Cuando se sientan de un lado los modernos y del otro los postmodernos, es decir, los que vienen luego con ánimo de renovar las cosas, lo que se instala en medio es el convencimiento de que ninguno es feliz. La modernidad, esforzada y voluntarista, agotó el rollo y los postmodernos se enrollan. Eso parece confirmarse a cada instante. No transcurre mucho antes de que alguien deslice la frase "es lo de siempre" en cualquier conversación, como si fuera una barricada en medio del camino que indica "no hay salida". Y si no hay salida, ¿qué nos queda? La misma realidad de antes y de siempre. Aceptado el desengaño, sólo queda la nostalgia, la nostalgia que produce la imposibilidad de soñar un tiempo mejor. Y es bien sabido que "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió".
"Vivo en el número siete, Calle Melancolía. Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría. Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía. Y en la escalera me siento, a silbar mi melodía". Todo parece inalcanzable: el cielo está "cada vez más lejano y más alto". Pero ¿y la tierra? ¿Y esa tierra nueva en la que tanto creyeron los modernos, ese hombre nuevo por el que peleaba el Che? En la tierra, es verdad, hay campos verdes y primaveras (al menos por ahora, dirá un ecologista al fondo), pero "el barrio donde habito no es ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de cables". En la tierra parece haber también tiendas y televisión e internet para la evasión, pero son sólo "puertas que niegan lo que esconden". En la tierra, el hombre presiente la posibilidad de "un encuentro que ilumine el día", pero luego se transforma en "una enredadera que no encuentra ventanas donde agarrarse" y la única salida consiste en "abrazarse a la ausencia que dejas en mi cama".
Sólo quedaría cantar la desdicha y rendirnos a lo de siempre, "encender un cigarrillo y resolver un crucigrama". De aquí no nos mueve nadie. "Es pronto para el deseo y muy tarde para el amor". ¿Con qué ánimo lo intentamos de nuevo si por culpa del deseo de cambiar las cosas, de hacerlas mejor, "vivo del cáncer a un paso, del trabajo me han echado... y me he quedado tan delgado como un papel de fumar"? Así las cosas ¿cómo no va a vivir el hombre en el número 7 de la Calle Melancolía?
Un optimista cree que vivimos en el peor de los mundos posibles y eso no es una mala nueva, porque al no poder caer más el hombre puede levantarse y empezar a subir. Un pesimista, sin embargo, teme que lo que cree el optimista no sea verdad. Entonces, vistas así las cosas, existen dos maneras de estar jodido: a la optimista o a la negativa. Usted elige el camarote en este viaje, mientras el mundo avanza "como un barco enloquecido que viene de la noche y no va a ninguna parte".
"Vivo en el número siete, Calle Melancolía. Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría. Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía. Y en la escalera me siento, a silbar mi melodía". Todo parece inalcanzable: el cielo está "cada vez más lejano y más alto". Pero ¿y la tierra? ¿Y esa tierra nueva en la que tanto creyeron los modernos, ese hombre nuevo por el que peleaba el Che? En la tierra, es verdad, hay campos verdes y primaveras (al menos por ahora, dirá un ecologista al fondo), pero "el barrio donde habito no es ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de cables". En la tierra parece haber también tiendas y televisión e internet para la evasión, pero son sólo "puertas que niegan lo que esconden". En la tierra, el hombre presiente la posibilidad de "un encuentro que ilumine el día", pero luego se transforma en "una enredadera que no encuentra ventanas donde agarrarse" y la única salida consiste en "abrazarse a la ausencia que dejas en mi cama".
Sólo quedaría cantar la desdicha y rendirnos a lo de siempre, "encender un cigarrillo y resolver un crucigrama". De aquí no nos mueve nadie. "Es pronto para el deseo y muy tarde para el amor". ¿Con qué ánimo lo intentamos de nuevo si por culpa del deseo de cambiar las cosas, de hacerlas mejor, "vivo del cáncer a un paso, del trabajo me han echado... y me he quedado tan delgado como un papel de fumar"? Así las cosas ¿cómo no va a vivir el hombre en el número 7 de la Calle Melancolía?
Un optimista cree que vivimos en el peor de los mundos posibles y eso no es una mala nueva, porque al no poder caer más el hombre puede levantarse y empezar a subir. Un pesimista, sin embargo, teme que lo que cree el optimista no sea verdad. Entonces, vistas así las cosas, existen dos maneras de estar jodido: a la optimista o a la negativa. Usted elige el camarote en este viaje, mientras el mundo avanza "como un barco enloquecido que viene de la noche y no va a ninguna parte".


