Póngale usted el nombre que quiera: la comida, Macchu Picchu, Inca kola, la diversidad ecológica, el haber pasado de sobrevivientes de un desastre económico a ser modelo de empeño y resistencia, la contratación de Sergio Markarián, el arribo (finalmente) del Cirque du Soleil, no sé, pero hay algo, o quizá todo lo anterior junto, que hace que sintamos que ser peruanos, pertenecer a un espacio y una cultura particular (con defectos y virtudes) es algo digno de destacar después de mucho tiempo. Al menos lo entiendo así después de algunos intercambios con el portero de mi edificio, las encargadas de la panadería, el joven de la estación de combustibles, la señora que coincide conmigo en el supermercado, el hombrecito anónimo que comparte una espera en el café y otros ilustres representantes de la vida cotidiana.
Los grandes cambios sociales acaban en un tacho de basura cuando el ideal romántico de cambiar el estado de las cosas se marchita. Todos los que han abierto camino a nuevos tiempos y han conseguido para el mundo logros geniales han sido sujetos optimistas (o grandísimos necios, diría un pesimista), que sin pronósticos de victoria continuaron adelante en medio de la niebla incierta. No hace falta ser un prohombre para engancharse y suscribir este influjo positivo contra cualquier tipo de depresión. Más allá de unas cifras macroeconómicas siempre pequeñas, una justicia social siempre perfectible, unas expectativas siempre amplias y una siempre insatisfecha esperanza en la clase política, más allá de todo eso, estamos otra vez nosotros.
Se vive un momento sano después de la sensación de asfixia de los últimos tiempos, pero no alcanzará para mucho más si esta buena onda nacional no se sostiene. Puede resultar ingenuo, acaso naíf, pero las grandes fórmulas son sencillas y quizá tengamos entre manos la herramienta definitiva para dar el gran paso: el orgullo, apelar a ese orgullo como si fuera el motor inmóvil del que hablaba Aristóteles.
Aristóteles decía que hay una esencia eterna, inmóvil y distinta que alienta a los objetos sensibles, un motor que mueve todas las cosas, dotado de entendimiento y objeto o fin último de todas las cosas. El motor inmóvil es un ente necesario y, en tanto que necesario, es bueno y por consiguiente un principio. Si nuestro motor inmóvil se convierte en el orgullo que destilamos por estos días, calculo que obtendremos un octanaje difícil de superar... De modo que a comer, a meterle ganas al trabajo, a beber Inca kola y a subirse a cualquiera de las particulares formas que adquiera nuestro orgullo. Sólo así entenderemos que si el Perú nos parece una gran cosa, nosotros no tenemos por qué desentonar.

