Todos soñaban con superpoderes para ser invencibles y alcanzar la gloria, pero yo sencillamente los quería para darme el gusto de poseerlos y aliviar algún problema doméstico: impresionar a alguna chica, ajustar cuentas con el grandazo que nos oprimía en los recreos de la primaria o viajar por el mundo para conocer lugares. Yo habría sido un héroe "de su casa", de perfectos modales y compostura, perfil bajo y casi un outsider. La grandilocuencia se la dejaba a los otros, a los extrovertidos, a los que en verdad querían ser dueños del mundo pero decían que iban a salvarlo.
Con el tiempo aprendí que la vida era la historia que nos había tocado protagonizar y que los súperpoderes no existían. Entendí que a lo sumo podemos pretender ser buenas personas y así se durmió la magia y le perdí el encanto a las destrezas y maravillas de los héroes. Me convertí en adulto. Desde entonces he tenido momentos felices y tristes, nada que hiciera echar de menos mis superpoderes. Pero de un tiempo a esta parte he vuelto a sentir el viejo afán de otros años, la expectativa ansiosa y la adrenalina de antes que me hacía brincar de la silla para celebrar sus hazañas. Para decirlo de una vez, he vuelto a tener un héroe y se llama Steven Gerrard.
Un martillo
Este volante del Liverpool FC es uno de los jugadores más completos del mundo. Porque hay los que sólo marcan goles, pero él hace goles, pases, corta jugadas, marca, corre, cabecea, cobra tiros libres, barre, plancha, cocina y apaga las luces del estadio de Anfield Road. Gerrard es un motor incombustible, es el hombre que todos querrían en su equipo. Su polivalencia le permite jugar de volante defensivo como de media punta, no le importa embarrarse en el trabajo sucio de quitar balón y por su excelente precisión en los pases, es el hombre orquesta de los Reds. Aunque está en las filas de Adidas, Gerrard no convoca los mismos reflectores que otras megaestrellas; es el típico héroe de segunda línea en el que sólo reparan los entendidos y que aprecian los veteranos y fanáticos. Por eso, también, le queremos tanto.
Pero Stevie, como le conocen sus compañeros de equipo y los iniciados y madrugadores que nos alzamos para verlo jugar, no es sólo un futbolista obrero. Su ascendencia sobre el resto de la plantilla le otorga un papel difícil de cuantificar. Resulta complicado determinar cuál es el peso real de un jugador como Gerrard dentro de un colectivo. La asimilación que ha hecho de la filosofía del club es tal que siempre suma un componente ‘espiritual’ que completa sus ya de por sí magníficas condiciones para el fútbol. Puede no estar en su mejor momento un domingo, pero lo que aporta va más allá de un simple buen tono físico o de estar en racha de cara al gol. No en vano es el capitán y nadie a quien apoden el Martillo de Huyton, en honor al barrio de Liverpool donde nació, puede ser un improvisado.
Oh, captain, my captain...
En la final de la Champions del 2005, los Beatles del fútbol se jugaron un partido épico. El Milan de Ancelotti y Kaká ganaba el primer tiempo por 3 a 0, todos daban por campeón a los italianos, pero nada más lejos de la realidad. El Rafa Benitez reestructuró el equipo y a partir de ese momento todo salió redondo. Si dar la vuelta a un 3-0 ya es complicado, hacerlo contra un equipo italiano, donde destaca el catenaccio, y hacerlo ante un Milan plagado de estrellas, tiene más mérito aun. Por eso, en Liverpool (y en mi casa) nadie tiró la toalla. Si eso nunca ocurría en Anfield, tampoco iba a ocurrir en el infierno de Estambul, donde se jugaba la final. Los kopites que teñían de rojo el coliseo turco nunca dejaron de animar a sabiendas que el reto, en caso de lograrlo, sería equiparable a tocar el cielo con los dedos. El Liverpool más español que se recuerda, con Xabi Alonso y Luis García de titulares, Josemi y Núñez en el banquillo y Morientes en la grada por no poder jugar la Champions, obró el milagro. Y lo hizo, en parte, gracias a la espectacular actuación de Gerrard.
Stevie inició la remontada con un testarazo a centro de Riise cuando apenas se habían disputado diez minutos de la segunda parte. Su tanto, esa rabia con que lo gritó, contagió a los compañeros. Tanto, que dos minutos más tarde (56’), la solución de ‘emergencia’ de Benítez, rompía la maraña rossonera para clavar en la portería de Dida el 2-3. Smicer, desde el borde del área, alimentaba las esperanzas del Liverpool, que veía cada vez más cerca la hazaña. Gerrard, capitán del barco de los sueños, fue derribado por Gattuso dentro del área y Dida le detuvo el penalti a Xabi Alonso. Sin embargo, y como si todo estuviese calculado para elevar a límites insospechados la emoción, el despeje del portero brasileño lo aprovechó el jugador vasco para lograr la igualdad y dar paso, así, a una prórroga que desembocaría en los penaltis y que a la postre ganarían los ingleses... ¿Se puede pedir más?
Los héroes no se terminan con la infancia. Afortunadamente existen tipos como Gerrard que nos devuelven las ganas de soñar. Como si los dioses nos guiñaran un ojo y susurraran "You'll never walk alone..."

