De niño yo odiaba la navidad y no le hallaba ninguna bondad a la celebración en familia alrededor de la comida más mala del calendario gastronómico. Como fui una suerte de pitufo gruñón, detestaba la obligación de ser feliz. Por doquier, en los comerciales de la tele, en los centros comerciales, en las series de televisión, por doquier, insisto, asaltaba la obligación de sonreír como una fanático y entregarse al vaivén adormecedormecedor del espíritu navideño, que parecía ser un cóctel entre la morfina y el gas de la risa: es Navidad, aunque el mundo te parezca horrendo, debes celebrar lo hermoso que es.
Luego, cuando empecé a trabajar, la Navidad se convirtió en una medida del éxito. Eras el tío de moda, el cool de la familia, el que luego recibiría las mejores atenciones y la mejor pieza de pavo, si los regalos eran notables y abundantes. Algo parecido ocurría con los compañeros de promoción, que suelen tomar estas fechas como pretexto para arrimar unas cervezas; si en el cotejo de experiencias resultabas airoso, no había de qué preocuparse, es decir, si en tu fiesta de la compañía había duendecillas en lentejuelas y conejitas en traje de navidad, pues seguro estabas entre los triunfadores. Si por el contrario sólo habías tenido oportunidad de beber hasta la ebriedad para evadirte de las situación y de los presentes alrededor, quizá fuera tiempo de replantear el rumbo. Este es el tiempo en que uno aprecia a tipos como Tom Waitts y a los guionistas de Matrimonio con Hijos: uno se siente vengado en esa figura grasienta de Papá Noel apestando a alcohol y con un cuchillo en la mano. Pocas metáforas tan efectivas para la acidez estomacal y espiritual de estas fechas.
Sin embargo, pasados los treinta, he empezado a valorar las fiestas. Porque mientras más me alejo de la niñez, más me impresionan los niños. Y ellos en estos días están realmente felices, excitados, creen en todas las cosas que hay que creer y esperan con ansias la llegada de Papá Noel. Supongo que les tengo envidia. Quizá sean manipulados por la atmósfera navideña, pero a mí me gustaría ser manipulado también. Para los niños que conozco, la Navidad es como un día en que la magia existe, aunque para sus padres sea el día en que revienta la tarjeta de crédito. La magia en el mundo de los grandes, ya no tiene cabida.
Así que feliz Navidad y sean felices este fin de semana. Cuando vean a sus niños acercarse al árbol con entusiasmo, o abrir los paquetes, o preguntar por Papá Noel, recuerden: ellos no son felices porque ésta sea una fiesta familiar. Ni porque sea el cumpleaños del niño Jesús. Ellos, en realidad, solo quieren los regalos... y los grandes también.
Luego, cuando empecé a trabajar, la Navidad se convirtió en una medida del éxito. Eras el tío de moda, el cool de la familia, el que luego recibiría las mejores atenciones y la mejor pieza de pavo, si los regalos eran notables y abundantes. Algo parecido ocurría con los compañeros de promoción, que suelen tomar estas fechas como pretexto para arrimar unas cervezas; si en el cotejo de experiencias resultabas airoso, no había de qué preocuparse, es decir, si en tu fiesta de la compañía había duendecillas en lentejuelas y conejitas en traje de navidad, pues seguro estabas entre los triunfadores. Si por el contrario sólo habías tenido oportunidad de beber hasta la ebriedad para evadirte de las situación y de los presentes alrededor, quizá fuera tiempo de replantear el rumbo. Este es el tiempo en que uno aprecia a tipos como Tom Waitts y a los guionistas de Matrimonio con Hijos: uno se siente vengado en esa figura grasienta de Papá Noel apestando a alcohol y con un cuchillo en la mano. Pocas metáforas tan efectivas para la acidez estomacal y espiritual de estas fechas.
Sin embargo, pasados los treinta, he empezado a valorar las fiestas. Porque mientras más me alejo de la niñez, más me impresionan los niños. Y ellos en estos días están realmente felices, excitados, creen en todas las cosas que hay que creer y esperan con ansias la llegada de Papá Noel. Supongo que les tengo envidia. Quizá sean manipulados por la atmósfera navideña, pero a mí me gustaría ser manipulado también. Para los niños que conozco, la Navidad es como un día en que la magia existe, aunque para sus padres sea el día en que revienta la tarjeta de crédito. La magia en el mundo de los grandes, ya no tiene cabida.
Así que feliz Navidad y sean felices este fin de semana. Cuando vean a sus niños acercarse al árbol con entusiasmo, o abrir los paquetes, o preguntar por Papá Noel, recuerden: ellos no son felices porque ésta sea una fiesta familiar. Ni porque sea el cumpleaños del niño Jesús. Ellos, en realidad, solo quieren los regalos... y los grandes también.


