miércoles, mayo 27

Yo, tú, nosotros y el fútbol


Afortunadamente existe la Champions League. Un mundial cada cuatro años es demasiado tiempo para ver a los mejores. En la Champions los tenemos a todos, todos los años. Es una de esas experiencias que hacen de nosotros sujetos globales y ser un tipo globalizado, en este caso, consiste en poder hinchar desde Lima por el Liverpool y abrazarse con un marroquí de paso por esta tierra que también es devoto de esas sedas, mientras desde Bucarest llega un correo electrónico justificando la derrota del contrario a manos de la suerte, viendo las repeticiones en un cadena internacional, en la versión latina. El fútbol hace que el mundo sea efectivamente redondo, como un balón. Y los clubes nos devuelven la fe en forma de una nueva religión.

Dice Eduardo Galeano que el club "es la única cédula de identidad en la que el hincha cree. Y en muchos casos, la camiseta, el himno y la bandera encarnan tradiciones entrañables, que se expresan en las canchas de fútbol pero vienen de lo hondo de la historia de una comunidad". Parece obvio, pero durante mucho tiempo lo identitario del fútbol y del deporte ha sido considerado un asunto propio de la cultura popular, o bien como un opiáceo que adormecía la conciencia y la acción y, por ello, ha recibido escasa atención de la Academia. Sólo en los últimos años la historia del fútbol ha empezado a ir más allá del aficionado devoto para llegar al análisis de una realidad histórica incuestionable y compleja.

En estos tiempos posmodernos se ha producido una fragmentación de los objetos de conocimiento y una cierta democratización temática: cualquier aspecto sirve si se analiza de forma metodológicamente ortodoxa. Ahí entra el fútbol: a partir de la tradición erudita y conmemorativa de los clubes de todo nivel y condición, y buscando reflexiones foráneas a través de los cultural studies, ese híbrido de antropología, historia, sociología, psicología y cuanto sirva para explicar nuestra cotidianidad.

Una vía para ello fue su vínculo con el estudio de la identidad. El deporte, y el fútbol en particular, actúa como canalizador de identidades, como elemento simbólico, como fijador de tradiciones. En nuestras sociedades la complejidad identitaria ha aumentado por la dificultad de hallar referencias absolutas con qué identificarnos. El derrumbe de los grandes metarrelatos y de las certezas absolutas, que comenzó a inicios del siglo XX, provocó una búsqueda de pertenencias en la que comenzó a jugar un papel relevante toda posible alternativa gregaria, como los espectáculos de masas. Protagonista fundamental en ese proceso fue el deporte, que actuó como una potente fuente suministradora de tradiciones, símbolos y rituales, transfiriendo la sacralidad de las viejas pertenencias hacia las nuevas necesidades.

No hay que ocultar al otro gran protagonista del proceso: los medios de comunicación. El fútbol toma impulso cuando éstos comienzan a prestarle atención preferente, cuando recogen y elevan un nuevo panteón heroico e incluyen en él a los nuevos dioses, los ritos y normas que rigen la novedad y vinculan sus manifestaciones más relevantes con los signos de identidad colectiva. No es gratuito que cierto hincha del Arsenal apareciera ante cámara tras la derrota ante el Manchester por un partido de la Premier reclamando entrega a sus jugadores porque "ellos son nuestros representantes". La representatividad puede variar en intensidad, pero lo que difícilmente puede negarse es que ese nexo existe y que, por ello, repercute en una de esas múltiples capas que constituyen la personalidad individual y la personalidad colectiva.

Tampoco hay que caer en la absolutización del fútbol como espejo de la sociedad, pero sí podremos aproximarnos a la complejidad identitaria de una sociedad si tenemos en cuenta, entre otros factores, el deportivo. Ya desde las primeras décadas del siglo XX, políticos y dictadores se percataron de la utilidad del fútbol como instrumento de propaganda y como alternativa moderna al circo romano. Pero es que además, a niveles no necesariamente políticos, el fútbol canaliza iniciativas surgidas desde la base de la sociedad y refleja comportamientos y actitudes que se expresan a través de él.

