lunes, mayo 31

Ulises

No diré que me tengo sabidas todas las lecciones, ni que he escarmentado lo suficiente o que finalmente he amansado los demonios. Tampoco diré que soy más cuerdo, más sensato o más adulto. Sólo diré que sigo tentando los mismos viejos imposibles, como cuando era pequeño y buscaba fórmulas mágicas y entrenaba frente al espejo los golpes de Bruce Lee, o cuando practicaba puntería con una resortera o garabateaba los versos que me harían inmortal (al menos ante los ojos de ella). Me siento como Ulises después de mirar por tanto tiempo los zurcos que su nave dibujaba sobre el agua.

Voy a soñar que soy de ningún lugar y de todos a la vez, que practico una lengua familiar y una caligrafía sin memoria; voy a tenderme desnudo a escrutar el tiempo e inventar conjuros y risas y alguna maldición. Después de navegar catástrofes interiores, de dejar el cigarrillo, después de burlar a Polifemo y huír de Circe, voy a sentarme a silbar y disfrutar del rostro de ella, de mis tres cafés al día, de las calles de Ítaca, pero también de las playas de Troya que inauguraron el viaje.

No va a capitular la fantasía, todavía habrán mares color de vino y lunas sangrientas. Ahora que estoy finalmente en casa, ahora que tiene sentido esta resaca, voy a vestirme de Homero y retomar la odisea donde se quedó. Entonces, al cabo de unos años, podré contarle a cualquiera que le interesen los jirones de mi alma cómo son las nuevas islas descubiertas. Y a cambio de una palmada cariñosa, con un acento aprendido muy lejos, cómo ríen también las mariposas.

jueves, mayo 27

Volutas y boludos


1. La cultura del siglo XX (especialmente la visual) puso de moda y ahora da la espalda a un hábito social que se remonta a miles de años. Desde que la Nicotiana tabacum fuera descubierta en América, el hombre ha empleado el tabaco para fines diversos, como narcotizar, fabricar enemas o sellar una paz. Aunque fue importado en Europa en el siglo XVI por los buques de Felipe II, el diplomático francés Jean Nicot de Villemain le puso nombre a la planta (nicotina) y se encargó de difundirla por las cortes como rapé. Desde entonces, ha sido aspirado en polvo, mascado o fumado como signo de estatus social.

2. Su madre le había enseñado a mantenerse erguida, a moderarse con el vino y a fumar sólo seis cigarrillos al día. Porque Audrey Hepburn fumaba, en la pantalla y en la vida real. Su marca favorita era Will´s Gold Flake. Cuando los cigarrillos británicos se retiraron por venenosamente alquitranados, se pasó a Kents. Nunca consiguió dejar de fumar. Audrey también bebía dos dedos de JB cada noche. Y comía chocolate. Desde que el día de la liberación un soldado le dio un montón de chocolatinas, nunca prescindió del dulce capricho. También le gustaba la televisión. En un aparato enorme disfrutaba de La Ley de Los Ángeles, su serie favorita.

3. 1930. Al tiempo que el cine ganaba carta de ciudadanía, se puso en marcha el aparato de censura, apoyado en el llamado "código Hays", que impedía la aparición de estupefacientes en la gran pantalla. Muchas elipsis del cine americano clásico, que hacen que las películas no superen los 90 minutos, se deben al cigarrillo.

4. En Estados Unidos, pese a todas las prohibiciones, sigue fumando el 26% de la población. En la pantalla grande fuma el 46%. Hay asociaciones antitabaco que incluyen en sus listas negras los filmes donde aparece alguien fumando. El número de personas que fuman en pantalla se parece bastante a la vida real.

5. Un grupo de médicos estudió los hábitos de los cinco personajes principales de las 447 películas más taquilleras en Estados Unidos desde 1990. Encontraron que el 35% de los villanos fumaba, en comparación con un 20% de los héroes. Según el profesor Hans-Jürgen Wulff, fumar en el cine es un acto simbólico: "El puro simboliza poder; el cigarrillo detrás de la oreja habla de un hombre común; un cigarrillo fino y alargado transforma a una mujer en vampiresa". Y hay más: "El cigarrillo mide el tiempo (un cenicero que va cubriéndose de colillas); una colilla en el lugar de los hechos descubre al asesino; la mancha de carmín en el filtro denuncia a un marido infiel..."

