
Afortunadamente existe la Champions League. Un mundial cada cuatro años es demasiado tiempo para ver a los mejores. En la Champions los tenemos a todos, todos los años. Es una de esas experiencias que hacen de nosotros sujetos globales y ser un tipo globalizado, en este caso, consiste en poder hinchar desde Lima por el Liverpool y abrazarse con un marroquí de paso por esta tierra que también es devoto de esas sedas, mientras desde Bucarest llega un correo electrónico justificando la derrota del contrario a manos de la suerte, viendo las repeticiones en un cadena internacional, en la versión latina. El fútbol hace que el mundo sea efectivamente redondo, como un balón. Y los clubes nos devuelven la fe en forma de una nueva religión.
Dice Eduardo Galeano que el club "es la única cédula de identidad en la que el hincha cree. Y en muchos casos, la camiseta, el himno y la bandera encarnan tradiciones entrañables, que se expresan en las canchas de fútbol pero vienen de lo hondo de la historia de una comunidad". Parece obvio, pero durante mucho tiempo lo identitario del fútbol y del deporte ha sido considerado un asunto propio de la cultura popular, o bien como un opiáceo que adormecía la conciencia y la acción y, por ello, ha recibido escasa atención de la Academia. Sólo en los últimos años la historia del fútbol ha empezado a ir más allá del aficionado devoto para llegar al análisis de una realidad histórica incuestionable y compleja.
En estos tiempos posmodernos se ha producido una fragmentación de los objetos de conocimiento y una cierta democratización temática: cualquier aspecto sirve si se analiza de forma metodológicamente ortodoxa. Ahí entra el fútbol: a partir de la tradición erudita y conmemorativa de los clubes de todo nivel y condición, y buscando reflexiones foráneas a través de los cultural studies, ese híbrido de antropología, historia, sociología, psicología y cuanto sirva para explicar nuestra cotidianidad.
Una vía para ello fue su vínculo con el estudio de la identidad. El deporte, y el fútbol en particular, actúa como canalizador de identidades, como elemento simbólico, como fijador de tradiciones. En nuestras sociedades la complejidad identitaria ha aumentado por la dificultad de hallar referencias absolutas con qué identificarnos. El derrumbe de los grandes metarrelatos y de las certezas absolutas, que comenzó a inicios del siglo XX, provocó una búsqueda de pertenencias en la que comenzó a jugar un papel relevante toda posible alternativa gregaria, como los espectáculos de masas. Protagonista fundamental en ese proceso fue el deporte, que actuó como una potente fuente suministradora de tradiciones, símbolos y rituales, transfiriendo la sacralidad de las viejas pertenencias hacia las nuevas necesidades.
No hay que ocultar al otro gran protagonista del proceso: los medios de comunicación. El fútbol toma impulso cuando éstos comienzan a prestarle atención preferente, cuando recogen y elevan un nuevo panteón heroico e incluyen en él a los nuevos dioses, los ritos y normas que rigen la novedad y vinculan sus manifestaciones más relevantes con los signos de identidad colectiva. No es gratuito que cierto hincha del Arsenal apareciera ante cámara tras la derrota ante el Manchester por un partido de la Premier reclamando entrega a sus jugadores porque "ellos son nuestros representantes". La representatividad puede variar en intensidad, pero lo que difícilmente puede negarse es que ese nexo existe y que, por ello, repercute en una de esas múltiples capas que constituyen la personalidad individual y la personalidad colectiva.
Tampoco hay que caer en la absolutización del fútbol como espejo de la sociedad, pero sí podremos aproximarnos a la complejidad identitaria de una sociedad si tenemos en cuenta, entre otros factores, el deportivo. Ya desde las primeras décadas del siglo XX, políticos y dictadores se percataron de la utilidad del fútbol como instrumento de propaganda y como alternativa moderna al circo romano. Pero es que además, a niveles no necesariamente políticos, el fútbol canaliza iniciativas surgidas desde la base de la sociedad y refleja comportamientos y actitudes que se expresan a través de él.
En la violencia que reiteradamente lo sacude hay una parte importante de "barbarie", de comportamientos asociales, que se canalizan por esa vía o no, que estallan en ese espacio ¿por qué no? Pero no hay que olvidar que muchos de esos comportamientos son manifestaciones de un sentido de pertenencia que se lleva hasta la demonización y eliminación del adversario. El fútbol actúa en muchos casos como una gran metáfora: nada está del todo mal mientras el equipo gane el domingo. Al mismo tiempo, el fútbol puede rendir servicios a la colectividad nacionalista, pero también derivar en xenofobia o en racismo. Tal vez la búsqueda de soluciones pase por saber dónde están las raíces de un trastorno de la identidad colectiva de ciertos grupos de aficionados.
Lejos queda el tiempo en que el ideal deportivo descansaba simplemente en una caballerosidad aristocrática y amateur, el fútbol se ha convertido en un elemento que acoge pasiones, símbolos y ritos en uno de los estratos de nuestra complejidad identitaria. Si uno de esos estratos de nuestra riqueza, el futbolístico (pero también cualquier otro), se impone sobre los demás y los somete a su dominio tiránico, surgen los problemas, surge la violencia, surge la exclusión y el desprecio de otras identidades. Se impone conocernos, bucear en las capas que componen nuestra complejidad y, en este caso, en la capa futbolística, como una forma de aproximarnos también a nosotros mismos.


