viernes, septiembre 24

Cadáver exquisito (o un ping pong con Sabina)

Cuando se sientan de un lado los modernos y del otro los postmodernos, es decir, los que vienen luego con ánimo de renovar las cosas, lo que se instala en medio es el convencimiento de que ninguno es feliz. La modernidad, esforzada y voluntarista, agotó el rollo y los postmodernos se enrollan. Eso parece confirmarse a cada instante. No transcurre mucho antes de que alguien deslice la frase "es lo de siempre" en cualquier conversación, como si fuera una barricada en medio del camino que indica "no hay salida". Y si no hay salida, ¿qué nos queda? La misma realidad de antes y de siempre. Aceptado el desengaño, sólo queda la nostalgia, la nostalgia que produce la imposibilidad de soñar un tiempo mejor. Y es bien sabido que "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió".

"Vivo en el número siete, Calle Melancolía. Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría. Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía. Y en la escalera me siento, a silbar mi melodía". Todo parece inalcanzable: el cielo está "cada vez más lejano y más alto". Pero ¿y la tierra? ¿Y esa tierra nueva en la que tanto creyeron los modernos, ese hombre nuevo por el que peleaba el Che? En la tierra, es verdad, hay campos verdes y primaveras (al menos por ahora, dirá un ecologista al fondo), pero "el barrio donde habito no es ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de cables". En la tierra parece haber también tiendas y televisión e internet para la evasión, pero son sólo "puertas que niegan lo que esconden". En la tierra, el hombre presiente la posibilidad de "un encuentro que ilumine el día", pero luego se transforma en "una enredadera que no encuentra ventanas donde agarrarse" y la única salida consiste en "abrazarse a la ausencia que dejas en mi cama".

Sólo quedaría cantar la desdicha y rendirnos a lo de siempre, "encender un cigarrillo y resolver un crucigrama". De aquí no nos mueve nadie. "Es pronto para el deseo y muy tarde para el amor". ¿Con qué ánimo lo intentamos de nuevo si por culpa del deseo de cambiar las cosas, de hacerlas mejor, "vivo del cáncer a un paso, del trabajo me han echado... y me he quedado tan delgado como un papel de fumar"? Así las cosas ¿cómo no va a vivir el hombre en el número 7 de la Calle Melancolía?

Un optimista cree que vivimos en el peor de los mundos posibles y eso no es una mala nueva, porque al no poder caer más el hombre puede levantarse y empezar a subir. Un pesimista, sin embargo, teme que lo que cree el optimista no sea verdad. Entonces, vistas así las cosas, existen dos maneras de estar jodido: a la optimista o a la negativa. Usted elige el camarote en este viaje, mientras el mundo avanza "como un barco enloquecido que viene de la noche y no va a ninguna parte".

viernes, septiembre 17

Un hombre solo: la muerte de Michael Corleone

Y cuando, al final de sus días, el hombre se sentó a tomar el fresco, acariciando la piel tersa de una naranja, las mujeres de su vida desfilaron delante en un baile continuado, imperecedero, bajo los acordes de Mascagni. Ajustó los anteojos sobre su nariz, con ese gesto mecánico que había repetido tantas veces, y entendió que ya no lo haría nunca más. Entonces le imprimió orgullo, se caló la resignación pegada al alma y soltó una última maldición. Era de tarde y los perros olisqueaban algo extraño, quizá los pasos silentes de una vieja dama, la misma que el hombre tantas veces había enviado a sus enemigos. No se oyó un murmullo, ninguna palabra de angustia o perdón, las mujeres seguían bailando y él quiso irse con ellas en esa ronda infinita. Al diablo con el pecado, el dinero, las penas; al diablo con la maldita soledad, porque siempre estuviste solo, Michael, cuando fuiste el muchacho aplicado que iría a West Point, cuando fuiste el tipo más duro de la ciudad y cuando ahora no eres más que un hombre viejo. Baila, Padrino, baila. La vida es dura, qué carajo le vamos a hacer.