En la violencia que reiteradamente lo sacude hay una parte importante de "barbarie", de comportamientos asociales, que se canalizan por esa vía o no, que estallan en ese espacio ¿por qué no? Pero no hay que olvidar que muchos de esos comportamientos son manifestaciones de un sentido de pertenencia que se lleva hasta la demonización y eliminación del adversario. El fútbol actúa en muchos casos como una gran metáfora: nada está del todo mal mientras el equipo gane el domingo. Al mismo tiempo, el fútbol puede rendir servicios a la colectividad nacionalista, pero también derivar en xenofobia o en racismo. Tal vez la búsqueda de soluciones pase por saber dónde están las raíces de un trastorno de la identidad colectiva de ciertos grupos de aficionados.

Lejos queda el tiempo en que el ideal deportivo descansaba simplemente en una caballerosidad aristocrática y amateur, el fútbol se ha convertido en un elemento que acoge pasiones, símbolos y ritos en uno de los estratos de nuestra complejidad identitaria. Si uno de esos estratos de nuestra riqueza, el futbolístico (pero también cualquier otro), se impone sobre los demás y los somete a su dominio tiránico, surgen los problemas, surge la violencia, surge la exclusión y el desprecio de otras identidades. Se impone conocernos, bucear en las capas que componen nuestra complejidad y, en este caso, en la capa futbolística, como una forma de aproximarnos también a nosotros mismos.

lunes, mayo 18

Hasta siempre, Benedetti


Se fue despacito y sin permiso. El amigo de muchos, el padre literario de algunos y el tío abuelo de nosotros. Decir chau a Benedetti tiene de pañuelo que se agita en la estación, mientras la otra mano se cubre la boca para no llorar. Quizá estaba muy cansado, quizá extrañara demasiado a Luz. No somos nadie para reprochar que se fuera, es una ley de vida, algo inevitable. Pero nos deja con una tristeza de parientes, de fotos viejas que hablan de la universidad, de las muchachas bonitas, de la entereza, de la dignidad, de la resistencia. Se fue pero dejó olvidados los poemas, como una contraseña que nos dice que nunca se habrá ido del todo. El año pasado hice una semblanza suya para este blog cuando las noticias acerca de su salud eran frecuentes, hoy he vuelto a leerlo y no tengo nada más que decir, ni tengo ánimos... Hasta siempre, aguafiestas.


Chau número 3
(Mario Benedetti)

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

viernes, mayo 15

Los sueños que no soñamos


A los proyectos que no se cumplen los llamamos sueños, quizá porque los acariciamos con la cabeza en la almohada y desde allí nos contemplamos, cerca, como el coyote a punto de pescar al correcaminos, para luego despertar y entender que se han ido (bip, bip) dejándonos envueltos en una nube de humo.

Humo, puro humo, esos son los sueños.

Un día nos levantamos y vemos por la calle a otro conduciendo el auto que pretendíamos. Nos metemos en una sala de cine y descubrimos que alguien ya contó esa historia a la que no podíamos darle forma. El periódico anuncia que otro se adelantó y dio con la fórmula que faltaba para completar la ecuación.
Nos quedamos sin boletos en la fila para ese concierto largamente esperado. El vecino de al lado obtiene el puesto por el que peleábamos tanto. La lotería se burla de nosotros al escamotearnos el último dígito.

A veces los sueños se cumplen, pero en otro.

A veces parece que los sueños no entienden de matemáticas y se cumplen de acuerdo con un cálculo caprichoso. El mejor consuelo, entonces, consistiría en pensar que nosotros también cumplimos los sueños de otro, porque los sueños anidan en una franja difusa entre la justicia y la injusticia. Alguno más dirá que las cosas pasan por algún motivo y alguno también podrá replicar ¿por qué todo lo que no pasa le pasa a uno?

