jueves, junio 25

Dicen que se van de a tres

Dicen que se van de a tres. Hace unos días fue David Carradine, el pequeño inolvidable saltamontes de la serie Kung Fu. Y hoy, de un sopetón, Michael Jackson y Farrah Fawcett... Últimamente se está muriendo gente que antes no se moría.

¿Por qué nos duele? Sospecho que el asunto va más allá del fanatismo o la idealización. Sospecho que el asunto tiene que ver más con nosotros mismos de lo que en verdad calculamos. Nos apena la certeza de la muerte, comprobar que realmente existe y que ni el despiadado Bill, ni el plástico bailarín alado de Thriller, ni el ángel de cabellera imponente y sensual, fueron capaces de burlar a la Parca. Nos apena que exista el fin, porque hacia allí nos encaminamos todos. La muerte de los otros es sólo una forma vicaria de llorar nuestros propios miedos.

Nos entristece la muerte porque enrostra la precariedad de este paquete en que venimos envueltos. A las injurias de la edad hay que sumarle las injurias del mundo. Apenas somos como esos caracoles de mi parque que se arrastran en las noches húmedas cargando su casa y tardan una vida en cruzar a otro lado igualmente improbable e incierto... si es que antes no nos pisa un sujeto inmensísimo que hacía footing para, a su vez, escurrirse de la muerte que andaba tras los pasos de su miocardio. Apenas somos un instante, un adefesio orgánico, un conjunto sustituible de partículas.

Quizá por eso tentamos la gloria, para burlar nuestro origen rastrero, para engañarnos, que es la mejor fórmula para soportar la vida. En la muerte de los otros se nos muere también un poco de pasado, un poco de futuro -¿por qué no?- una esquina de la infancia, una página de la bitácora, una certeza que creíamos ganada. Se nos marchita en cierta forma la seguridad, se estrechan las angustias, se hacen pesadas las sonrisas.

Que se muera la muerte o, por lo menos, que pierda "su asquerosa puntualidad".

viernes, junio 19

Disparos y disparates

Si algo me entretiene mientras espero en los cafés es la conversación de las mesas vecinas. Perdonen la indiscreción, pero más allá de la cháchara de trámite y las frases obvias, uno puede toparse de vez en cuando con cosas reveladoras. Una de las tres señoras que conversaba detrás de mí le dijo a las otras: "Yo no me hubiera casado con mi marido si no fuera un hombre hecho a sí mismo"... Ante este disparo, fue imposible que mi cabeza desocupada no le diera vueltas a la idea, y lo primero que me vino a la cabeza es ¿cómo alguien sabría que otra persona estaba hecha "a sí misma" si no era desde "él mismo"?... en fin.

Creo que la metáfora del "hombre hecho a sí mismo" es falsa y el problema es que el hombre hecho a sí mismo está llamado a ser la encarnación del modelo de la época, pero no gracias a que gana una lotería y lo consigue todo, sino gracias a que lo consigue por sus propios medios, con sudor y lágrimas, nada gratis, lo cual lo convierte en ejemplo de fortaleza y voluntad de poder (generalmente económico); es un individuo tenaz que forja su propio destino de éxito y, una vez culminada su automanufactura, configura la de mucha otra gente. Todo ello llevando en las alforjas, al parecer, sólo un yo: ganador, imbatible, vigoroso, infatigable, y por supuesto sin circunstancias adeversas, un titán de la vida cotidiana.

