A cierta edad empezamos a perder cosas, momentos, personas, caricias, ilusiones. Vamos dejando en el camino un poquito de nosotros mismos en cada día, en cada taza de café, en cada levantarse de la almohada. En verdad nos vamos muriendo y no nos damos cuenta. Atrás quedan El amante de lady Chatterley, el libro de anatomía médica del hermano de un amigo, el televisor bajito y clandestino para aprender de sexo. Allá, olvidados en un cajón, los poemas desesperados para alguna de cuyo nombre no me quiero acordar. También los apuntes de grandes proyectos anotados en servilletas, ilegibles, ahogados de polvo, donde los trazos del lápiz ahora parecen el rastro de un fantasma rezagado. Los lunes son como muros y los viernes como barricadas.
"Comprendiendo sin esfuerzo que el hombre se queda a veces pensando, como queriendo llorar y, sujeto a tenderse como objeto, se hace buen carpintero, suda, mata y luego canta, almuerza, se abotona... Considerando también que el hombre es en verdad un animal y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza..."
Los relojes no entienden de fair play. Continuamos movidos por la necia esperanza de imponernos y recuperar así las cosas que perdimos por ocuparnos de las cosas importantes que no tienen importancia. Nos vamos poniendo viejos, pelotudos. Nos inventamos el consuelo y en esa historia optimista, somos unos granujas que se salen con la suya.
Oh, captain, my captain! Our fearful trip is done. The ship has weather'd every rack, the prize we sought is won. The port is near, the bells I hear, the people all exulting while follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring.
En la retaguardia quedó el futuro. La tarde que anoté mi primer gol, mi libro de Baldor, la noche del adiós, del beso subversivo, del "Yo también". Las nubes han jubilado a Rorschach. Atrás los anteojos de carey, los almuerzos de domingo, la mañana sobre las sábanas. Titila el consuelo sobre las cicatrices y los barcos se hunden pensando en el muelle que les dedicó el último beso. Pero también hay enanos que traen sortilegios y misterios que se pegan en la ropa como esas motas vegetales de los parques, chiquititas.
Estas son mis credenciales, vamos a gastarnos lo que queda del invierno, tú lleva el jugo de manzana y los cigarros que yo ya me sé el nombre de la rosa.
Dilegua, oh notte! Tramontate, stelle! Tramontate, stelle! All’alba vinceró! Vinceró! Vinceró!


