viernes, agosto 28

Yo tengo un héroe

Mientras crecía, una serie de personajes fascinantes acompañaron mis ilusiones. Quise ser Héctor, el gran domador de caballos, para retar a Aquiles, también Spiderman, MacGyver, Indiana Jones, Ribeyro y hasta George Harrison. Más allá de la fuerza, el valor, la inteligencia o las habilidades grandiosas, a mí me seducía el aire de vencedores pírricos que todos arrastraban, ese magnetismo de segunda línea tan humano y terrenal que hacía que otros los condenaran al banco de suplentes pero que a mí me atraía, quizá porque empataba con mi vocación de niño solitario.

Todos soñaban con superpoderes para ser invencibles y alcanzar la gloria, pero yo sencillamente los quería para darme el gusto de poseerlos y aliviar algún problema doméstico: impresionar a alguna chica, ajustar cuentas con el grandazo que nos oprimía en los recreos de la primaria o viajar por el mundo para conocer lugares. Yo habría sido un héroe "de su casa", de perfectos modales y compostura, perfil bajo y casi un outsider. La grandilocuencia se la dejaba a los otros, a los extrovertidos, a los que en verdad querían ser dueños del mundo pero decían que iban a salvarlo.

Con el tiempo aprendí que la vida era la historia que nos había tocado protagonizar y que los súperpoderes no existían. Entendí que a lo sumo podemos pretender ser buenas personas y así se durmió la magia y le perdí el encanto a las destrezas y maravillas de los héroes. Me convertí en adulto. Desde entonces he tenido momentos felices y tristes, nada que hiciera echar de menos mis superpoderes. Pero de un tiempo a esta parte he vuelto a sentir el viejo afán de otros años, la expectativa ansiosa y la adrenalina de antes que me hacía brincar de la silla para celebrar sus hazañas. Para decirlo de una vez, he vuelto a tener un héroe y se llama Steven Gerrard.

Un martillo

Este volante del Liverpool FC es uno de los jugadores más completos del mundo. Porque hay los que sólo marcan goles, pero él hace goles, pases, corta jugadas, marca, corre, cabecea, cobra tiros libres, barre, plancha, cocina y apaga las luces del estadio de Anfield Road. Gerrard es un motor incombustible, es el hombre que todos querrían en su equipo. Su polivalencia le permite jugar de volante defensivo como de media punta, no le importa embarrarse en el trabajo sucio de quitar balón y por su excelente precisión en los pases, es el hombre orquesta de los Reds. Aunque está en las filas de Adidas, Gerrard no convoca los mismos reflectores que otras megaestrellas; es el típico héroe de segunda línea en el que sólo reparan los entendidos y que aprecian los veteranos y fanáticos. Por eso, también, le queremos tanto.

Pero Stevie, como le conocen sus compañeros de equipo y los iniciados y madrugadores que nos alzamos para verlo jugar, no es sólo un futbolista obrero. Su ascendencia sobre el resto de la plantilla le otorga un papel difícil de cuantificar. Resulta complicado determinar cuál es el peso real de un jugador como Gerrard dentro de un colectivo. La asimilación que ha hecho de la filosofía del club es tal que siempre suma un componente ‘espiritual’ que completa sus ya de por sí magníficas condiciones para el fútbol. Puede no estar en su mejor momento un domingo, pero lo que aporta va más allá de un simple buen tono físico o de estar en racha de cara al gol. No en vano es el capitán y nadie a quien apoden el Martillo de Huyton, en honor al barrio de Liverpool donde nació, puede ser un improvisado.

Oh, captain, my captain...

En la final de la Champions del 2005, los Beatles del fútbol se jugaron un partido épico. El Milan de Ancelotti y Kaká ganaba el primer tiempo por 3 a 0, todos daban por campeón a los italianos, pero nada más lejos de la realidad. El Rafa Benitez reestructuró el equipo y a partir de ese momento todo salió redondo. Si dar la vuelta a un 3-0 ya es complicado, hacerlo contra un equipo italiano, donde destaca el catenaccio, y hacerlo ante un Milan plagado de estrellas, tiene más mérito aun. Por eso, en Liverpool (y en mi casa) nadie tiró la toalla. Si eso nunca ocurría en Anfield, tampoco iba a ocurrir en el infierno de Estambul, donde se jugaba la final. Los kopites que teñían de rojo el coliseo turco nunca dejaron de animar a sabiendas que el reto, en caso de lograrlo, sería equiparable a tocar el cielo con los dedos. El Liverpool más español que se recuerda, con Xabi Alonso y Luis García de titulares, Josemi y Núñez en el banquillo y Morientes en la grada por no poder jugar la Champions, obró el milagro. Y lo hizo, en parte, gracias a la espectacular actuación de Gerrard.


