lunes, diciembre 21

Aquí va, otra navidad...

De niño yo odiaba la navidad y no le hallaba ninguna bondad a la celebración en familia alrededor de la comida más mala del calendario gastronómico. Como fui una suerte de pitufo gruñón, detestaba la obligación de ser feliz. Por doquier, en los comerciales de la tele, en los centros comerciales, en las series de televisión, por doquier, insisto, asaltaba la obligación de sonreír como una fanático y entregarse al vaivén adormecedormecedor del espíritu navideño, que parecía ser un cóctel entre la morfina y el gas de la risa: es Navidad, aunque el mundo te parezca horrendo, debes celebrar lo hermoso que es.

Luego, cuando empecé a trabajar, la Navidad se convirtió en una medida del éxito. Eras el tío de moda, el cool de la familia, el que luego recibiría las mejores atenciones y la mejor pieza de pavo, si los regalos eran notables y abundantes. Algo parecido ocurría con los compañeros de promoción, que suelen tomar estas fechas como pretexto para arrimar unas cervezas; si en el cotejo de experiencias resultabas airoso, no había de qué preocuparse, es decir, si en tu fiesta de la compañía había duendecillas en lentejuelas y conejitas en traje de navidad, pues seguro estabas entre los triunfadores. Si por el contrario sólo habías tenido oportunidad de beber hasta la ebriedad para evadirte de las situación y de los presentes alrededor, quizá fuera tiempo de replantear el rumbo. Este es el tiempo en que uno aprecia a tipos como Tom Waitts y a los guionistas de Matrimonio con Hijos: uno se siente vengado en esa figura grasienta de Papá Noel apestando a alcohol y con un cuchillo en la mano. Pocas metáforas tan efectivas para la acidez estomacal y espiritual de estas fechas.

Sin embargo, pasados los treinta, he empezado a valorar las fiestas. Porque mientras más me alejo de la niñez, más me impresionan los niños. Y ellos en estos días están realmente felices, excitados, creen en todas las cosas que hay que creer y esperan con ansias la llegada de Papá Noel. Supongo que les tengo envidia. Quizá sean manipulados por la atmósfera navideña, pero a mí me gustaría ser manipulado también. Para los niños que conozco, la Navidad es como un día en que la magia existe, aunque para sus padres sea el día en que revienta la tarjeta de crédito. La magia en el mundo de los grandes, ya no tiene cabida.

Así que feliz Navidad y sean felices este fin de semana. Cuando vean a sus niños acercarse al árbol con entusiasmo, o abrir los paquetes, o preguntar por Papá Noel, recuerden: ellos no son felices porque ésta sea una fiesta familiar. Ni porque sea el cumpleaños del niño Jesús. Ellos, en realidad, solo quieren los regalos... y los grandes también.

viernes, diciembre 18

El Flaco


No quería que acabara diciembre sin dedicarle algo a otro de mis héroes de cabecera. Este año Julio Ramón Ribeyro, El Flaco de la literatura peruana, habría cumplido 80 y como suele ocurrir con muchos grandes, su valía y su talento recién empiezan a ser considerados. Como los espárragos o Macchu Picchu, Julio Ramón se ha convertido en un exitoso producto nacional de exportación. La última feria del libro Ricardo Palma le dedicó el evento y de pronto han aparecido libros ad hoc y reediciones de este clásico prematuro pero descubierto con tardanza.

Ribeyro no es autor de una obra, sino de un milagro, pues fue capaz de dotar de palabra a todos los mudos con los que nos codeamos día a día. El conjunto de sus cuentos es, sin duda, su mayor logro; amén de un Diario personal que resulta de los más ilustrativos de la condición humana y del artista.

El telón de fondo de sus historias es el Perú de los años 50, marcado por la consigna de llegar, así sea a trompicones, hacia la modernidad. Las páginas de sus cuentos funcionan como una galería de personajes subalternos, convidados de piedra en el festín de la vida, seres opacos, sin mayor valía que haber tentado alguna ilusión; sujetos pusilánimes, vencidos de antemano, signados por el fracaso y el desaliento; tipos acechados por su propio entorno, moradores de esos nuevos fragmentos de ciudad que el proceso de migración y urbanización de los años cincuenta instauró; individuos retraídos por temor o por vocación, apenas a gusto con la talla de vida que les ha tocado vivir, hábiles ingenieros de proyectos inspirados por un sentimiento que quiere disfrazar la sucia realidad en que existen.

