viernes, junio 25

Zapato armenio


Quién sabe qué ocupaciones lo habrán llevado a transitar las arenas de su tiempo: ¿el pastoreo?, ¿la recolección de dátiles?, ¿habrá formado parte de la valija de algún viajero impenitente? ¿el dueño habrá llegado a su destino?, ¿se habrá sentido satisfecho después de tanto andar?, ¿qué pasó con el otro, su compañero de pie? El descubrimiento del zapato más antiguo del mundo me provoca un estremecimiento conmovedor antes que una sonrisa anecdótica, pues confirma que desde siempre estuvimos condenados a ser sólo organismos de paso: una luz entre dos nadas, muy poquita cosa.

La pieza fue hallada en una cueva en la provincia Vayotz Dzor, en Armenia, en la frontera con Irán y Turquía. Es más antigua que la Gran Pirámide de Giza y 400 años mayor que el Stonehenge de Gran Bretaña. Está fabricado de una sola pieza de cuero de vaca y tenía cordones. Mide 24,5 centímetros de largo y entre 7,6 y 10 centímetros de ancho. Según los arqueólogos de la University College Cork de Irlanda, correspondería a un número 37 europeo o 7 estadounidense. Resulta imposible precisar si perteneció a un hombre o a una mujer.

Siempre que he encontrado por la calle un carnet de identidad, un peine, una fotografía, algún arete, he pensado que son obra del descuido. Cerca de algún muladar me ha tocado ver también catres viejos, muñecas rotas, camisas hechas jirones y, claro, zapatos. Pero este zapato armenio, este descuido primitivo, me ha hecho cambiar de idea: las cosas por la calle, en verdad, son pruebas de ausencia, migajas en el camino, sortilegios contra el abandono, el desamparo y el final. Tal vez ese carnet de identidad no fue perdido, sino lanzado por alguien en un intento por dejar rastro de su existencia antes de ser tragado por el tiempo. Tal vez ese peine, ese arete, incluso esa fotografía perdida y pisoteada sobre la acera, sean los efectos residuales de algún tipo de abducción por parte de la nada, el último manotazo de ahogado para ganar la batalla contra el olvido.

Queremos durar, queremos permanecer, no queremos ser devorados inexorablemente por las limitaciones del mundo y nuestro cuerpo. Sólo a algunos predestinados se les concede esta gracia, por eso ¡Oh, zapato armenio! cuéntanos la historia de ese trashumante de muchos senderos que anduvo tiempo atrás, que vió muchas tierras de hombres y conoció su talante, y que sufrió dolores sin cuento tratando de asegurar la vida. Oh, zapato armenio, también a nosotros cuéntanos algún pasaje de esos sucesos.

viernes, junio 18

Superhombre

Papá nunca levantaba la voz, él siempre alzaba los argumentos; jamás discutía, él discrepaba. Tenía bigote italiano y era buena gente, sus amigos lo respetaban porque corría autos y porque jamás le negó un favor a nadie. En ese tiempo yo era hiperquinético, inconsciente y respondón. Con sólo 7 años hacía algunas cosas de gente grande, es decir, llevaba la bici sin ruedas laterales, me iba de expedición a los acantilados y me endeudaba (con el bodeguero de la esquina). Papá siempre avaló mis empresas y yo jamás dudé en guarecerme detrás de sus pantalones, me parecía lógico: cuando yo fuera grande sería igual que él, un súperhombre.

Cierto día que llegábamos al almuerzo de domingo en casa de la tía Amanda, mientras papá intentaba estacionar, un Peugeot nos golpeó la cola. Yo estaba emocionado porque acababa de vivir mi primera experiencia de choque fuera de la televisión, pero para los demás que salieron a ver si todo estaba bien, era un asunto serio. El tipo del Peugeot bramaba, chillaba, exigía disculpas, pero papá respondió serenamente: “Yo hice todas las luces e indicaciones pertinentes y usted, de manera temeraria, intentó superarme evadiéndose sobre la berma central, lo que de por sí constituye una falta. De modo que sugiero que se calme para acordar la compensación de mis perjuicios”. Todos contuvieron la risa. Papá había dejado en evidente ridículo al desconocido, pero yo no capté la tensión del momento y al notar el gesto contenido de todos, solté una carcajada inmensa. Fue una risa tan desprovista de diplomacia que todos se contagiaron. Viéndose en desventaja, al tipo del Peugeot sólo le quedó aliviar la bronca descargando un golpe sobre papá. Le reventó el labio y la sangre salpicó su camisa. Las mujeres se encargaron de auxiliar a papá y los varones redujeron al fulano y lo conminaron a largarse.

