen en la tapa y código isbn, que es como el dni de los libros, mi impostación es otra. ¿Qué locura he cometido? ¿Por qué he perpetrado esto?... De alguna manera esas han sido las preguntas que me han acompañado en estos días: para qué escribe uno, para qué publica. Empecé a atormentarme. Pasé por muchos estados. Primero el auto reproche: qué pésimo momento, Cappello, justo ahora que Vargas Llosa gana el Nobel, dirán que eres un posero, que te subiste al carro de la moda literaria. Luego me tranquilicé pensando: nadie te conoce, probablemente todos estén ocupados buscando libros de Vargas Llosa y nadie vaya a la presentación. Pero, bueno, los amigos insisten en hacerlo sentir a uno muy bien y ayer estuvieron en cuerpo y alma los de toda la vida. ¿Por qué escribir un libro? ¿para hacerle check a esa famosa lista que dice que toda persona debería tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro? ¿es este un acto de vanidad? Digo vanidad porque desde que se enteraron que este momento ocurriría, muchas personas han llamado a felicitarme como si hubiera ganado una medalla en salto alto… ok, eso es algo improbable, una mala metáfora en mi caso, dada mi modesta estatura, así que dejémoslo en “como si hubiera ganado una medalla”.
El caso es que me he preguntado mucho por el sentido de un libro en estos tiempos. En la solapa del libro dice que soy magister en literatura, pero no esperen de mí algo inteligente alrededor de lo que significa un libro en estos tiempos, voy a decepcionarlos. Supongo que la respuesta es cada vez más personal y menos social, quizá porque la lectura es un acto individual y en una sociedad despersonalizada por las redes, más todavía. Entonces me da por pensar cómo fue que empecé a leer y recuerdo una tarde de verano comiendo mandarinas frente al televisor de mi casa. Mi madre se plantó delante y sentenció que desde ese momento yo vería tantos minutos de televisión como páginas de un libro leyera. Y así empezó todo. Todas las mañanas me levantaba, tomaba un libro, me embutía cien páginas e iba a cobrarlas. Hasta que olvidé el acuerdo y leer se convirtió en un acto cotidiano… Como ven, todavía hay cosas buenas qué agradecerle a la televisión. Y digo esto porque cuando trato de recordar cuándo empecé a escribir, la respuesta también tiene que ver con la tele. Hace años, Canal 9 pasaba un dibujo animado que se llamaba El jinete sable. Probablemente pocos lo recuerden, estuvo al aire muy poco tiempo y cuando dejaron de darlo, quedé muy triste y junto a una amiga de escuela nos propusimos continuar sus aventuras y empezamos a llenar cuadernos de cuadernos con historias que nos prometimos un día mandar a los productores de la serie, cosa que nunca ocurrió, por supuesto... Cuando la fiebre pasó, mi amiga decidió dedicarse a la arquitectura y yo al empeño necio de querer ser feliz.
Ayer he presentando este libro de cuentos y sigo preguntándome ¿para qué publicar un libro de cuentos? ¿qué valor puede tener? Alfredo Bryce siempre repite que escribe para que sus amigos lo quieran. Pienso que es una buena frase, pero que sólo tiene sentido porque la dice Bryce. Yo no tengo los pergaminos de Bryce, yo soy Giancarlo Cappello. E incluso por momentos dudo que soy Giancarlo Cappello, porque El Comercio publicó una nota acerca de la presentación y anunció a un tal Giancarlo Copello, que seguro debe parecerse mucho a mi, pero que no soy yo. Mi apellido plagado de dobles P y dobles L siempre me ha jugado malas pasadas… Ya se imaginarán los problemas que tengo para cobrar cheques... El caso es que alguien, para levantarme la moral me dijo que la primera vez que le hicieron una nota a Maradona en el 74, lo llamaron Diego Caradona. Otro amigo me invitó a no desanimar considerando que en algunos documentos oficiales consignan el nombre del Presidente como Alan Damián en vez de Alan Gabriel… no sé si son consuelos pretensiosos o deleznables, pero ahí vamos… Ah, y un amigo de la universidad, lector impenitente y memorioso, me recordó que la primera vez que Ribeyro publicó, imprimieron en la contra tapa la foto de un autor homófono: Ribeiro, sin la Y griega, un portugués obviamente muy distinto a él… esta quizá sí sea una comparación pretensiosa… Y, para rematar la faena, antes de que acabara la noche, un señor me pasó la voz preguntando: ¿Es usted Giancarlo Cappello, el que ganó el concurso de la Carta de Amor de la revista Caretas hace años?... Sí, soy yo. Le dije… Pues sepa que su libro me ha decepcionado, pensé que eran historias románticas… Y el tipo se fue cacheteándome con la espalda.
Esto me lleva a los cuentos reunidos en Extramuros y de ellos tengo que decir que son historias urbanas, historias que podrían haberle pasado a usted o a alguien que conoce; no tienen fantasía, pero sí olor a vida diaria, ése que espero permita que los vincule y comprometa en su lectura. Me ha tocado escribir y publicar siendo un adulto y creo que en los extramuros van quedando todas esas cosas que sirvieron para crecer y que ahora empiezan a diluirse y salir de circulación, me refiero a ciertas preocupaciones, personajes, espacios y rituales cotidianos. De esas cosas se ocupa este libro y espero que lo encuentren medianamente interesante.
Y con respecto a la pregunta ¿qué sentido tiene publicar un libro o para qué escribir en estos tiempos donde todos hablan y pocos escuchan? Solo puedo decir que escribir constituye un delicioso acto de escapismo y exorcismo. Y si Bryce escribe para que sus amigos lo quieran, yo escribo para que mamá se sienta orgullosa.