Stevie inició la remontada con un testarazo a centro de Riise cuando apenas se habían disputado diez minutos de la segunda parte. Su tanto, esa rabia con que lo gritó, contagió a los compañeros. Tanto, que dos minutos más tarde (56’), la solución de ‘emergencia’ de Benítez, rompía la maraña rossonera para clavar en la portería de Dida el 2-3. Smicer, desde el borde del área, alimentaba las esperanzas del Liverpool, que veía cada vez más cerca la hazaña. Gerrard, capitán del barco de los sueños, fue derribado por Gattuso dentro del área y Dida le detuvo el penalti a Xabi Alonso. Sin embargo, y como si todo estuviese calculado para elevar a límites insospechados la emoción, el despeje del portero brasileño lo aprovechó el jugador vasco para lograr la igualdad y dar paso, así, a una prórroga que desembocaría en los penaltis y que a la postre ganarían los ingleses... ¿Se puede pedir más?

Los héroes no se terminan con la infancia. Afortunadamente existen tipos como Gerrard que nos devuelven las ganas de soñar. Como si los dioses nos guiñaran un ojo y susurraran "You'll never walk alone..."

viernes, agosto 14

Estúpidos y visionarios

Si le hubieran contado a Marx que un día los obreros irían de vacaciones al Caribe, all inclusive, que podrían cambiar de auto cada dos o tres años persiguiendo el último modelo climatizado, o que pedirían el libro de quejas de los restaurantes para protestar por el incorrecto punto de cocción de un bife, ¿hubiera escrito El Capital?

Y si a Galileo le hubieran soplado que un día su telescopio, el mismo que casi le cuesta la hoguera, sería un adefesio al lado del Hubble, por ejemplo, capaz de detallar la manera en que las galaxias se tragan y recomponen entre ellas, ¿habría porfiado a la Iglesia o habría descartado el "sin embargo, se mueve"?

Si Collodi hubiera tenido forma de prever el éxito de Pinocho, ¿lo habría malbarateado a cambio de unos billetes para comprar alcohol y rapé?

Si Lázaro hubiera conocido el mundo que le tocaría vivir tras la inoportuna resurrección que le prodigara Jesucristo (disentería, una de las sequías más largas de la historia, plaga de piojos, terribles años de cosecha para el vino, por mencionar otras perlas además de la persecusión religiosa) ¿habría practicado el suicidio?

¿Quién querrá estar vivo un siglo después para observar en qué se han convertido sus más grandes empeños? Lo que hoy es ciencia ficción, mañana será realismo social. Lo que hoy es una quimera, mañana estará de oferta. Lo que hoy es una leyenda, mañana será un juego de video. Así las cosas, gracias al cielo que uno se va a tiempo para no enfrentar sus vergüenzas.

La gloria y la miseria se fabrican en la misma empresa.

domingo, agosto 2

Moonwalkers


La luna la pisaron antes los poetas. Lo que Armstrong no dijo cuando regresó a casa fue que a pocos metros del alunizaje encontró una antología que hacía inventario de todas las llegadas anteriores. También halló el dardo de un borracho de taberna que disparó contra ella por despecho, dos o tres mapas para navegar el lado oscuro y la nota amarillenta de alguien que rogaba que lo dejen en paz. Cuando el Apolo llegó a la luna el 20 de julio de 1969, la Guerra Fría se encargó de presentarla como primicia y la transmitieron en directo y los astronautas se convirtieron en los nuevos héroes que la infancia tentaría ser. Pero cuando Armstrong puso un pie en la luna ocurrió también que la utopía terminó. El Paititi de la Tierra, la Atlántida espacial, el destino inalcanzable de Gulliver, fue vencido; atravesada por una bandera, la luna se llenó de mundo, es decir, se hizo mundana. De pronto todos tenían derecho a una parcela, cualquiera podía reclamarla como suya, una suerte de nueva América tironeada por intereses ideológicos. Entonces no tuvo gracia tentarla, ni bajarla, ni siquiera mirarla, porque empezó a mostrar las feas marcas que provocamos los humanos al contacto con un cuerpo celeste. Y luego volvimos a perderla. De pronto ya nadie hacía viajes a la luna, no volvieron Armstrong ni Verne, salvo Tommy Lee Jones, que todavía debe estar cantando “Fly me to the moon”, mientras Clint Eastwood lo mira con envidia; porque a él también le hubiera encantado ser un Space Cowboy. Lo paradójico es que cambiamos la luna para ocuparnos del mundo real y hacer las cosas mejor guiados por la estela que dejó la experiencia del comunismo, los mea culpa del capitalismo, los estragos del fundamentalismo y los achaques de la religión y la política. Y cada cual se ocupó de sus asuntos, hasta que un día alzamos la vista y vimos al otro, pero no lo encontramos, nos vimos rodeados de replicantes y cada uno tuvo que aceptar su nueva condición, mientras la Tierra, convertida en una nave espacial, ardía más allá de Orión esquivando los rayos T que brillaban cerca de la puerta de Tannhäuser. Entonces nos acordamos de la luna y la vimos tan lejos y tan cerca, mirándonos con nostalgia, como si fuera la Tierra, porque ahora es como si todos estuviéramos en la luna, confundidos, extraviados. Acabaremos perdiéndonos en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Y la luna, la luna entonces será otra vez de queso y entonces también, quizá, volverán los poetas.