martes, octubre 26

Extramuros

Extramuros es mi primer libro de cuentos, la primera cosa que siento venida desde muy adentro y que acaba materializándose en una entidad propia; algo así como tener un hijo. Hasta antes de que empezara todo esto de la publicación, estos cuentos eran un pasatiempo que yo cultivaba con inmenso celo, me enfrentaba a ellos con emoción, pero al mismo tiempo con temor, porque de alguna manera sentía que me escrutaban, me cuestionaban, me mostraban cosas que yo no había querido decir, pero que saltaban a la vista en forma evidente; con ellos aprendí a procesar muchas cosas y a confundirme definitivamente en otras. Es decir, escribirlos ha sido como ir a terapia por mucho tiempo sin que me cueste un centavo.

Ahora que de pronto aparecen en formato de libro, ahora que está impreso, con imagen en la tapa y código isbn, que es como el dni de los libros, mi impostación es otra. ¿Qué locura he cometido? ¿Por qué he perpetrado esto?... De alguna manera esas han sido las preguntas que me han acompañado en estos días: para qué escribe uno, para qué publica. Empecé a atormentarme. Pasé por muchos estados. Primero el auto reproche: qué pésimo momento, Cappello, justo ahora que Vargas Llosa gana el Nobel, dirán que eres un posero, que te subiste al carro de la moda literaria. Luego me tranquilicé pensando: nadie te conoce, probablemente todos estén ocupados buscando libros de Vargas Llosa y nadie vaya a la presentación. Pero, bueno, los amigos insisten en hacerlo sentir a uno muy bien y ayer estuvieron en cuerpo y alma los de toda la vida. ¿Por qué escribir un libro? ¿para hacerle check a esa famosa lista que dice que toda persona debería tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro? ¿es este un acto de vanidad? Digo vanidad porque desde que se enteraron que este momento ocurriría, muchas personas han llamado a felicitarme como si hubiera ganado una medalla en salto alto… ok, eso es algo improbable, una mala metáfora en mi caso, dada mi modesta estatura, así que dejémoslo en “como si hubiera ganado una medalla”.

El caso es que me he preguntado mucho por el sentido de un libro en estos tiempos. En la solapa del libro dice que soy magister en literatura, pero no esperen de mí algo inteligente alrededor de lo que significa un libro en estos tiempos, voy a decepcionarlos. Supongo que la respuesta es cada vez más personal y menos social, quizá porque la lectura es un acto individual y en una sociedad despersonalizada por las redes, más todavía. Entonces me da por pensar cómo fue que empecé a leer y recuerdo una tarde de verano comiendo mandarinas frente al televisor de mi casa. Mi madre se plantó delante y sentenció que desde ese momento yo vería tantos minutos de televisión como páginas de un libro leyera. Y así empezó todo. Todas las mañanas me levantaba, tomaba un libro, me embutía cien páginas e iba a cobrarlas. Hasta que olvidé el acuerdo y leer se convirtió en un acto cotidiano… Como ven, todavía hay cosas buenas qué agradecerle a la televisión. Y digo esto porque cuando trato de recordar cuándo empecé a escribir, la respuesta también tiene que ver con la tele. Hace años, Canal 9 pasaba un dibujo animado que se llamaba El jinete sable. Probablemente pocos lo recuerden, estuvo al aire muy poco tiempo y cuando dejaron de darlo, quedé muy triste y junto a una amiga de escuela nos propusimos continuar sus aventuras y empezamos a llenar cuadernos de cuadernos con historias que nos prometimos un día mandar a los productores de la serie, cosa que nunca ocurrió, por supuesto... Cuando la fiebre pasó, mi amiga decidió dedicarse a la arquitectura y yo al empeño necio de querer ser feliz.