Para Julio Ramón, la modernidad “está atravesada de un sentimiento de decadencia”. Se trata de una modernidad traducida en confort, estatus, progreso a nivel personal y social, pero incapaz de generar la felicidad que promete el contexto económico mundial y la tibia certeza de estar del lado correcto para alcanzarla (los Estados Unidos como modelo). En este marco, los personajes ribeyrianos no harán sino demostrar que el cambio es improbable, inviable, y que la única consecución será la radicalización de los problemas no resueltos desde el siglo anterior.

Leer las vicisitudes de todos los mudos a los que Ribeyro dota de la palabra es aproximarse a la macilenta luz de un proyector que exhibe los trazos de una radiografía desconcertante; se trata de un universo ficticio que es la metáfora del mundo tras el nuevo orden impuesto por la Segunda Guerra Mundial, donde aquello que era claro, preciso, exacto, ordenado y prometedor se vuelve repentinamente incomprensible. Se trata de un tiempo desconcertante para los héroes, que ahora transitan una realidad resbalosa, cambiante e imposible de abarcar. No hay un punto de referencia a partir del cual organizarse, sólo hay referencias. La explicación definitiva de los fenómenos, incuestionable o al menos duradera, se transforma en un campo abierto a interpretaciones diversas, a la relatividad epistemológica y existencial. El hombre pierde el centro y la inseguridad se torna cotidiana.

En el mundo de Ribeyro, los personajes existen sin ninguna certeza acerca de su destino. A Julio Ramón no le seduce el vigor positivo de la modernidad, sino sus fisuras invisibles, sus esquinas feas, esas calles oscuras por los que pocos se animan a cruzar. De alguna manera, sus protagonistas padecen las secuelas de una desorientación que empezó a hacerse evidente en el período de entreguerras: si la física cuántica y el desplome de los sistemas cósmicos newtoniano dieron paso a un universo de la relatividad, en la segunda mitad del siglo XX el binarismo conminatorio izquierda- derecha, la sospecha de toda variable ideológica, el repliegue de lo religioso, la quimera del éxito y el brillo del dinero curten el carácter de unos hombres y mujeres no siempre aptos para emprender la cruzada.

Los mudos de Ribeyro devienen en antihéroes porque no son capaces de asimilar el cambio de paradigma que está dándose frente a ellos. Son héroes en potencia en un tiempo caduco, hombres modernos a los que les han corrido la alfombra y ahora aparecen como pequeños hombres, desarmados, inconsistentes, extraviados . Ribeyro propone personajes caídos, incapaces de vencer una situación que les esclaviza sin remedio, aunque también los ridiculiza en ciertos aspectos costumbristas. Para retratar esa condición, el autor pone énfasis tanto en la psicología como en las marcas que deja este nuevo tiempo que se ha llevado consigo una serie de creencias a partir de las cuales se habían construido dioses, reglas, leyes, anhelos juveniles, proyectos magníficos y la esperanza de una vida digna y sosegada.

Si hiciéramos el ejercicio peculiar de encontrar lo heroico en el mundo ribeyriano, si operáramos por contraste a lo que padecen sus personajes, hallaríamos que quizá el prototipo victorioso para esta modernidad en crisis sea la figura del cínico. Un sujeto que, como lo entiende Sloterdijk, está al tanto de la disonancia existente entre la mascarada ideológica y la realidad llana y terrena, pero que insiste en llevar la máscara porque es conveniente. Lo que separa a los personajes ribeyrianos del heroísmo es su incapacidad para notar esta distancia, o si acaso la notan, su inoperancia para tomar cartas en el asunto o hacer algo al respecto. En este marco de juego la ingenuidad no existe y los antihéroes ribeyrianos son ingenuos. El cínico conoce de sobra la falsedad, sabe que el bien común ha trocado en bien particular, que lo que antes se conjugaba en clave de ‘nosotros’ ahora funciona en clave de ‘yo’. El cínico sabe que siempre hay un interés detrás y despliega lo necesario para no ser el perjudicado. El cínico es capaz de jugar con el sistema, de adaptarse y transformarse. Los antihéroes de Ribeyro no conciben esta lógica.

