En 1999 el mundo conoció a Cole, un niño introvertido y timorato que necesitaba de tratamiento para sobrellevar un extraño don. Cole veía y escuchaba a gente muerta, espíritus que no terminaban de romper el hilo invisible. Cuando Cole descubre, orientado por el psicólogo infantil Malcolm Crowe, que estos espíritus no pueden descansar porque su vida o sus acciones tienen un cabo suelto, decide ayudarlos para que marchen en paz. A todos nos invadió el alivio cuando comprendimos que Cole no sufriría más por esas visiones y quedamos estupefactos al descubrir que su mentor, Crowe, era otro hombre muerto.
El final de esta película de M. Night Shyamalan nos dejó la desconcertante pregunta de si acaso seguimos vivos por costumbre o por amor a la vida. Once años después, otro caso nos toca de costado, como una verdad que nos pilla al vuelo por la calle y nos da dos golpecitos en el hombro para llamar nuestra atención. Esta vez la historia corresponde a la vida real (o lo que queremos entender por vida real), los diarios lo calificaron de estremecedor, un penoso caso clínico digno de toda atención humanitaria y profesional: en la zona de Bengala Occidental, Pinaku, un niño de 9 años, se resistía a probar alimento porque creía que estaba muerto. El pequeño había sobrevivido a un accidente en tren el 19 de julio pasado, pero al parecer no conseguía superar el trauma.
El caso de Pinaku se reprodujo en distintos medios, pero las noticias acerca de su evolución desaparecieron. De pronto no hubo más, como si ese niño nunca hubiese existido. Seguí revisando distintos portales a la caza de alguna novedad, pero sólo logré azuzar mi ansiedad. Al principio estuve mortificado, extrañamente inquieto, algo parecido a la frustración me crecía desde las piernas y empecé a morderme las uñas como quien espera al médico que saldrá en cualquier momento del quirófano. Hoy, sin embargo, mi desasosiego se ha trasformado en una misteriosa calma. He llegado a la conclusión de que Pinaku es Cole y que todos estamos muertos.
Veo gente muerta, explicará el pequeño a otro doctor Crowe y éste, desconcertado, se dará de bruces con la verdad existencialista de que si la vida es experiencia, la nuestra es una bastante triste. He terminado elevando a Pinaku a la calidad de iluminado, porque ese niño entendió que la vida es un lindo cuento que se desarrolla en lo horroroso, en lo monstruoso, en medio de la milla verde a la que todos hemos sido condenados, porque todos estamos sentenciados a morir tarde o temprano. Pinaku, igual que Cole, sabe que estamos instalados en el cruce de caminos entre la desesperanza y la felicidad, entre el desencanto y los sueños; él sólo ha escogido una posición cómoda para el "mientras tanto". Porque no somos más que papelitos al viento, el cotillón de una fiesta instalada en medio de la nada.
El final de esta película de M. Night Shyamalan nos dejó la desconcertante pregunta de si acaso seguimos vivos por costumbre o por amor a la vida. Once años después, otro caso nos toca de costado, como una verdad que nos pilla al vuelo por la calle y nos da dos golpecitos en el hombro para llamar nuestra atención. Esta vez la historia corresponde a la vida real (o lo que queremos entender por vida real), los diarios lo calificaron de estremecedor, un penoso caso clínico digno de toda atención humanitaria y profesional: en la zona de Bengala Occidental, Pinaku, un niño de 9 años, se resistía a probar alimento porque creía que estaba muerto. El pequeño había sobrevivido a un accidente en tren el 19 de julio pasado, pero al parecer no conseguía superar el trauma.
El caso de Pinaku se reprodujo en distintos medios, pero las noticias acerca de su evolución desaparecieron. De pronto no hubo más, como si ese niño nunca hubiese existido. Seguí revisando distintos portales a la caza de alguna novedad, pero sólo logré azuzar mi ansiedad. Al principio estuve mortificado, extrañamente inquieto, algo parecido a la frustración me crecía desde las piernas y empecé a morderme las uñas como quien espera al médico que saldrá en cualquier momento del quirófano. Hoy, sin embargo, mi desasosiego se ha trasformado en una misteriosa calma. He llegado a la conclusión de que Pinaku es Cole y que todos estamos muertos.
Veo gente muerta, explicará el pequeño a otro doctor Crowe y éste, desconcertado, se dará de bruces con la verdad existencialista de que si la vida es experiencia, la nuestra es una bastante triste. He terminado elevando a Pinaku a la calidad de iluminado, porque ese niño entendió que la vida es un lindo cuento que se desarrolla en lo horroroso, en lo monstruoso, en medio de la milla verde a la que todos hemos sido condenados, porque todos estamos sentenciados a morir tarde o temprano. Pinaku, igual que Cole, sabe que estamos instalados en el cruce de caminos entre la desesperanza y la felicidad, entre el desencanto y los sueños; él sólo ha escogido una posición cómoda para el "mientras tanto". Porque no somos más que papelitos al viento, el cotillón de una fiesta instalada en medio de la nada.