Ayer he presentando este libro de cuentos y sigo preguntándome ¿para qué publicar un libro de cuentos? ¿qué valor puede tener? Alfredo Bryce siempre repite que escribe para que sus amigos lo quieran. Pienso que es una buena frase, pero que sólo tiene sentido porque la dice Bryce. Yo no tengo los pergaminos de Bryce, yo soy Giancarlo Cappello. E incluso por momentos dudo que soy Giancarlo Cappello, porque El Comercio publicó una nota acerca de la presentación y anunció a un tal Giancarlo Copello, que seguro debe parecerse mucho a mi, pero que no soy yo. Mi apellido plagado de dobles P y dobles L siempre me ha jugado malas pasadas… Ya se imaginarán los problemas que tengo para cobrar cheques... El caso es que alguien, para levantarme la moral me dijo que la primera vez que le hicieron una nota a Maradona en el 74, lo llamaron Diego Caradona. Otro amigo me invitó a no desanimar considerando que en algunos documentos oficiales consignan el nombre del Presidente como Alan Damián en vez de Alan Gabriel… no sé si son consuelos pretensiosos o deleznables, pero ahí vamos… Ah, y un amigo de la universidad, lector impenitente y memorioso, me recordó que la primera vez que Ribeyro publicó, imprimieron en la contra tapa la foto de un autor homófono: Ribeiro, sin la Y griega, un portugués obviamente muy distinto a él… esta quizá sí sea una comparación pretensiosa… Y, para rematar la faena, antes de que acabara la noche, un señor me pasó la voz preguntando: ¿Es usted Giancarlo Cappello, el que ganó el concurso de la Carta de Amor de la revista Caretas hace años?... Sí, soy yo. Le dije… Pues sepa que su libro me ha decepcionado, pensé que eran historias románticas… Y el tipo se fue cacheteándome con la espalda.

Esto me lleva a los cuentos reunidos en Extramuros y de ellos tengo que decir que son historias urbanas, historias que podrían haberle pasado a usted o a alguien que conoce; no tienen fantasía, pero sí olor a vida diaria, ése que espero permita que los vincule y comprometa en su lectura. Me ha tocado escribir y publicar siendo un adulto y creo que en los extramuros van quedando todas esas cosas que sirvieron para crecer y que ahora empiezan a diluirse y salir de circulación, me refiero a ciertas preocupaciones, personajes, espacios y rituales cotidianos. De esas cosas se ocupa este libro y espero que lo encuentren medianamente interesante.

Y con respecto a la pregunta ¿qué sentido tiene publicar un libro o para qué escribir en estos tiempos donde todos hablan y pocos escuchan? Solo puedo decir que escribir constituye un delicioso acto de escapismo y exorcismo. Y si Bryce escribe para que sus amigos lo quieran, yo escribo para que mamá se sienta orgullosa.

viernes, octubre 22

Let it be (o por qué las cosas buenas se terminan)

Este año se cumplen 40 de Let it be, la última entrega de The Beatles. Si bien cronológicamente fue grabado antes que Abbey Road, Let it be es el último movimiento de un opus que se resiste a morir y todavía vibra como en los mejores tiempos. Quizá porque los que hoy toman decisiones en la industria son los que crecieron con The Beatles y se resisten, como en 1970, a aceptar que el sueño terminó. Quizá.

Yo cargo con muchos menos años encima, no seguí sus lanzamientos en la radio ni compré los discos de vinilo, pero esa tarde en que me dediqué a escuchar todos los cassettes de la discografía oficial (hasta entonces), también dije lo mismo: ¿y ahora qué?... Quien sabe. Supongo que esa es la gracia de los sueños lindos, que acaben de pronto para que uno los extrañe, los convoque en cualquier momento, los tiña de nuestros mejores afanes, los instale en esa memoria selectiva y buena gente que todos practicamos cuando de recordar para sentirnos confortados se trata.

Para muchos Let it be es un documento triste. Tanto el disco como la película que se lanzó. No porque fuera la última placa, sino porque evidencia lo que nos hemos resistido a aceptar: que ya por esos días el grupo se rompía en pedazos. Musicalmente, las sesiones redituaron muy poco. Eso que algunos llaman magia, química o sintonía de antena, no funcionaba. Me refiero a eso que hace que todo se acople, que todo cuaje, que todo calce exactamente en el tiempo justo, con la idea justa, el acorde insustituible y la armonía perfecta. Pero aquello era ya imposible con las relaciones personales tan gastadas.

