Dicen que se van de a tres. Hace unos días fue David Carradine, el pequeño inolvidable saltamontes de la serie Kung Fu. Y hoy, de un sopetón, Michael Jackson y Farrah Fawcett... Últimamente se está muriendo gente que antes no se moría.
¿Por qué nos duele? Sospecho que el asunto va más allá del fanatismo o la idealización. Sospecho que el asunto tiene que ver más con nosotros mismos de lo que en verdad calculamos. Nos apena la certeza de la muerte, comprobar que realmente existe y que ni el despiadado Bill, ni el plástico bailarín alado de Thriller, ni el ángel de cabellera imponente y sensual, fueron capaces de burlar a la Parca. Nos apena que exista el fin, porque hacia allí nos encaminamos todos. La muerte de los otros es sólo una forma vicaria de llorar nuestros propios miedos.
Nos entristece la muerte porque enrostra la precariedad de este paquete en que venimos envueltos. A las injurias de la edad hay que sumarle las injurias del mundo. Apenas somos como esos caracoles de mi parque que se arrastran en las noches húmedas cargando su casa y tardan una vida en cruzar a otro lado igualmente improbable e incierto... si es que antes no nos pisa un sujeto inmensísimo que hacía footing para, a su vez, escurrirse de la muerte que andaba tras los pasos de su miocardio. Apenas somos un instante, un adefesio orgánico, un conjunto sustituible de partículas.
Quizá por eso tentamos la gloria, para burlar nuestro origen rastrero, para engañarnos, que es la mejor fórmula para soportar la vida. En la muerte de los otros se nos muere también un poco de pasado, un poco de futuro -¿por qué no?- una esquina de la infancia, una página de la bitácora, una certeza que creíamos ganada. Se nos marchita en cierta forma la seguridad, se estrechan las angustias, se hacen pesadas las sonrisas.
Que se muera la muerte o, por lo menos, que pierda "su asquerosa puntualidad".
Entonces, ¿qué sucedería si nunca pasara nada? La respuesta que daría Parménides o los viejos que han vivido lo suficiente, es que en realidad nunca pasa nada porque nada podría pasar de otro modo. No tiene nada que ver el predeterminismo, ni el horóscopo, ni el destino. Simplemente es así. Lo que pasa hoy no tiene la pretensión ni la intención de hacernos felices o desdichados; las cosas, los hombres, los países, los políticos, la economía, los intereses, las luchas, la vida y la muerte sencillamente son.