6. "Fumar se muestra como una actividad glamorosa y positiva, pero la realidad médica es distinta", dicen los expertos del Centro Médico de Saint Michael en Nueva Jersey. "Un whisky antes, un cigarrillo después", decía Marilyn.

domingo, mayo 23

Me puse a pensar en la guerra

Cuando era pequeño la guerra estaba en las enciclopedias. Nuestra noción de tanques, portaviones, tropas de infantería, marines mascando chicle y aviadores suicidas provenía de una legendaria guerra que se había librado hacía años, en territorios tan lejanos y extraños como el oriente de Marco Polo o los bosques del Rey Arturo. La II Guerra Mundial era todo un mito, algo así como la Troya del siglo XX. Recuerdo que hubo un álbum y cuando intercambiábamos figurines en el patio de la escuela lo hacíamos desprovistos de postura y sanción. Rommel y Patton eran igualmente héroes, Stalingrado había sido una batallaza y Midway un motivo para hacer barcos de papel y terminar empapados; Hitler tenía una obvia pinta de malo, pero en el fondo nos caía bien porque usaba el mismo bigote de los payasos que tanto nos hacían reír los domingos en la plaza. Este año se cumplen 65 del fin de la Gran Guerra y yo me puse a pensar en las nuestras.

Más allá del dato anecdótico que indica que el presidente Prado le declaró la guerra a Alemania y que en una oscura y estúpida página de este país hubo una especie de apartheid para los ciudadanos y descendientes de japoneses, aquella no fue nuestra guerra. Tampoco la de independencia, que tuvo más de empuje extranjero que de vigor patrio made in home. Quizá la Guerra del Pacífico, la que sostuvimos con Chile a partir de 1876, sea la gran guerra de nuestra historia, con escenas trágicas, saldos cuantiosos, episodios heróicos, estupideces ideosincráticas muy nuestras y repercusiones en la memoria colectiva. Esa fue la gran guerra de nuestra historia nacional, la que marcó nuestra definitiva carta de ciudadanía y nos ubicó en el espacio, el tiempo y la consideración de la que gozamos hoy en día. Sin embargo, hay una guerra que debe ser tan importante como aquella, una que se libró en el frente interno, entre nosotros mismos, y que marca hasta hoy nuestro rostro como nación.

Esta gran guerra la vivimos a medio telón entre la irrealidad y la catástrofe. Allá en la sierra (nos contaban a veces los noticieros y algunos padres que sí entendían que el Perú llegaba más allá de Lima) se moría gente a menudo, bajo las banderas de la Patria y de Sendero Luminoso. No nos quedaba muy claro quién era quién y qué era lo que buscaban. Las noticias consistían en inventarios de cadáveres, prontuarios, sospechas, ceremonias de reconocimiento, escenas de llanto, desaparecidos. Todo se revolvía en etiquetas y nombres que de tanto escucharlos se gastaron, perdieron el sentido, y casi fueron lugares comunes, esquinas recurrentes, datos que venían junto con las buenas nuevas del voleibol y las malas del fútbol. Algunos fuimos muy chicos para calibrar la moraleja, otros demasiado bobos.

Nadie sabe si esta guerra ha acabado o no. Que el líder de Sendero haya sido capturado y buena parte de su organización desmantelada, no parece decir mucho. Este año se celebran también 30 de los primeros fuegos de esta guerra. La fecha de fin, situada en 1992, queda sólo como referencia. ¿Qué ha pasado en todo este tiempo? Por un lado, la derecha ha guardado un silencio nutrido de lealtades de talante más bien corporativo, pero silencio al fin y al cabo en lo que se refiere a las preguntas y a las estrategias profundas que suscitaba el conflicto. La izquierda, por su parte, ha actuado a través de un catecismo envuelto en prédica humanitaria internacional buscando rabiosamente la solidaridad con los afectados por la institucionalidad corporativa, pero sin que medie un discurso articulado. La pregunta que queda flotando en el ambiente, obvia como una neblina espesa es: ¿Qué hemos hecho para copar los vacíos que el delirio aprovechó antes para detonar esta guerra?