Sin embargo, en medio de las discusiones que muestra la película, pese a ese sonido Beatle algo desangelado, o quizá por ello y en medio de todo ello, a mi me gusta rescatar un momento en que la vieja estrella volvió a encenderse. Durante la ejecución de Don't let me down, en el improvisado concierto en la azotea, John olvida el texto de la canción y lo reemplaza por sonidos ininteligibles y todos animan el momento (1:02 en el video que puede verse más abajo). Ringo ríe desde la batería, George y su parquedad sostienen el ritmo y, en el verso siguiente, Paul y John sonríen para retomar las armonías. Como en los viejos tiempos, cuando eran sólo un grupo de chiquillos con ganas de pasarlo bien haciendo música.

Al final del concierto, como se oye también al final del disco Let it be, John aprovecha el micrófono abierto para deslizar: "I like to say thank you on behalf of the group and ourselves. I hope we passed the audition" (Me gustaría dar las gracias en nombre del equipo y de nosotros mismos y esperamos haber pasado la audición)... La pasaron con creces, señor Lennon. Ya tocan para siempre en la azotea del mundo.

lunes, octubre 18

Plagiarios y confesos

Cada vez que toca corregir exámenes, el plagio salta como tópico obligado. Algunos ocurren por negligencia (digamos que se omite la cita sin mala intención) y algunos con premeditación y pretensión (digamos que se omite la cita con intención y desparpajo usando palabras e ideas que el susodicho jamás pronunciará en su vocabulario cotidiano). Las lecciones de metodología de la investigación erosionan o se evaporan como el alcohol de algunas bebidas en tiempos del copy/paste y la internet... Pero, profesor -me pregunta uno de esos pillos inteligentes- ¿se puede hablar realmente de plagio cuando la información se cuelga en la red para que uno disponga de ella?... Tras una breve charla donde intento hacerle ver que una cosa no quita la otra, zanjo la conversación declarándome un anacrónico, un dictador pasatista y nostálgico que gusta de las viejas reglas para el desarrollo de su curso. Lo cierto es que esta ética hacker empieza a poner en jaque algunos de los argumentos tradicionales al respecto.

Anthony Grafton, profesor en Princeton, escribió un interesante recorrido por la falsificación literaria, Falsarios y críticos. Allí puede confirmarse que el dilema viene desde más antiguo que la internet. He recolectado algunos casos notables a modo de exorcismo.

Augusto Monterroso cuenta en La letra E cómo una vez fue jurado en un concurso literario: "Un año después sentí una mezcla de satisfacción y vergüenza cuando al leer un libro de Mark Twain volví a encontrar el cuento premiado".

Bárbara Jacobs descubrió, siendo jurado en un concurso, que uno de los cuentos era un plagio de uno de Monterroso, "con la palabra tequila usada sagazmente en lugar de la palabra whisky".

Se sospecha que Conan Doyle pudo asesinar a su amigo B. F. Robinson para robarle una novela, El sabueso de los Baskerville. Hasta hoy se quiere exhumar el cadáver de Robinson para comprobar si hubo envenenamiento.

Fidentino fue un plagiario humillado. Robó a Marcial, que se lo reprochó en sus Epigramas: "Corren voces, Fidentino, de que lees mis versos en público, como si fueses su autor. Si quieres que pasen por míos, te los mandaré gratis. Si quieres que los tengan por tuyos, cómpralos, para que dejen de pertenecerme".

Henry the Second se titula una obra atribuida a Shakespeare que escribió W. H. Ireland, intrépido embaucador de la historia literaria. Su vida, fascinante, es relatada por Paul Collins en un estupendo libro, Gloriosos fracasos.

Luis Pescetti y Jorge Maronna, miembro de Les Luthiers, escribieron una novela sobre plagios literarios y poder, Copyright. Acuñaron una "poética": "El plagio es la cirugía plástica del talento".

Nietzsche sufría criptomnesia (recuerdo oculto). Jung descubrió "copias" en Zarathustra y Lou Andreas Salomé, en Genealogía de la moral.

Javier Marías ha contado en Pasiones pasadas que descubrió en una traducción de Browne un pasaje que no existe en el original. Al preguntarle a Borges, uno de los traductores, éste respondió: "Nunca me habría atrevido a añadir una sola línea a la incomparable prosa de sir Thomas, al que admiro tanto. Sería Bioy Casares, tal vez".

