viernes, agosto 27

Papelitos al viento

En 1999 el mundo conoció a Cole, un niño introvertido y timorato que necesitaba de tratamiento para sobrellevar un extraño don. Cole veía y escuchaba a gente muerta, espíritus que no terminaban de romper el hilo invisible. Cuando Cole descubre, orientado por el psicólogo infantil Malcolm Crowe, que estos espíritus no pueden descansar porque su vida o sus acciones tienen un cabo suelto, decide ayudarlos para que marchen en paz. A todos nos invadió el alivio cuando comprendimos que Cole no sufriría más por esas visiones y quedamos estupefactos al descubrir que su mentor, Crowe, era otro hombre muerto.

El final de esta película de M. Night Shyamalan nos dejó la desconcertante pregunta de si acaso seguimos vivos por costumbre o por amor a la vida. Once años después, otro caso nos toca de costado, como una verdad que nos pilla al vuelo por la calle y nos da dos golpecitos en el hombro para llamar nuestra atención. Esta vez la historia corresponde a la vida real (o lo que queremos entender por vida real), los diarios lo calificaron de estremecedor, un penoso caso clínico digno de toda atención humanitaria y profesional: en la zona de Bengala Occidental, Pinaku, un niño de 9 años, se resistía a probar alimento porque creía que estaba muerto. El pequeño había sobrevivido a un accidente en tren el 19 de julio pasado, pero al parecer no conseguía superar el trauma.

El caso de Pinaku se reprodujo en distintos medios, pero las noticias acerca de su evolución desaparecieron. De pronto no hubo más, como si ese niño nunca hubiese existido. Seguí revisando distintos portales a la caza de alguna novedad, pero sólo logré azuzar mi ansiedad. Al principio estuve mortificado, extrañamente inquieto, algo parecido a la frustración me crecía desde las piernas y empecé a morderme las uñas como quien espera al médico que saldrá en cualquier momento del quirófano. Hoy, sin embargo, mi desasosiego se ha trasformado en una misteriosa calma. He llegado a la conclusión de que Pinaku es Cole y que todos estamos muertos.

Veo gente muerta, explicará el pequeño a otro doctor Crowe y éste, desconcertado, se dará de bruces con la verdad existencialista de que si la vida es experiencia, la nuestra es una bastante triste. He terminado elevando a Pinaku a la calidad de iluminado, porque ese niño entendió que la vida es un lindo cuento que se desarrolla en lo horroroso, en lo monstruoso, en medio de la milla verde a la que todos hemos sido condenados, porque todos estamos sentenciados a morir tarde o temprano. Pinaku, igual que Cole, sabe que estamos instalados en el cruce de caminos entre la desesperanza y la felicidad, entre el desencanto y los sueños; él sólo ha escogido una posición cómoda para el "mientras tanto". Porque no somos más que papelitos al viento, el cotillón de una fiesta instalada en medio de la nada.

martes, agosto 17

Hay que durar

"Hay que durar". La frase se atribuye a Faulkner y quizá por ello guarda cierto misterio, porque si la hubiera dicho yo o cualquier hijo de vecino, sería un ocioso ejercicio de retórica. Hay que durar, hoy estamos vivos y algún día estaremos todos muertos. Creo que lo que anda detrás de esto no es el deseo de durar por durar, sino la incómoda pregunta acerca de qué hacer mientras duramos. Hoy estamos vivos y mañana ya no podremos hacer nada, al menos en este mundo, y hubo una época, hace años, antes del momento de nuestro nacimiento, en que no estábamos aún en este mundo, no estábamos vivos, y entonces no podíamos hacer nada (al menos en este mundo). Pero ahora estamos vivos y podemos hacer lo que queramos.

Es verdad, existen límites: no tenemos alas, no podemos volar, no podemos respirar debajo del agua, pero esos límites no son realmente carencias, sino nuestra forma humana. Es cierto que cosas que son mucho más fáciles, o que al menos son posibles para otros, a nosotros pueden parecernos imposibles, pero también hay cosas que podemos hacer y que no hacemos. Podemos tomar decisiones, podemos cambiar las cosas, o buscar cambiarlas, aunque estemos encerrados en el corredor de la muerte.

Estamos vivos, pero estamos viviendo como si estuviéramos muertos, o como si estuviéramos muriendo, o como si la muerte estuviera próxima. Pero estamos vivos. La humanidad de la que hemos oído hablar, las grandes civilizaciones, los grandes emperadores y reyes del pasado, las grandes batallas, las gestas, los descubrimientos, las hazañas y las conquistas, nada de eso existe. No existen ni César ni Alejandro, ni los 300 de las Termópilas. No existen los egipcios ni Moisés, no existen Galileo ni Copérnico. Existimos nosotros. Nosotros somos la civilización, la historia conjugada en tiempo presente. Somos la humanidad. Somos todos los hombres. Somos los que estamos vivos. Los otros no están vivos. Nietzsche no está vivo, Bach no está vivo, ninguno puede hacer nada al respecto. Pero nosotros sí, estamos vivos y podemos hacer lo que queramos.

Hemos descendido hasta aquí para vivir una aventura pero no la vivimos, estamos aburridos, estamos esperando, estamos desanimados. Nada es como deseábamos. Entramos en una época en la que será cada vez más difícil sentir que estamos vivos. La vida de nuestro cuerpo, de nuestras emociones y de nuestra imaginación entra en el terreno de la fantasía y del sueño de las máquinas. Nos estamos convirtiendo en sueños de las máquinas y estamos dejando que nuestra vida se convierta en vida virtual. Pero esta nueva dificultad no es más que una forma nueva del sueño en que siempre hemos vivido. La revolución cibernética no hace sino revelarnos con toda la crudeza de una caja de metal llena de resplandores eléctricos, que vivimos una vida pasiva y que dejamos pasar los días como si estuviéramos muertos.

Algunos han llegado a sospechar que quizá no estemos vivos, que quizá nuestra vida no sea otra cosa que la suma de sueños y recuerdos de lo que éramos cuando estábamos vivos. Eso explicaría esa cualidad de irrealidad y de sueño que tiene a menudo nuestra existencia. Pero no es cierto, no estamos muertos aunque vivimos como si lo estuviéramos. Nos posee una curiosa pereza, una extraña lasitud. Y no nos damos cuenta de que estamos vivo y podemos hacer lo que querramos.

Hay que durar, dijo Faulkner y siguió como si nada, encerrado en Yoknapatawpha, bebiendo, fumando y escribiendo, sus más sabias maneras de durar.