sábado, julio 31

El motor inmóvil

Han pasado las Fiestas Patrias y la gente luce por las calles una especie de sonrisa adolescente. Nada estridente, parca, acaso con el brillo justo que resulta de vivir varias temporadas entre la esperanza y el desencanto, pero sonrisa al fin y al cabo. Sospecho que el asunto va más allá de la resaca y satisfacción de una gratificación bien invertida. Hay algo que tonifica este buen ánimo de medio año. Algo parecido ocurre en Navidad, pero si en los días de Papá Noel el abrigo y redescubrimiento de la familia son el motor de la buena onda, creo que estos últimos julios han sido estimulados por eso que, de a pocos, hemos ido rescatando como cuidadosos paleontólogos, el orgullo.

Póngale usted el nombre que quiera: la comida, Macchu Picchu, Inca kola, la diversidad ecológica, el haber pasado de sobrevivientes de un desastre económico a ser modelo de empeño y resistencia, la contratación de Sergio Markarián, el arribo (finalmente) del Cirque du Soleil, no sé, pero hay algo, o quizá todo lo anterior junto, que hace que sintamos que ser peruanos, pertenecer a un espacio y una cultura particular (con defectos y virtudes) es algo digno de destacar después de mucho tiempo. Al menos lo entiendo así después de algunos intercambios con el portero de mi edificio, las encargadas de la panadería, el joven de la estación de combustibles, la señora que coincide conmigo en el supermercado, el hombrecito anónimo que comparte una espera en el café y otros ilustres representantes de la vida cotidiana.

Los grandes cambios sociales acaban en un tacho de basura cuando el ideal romántico de cambiar el estado de las cosas se marchita. Todos los que han abierto camino a nuevos tiempos y han conseguido para el mundo logros geniales han sido sujetos optimistas (o grandísimos necios, diría un pesimista), que sin pronósticos de victoria continuaron adelante en medio de la niebla incierta. No hace falta ser un prohombre para engancharse y suscribir este influjo positivo contra cualquier tipo de depresión. Más allá de unas cifras macroeconómicas siempre pequeñas, una justicia social siempre perfectible, unas expectativas siempre amplias y una siempre insatisfecha esperanza en la clase política, más allá de todo eso, estamos otra vez nosotros.

Se vive un momento sano después de la sensación de asfixia de los últimos tiempos, pero no alcanzará para mucho más si esta buena onda nacional no se sostiene. Puede resultar ingenuo, acaso naíf, pero las grandes fórmulas son sencillas y quizá tengamos entre manos la herramienta definitiva para dar el gran paso: el orgullo, apelar a ese orgullo como si fuera el motor inmóvil del que hablaba Aristóteles.

Aristóteles decía que hay una esencia eterna, inmóvil y distinta que alienta a los objetos sensibles, un motor que mueve todas las cosas, dotado de entendimiento y objeto o fin último de todas las cosas. El motor inmóvil es un ente necesario y, en tanto que necesario, es bueno y por consiguiente un principio. Si nuestro motor inmóvil se convierte en el orgullo que destilamos por estos días, calculo que obtendremos un octanaje difícil de superar... De modo que a comer, a meterle ganas al trabajo, a beber Inca kola y a subirse a cualquiera de las particulares formas que adquiera nuestro orgullo. Sólo así entenderemos que si el Perú nos parece una gran cosa, nosotros no tenemos por qué desentonar.