Si tal cosa fuera posible, uno recién conocería al hombre "hecho a sí mismo" sobre los ... ¿45, 50? El hombre hecho a sí mismo llegó sin nada y lo consiguió todo por sí mismo, sin ayuda. Una mentira gigantesca, una falacia ontológica, una imposibilidad material. Ese hombre ¿nunca hizo una llamada desde el teléfono inventado por Bell? ¿No recorrió una carretera pagada con los impuestos de los contribuyentes? ¿No encendió una bombilla de Edison? ¿No fue amamantado por su madre o, al menos, por una loba romana? Ese hombre que crea sus propias oportunidades, ¿no tuvo un maestro de estrategia? ¿Nadie le enseñó a jugar a las canicas o al ajedrez? ¿No aprendió nada de sus compañeros de juego? Y sus conocimientos, ¿no los adquirió en algún colegio público, inventado por los ilustrados, financiado por los ciudadanos, atendido por profesores? ¿O tal vez en uno privado, pagado por alguien, aunque fuera en forma de beca otorgada a su talento precoz? No. Ese hombre afirma haber aprendido de la vida, pero ¿es que nunca leyó las voces de otros tiempos? ¿Es que no escuchó jamás a los pescadores del puerto o los consejos de su hermana? ¿Es que no se detuvo, siendo niño, a observar una fila de hormigas? Ese hombre que desconoce la debilidad, ¿acaso nunca saboreó la delicia de ser consolado por otras palabras? ¿Es que habla solo? Ese individuo firme, que controla todas las situaciones y jamás se deja llevar, ¿es que no recibió nunca el regalo de otro cuerpo? Ese hombre al que nadie ha visto llorar porque se encierra en el baño, ¿no sabe que el saneamiento lo inventaron los romanos? ¿Cuánto de los otros lleva sobre sus espaldas el hombre hecho a sí mismo?

De por sí es tan complicado ser uno mismo que hacerse uno mismo resulta un imposible. Ahora bien, la pregunta es, ¿a qué venía todo esto?... Mejor olvídenlo, seguro era un disparate.

viernes, junio 12

¿Y si no pasara nada?

Delante del televisor, ante el inventario de acontecimientos de los últimos días, quizá ganado por el sueño y la mala digestión, me asalta la pregunta: ¿Y si un día no pasara nada? No es una pregunta muy original, pero me he entretenido con ella en las noches de insomnio.

Si nunca pasara nada no habría asesinatos, ni robos, ni violaciones, ni accidentes, ni abusos sexuales, ni accidentes de tránsito, ni atentados terroristas, ni ataques al corazón, ni cáncer, ni frío, ni gripes, ni terremotos, ni atracos a mano armada, ni genocidios, ni crímenes contra la humanidad, ni secuestros al paso, ni tortura, ni clonación de tarjetas de crédito, ni fosas, ni cárceles, ni agendas secretas, ni cortinas de humo, ni represalias, ni amenazas; tampoco niños soldados, ni trata de blancas, ni bombas, ni minas antipersonales, ni sillas eléctricas, ni goteras, ni llantas que se ponchan, ni divorcios, ni olvido, ni desdicha, ni lágrimas, ni miedo.

Pero si nunca pasara nada tampoco habría cumpleaños, ni cenas, ni cines, ni descanso, ni café. Y no existirían las librerías, ni los gimnasios, ni los mercados de colores, ni los viajes, ni las series de televisión, no nacerían niños, no habría primer día de vacaciones, ni llegaría nunca la temporada de las mandarinas, ni del verano y las chicas ligeras de ropa, ni helados, ni sonrisas, ni sexo, ni bromas; tampoco solidaridad, ni confianza, ni regalos, ni malecón, ni mar de noche, ni estrella favorita, ni canciones, ni amigos, ni novias, ni amantes, ni cervezas, ni poemas, ni fútbol, ni retos, ni minifaldas, ni spaghetti, ni esperanza.

Parece, por tanto, que el hecho de que sucedan cosas no es, en sí mismo, bueno ni malo, dado que cuando suceden cosas pueden suceder cosas buenísimas y cosas horribles. Pero, ¿qué significa, desde un punto de vista puramente objetivo, que "pase algo"? Puede parecer una pregunta ociosa, pero es muy interesante. Alguien puede decir que cuando pasa algo, algo se transforma. Sin embargo, también podríamos citar a Parménides y de esta forma quedarnos al final con un palmo de narices.