Pero tal vez no se trate de buscar consuelo, ¿qué tal si las buenas cosas que nos pasaron tienen más mérito de lo que imaginamos? ¿qué tal si califican para sueño? Es decir, hay cosas difíciles que hemos conseguido: el amor de ella, por ejemplo, o el auto de segunda que adquirimos con tanta ilusión y que nos reportó más de una aventura memorable, o las historias que contamos a los amigos y los hacen reír, o el disco rareza que atesoramos en el anaquel de música o la marca de un carmín de labios en el boleto del tren, o el trébol de cuatro hojas que nos sorprendió en el jardín.

Tal vez ocurre que los sueños de verdad se cumplen, pero somos nosotros lo que no soñamos con ellos.

domingo, mayo 10

Los héroes cansados de Juan Carlos Onetti


Sus libros son una rareza en las grandes librerías de hoy, ascépticas e iluminadas. Pero a 100 años de su nacimiento las ediciones cuidadas y oportunas han aparecido para apuntar los reflectores en su dirección. Juan Carlos Onetti es El Padrino de la literatura latinoamericana. Oscuro, inquietante y majestuoso, exiliado en la cama para dar rienda suelta a sus dos placeres mayores: escribir y practicar la pereza. Ávido lector de novelas policiales, pese a que renegara de todas porque ninguna le satisfizo por entero. Áspero y asceta, pero maestro sabio en el difícil arte de montar un cuento. Onetti es un anacrónico de las clasificaciones, un descolocado, llegó demasiado temprano al boom y cuando éste se consolidó, ya lo tenían como un saurio viejo. Otra hubiera sido la historia de Vargas Llosa y La Casa Verde si hubiera enfrentado al Juntacadáveres de Onetti diez años antes.

Onetti es un virtuoso al que le gustaba narrar la discreción de lo humano, historias teñidas siempre de reticencia, desconcierto, humor y exceso. En sus páginas la escritura es eufórica, se multiplica y se desmiembra en el juego y la trampa, la sonoridad calculada, el texto certero como un veneno fulminante. La obra de Onetti da cuenta de una tensión: la de la cancelación del combate que se promete en cada joven y que termina casi antes de haber empezado, al llegar la madurez. En su narrativa se percibe la herrumbre del tiempo contenido y no renovable, la caducidad de las épicas, que siempre fueron cosa del pasado. Muchos de los personajes onettianos creen que se remozan cuando su mirada tropieza con un adolescente o con una muchacha, pero en última instancia se descubren dándoles una rabiosa bienvenida al varicoso paisaje de las ilusiones perdidas.

Esta falta de épica y de gloria como firma personalísima quedó estampada en el cuento Jacob y el otro, donde se hacen todos los preparativos para la demolición de lo caduco. Un veinteañero inmenso, todo energía, músculo y expectativa, necesita dinero para sostener al hijo que espera su novia y para conseguirlo sube al ring donde el reto consiste en resistir tres minutos de lucha contra un peleador alemán, cincuentón, borracho y claudicante, que sólo logra dormir en piezas de hoteles baratos al arrullo de Lili Marlen. Infructuosamente, el manager del alemán hace lo posible para cancelar la pelea, porque sabe que su protegido no podrá resistir, sabe que es el fin. Entonces llega la muerte, puntual y ansiosa, pero no para llevarse a Jacob, sino al otro, al joven, al que se proponía la victoria y la perdió.

Onetti es el maestro de la atmósfera sórdida, enrarecida, de las condiciones opresivas y del norte obsoleto, decrépito, agotado. La experiencia de sus novelas puede resultar agobiante, pero están cargadas de un lirismo proteico que hace llevadero el gólgota de Santa María, su ciudad-mundo, escrita por Brausen y digitada por Onetti; instalada en el mismo mapa de parajes literarios donde conviven otros paisitos de síntoma latinoamericano como Macondo y Comala.

