jueves, enero 28

Lecciones de vuelo


La leyenda universitaria se ha deformado con los años, pero la historia cuenta que en el piso once de un edificio (algunos lo sitúan en la Av. Angamos, otros en Las Camelias) se llevaba a cabo una típica fiesta de fin de curso. El exceso no era grandilocuente dada la circunstancia de estar rodeados de vecinos, pero había empezado muy temprano, conforme los parroquianos iban terminando sus exámenes. Pasada la media noche, un entusiasta pasado de tragos dijo que era capaz de volar y ante el estupor de todos se lanzó por la ventana. Un árbol bastante frondoso lo recibió a la altura del piso cuarto y las ramas y el follaje se encargaron de amortiguar su caída. Más allá de unos golpes y rasguños, tal vez una costilla rota, el tipo estaba vivo y regresó a casa como cualquiera de los otros concurrentes, haciendo ruta y chancha para el taxi. Desde entonces lo apodaron "El avión".

"¿Cuánto tiene la pileta?", gritó Charly desde el piso nueve. "Tres metros de hondo, señor García"... Eran las 12.30 del mediodía. Antes había probado con dos muñecos de juguete, un gato siamés de madera que se desnucó al golpear el borde de la piscina, una repisa para CD y un inflable del gato Silvestre sin Piolín que aterrizó en medio de la piscina... "¡No te tires Charly!" gritó alguien, pero él no terminó de oír la frase porque ya estaba zambullido. Se lanzó desde el piso nueve y emergió intacto. "Me gusta tirarme", dijo Charly y definió su salto como clavadismo al mejor estilo de Acapulco.

En 1911, Reisfelt, un sastre de París, intentó volar desde la balaustrada de la Torre Eiffel, a 274 metros de altura, con una capa en forma de alas. Se lanzó a la muerte frente a una gran multitud. Según la autopsia, murió de un ataque al corazón antes de tocar el suelo.

Santiago Cárdenas fue un niño curioso y atrevido. Siempre le habían fascinado las aves y estudiaba cómo ellas podían mantenerse en el aire, incluso cazando alguna de ellas para analizar sus formas y aprender su sistema de vuelo. Gracias a sus conocimientos de mecánica aprendidos como grumete en la marina mercante, y perfeccionados luego con afán autodidacta, diseñó un modelo para volar y envió al Virrey Manuel Amat y Juniet una solicitud de recursos para su construcción. La causa fue evaluada por don Cosme Bueno, un personaje de ciencia de la época y entendido en muchas materias, quien desestimó la petición. La idea de Santiago llegó a oídos del pueblo y pronto se convirtió en un afán y un proyecto social, colectivo, una empresa ciudadana de la que todos se sentían autores, promotores, partícipes y orgullosos en las conversaciones de taberna y salón.

La Lima de los 1700 no era muy distinta de la hoy y cierto día corrió un rumor que nadie sabe dónde se inició: Santiago volaría desde el Cerro San Cristóbal hasta la Plaza de Armas, lo que generó una movilización que hizo alertar a la caballería temiendo que pudiera tratarse de alguna revuelta. Santiago, por supuesto, no estaba enterado del asunto y recién lo supo cuando fueron a buscarlo para reclamar y exigir con amenazas de muerte que despegara esa máquina maravillosa de la que todos tenían un modelo y un asiento reservado en sus cabezas. El alboroto en casa de Santiago llegó a oídos del Virrey y se designó una escolta especial para rescatarlo del tumulto y llevarlo a Palacio.

Sólo cuando Santiago "el volador" murió alrededor de 1766, su proyecto para navegar los aires cobró vida y voló finalmente en la imaginación de todos, allá lejos, lejos, capitán de imposibles y marinero de las nubes.

viernes, enero 22

Perdidos

Desde que soy televidente de History Channel, NatGeo y Discovery, me queda muy claro que los hombres llevan muchos miles de años muriendo y desapareciendo en la tierra. Desaparecen y es como si nunca hubieran existido. Algunos de su recuerdos, sin embargo, se han salvado bajo la forma de libros y, últimamente, empiezan a salvarse en otros soportes. En pocos años tendremos montañas y montañas de recuerdos, de historias, de imágenes, de biografías y seguramente serán tantas que acabaremos olvidando a la mayoría para quedarnos con una minoría exclusiva editada por el común denominador del gusto y cierta estética. A muchos de estos recuerdos los condenamos intencionalmente a la nada, pero hay otros que están en la nada y nunca quisimos ponerlos allí.

Como hasta hoy la forma fundamental del recuerdo son los libros, hay que decir que la humanidad tiene vacíos que parecen irremediables. La más recurrente de las formas de este desastre consiste en la desaparición. Como dice Stuart Kelly en El libro de los libros perdidos, estos libros que vivieron un día y alcanzaron incluso una inmensa fama para luego desparecer de la faz de la tierra no parecen libros, parecen personas. Se perdió el Margites de Homero, la obra en la que el padre de las letras de occidente creaba la literatura cómica. Y es como si hubiéramos perdido al mismo Homero, cada vez que alguien cae en cuenta de esto lo lamenta como si Homero hubiese muerto ayer. Lo mismo ocurre con la parte de la Poética donde Aristóteles teorizaba sobre la comedia. Se perdieron todas las comedias de Magnes, que tuvo la genial idea de introducir animales parlantes en escena (hay algún amargado que anda haciendo de las suyas con la comedia). Se perdió El libro de la música en el que Confucio explicaba cómo utilizar la música para lograr la perfección del individuo. Con esta breve lista nada más, uno tiene la sensación de que en la antigüedad sólo se escribían cosas buenas.