Pierre Corneille es el nombre del autor que, según expone el profesor Denis Boissier en L' affaire Molière, escribió las obras de J. B. Poquelin, a sueldo y bajo pedido.

Tagore fue saqueado en el poema 16 de 20 poemas de amor. Neruda cuenta que pensó poner una nota, pero un amigo le aconsejó no hacerlo: "No seas tonto, Pablo. Lo acusarán de plagio y entonces se venderá el libro".

Vernon Sullivan escribía novelas policíacas. La crítica, que alabó su marca americana, se sintió estafada cuando Boris Vian confesó su autoría y no dejó de pasarle factura en sus libros "serios".

Wu Ming defiende en Esta revolución no tiene rostro una cultura popular "basada en el plagio, regulada por el menor número de leyes posible".

Zelda escribió textos con Scott Fitzgerald. Otros los firmó él solo, aunque los escribía ella. Zelda afirmó que Scott creía que "el plagio empezaba en casa".

... no sé si he hecho bien al escribir esto. Sin querer acabo de autorizar al pillo inteligente a incluir en este listado algo así como: Bardales tomó las ideas de Jesús Martín Barbero para impresionar a su profesor. Él sólo buscaba complacerlo.

lunes, octubre 11

Mientras el tiempo pasa

Pese a los tiempos salchicheros que corren todavía resulta gratificante asomar la cabeza por la ventana y ver cómo sucede la vida. Es un buen espectáculo. Cada vez hay más maratones y carreras cortas y bicicleteadas que pasan delante de mi edificio. Yo los miro, indolente, y postergo el ejercicio para otras lunas... u otros soles, en verdad, ya no me queda claro para cuándo. Desde mi ventana en el quinto piso es posible observar el desfile de seres que acuden a lo cotidiano con cierta ilusión y cierta resignación. Algunos parecen sacados de las Tradiciones de Palma, otros parecen haber escapado de mi álbum de la Segunda Guerra Mundial y los veo pasear por la alameda de Pardo con ese expresionismo alemán en el rostro, tan Otto Dix, tan Max Beckmann. Más aquí llega una señora pequeñita que camina apretando los brazos contra el cuerpo para abrigarse de la brisa insignificante que viene del malecón, la espera un corpulento hombre más joven que, contra todo pronóstico, la levanta por los aires y le estampa un beso en los labios, como dos personaje de Ribeyro que alcanzaron la redención. Está también el viejito de bastón pretensioso y aristocrático, cachucha a cuadros y enfermera de blanco que vela sus movimientos. Conversa a gritos y dice que el secreto para estar entero a sus años es haber cuidado las rodillas y tomar jugo de naranja con salvado de trigo por las mañanas, todo esto mientras mezcla recuerdos de una infancia en cierta hacienda del norte y de su tío abuelo Billinghurst. Entonces me siento delante de la representación de algún pasaje de Bryce y esto lo confirmo cuando otro hombre, con sombrerito y los mofletes pintados de rosa silba a una chica con traza hippie que pasa en bicicleta. La mira triste mientras dobla en Santa Cruz, como si se le fuera, esta vez definitivamente, la juventud, la misma que asoma en forma de muchacho de gruesos anteojos por la otra esquina, con la atención clavada en un libro, caminando de memoria, evadiendo huecos y personas, parece no existir nada más que él y ese ejemplar de Vargas Llosa comprado con 20% de descuento en liberías Crisol (lo sé por la bolsa que se le chorrea y que veré caer al cruzar la pista). Mientras tanto, vuelvo la cabeza a mi escritorio y veo la lap top encendida y aguardando por mi para el trabajo. Suspiro, se me da por pensar que soy el personaje de alguien que escribe mis movimientos y me siento delante de la máquina confiando que ese alguien dictará también las revelaciones del día. Ella envía un mensaje al celular y dice que ya llegó al trabajo y que me quiere. Yo bebo el último sorbo de café, como cada vez que eso ocurre, y sonrío en esa suerte de ritual que sólo yo entiendo. Como cantaba Sam, the fundamental things apply as time goes by.