Quien no haya leído a Onetti debe empezar por El Pozo. Todo está en El Pozo, los rasgos saltantes del mundo onettiano y el arquetipo de sus demás protagonistas: Eladio Linacero, bisnieto periférico de outsiders románticos, pariente pobre de antihéroes sartreanos, este personaje surge en medio del verano: "...aburrido de estar tirado desde mediodía, soplando el maldito calor que junta el techo y que ahora, siempre en las tardes, derrama dentro de la pieza". Linacero es un jorobado moral, marginado no en las piezas de alguna catedral, sino recluido en el tugurio degradado en que se ha convertido la ciudad: "Caminaba con las manos atrás oyendo golpear las zapatillas en las baldosas, oliéndome alternativamente cada una de las axilas(...) estaban como siempre la mujer gorda lavando en la pileta, rezongando sobre la vida y el almacenero(...) el chico andaba en cuatro patas con las manos y el hocico embarrados". Como cualquier sitiado, Linacero se refugia en la escritura: "Encontré un lápiz y un montón de proclamas debajo de la cama de Lázaro y ahora me importa poco de todo, de la mugre, del calor y los infelices del patio. Escribo esto porque me da la gana". El héroe escribe y la función de su documento es abolir el verano y fundar una nueva ciudad donde evadirse.

Esa ciudad será Santa María, el más distinto y mejor Yoknapatawpha de latinoamérica, fundada en La vida breve. Brausen toma la posta de Linacero y construye un universo paralelo, no fantástico ni mágico, sino otro distinto donde se luzcan mejor el perpetuo otoño urbano al que Onetti ha condenado a toda la humanidad. Por eso quizá en Dejemos hablar al viento nos ofrece la única vía de salvación posible: “Haga lo mismo. Tírese en la cama, invente usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas, sucedidos”.

Los héroes de Onetti son héroes cansados, vencidos por circunstancias propias y ajenas, que asumen la imaginación (que adopta formas de invención o empresa quimérica) no para salvarse, sino para asumirse como sujetos de la derrota. No buscan huir del fracaso, buscan instalarse definitivamente en él “aceptando la desgracia como una compañía, un clima habitual y soportable”. Linacero, Brausen, Larsen, todos son seres queridos que imponen su afecto en base a la indolencia de un estado existencialista y frustrante donde las alegrías prácticamente han desaparecido. Esta condición de antihéroes surgidos de diversos paisajes de coyuntura probablemente sea la llave que nos provoca una sonrisa al sentirnos tan similares, tan bien aprehendidos.

Felices cien, Padrino. Si cabe.

domingo, mayo 3

Anecdotario

Si algo me animaba a permanecer en la mesa cuando el almuerzo terminaba, era la posibilidad de escuchar hablar a los viejos. Los que me tocó conocer fueron todos muy entretenidos, llenos de historias, falsas o ciertas, pero capaces de robarle a uno la imaginación. Sólo ellos hacían que cambiara el fulbito o la televisión por una charla picante y divertida. Y si algo sostenía esas largas sobremesas era el inmenso archivo de anécdotas, propias y ajenas, que desplegaban con una versatilidad sorprendente. Algunos dicen que es necesario dejar de lado lo anecdótico y ocuparse de lo esencial, pero muchas veces las anécdotas reflejan mejor que cualquier otra fuente los rasgos principales de un tiempo y de una vida.

A mí me gustan las anécdotas. Creo que merecen que alguien les haga justicia y las eleve a la misma condición que, digamos, la vitolfilia o la heráldica. Atesorarlas requiere de rigor, precisión en las fechas, los personajes y las circunstancias. No son paparruchas, no se pueden soltar así, alegremente, durante la última ronda de tragos con los amigos. Son pequeñas piezas de colección, pepitas de oro, monedas que se lanzan a la fuente y reproducen un momento memorable. Las hay de todo tipo, eruditas, pedestres, corrosivas, sardónicas, injustas, tristes, hilarantes. Las buenas no envejecen nunca, por el contrario, se actualizan. Todo aquél que se respete debería morir con una buena anécdota para contarle al barquero.