lunes, julio 19

Pólvora mojada

Cuando llega la noche y no caigo aturdido por el sueño, mi mente se distrae con preguntas retóricas. Algunos cuentan ovejas, otros toman Dormonid, yo discuto con mis pretensiones: ¿habré hecho algo recordable hoy?, la suma de mis actos insignificantes, ¿formará parte de un gran empeño cósmico que se consumará en algún momento?, si borro este día del resto de mis días, ¿pasará algo? la no existencia de estas horas, ¿privaría a la humanidad de algún hallazgo o alguna forja para el futuro? Cuando esto ocurre normalmente acabo dormido sobre mi hombro derecho y aparezco, de pronto, por ejemplo, en la Atenas del año 447 antes de Cristo: soy un eficiente esclavo que construye el Partenón y no puede darse el lujo de robar cinco minutos a la hora del almuerzo. Otras noches sueño que soy un legionario que arrasa con los bárbaros y luego, de regreso a casa bañado en sangre enemiga, relato los detalles de la masacre a un escribano que legará a la historia los nombres de algún general, nunca el de todo el batallón. El anonimato me devora en esos sueños, a veces de un modo estremecedor. A veces sueño que viajo a bordo de una carabela con Colón, muerto de sed y cocido por el calor a tal punto que no distingo si eso delante es América o un espejismo, dudo, trato de ajustar la vista y ¡zaz! Rodrigo de Triana se adelanta gritando "¡Tierra!", sólo por jugarse una quiniela, y acierta. En fin, esas noches duermo convencido de que hay quienes mueven el mundo y quienes somos el mundo, esa masa informe que es llevada de las narices o por inercia. Detrás de los hidalgos de todos los rubros, estamos los demás: los sin tierra, sin horario, los que no tienen un dial fijo en la frecuencia de radio, los que buscan sus números de teléfono entre un sin número de nombres, los intercambiables, los que se pierden en calles que resbalan todas al mismo sitio, los portapliegos, los payasos tristes, los remendadores de zapatos, los de la pólvora mojada.

viernes, julio 9

Gestos

Cada cual carga con un catecismo de gestos, tics, hábitos y reacciones de instinto. Está la muchacha que se muerde un labio al perder el autobús, el tipo que avanza luciendo su mejor traje y al menor contacto con alguien sacude el punto de roce, o las señoras que llevan el aro de las llaves en un dedo y caminan con él, tal vez como una potencial arma de defensa, o el nene que saca la lengua mientras hace un trabajo de precisión, el que ojea los titulares en el kiosko componiendo la misma pose del pensador de Rodin; están los que se muerden las uñas, los que viven con el ipod clavado en la sien con el volumen a mil y son capaces de seguir una conversación, los que voltean a mirarle el trasero a las muchachas, los que sonríen cuando alguien les sostiene la puerta de un banco mientras ingresan, los que estiran la mano y la sacuden frenéticamente para detener un taxi parsimonioso, en fin, los que tienen esa particularidad que los hace recordables.

De entre todas esas formas, frotarse la espalda al momento del saludo o la despedida se ha convertido en un gesto socialmente extendido que entraña cariño, enhorabuenas y ánimos para el camino. De pronto he llegado a sentir que la ceremonia está incompleta sin este ritual. He notado que algunas parejas, después de besarse, se frotan las costillas como complemento de felicidad. No sé si me pasa sólo a mi, pero encuentro que este gesto ha dejado los ámbitos del hospital y los funerales para también adquirir propósitos inversos. De acompañar la pena y prodigar esperanzas flacas hemos pasado a frotar la espalda y las costillas como celebración de la vida.

Recuerdo el estupor de algunas personas hasta hace algunos años cuando nos saludábamos entre los amigos de toda la vida con un beso en la mejilla. Para algunos era extraño, para otros incómodo, para alguien más declaradamente gay. Pero resulta que habíamos crecido en un colegio italiano donde los padres saludaban así a sus hijos, donde esos padres saludaban así a sus amigos y donde los amigos cercanos y familiares se distinguían de los otros prójimos cotidianos a partir del beso. Supongo que luego la tele y el fútbol argentino se encargaron de dotar al beso de saludo de otra valoración.

Esa leve frotación de las costillas se parece mucho a este beso distintivo. Posee un efecto terapéutico magnífico, como si se tratara de una hipodérmica que drena buena onda directo al alma. Gracias a una frotación de costillas o de espalda, o gracias al beso de los amigos, uno puede exorcisar fantasmas y aderezar la alegría. Son como los
abrazos gratis. Un paliativo que nos redime con la vida moderna.

