La leyenda universitaria se ha deformado con los años, pero la historia cuenta que en el piso once de un edificio (algunos lo sitúan en la Av. Angamos, otros en Las Camelias) se llevaba a cabo una típica fiesta de fin de curso. El exceso no era grandilocuente dada la circunstancia de estar rodeados de vecinos, pero había empezado muy temprano, conforme los parroquianos iban terminando sus exámenes. Pasada la media noche, un entusiasta pasado de tragos dijo que era capaz de volar y ante el estupor de todos se lanzó por la ventana. Un árbol bastante frondoso lo recibió a la altura del piso cuarto y las ramas y el follaje se encargaron de amortiguar su caída. Más allá de unos golpes y rasguños, tal vez una costilla rota, el tipo estaba vivo y regresó a casa como cualquiera de los otros concurrentes, haciendo ruta y chancha para el taxi. Desde entonces lo apodaron "El avión".
"¿Cuánto tiene la pileta?", gritó Charly desde el piso nueve. "Tres metros de hondo, señor García"... Eran las 12.30 del mediodía. Antes había probado con dos muñecos de juguete, un gato siamés de madera que se desnucó al golpear el borde de la piscina, una repisa para CD y un inflable del gato Silvestre sin Piolín que aterrizó en medio de la piscina... "¡No te tires Charly!" gritó alguien, pero él no terminó de oír la frase porque ya estaba zambullido. Se lanzó desde el piso nueve y emergió intacto. "Me gusta tirarme", dijo Charly y definió su salto como clavadismo al mejor estilo de Acapulco.
En 1911, Reisfelt, un sastre de París, intentó volar desde la balaustrada de la Torre Eiffel, a 274 metros de altura, con una capa en forma de alas. Se lanzó a la muerte frente a una gran multitud. Según la autopsia, murió de un ataque al corazón antes de tocar el suelo.
Santiago Cárdenas fue un niño curioso y atrevido. Siempre le habían fascinado las aves y estudiaba cómo ellas podían mantenerse en el aire, incluso cazando alguna de ellas para analizar sus formas y aprender su sistema de vuelo. Gracias a sus conocimientos de mecánica aprendidos como grumete en la marina mercante, y perfeccionados luego con afán autodidacta, diseñó un modelo para volar y envió al Virrey Manuel Amat y Juniet una solicitud de recursos para su construcción. La causa fue evaluada por don Cosme Bueno, un personaje de ciencia de la época y entendido en muchas materias, quien desestimó la petición. La idea de Santiago llegó a oídos del pueblo y pronto se convirtió en un afán y un proyecto social, colectivo, una empresa ciudadana de la que todos se sentían autores, promotores, partícipes y orgullosos en las conversaciones de taberna y salón.
La Lima de los 1700 no era muy distinta de la hoy y cierto día corrió un rumor que nadie sabe dónde se inició: Santiago volaría desde el Cerro San Cristóbal hasta la Plaza de Armas, lo que generó una movilización que hizo alertar a la caballería temiendo que pudiera tratarse de alguna revuelta. Santiago, por supuesto, no estaba enterado del asunto y recién lo supo cuando fueron a buscarlo para reclamar y exigir con amenazas de muerte que despegara esa máquina maravillosa de la que todos tenían un modelo y un asiento reservado en sus cabezas. El alboroto en casa de Santiago llegó a oídos del Virrey y se designó una escolta especial para rescatarlo del tumulto y llevarlo a Palacio.
Sólo cuando Santiago "el volador" murió alrededor de 1766, su proyecto para navegar los aires cobró vida y voló finalmente en la imaginación de todos, allá lejos, lejos, capitán de imposibles y marinero de las nubes.