Cuando el general Montgomery venció a Rommel en el desierto de África, sus tropas quedaron seriamente mermadas. Al enterarse que un contingente rezagado de italianos se acercaba a su posición, pidió que le enviaran refuerzos, pero no obtuvo respuesta. A la mañana siguiente, una densa polvareda se alzó en el horizonte. Montgomery dedicó una fiera arenga a sus soldados animándolos a resistir y cuando finalmente la arena permitió ver al enemigo, notaron que éstos alzaban banderas blancas y pedían rendición, estaban calcinados, moribundos. A su lado, los aliados parecían recién llegados de casa. Un contingente de 5000 soldados se rindió ante 2000. A continuación, el mensaje de Montgomery por la radio fue como sigue: "Manden refuerzos, estamos rodeados de prisioneros".

A propósito de militares, una historia curiosa le sucedió al compositor Igor Stravinsky en la frontera de Italia con Suiza durante la Primera Guerra Mundial. El músico tenía un retrato pintado por Picasso en su maleta. Los oficiales le preguntaron qué era. “Un retrato que me hizo un amigo”, respondió Stravinsky. Los oficiales lo miraron a él, luego al cuadro, y dijeron: “Va usted preso”. El embajador de Inglaterra tuvo que interponer sus oficios para convencer a los italianos de que aquel dibujo no era el plano de las instalaciones militares construidas por Italia en la frontera con Austria.

Giovanni Pico della Mirandola era considerado el mejor poeta y orador de toda Italia cuando apenas tenía nueve años. Poco antes de cumplir esa edad se acercó un poeta sexagenario para decirle: “Es una lástima. Los que tienen tanta habilidad de niños acaban siendo sumamente estúpidos de grandes”. “¡Oh, cuán inteligente debió ser usted en su niñez!”, respondió el pequeño genio con naturalidad. En la misma línea se cuenta que cuando Mozart era apenas un adolescente, otro muchacho de su edad lo buscó para preguntar cómo componer una sinfonía. Impertubable y seguro de sí mismo, Mozart le contestó que aún debía dejar pasar muchos años. Irritado, el joven le objetó: "Pero tú ya componías a los diez años". La respueta de Mozart fue demoledora: "Sí, pero no tenía que preguntar cómo".

Cierto día de lluvia Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle terminaron bajo un toldo mientras escampaba. Este tiempo les permitió notar que en la casa de al lado una mujer ofrecía sus servicios a tipos que entraban y salían disimulando sus calenturas. En un momento dado, sale a la puerta un niño que debía tener 6 años y, aburrido como estaba, empieza a lanzar pequeños terrones a los que pasaban. Uno de estos terrones salpicó el traje de Wilde y éste, muy disgustado, volvió la cara para advertirle: "Deja de hacer eso, muchacho, puede que le des a tu padre".

En nuestros predios, la anécdota no es extraña. De hecho, Ricardo Palma podría ser considerado un antologador exquisito. Precisamente, un día que Palma y Manuel Gonzalez Prada coincidieron en la puerta de la Biblioteca Nacional, éste último le advirtió: “No permito que ningún burro pase antes que yo”, a lo que Palma respondió con ese aire de criollo dicharachero: “Ah, pues yo sí; no se preocupe, pase usted”. Y una tarde que Martín Adán estaba en el Cordano refrescando la garganta entró un parroquiano alarmado porque acababa de producirse un golpe de Estado, el vate apenas se inmutó. “Hemos vuelto a la normalidad”, dijo y ordenó otro trago.

Hay cierta sabiduría encerrada en estas experiencias singulares. Quizá sea sólo una forma rediviva de la tradición oral, pero las anécdotas reclaman un lugar en el anaquel de lo considerable, no sé, junto a los salmos, los aforismos, el cuento breve, los haikus, las biografías o los libros de historia. Mientras tanto, las guardaremos en el espíritu, junto al corazón.