¿Será que esto funciona en otros ámbitos? A lo mejor si el Ministro de Economía le frota la espalda a todos los que desfilan frente a su despacho depositando quejas, las cosas cambian.

viernes, julio 2

Sacos con coderas

Llegué a la docencia sin buscarlo, pero siempre me atrajo ese ambiente de claustro, esa especie de más allá en el que se ubicaban los señores que tenían siempre una respuesta. Me gustaba que esos señores usaran sacos con coderas, me gustaba verlos andar con un libro y un café, me gustaba la autorización tácita que se les otorgaba para fumar. A esta altura alguien podría decir que enseño porque soy un estúpido pretensioso, pero diré que enseño porque disfruto hacerlo.

Algunos me dicen profesor, otros me llaman profe. Muchos me saludan por mi nombre y algunos rimbombantes dicen que soy catedrático porque dicto en la universidad. Creo que nunca podría enseñar en una escuela, ahí el vocativo común es maestro y pienso que ser "maestro" implica una gran responsabilidad. La escuela requiere, además, manos de cirujano para llevar con maestría algunas cuestiones extracurriculares y yo para esos menesteres me declaro un paquidermo. Creo que mi trabajo consiste en generar condiciones para que mis alumnos prueben y se equivoquen y, de esa manera, encuentren las certezas que mejor les acomode. No enseño ciencias exactas, así que con mayor razón no creo en fórmulas. Los que enseñamos tenemos cosas qué decir, pero nunca tendremos la verdad. A los alumnos les corresponde hacer las veces de vampiros, deben tomar de nosotros lo que les interese y construir algo distinto que mueva todo hacia adelante.

Algunos alumnos han conseguido que me sienta orgulloso y que piense que puedo ser bueno en este oficio. Otros, felizmente, no me han dado importancia. Así como hay un mercado para cada producto, creo que hay alumnos para determinados profesores. No creo que me corresponda enseñarles una moral, pontificar acerca de los valores o instaurar una ética draconiana. Apenas me siento autorizado a tratarlos con mis propias convicciones. Ser profesor es una ocupación donde la vanidad acecha; algunos dicen que quieren contribuir a formar las mentes del mañana (sí, así, con esa frase espantosa), pero en verdad les interesa ser escuchados, contemplados y obedecidos. Los alumnos han hecho que me sienta a veces importante, poderoso, hasta medianamente inteligente, pero trato de no caer en la trampa del off side: mañana ellos serán más importantes, poderosos e inteligentes, cuando todo lo que yo diga sea caduco.

También me he sentido compañero, amigo, en algunos casos hermano mayor. Pero también me he sentido desorientado, débil de carácter, aguafiesta de sus bromas, coleccionista de sus miradas, ladrón de sus compañías, he plagiado sus destellos, su buena onda, la ingenuidad de algunos, la fortaleza de otros. Me he sentido culpable por no censurar su falta de dedicación, pero no lo he hecho porque hubo un tiempo en que yo tampoco fui un alumno dedicado. No castigo las inasistencias porque yo también faltaba a clases. Eso sí, me encargo de que entiendan que los resultados que obtienen guardan relación directa con sus empeños. Siempre repito que no soy el vengador de los asientos vacíos o los esfuerzos mediocres: yo no los repruebo, ellos se reprueban. Cuando encuentro un ex alumno, no me interesa saber en dónde trabaja o cuánto gana. Normalmente pregunto si son felices. Acaso la única lección que me he atrevido a repetirles es que traten de hacerse viejos haciendo lo que más les gusta, porque lo demás es pura tristeza.

La docencia ofrece muchas suertes. Uno llega a sentir que forma parte de algo, de alguien, o de muchos. Esa aura de profesión de segunda línea garantiza un cómodo perfil bajo de satisfacciones muy altas. Cuando uno es profesor, el espíritu tarda en envejecer, el ego y el corazón están siempre en forma... y es muy lindo cuando a uno lo reconocen por la calle. A veces me invitan un café, a veces me aceleran algún trámite. A veces, también, me regalan un abrazo inmerecido y yo quedo con la sonrisa idiota y desubicada, como buscando un lugar donde ocultarme, porque no queda bien eso de llorar en público.