Uno tras otro los relatos se suceden retratando estas “patologías”. En todos los caso, estamos ante tramas y forjas de la derrota. En las historias de Ribeyro, sus personajes dan un paso al frente para imponerse al mundo, pero acaban aplastados debajo de las suelas y engranajes de un aparato que lo tritura todo, una verdadera moledora de carne. No es el destino trágico y a la usanza griega el que los golpea, es su ingenuidad, su precariedad, su falsa grandilocuencia la que obra como lastre fatal. Los que campean en las páginas de Ribeyro no son héroes, siguiendo el esquema clásico, sino sujetos distantes de la gloria, terrenos, prosaicos, endebles. No se trata de ídolos forjados de acuerdo al deber ser de la modernidad, sino de figuras marcadas por el no poder ser.

Pienso que mientras más cerca de las experiencias absolutas y universales consiga instalarse un autor, mayores son sus posibilidades de éxito. El flaco Ribeyro supo pasearse por los recovecos del desencanto y las experiencias truncas, esas que a todos nos tocan vivir en mayor o menor medida. De hecho, resulta terapéutico y una hoja de ruta vital cuando se vuelve la vista atrás y se saca cuentas con la vida y los saldos no son siempre positivos. Al Flaco hay que agradecerle el tesón y la persistencia para escribir, pese a los sinsabores y escasos logros que cultivó. Desde esta trinchera adefesiera alzamos la bandera de los mudos para saludar al dios de la palabra.

viernes, diciembre 11

Cabos sueltos (o apuntes al paso para ir masticando)


Celebraciones. Lo curioso de las celebraciones es que andan hacia atrás y borran el curso lógico del tiempo. Son como los cumpleaños: el día que los celebras parece el más importante de tu vida, pero resulta que el más importante fue hace mucho y de eso ni te acuerdas. Las celebraciones son en muchos casos inerciales. Es como regresar a un sitio en el que no estuvimos nunca, que es lo contrario de viajar a un sitio que no conocemos. De alguna manera eso pasa con todo: la independencia de la patria, la revolución francesa, el descubrimiento de América. En verdad celebramos para no olvidar que aquello grandioso ocurrió allá atrás y no hay que perderlo de vista; allá atrás, porque aquí no hay mucho que valga la pena. A lo mejor es que la vida es así, que lo de adelante en realidad está atrás y lo de atrás delante. A lo mejor lo más importante sólo pasa una vez y lo que le sigue son solo malas fotocopias.

Fama. Qué extraña afición de comparar la que tenemos y, no contentos con aprender de lo visto y deducido, establecer categorías y asignar etiquetas para de ese modo ordenar con nuestra pequeñez un universo que sin embargo no admite categorías definitivas. Estamos siempre a la búsqueda y captura del nombramiento de los mejores. Necesitamos designarlos para saber cuál debe ser el camino, y la lista va desde el mejor jugador de fútbol del año -o de la historia- hasta el mejor trabajador del mes -o de la semana-. Y ésos, los designados, constituyen la meta de todos, el ejemplo a seguir. Nos cuesta asumir que no hay un solo modo de hacer las cosas, que existen distintos estilos para llegar al mismo lugar y, más aún, que existen incluso -y no son pocos- quienes disfrutan o valoran más el camino llevado hasta alcanzar el objetivo que el hecho de llegar hasta él.

Agendas. En las agendas se anota el recordatorio de lo que hay que hacer y no se debe olvidar. Pero lo cierto es que lo inolvidable no se anota en las agendas. Contienen, por tanto, el repertorio de las acciones prescindibles. He llegado a pensar que el valor de un hombre está en razón inversa del tamaño y la sencillez de su agenda.

