Los años no sólo nos vuelven progresivamente viejos, también nos otorgan un cúmulo de experiencias que eventualmente servirá para que nos califiquen de sabios o estúpidos. Pasan los años y uno descubre que está más gordo y menos atlético, pero más seguro y menos pendiente de los otros, con menos pelo en la cabeza pero con pelo donde antes no crecía pelo, en fin, el caso es que a todos nos llega ese día en que finalmente entendemos cosas que antes no entendíamos y que los mayores proclamaban y abrazaban con fervor. Creo que de pronto he llegado a esa instancia de mi vida. No sé si estoy a tiempo o si llego con retraso, no se si sirve de algo, pero de pronto he descubierto que entiendo a Marx, no a Groucho, sino a Karl.
Me lo habían presentado con acentos graves, barba ilustre, de portentoso vigor para el razonamiento frío y estratégico, un subversivo, un revolucionario social, pero vengo a caer en la cuenta de que en verdad lo suyo era la lucha de sentimientos y no la de clases.
Marx vaticinó la desaparición de la política en la segunda fase de la dictadura del proletariado. Pues bien, eso es lo que hacemos cuando nos enamoramos en la primera fase de la dictadura del "emocionario". Deja de interesarnos automáticamente la divisón de poderes, los fondos reservados y demás parcelas hasta límites utópicos. Empezamos a reírnos de las noticias. El estado en el que caemos es un Estado ideal como jamás ha sido soñado y en el que queda abolida toda diferencia gracias al fenómeno de fusión que provacan las partes en conjunción.
De otro lado, Marx decía que la toma de conciencia por parte de la clase revolucionaria precipitaría la disolución del estado anterior para instaurar un nuevo orden, auténtico ¡y eso ciertamente ocurre con el matrimonio! Al casarse, los individuos descubren la realidad auténtica, enmascarada y oculta hasta entonces por la imposibilidad de aflojar los abrazos y postergar los besos. Es entonces cuando en lugar del hombre o la mujer amados surge de pronto otro ser humano, un semejante. No es peor que el estado anterior, ojo, pero sí distinto.
La crisis cíclica del capital no es otra que la crisis cíclica del amor. Por más empeño que uno le ponga siempre saltaremos de un estado de dicha a la zozobra, y también viceversa. A la pasión le sucederá la hipoteca, luego vendrá la alegría de los hijos y después los planes de ahorro para costearles la educación; tras las satisfacciones que reportará verlos realizados e independientes llegará el disgusto de la pensión y las injurias de la edad y las flaquezas de la carne.
Creo, sinceramente, que esto es lo que Marx quiso decir todo el tiempo. Su teoría fue sencilla y humana, demasiado humana. Y nosotros, como él, somos unos verdaderos revolucionarios.
Me lo habían presentado con acentos graves, barba ilustre, de portentoso vigor para el razonamiento frío y estratégico, un subversivo, un revolucionario social, pero vengo a caer en la cuenta de que en verdad lo suyo era la lucha de sentimientos y no la de clases.
Marx vaticinó la desaparición de la política en la segunda fase de la dictadura del proletariado. Pues bien, eso es lo que hacemos cuando nos enamoramos en la primera fase de la dictadura del "emocionario". Deja de interesarnos automáticamente la divisón de poderes, los fondos reservados y demás parcelas hasta límites utópicos. Empezamos a reírnos de las noticias. El estado en el que caemos es un Estado ideal como jamás ha sido soñado y en el que queda abolida toda diferencia gracias al fenómeno de fusión que provacan las partes en conjunción.
De otro lado, Marx decía que la toma de conciencia por parte de la clase revolucionaria precipitaría la disolución del estado anterior para instaurar un nuevo orden, auténtico ¡y eso ciertamente ocurre con el matrimonio! Al casarse, los individuos descubren la realidad auténtica, enmascarada y oculta hasta entonces por la imposibilidad de aflojar los abrazos y postergar los besos. Es entonces cuando en lugar del hombre o la mujer amados surge de pronto otro ser humano, un semejante. No es peor que el estado anterior, ojo, pero sí distinto.
La crisis cíclica del capital no es otra que la crisis cíclica del amor. Por más empeño que uno le ponga siempre saltaremos de un estado de dicha a la zozobra, y también viceversa. A la pasión le sucederá la hipoteca, luego vendrá la alegría de los hijos y después los planes de ahorro para costearles la educación; tras las satisfacciones que reportará verlos realizados e independientes llegará el disgusto de la pensión y las injurias de la edad y las flaquezas de la carne.
Creo, sinceramente, que esto es lo que Marx quiso decir todo el tiempo. Su teoría fue sencilla y humana, demasiado humana. Y nosotros, como él, somos unos verdaderos revolucionarios.
