
Quién sabe qué ocupaciones lo habrán llevado a transitar las arenas de su tiempo: ¿el pastoreo?, ¿la recolección de dátiles?, ¿habrá formado parte de la valija de algún viajero impenitente? ¿el dueño habrá llegado a su destino?, ¿se habrá sentido satisfecho después de tanto andar?, ¿qué pasó con el otro, su compañero de pie? El descubrimiento del zapato más antiguo del mundo me provoca un estremecimiento conmovedor antes que una sonrisa anecdótica, pues confirma que desde siempre estuvimos condenados a ser sólo organismos de paso: una luz entre dos nadas, muy poquita cosa.
La pieza fue hallada en una cueva en la provincia Vayotz Dzor, en Armenia, en la frontera con Irán y Turquía. Es más antigua que la Gran Pirámide de Giza y 400 años mayor que el Stonehenge de Gran Bretaña. Está fabricado de una sola pieza de cuero de vaca y tenía cordones. Mide 24,5 centímetros de largo y entre 7,6 y 10 centímetros de ancho. Según los arqueólogos de la University College Cork de Irlanda, correspondería a un número 37 europeo o 7 estadounidense. Resulta imposible precisar si perteneció a un hombre o a una mujer.
Siempre que he encontrado por la calle un carnet de identidad, un peine, una fotografía, algún arete, he pensado que son obra del descuido. Cerca de algún muladar me ha tocado ver también catres viejos, muñecas rotas, camisas hechas jirones y, claro, zapatos. Pero este zapato armenio, este descuido primitivo, me ha hecho cambiar de idea: las cosas por la calle, en verdad, son pruebas de ausencia, migajas en el camino, sortilegios contra el abandono, el desamparo y el final. Tal vez ese carnet de identidad no fue perdido, sino lanzado por alguien en un intento por dejar rastro de su existencia antes de ser tragado por el tiempo. Tal vez ese peine, ese arete, incluso esa fotografía perdida y pisoteada sobre la acera, sean los efectos residuales de algún tipo de abducción por parte de la nada, el último manotazo de ahogado para ganar la batalla contra el olvido.
Queremos durar, queremos permanecer, no queremos ser devorados inexorablemente por las limitaciones del mundo y nuestro cuerpo. Sólo a algunos predestinados se les concede esta gracia, por eso ¡Oh, zapato armenio! cuéntanos la historia de ese trashumante de muchos senderos que anduvo tiempo atrás, que vió muchas tierras de hombres y conoció su talante, y que sufrió dolores sin cuento tratando de asegurar la vida. Oh, zapato armenio, también a nosotros cuéntanos algún pasaje de esos sucesos.