Hay, ciertamente, otras formas de pérdida. El misterioso Manuscrito Voynich, por ejemplo, que apareció en 1586 en la corte de Rodolfo II de Bohemia y se encuentra hoy en día en la Sala Beinecke de Libros Raros de la Universidad de Yale. Este curioso texto está escrito en un idioma desconocido y en un alfabeto inventado que tiene entre 18 y 28 letras. El que lo escribió no quería ser comprendido, no quería ser leído. Quería que su libro fuera un libro perdido de antemano, pero no pudo renunciar a escribirlo ni a tenerlo entre las manos. En 1987 un tal doctor Leo Levitov aseguró que había logrado traducirlo y que se trataba de un libro cátaro que hablaba de un nuevo sacramento, llamado "Endura".

Todas estas pérdida son muy lamentables, pero son también el combustible para crear otros recuerdos que recuerden a esos recuerdos perdidos. Es decir, extrañamos tanto esos recuerdos que escribimos libros, artículos, ensayamos hipótesis y todo tipo de artificios para mantenerlos con vida. Me pregunto si esta no será una práctica honesta de lo que algunos llaman la melancolía.

El primer libro que perdí fue, además, el primer libro que compré con mis propinas. Se trataba de un ejemplar de tapa dura con una selección de relatos breves de Sherlock Holmes. Uno podía distinguir la silueta del detective a contraluz de un típico farol en una típica calle londinense en los típicos trazos de una ilustración para niños. Yo amaba ese libro, debe haber sido el objeto que más limpiaba y sacudía en mi adolescencia, lo preservaba del sol, lo tenía en el anaquel más alto y fresco. Durante mucho tiempo me pregunté apenado dónde estaría ese ejemplar de editorial Bruguera que mi descuido había condenado a la nada. Ahora me gusta pensar que está en el mismo sitio donde está el Margites de Homero y me siento muy bien.

jueves, enero 7

78

Levantarse, liberar la vejiga, lavarse la cara y los dientes. Recoger el diario de la puerta del departamento y solazarse en su lectura junto a un café recién hecho. Robarle minutos a la mañana y al inicio de las obligaciones ocupándome, incluso, de esos tópicos y esas cifras que a fuerza de paciencia ahora comprendo mejor. Saborear la página de deportes junto con los últimos sorbos del líquido negro que termina de despabilarme y dice que es hora de la ducha resucitadora para enfrentar el trabajo. Dejar que el agua caiga, usar un hisopo por cada oreja, mirar con cierto desprecio la barba vacacional que crece con indulgencia y dejar sus afeites para después. Tender la cama y abrir las ventanas. Dar los buenos días a la Av. Pardo desde mi quinto piso. Encender la computadora y refrescar el punto final del día anterior. La página en blanco es una especie de perro fiel que se acomoda para abrigarme los pies mientras mordisquea el filo de mis pantalones o las sandalias. Empieza la jornada. No sé cómo acabará este capítulo. Yo mismo me disfrazo de incógnito y salto a la pantalla para descubrirlo. Hoy, episodio 78. Fade in. Retoma. Escena 1. El melodrama.

domingo, enero 3

Viaje a uno mismo

Hay gente que se queda y hay otra que se está yendo todo el tiempo. Los primeros, a su modo, no carecen de cierta sabiduría : saben que algún día tendrán que eclipsarse definitivamente y deciden quedarse quietos mientras tanto. Los otros prefieren adelantarse y escapar.

Esa ansia de huida perpetua, ese deseo incesante de espacio es una enfermedad como cualquier otra. Tiene que ver con el furor del perro doméstico que olisquea el aroma de los montes, con el malestar de los animales cojos cuando llueve y creen oír el lamento de una manada que no existe. El deseo de espacio debe querer decir algo pero no sé qué.

Esta mañana un pájaro picotea el pan de la vecina y Lima se despereza en la modorra típica de un lunes cualquiera. Por la Av. Pardo todavía se deslizan turistasy adolescentes con resaca de año nuevo. Viajar, huir. El señor Sommer de Süskind caminaba día y noche hasta caer rendido, Cioran curó su insomnio recorriendo Francia en bicicleta; Rimbaud componía versos al ritmo del camino; Charlie Parker, el perseguidor por excelencia, viajaba entre dos paradas de metro hasta su infancia y saludaba a su madre en Luisiana con dos besos.

Y es que el viaje es un género en sí mismo, sometido a sus propias reglas inasibles. Sólo viaja de verdad quien asume que el regreso es imposible, que nunca el que regresa es el mismo que se fue. Porque el viaje es aprendizaje, evolución o involución, nunca detenimiento o confirmación, sino proceso, terapia, curación, búsqueda y ansiedad. Las ciudades nuevas, el aire ajeno, las calles de otros, los horizontes no pueden recorrerse por completo, ni siquiera pueden aprehenderse para siempre; son apenas velos de agua de alguna catarata que desciende para re bautizarnos en nosotros mismos.

El viaje, como las celebraciones de Año Nuevo, son cheques en blanco que compran la nada para poder construir los sueños.