No diré que me tengo sabidas todas las lecciones, ni que he escarmentado lo suficiente o que finalmente he amansado los demonios. Tampoco diré que soy más cuerdo, más sensato o más adulto. Sólo diré que sigo tentando los mismos viejos imposibles, como cuando era pequeño y buscaba fórmulas mágicas y entrenaba frente al espejo los golpes de Bruce Lee, o cuando practicaba puntería con una resortera o garabateaba los versos que me harían inmortal (al menos ante los ojos de ella). Me siento como Ulises después de mirar por tanto tiempo los zurcos que su nave dibujaba sobre el agua.
Voy a soñar que soy de ningún lugar y de todos a la vez, que practico una lengua familiar y una caligrafía sin memoria; voy a tenderme desnudo a escrutar el tiempo e inventar conjuros y risas y alguna maldición. Después de navegar catástrofes interiores, de dejar el cigarrillo, después de burlar a Polifemo y huír de Circe, voy a sentarme a silbar y disfrutar del rostro de ella, de mis tres cafés al día, de las calles de Ítaca, pero también de las playas de Troya que inauguraron el viaje.
No va a capitular la fantasía, todavía habrán mares color de vino y lunas sangrientas. Ahora que estoy finalmente en casa, ahora que tiene sentido esta resaca, voy a vestirme de Homero y retomar la odisea donde se quedó. Entonces, al cabo de unos años, podré contarle a cualquiera que le interesen los jirones de mi alma cómo son las nuevas islas descubiertas. Y a cambio de una palmada cariñosa, con un acento aprendido muy lejos, cómo ríen también las mariposas.