Los vacíos todavía existen. De ahí que se rehúya la confrontación de ideas y al debate profundo y lo único aceptable sea la derrota del adversario. Y de ahí también que en este país no se pueda hablar con nadie que piense de una forma distinta, sin que se afecten sensibilidades o acabemos dándonos de tortazos. Por eso optamos por el silencio y que el tiempo acomode las cosas.

Churchill dijo alguna vez que las lecciones de la guerra no las podía escribir nadie más que los gobernantes y los pueblos de las generaciones venideras. Me pregunto qué conclusión sacaremos de esta gran guerra nuestra 65 años después, ojalá no sea ninguna que diga que somos una pandilla de tarados.

sábado, mayo 8

Tribulación y destino

Hablemos del destino, que no es hablar del futuro. En el futuro uno tiene voz y hasta voto, pero en lo que se refiere al destino, la cuestión es inapelable, ineludible, insobornable. Por algún capricho cósmico, el destino no reside en los fueros de la técnica o la ciencia, es decir, se trata de una sustancia que ni XXI siglos de desarrollo pueden manipular. Calvino nos jodió a todos: no importa lo que hagas ni cuánto te esfuerces, ya está escrito el final de tu historia. No tiene que gustarte, simplemente es así. Sonríe, mañana las cosas se pondrán peor, o mejor, todo depende.

Yo al destino lo imagino como un mal oficinista que revisa expedientes después de almuerzo, tratando de mantenerse lúcido en medio de la modorra y la digestión ácida. Se va quedando dormido a medio leer y como debe entregar un informe, decide el rumbo de las cosas a la buena de dios o a la mala de diablo. Sólo así puedo explicarme que el destino bendiga a algunos con una vida dedicada al ocio gracias a las regalías de algún tío soltero que compuso cierta canción popular, y que condene a otros a una vida llena de rigores personales y un tenaz plan de ahorro para poder cumplir el sueño de dar la vuelta al mundo y luego matarlo tres días antes de embarcarse. A mí que me disculpe el destino, pero hay algo que no está funcionando del todo bien.

Hay destinos para todos los gustos, pero a ninguno le toca el que añora. Hay gente que se devanó los sesos en empeños notables y el destino se lo llevó antes de gozar la gloria de sus esfuerzos; hay gente, también, que se devana en empeños inútiles y nunca se entera. Algunos los llaman estúpidos, pero incluso la estupidez parece cuestión del destino. En verdad hay muchos nombres para esto, no me queda muy claro si son agentes independientes o variables que se cruzan y participan del resultado final, pero cuando al destino le dicen suerte, se trata de un destino positivo. Si el destino es negativo, le dicen karma. Si es justo le dicen predestinación. Y si, por el contrario, es un destino injusto, entonces le dicen mierda. Nos es difícil encontrar por la calle gente que se expresa: "qué suerte, con eso te hiciste la vida"... "qué mal karma el de ese tipo, morirse así, de esa manera"... "es un predestinado, todos sabíamos que le iría bien"... "¡es una mierda!" (esto incluye desde quiebras en la bolsa, pasando por árbitros de fútbol, hasta maridos que se van con otra).

Antes, las cuestiones del destino eran materia de discusión teológica. Calvino dijo que nuestras barajas ya habían sido leídas por Dios y que el destino disponía de acuerdo a eso. Pero creo que Dios no sabía que el destino tenía leída sus barajas y también dispuso de él. Cuando nos quedamos sin Dios, empezamos a ponerle otros nombres, Imperio Británico, yanquis, bomba atómica, mercado, corporaciones... Existe una fuerza ingobernable a la que nos gusta llamar destino, quizá para echarle la culpa a alguien. Dependemos del humor de ese mal oficinista y su digestión. El destino es un hijo de puta, pero la esperanza es una puta vestida de verde, decía el poeta.