Yo tenía los ojos grandotes y fijos en la figura débil de papá. Alguien quiso tomarme para distraer la escena, pero me escurrí y entré en la casa corriendo. No aparecí hasta que sirvieron las ensaladas. Me senté a distancia prudente y estuve rumiando los vegetales con indiferencia, sin ánimo, sin ganas, como si nada alrededor tuviera algún sentido. Papá lucía dos puntos en la boca, pero hablaba del paso de Alain Proust al equipo Renault como un poseído. De pronto en las zanahorias de mi plato la vida era más interesante.

A todos los niños nos toca descubrir un día que los padres no son superhombres, que no son invencibles, ni los más fuertes, ni los más valientes. De pronto llega el día en que les ganamos al ajedrez, les marcamos goles sin que se dejen, el día en que descubrimos que simplemente son nuestros viejos. Puede parecer algo triste, pero de eso se trata crecer: descubrir que la vida viene desprovista de misterio.

Sólo la magia de papá podía convencernos de lo contrario.


viernes, junio 11

Fútbol para pensar

El entusiasmo futbolero está en todas partes, pero no en los claustros académicos. En comparación con otros países del entorno, como Argentina, Brasil o Uruguay, lo que podríamos denominar historia sociocultural del fútbol peruano es una línea de trabajo apenas explotada desde presupuestos teóricos. Quizá el único trabajo de este tipo hasta ahora sea Ese gol existe, que tiene a Aldo Panfichi como editor, pero es muy poco. La historia del balompié patrio ha sido más bien asunto de periodistas con voluntad de polémica o de eruditos enfrascados en relatar al por menor las hazañas deportivas de su club.

La importancia de alentar un trabajo de esta naturaleza reside en romper la inercia de décadas de crónicas deportivas para ofrecer una visión renovadora de los entresijos sociales y culturales del fenómeno futbolístico: la identidad futbolística tiene mucho que ver con la identidad nacional, más allá de técnicas y estrategias de moda. A alguien le escuché decir que el juego de la blanquirroja no es gratuitamente de toques laterales para ir hacia adelante, porque de alguna forma la decisión y el juego colectivo es algo que requiere liderazgo y compromiso y esos dos campos son poco fértiles por estas tierras.

El libro Guerras danzadas: fútbol e identidades locales y regionales en Europa, editado por el español Francisco Caspistegui y el inglés John Walton (Universidad de Navarra y University of Central Lancashire en Preston) es un excelente ejemplo de estos empeños, pues aborda asuntos como la tentativa de definición de un carácter deportivo "norteño" basado en el juego físico y práctico, combativo y estimulador del orgullo localista, como demuestran los trabajos de Russell sobre el norte de Inglaterra y de Caspistegui y Leoné sobre los orígenes del fútbol en Pamplona, muy vinculado a la preocupación ciudadana por la forma física (conviene recordar que Osasuna, emblemático club de la liga española, significa "salud" en euskera). El libro aborda tópicos como la forja de una autoimagen a través de la incorporación del público al espectáculo futbolístico, la rivalidad deportiva como catalizador de agravios políticos o culturales más profundos y preexistentes, que sirven además para integrar a la comunidad a través de conflictos que, como los deportivos, tienen un coste meramente simbólico. Ése es el alcance de la rivalidad y la lealtad librada entre ciudades que muestra el trabajo de Lewis sobre la región de Lancashire en los albores del profesionalismo.

Vistas todas estas posibilidades, ¿alguien duda a estas alturas de que el fútbol sea "la insignificancia más seria del mundo"? Es posible discutir si los "intelectuales" existimos o no como grupo social ligado a actividades más o menos orgánicas, pero desde luego nadie duda de que los jugadores de fútbol son muy reales. Krishnamurti decía que para crear un mundo nuevo hace falta pasar del "tú" y el "yo" al "nosotros"; del fútbol tenemos mucho qué aprender.