Parménides plantea que las cosas no pueden ser más que como son, dado que el mundo es real. Esta que parece una idea obvia es complejísima pues revela que nunca sucede nada, porque todo lo que sucede es real y no podría haber sucedido de otra manera. Para Parménides no hay trasformación, sólo materia objetiva, invariable, su doctrina es la afirmación del ser y el rechazo del devenir. Por eso nadie se baña dos veces en el mismo río y por eso los aviones no se retrasan, porque llegan cuando llegan y porque en ese momento en que llegan es cuando "realmente" llegan, nunca podrían llegar "antes". De este modo, la realidad según Parménides no es una teoría o una posibilidad, simplemente es.

Entonces, ¿qué sucedería si nunca pasara nada? La respuesta que daría Parménides o los viejos que han vivido lo suficiente, es que en realidad nunca pasa nada porque nada podría pasar de otro modo. No tiene nada que ver el predeterminismo, ni el horóscopo, ni el destino. Simplemente es así. Lo que pasa hoy no tiene la pretensión ni la intención de hacernos felices o desdichados; las cosas, los hombres, los países, los políticos, la economía, los intereses, las luchas, la vida y la muerte sencillamente son.

Puede parecer un enjuague barato, un guiño a la resignación, la imperturbabilidad y la inmovilidad, pero me gusta mil veces más esta teoría que la que parece cumplirse alrededor todos los días: que las cosas que pasan nunca transforman nada, o como diría Lampedusa, que "todo cambia para que todo siga igual".

viernes, junio 5

Viejos y vivos


De pronto los ancianos han desaparecido. Ya no existe la vejez o senectud, sino una etapa de la vida que los ñoños llaman “tercera edad” para confundir, pues nunca sé si aluden a personas o a carne que se vende a destajo. El lenguaje políticamente correcto ha causado graves estropicios, pero ninguno como el del vocabulario relacionado con la edad, porque ha coincidido con nuestra mayor longevidad y la prolongación de los ciclos clásicos en que solía dividirse una existencia.

El resultado es un barullo recurrente en esas conversaciones sobre la edad: “Pedro es mayor. Bueno, mayor, tiene sesenta”, dice uno. “Ah, pues no es mayor, es joven”, contesta otro. “Bueno, mayor, quiero decir, que ya no es joven”, replica el primero. “Hombre, no es joven, pero tampoco es mayor”. Concluye la cosa sin que se sepa muy bien cuándo se es mayor: si Víctor Hugo viviera hoy, ¿no retrasaría diez años la frontera que estableció cuando aseguró que “los cuarenta son la madurez de la juventud y los cincuenta la juventud de la madurez”?

El caso es que llegar a mayor parece ser la única forma de asegurarse de que no le llamen viejo a uno y, como vivimos mucho más tiempo, "los mayores" se van convirtiendo en un colectivo cada vez más abultado y heterogéneo, que abarca desde el recién jubilado hasta el anciano moribundo, con una sola cosa en común: son desecho para una sociedad que desprecia la experiencia, porque no se puede empaquetar ni vender. Los viejos lo saben, pero no les gusta andarse con miramientos. Para hacerse una idea basta visitar el centro de mayores de mi barrio, ellos mismos lo llaman con toda crudeza "el desagüe". Divinos, ¿no? Qué gente sin complejos. Como The Zimmers.

Ahora bien, ninguna edad es sencilla. En la radio hablaron no hace mucho de “dos jóvenes de once y quince años”, de lo que deduje que la adolescencia había dejado de existir, aunque como luego se refirieron a un “adolescente de diecinueve años”, pensé que no, que es que ahora vienen con mejor talla. El proceso debería, por tanto, darse por concluido cuando uno alcanza la mayoría de edad, aunque para zanjar esta cuestión habría que estudiar el papel que está desempeñando el urbanismo y la publicidad en alargar la grata irresponsabilidad de la adolescencia hasta los treinta.

Las palabras cambian, como las sociedades; y la vida se alarga, como las hipotecas.

(* La imagen es un fotograma de la película The last orders)