Tiempo y café espresso. Ahora que ando con poco tiempo, picoteo por aquí y por allá. De pronto los textos breves se han convertido en compañeros ideales. Puede ser un artículo de periódico, un tip de ejercicios físicos, un reportaje en la tele, un post, un inventario de curiosidades, un soneto, en fin, todo depende de qué caiga en mis manos o delante de mis ojos. He llegado a pensar que la medida del arte es la del espresso. Si un texto o un audiovisual consigue resultados en el tiempo que uno se acaba esa medida de café, no puede ser malo.

Anhelo. Irse a vivir a una plataforma petrolera abandonada. Están allí, en aguas internacionales, sólo es cuestión de reclamarlas. A cambio saneamos las fugas de aceite y demás drenajes que contaminan la zona. En 5 años será todo azul alrededor. Llevaremos pantallas solares y prototurbinas eólicas para producir energía. Instauraremos un gobierno vertical, llevaremos animales y plantas para nuestra manutención. Sería excelente, sin vecinos jodidos, sin señoras antipáticas, sin ningún tipo de perturbación urbana, el sueño anacoreta realizado... ¡hay que encontrar una plataforma petrolera!

martes, diciembre 1

My sweet George

Con los Beatles crecí desde siempre. Es más, era de los pocos que podía ufanarse de haber seguido la serie de dibujos animados que transmitía el canal 5 los sábados de mi tercero de primaria, allá por 1984. Pero fue Felipe Portocarrero quien sembró el interés mayor. Cuando finalmente abandonó el noble y destartalado Volkswagen escarabajo azul metálico, de fabricación inmemorable, un Toyota Tercel nos acogió en la jornada de compras sabatinas y esas compras siempre las hicimos With a little help from my friends y al ritmo del Yellow Submarine.

Luego vino el tiempo de la exploración y el análisis, el gusto por los detalles y las anécdotas. John me sigue pareciendo un tipazo, quizá el más humano de todos. Paul era el músico, el virtuoso de la composición. Ringo el mejor amigo que cualquiera podría tener. Pero George Harrison era especial porque de alguna manera siempre he pensado que si yo hubiera tenido la dicha de ser un Beatle, hubiera sido él.

Pocas muertes ajenas y lejanas me han provocado tantas cosas como la suya. Hace 8 años estaba yo con un café en la mano repasando las noticias del día cuando la televisión escupió su muerte. A veces la Parca tiene una puntualidad y una puntería injustas. Recuerdo, además, que era un día lleno de pendientes (gracias a mi hábito de procrastinar hasta las últimas consecuencias con la excusa de que bajo presión trabajo mejor). Ese día todo se procrastinó un día más. Desempolvé las viejas cintas, me di cuenta que muchas cosas aún las tenía en cassettes y me gasté el concho del sueldo en lo mejor de Harrison. Hay muy pocos cófrades con quien compartir un luto como este, pero siempre aparece alguien con el alma compatible para intercambiar impresiones. Ese día todo fue Harrison, como si quisiera ponerme al día y redimirme con el olvido que le había dedicado en los últimos años.

Don’t bother me, la primera composición que apareció en un álbum Beatle, me pareció un descubrimiento. Reclamé para I need you y The inner ligth el lado A de cualquier single. Here comes the sun fue un chorro de agua fresca. While my guitar gently weeps un himno. De pronto Piggies sonó mejor que nunca. Long long long casi me hace llorar. Con Something quise mudarme a Inglaterra… sólo por mencionar aquellas de su primera etapa musical. Porque lo que sigue luego también es un derroche de talento mal acogido, una guitarra con estilo propio y una honestidad demasiado sincera para estos tiempos.

No recuerdo cómo acabó ese día, pero seguro me quedé dormido con los audífonos y los discos. Esa es la suerte que tienen los músicos, de alguna manera nunca se van. Y de alguna manera, también, nosotros somos los que somos porque siempre nos acompañan. Conforme uno crece va coleccionando ídolos, algunos efímeros y otros eternos. Harrison es de los que se quedan con uno como un tatuaje. Qué duda cabe. Sigue cabalgando, Dark Horse.