jueves, septiembre 9

Lugares imposibles

Todos los barrios -al menos los de antes- tienen una casa oscura, impenetrable, con ocupantes misteriosos a los que convertimos en personajes de leyenda. En el barrio de San Miguel donde crecí, el número 311 correspondía a la casa del espanto. Tenía un techo a dos aguas, algo insual en la ciudad, y el color gris de su tejado la emparentaba con los dibujos de nuestros cuentos de hadas. La acera de su frontis era irregular, ondulada y cuarteada, como si estuviese a punto de parir alguna criatura debajo del concreto. Cuando las pelotas caían en su jardín, debíamos recurrir a los mayores para reclamarla, no sólo porque el timbre estaba bastante alto, sino porque el estremecimiento nos dejaba mudos.

Quien atendía normalmente era una mujer con flores amarillas en el pelo, arrugada como una pasa e inclinada hacia un lado por un problema de caderas. Sus labios eran delgadísimos, apenas podían advertirse, de modo que cuando hablaba parecía que se comía no solo sus palabras, sino que se tragaba también nuestro aliento, nuestra vitalidad... al menos eso era lo que pensábamos, pero nunca tuvimos problemas para recuperar las pelotas. Un día la anciana no abrió más la puerta y su lugar lo tomó una muchacha pálida, blanquísima, de cabellos negros y nariz diminuta; nadie sabía precisar si vivía allí desde siempre o si había llegado en alguna noche de luna llena. Recuerdo que alguien la apodó "la niña trasparente". Para entonces ya éramos los grandes del barrio y habíamos tomado la posta en la tarea de recuperar las pelotas.

La primera vez que toqué el timbre, quedé fascinado con la piel de la muchacha, al punto que acabé fabricándome una explicación descabellada: había sido prisionera de la anciana de flores amarillas, ella no le había permitido tomar sol y por eso tenía el gesto adormecido, melancólico, como si estuviera a punto de largarse a llorar. La segunda vez la muchacha me hizo pasar porque la pelota se había atascado en las ramas de la higuera. Era un árbol enorme, yo también tenía una higuera en casa, pero esta era descomunal, por eso la acera tenía protuberancias, porque las raíces se extienden, poderosas, a poca profundidad del suelo. Cuando estuve trepado entre las ramas pude ver a la anciana a través de la ventana del segundo piso. Una enfermera le acomodaba flores amarillas en el pelo, parecía ausente, como si en verdad ya no estuviera en el mundo de los vivos. Pero de pronto giró hacia mí y tuvo el detalle de sonreír como lo había hecho siempre que nos devolvió las pelotas. Era una sonrisa limpia que hasta ese momento no había sido capaz de ponderar, ganado más bien por la ficción a la que habíamos condenado a la mujer. Esa tarde, al despedirme de la muchacha pálida, me di cuenta de que ella también sonreía y que era una sonrisa linda. Yo devolví el gesto y ella se sonrojó. Entonces también dejó de ser la niña trasparente.

El 311 corresponde hoy a la cochera de un edificio de departamentos. Como me mudé hace años, no puedo precisar cuándo ocurrió esto ni qué fue de sus ocupantes, pero estoy convencido de que si la hubieran derribado siendo todavía niños, probablemente habríamos organizado piquetes y protestas, como hacen algunos seguidores de los Beatles para evitar el derribo de la casa en que nació Ringo Starr, en Liverpool. Para los fans, derribar la casa equivale a demoler el lugar donde nació William Shakespeare. Para nosotros hubiera sido como demoler La Casa de Chocolate de nuestros cuentos. Pero el verdadero 311 goza todavía de buena salud, quizá por el recuerdo de la niña trasparente o porque con los años se ha negado a desaparecer, como esos otros lugares imposibles de la niñez, como el 221 b de Baker Street o como la casa en el árbol a la vuelta de la esquina.

viernes, septiembre 3

Damas y caballeros, con ustedes Felisberto Hernández

Desconocido por muchos, opacado por la efigie de Cortázar (curiosamente quien más lo ha elogiado) y poco ponderado por la crítica, Feliberto Hernández (1902-1964) es el monstruo ideal para tener a mano en la mesa de noche. Sus cuentos son sueños fantásticos que registran “lo que espontáneamente ocurre en el espíritu”. La realidad es confusa y a Felisberto le importa esa fenomenología de dolores, placeres y sentimientos que deja la experiencia en la conciencia y el recuerdo. Sus textos se presentan como evocaciones que sugieren coyunturas precisas (Después del verano... Al término de mi adolescencia...), pero no poseen ningún asidero sólido e indiscutible que los vincule con alguna coordenada de espacio, tiempo o realidad.

Su escritura parece el trazo de un niño, con palabras sueltas, sin tema impuesto ni hilo conductor rígido, sin demasiada voluntad de ver claro en la confusión que presenta. No busque puentes con la escuela simbolista francesa, que justamente se proponía descubrir lo desconocido y lo inaccesible al pensamiento, ni tampoco afinidades con los maestros de aquel entonces Bergson, Husserl y Freud. Ninguno de estos referentes narra con una lucidez e ingenuidad como de niño grande, maduro, lo que ocurre en el espíritu. Dedicarse a eso implica narrar el funcionamiento de los pensamientos y muchas veces el acontecimiento que Felisberto narra es el cuento mismo, su nacimiento o no nacimiento como idea.

Sabemos que Hernández tenía la idea de una "novela metafísica" que nunca pudo empezar, pero sus cuentos ofrecen buen material para adivinar sus intenciones. En Las hortensias, por ejemplo, uno de sus mejores relatos, la comunicación exteriormente real de su protagonista, Horacio, es mínima. Las palabras que le dirige su mujer son “como pequeñas piedras caídas en un estanque donde vivían sus manías”. Horacio prefiere su colección de muñecas, para ellas manda construir tres habitaciones de vidrio y se hace amante de una de ellas. Horacio, evidentemente, no busca la realidad positiva, la que normalmente calificamos de real, la que vemos con los ojos del día. Busca la realidad interior, la confusa, tal como surge espontáneamente en el sueño, en las manías, en las sorpresas, enfocadas a través de los vidrios de la imaginación.

En El balcón, una mujer se enamora del balcón que ve desde su jardín, ha perdido todo contacto con la realidad exterior al exagerar su interiorización del mundo, pero no podríamos decir que está loca. Todo sucede en un curso tan natural que incluso para el lector los objetos se tornan seres nuevos. La mujer del balcón dedica un poema a su camisón, presenta al balcón como su novio y cuando se viene abajo por una tormenta, se considera “la viuda del balcón”. Felisberto se mueve, con un equilibrio precario pero maestro, por las intersecciones donde confluyen la realidad, la razón, la imaginación y la locura.

En Explicación falsa de mis cuentos ensaya, a su manera, en qué consiste su proyecto: “En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta, entonces debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla como sea”. Para Felisberto es fundamental evitar toda pretensión ajena a la narración o a la idea en sí misma, no debe pretender ser bella o intensa, sólo hay que dejarla crecer como una planta en un rincón, no en el centro, no como algo que merece la atención del pensamiento, pues los esfuerzos estéticos y la razón le impedirían alcanzar su destino.

Un cuento que parece resumir estos propósitos es El cocodrilo. Allí se narra la historia de un pianista que, al tener dificultades para ubicar sus conciertos, resuelve dedicarse a una profesión más segura e incursiona en la venta de medias para mujeres. Por casualidad descubre un excelente método: las lágrimas. Cuando se echa a llorar, mana lágrimas de manera tan profusa que la gente las interpreta como expresión de un gran dolor y le compran los productos. Esta me parece una parábola elocuente de su narrativa (que no es muy extensa): Felisberto vierte lágrimas de cocodrilo en sus cuentos para que los lectores podamos interpretarlas y explicarlas como mejor nos venga en gana. Él sabe que no existe una lectura correcta, sino tantas como aquellos que se aproximen a sus páginas, porque cada uno es un mundo inescrutable, una realidad distinta, y en todas ellas el cocodrilo llorará siempre lo necesario para que nos crezca dentro una planta.

Si usted ha leído a Cortázar, debería también leer a Felisberto Hernández.