sábado, abril 25

La mañana sobre las sábanas

A cierta edad empezamos a perder cosas, momentos, personas, caricias, ilusiones. Vamos dejando en el camino un poquito de nosotros mismos en cada día, en cada taza de café, en cada levantarse de la almohada. En verdad nos vamos muriendo y no nos damos cuenta. Atrás quedan El amante de lady Chatterley, el libro de anatomía médica del hermano de un amigo, el televisor bajito y clandestino para aprender de sexo. Allá, olvidados en un cajón, los poemas desesperados para alguna de cuyo nombre no me quiero acordar. También los apuntes de grandes proyectos anotados en servilletas, ilegibles, ahogados de polvo, donde los trazos del lápiz ahora parecen el rastro de un fantasma rezagado. Los lunes son como muros y los viernes como barricadas.

"Comprendiendo sin esfuerzo que el hombre se queda a veces pensando, como queriendo llorar y, sujeto a tenderse como objeto, se hace buen carpintero, suda, mata y luego canta, almuerza, se abotona... Considerando también que el hombre es en verdad un animal y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza..."

Los relojes no entienden de fair play. Continuamos movidos por la necia esperanza de imponernos y recuperar así las cosas que perdimos por ocuparnos de las cosas importantes que no tienen importancia. Nos vamos poniendo viejos, pelotudos. Nos inventamos el consuelo y en esa historia optimista, somos unos granujas que se salen con la suya.

Oh, captain, my captain! Our fearful trip is done. The ship has weather'd every rack, the prize we sought is won. The port is near, the bells I hear, the people all exulting while follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring.

En la retaguardia quedó el futuro. La tarde que anoté mi primer gol, mi libro de Baldor, la noche del adiós, del beso subversivo, del "Yo también". Las nubes han jubilado a Rorschach. Atrás los anteojos de carey, los almuerzos de domingo, la mañana sobre las sábanas. Titila el consuelo sobre las cicatrices y los barcos se hunden pensando en el muelle que les dedicó el último beso. Pero también hay enanos que traen sortilegios y misterios que se pegan en la ropa como esas motas vegetales de los parques, chiquititas.

Estas son mis credenciales, vamos a gastarnos lo que queda del invierno, tú lleva el jugo de manzana y los cigarros que yo ya me sé el nombre de la rosa.

Dilegua, oh notte! Tramontate, stelle! Tramontate, stelle! All’alba vinceró! Vinceró! Vinceró!

lunes, abril 20

Quintaesencia

Con todos los riesgos que implica una empresa de este tipo, me animo a presentar las cinco mejores piezas musicales "que me llevaría a una isla desierta". No se trata de una imposición de estilo y estética, porque todas esas características son subjetivas. Se trata más bien de la educación sentimental de un tipo que apenas pasados los treinta años hace un repaso de su vida y se encuentra con canciones que siempre lo han acompañado desde siempre. Aquí la pretensiosa y dolorosa lista, porque en el camino se quedaron no solo piezas gloriosas, sino escenas de la vida que me toca. ¡Arriba el corazón!

Nessun dorma (Giacomo Puccini. Por Luciano Pavarotti)

Aria del acto final de la ópera Turandot, de Giacomo Puccini. Para un melodramático como yo, la pieza esencial. Imposible escucharla y no largarse a llorar. Por la fuerza, por la música y la bienaventuranza de la victoria. La escuché por primera vez una tarde que mi padre se sentó en la sala a poco de la muerte de mi madre. Tenía una copa de vino y la sonrisa triste. Yo pintaba en la mesita de centro de la sala con crayones rojos y amarillos. Quería pintar el sol en llamas y acabé dibujando a mi viejo sentado en la poltrona, con los pies estirados y los ojos mirando el techo. Estoy seguro que quería llorar, pero no lo hizo para no contagiarme. Es la primera porque me da la gana, porque con ella entendí lo que era la ausencia y por mi viejo, que se murió dos meses después, de pura pena.





Here comes the sun (George Harrison. Por The Beatles)

La canción que más me gusta de Harrison, y por extensión de The Beatles. Ideal para subir el ánimo y contagiar de alegría cualquier angustia. Me recuerdo delante de un 06 en matemáticas, preso del temor de jalar el curso y perderme el verano estudiando y lejos de la Winnie Coopper que todos padecemos en el colegio. Había descubierto a The Beatles hacía poco y me compraba los cassettes juntando propinas. Los conseguí en el orden de la discografía y tardé particularmente en dar con el Abbey Road. Cuando arrancó la canción, no sólo supe que pasaría matemáticas, sino que también le robaría un beso a mi Winnie Cooper. Y así fue. Muchos años más tarde se convertiría en la canción que siempre convoca a Giuliana.





Lili Marleen (Norbert Schultze, sobre un poema del soldado Hans Leip. Por Lale Andersen)

Me parece una canción absolutamente humana en tiempos inhumanos. La versión original de Lale Andersen es la mejor. Me interesé por ella a raíz del cuento Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti. En los últimos tiempos ha sido la banda sonora de mis horas aciagas. Tiene una carga nostálgica, todo el peso del adiós, de las despedidas, de los hasta siempre. La escucho y me vienen imágenes de la época en que marchábamos a favor del Tribunal Constitucional en la Universidad, cuando nos sentíamos una especie de Ché Guevara. Nadie la conocía cuando yo la tocaba en la guitarra, pero seguro era porque mi alemán es nulo y mis buenas intenciones insuficientes.




Eiti Leda (Charly García. Por Serú Girán)

"Después de la Quinta de Beethoven, Eiti Leda", dice Jimmy, un amigo querido. Sus razones son distintas de las mías. Para mí resume la frustración de ser rockero. A él, le hubiera gustado componerla. Pieza clave de los que admiramos a Charly. Momento climático de cuando ensayamos para alguna sesión privada. Punto de encuentro con cualquier desconocido. Ideal para los aeropuertos (no me pregunten por qué). Ideal para inspirarse y cobrar ánimo para enfrentar esos trabajos que no nos gustan pero que hay que hacer. Eiti Leda es todo y nada a la vez, desde el nombre hasta los distintos estados de ánimo en los que puede sumergirme cada vez que la escucho. Tiene de perfecta y de extraña, como la vida misma.





Layla (Eric Clapton. Por Derek and the Dominos. En esta versión: Eric Clapton y amigos)

Por algún motivo, las canciones de Clapton crecen aún más cuando las escucho en vivo. Supongo que tiene que ver con el despliegue de virtuosismo del que hace gala. No en vano, para mí, es el mejor guitarrista vivo. Layla forma parte de una historia de amor imposible y luego realizada. La música es genial, la guitarra de Clapton es sublime y la melodía final un himno para completar con los recuerdos que mejor se nos antojen. La descubrí muy tarde (lo confieso con no poca vergüenza). Iba en un taxi rumbo al Centro Comercial El Polo. Esa noche empezaría un gran capítulo en la historia de mi vida.


jueves, abril 16

Los salieri de Chandler

Cuando acabé con Sherlock Holmes, quien me devolvió el entusiasmo fue Raymond Chandler. Gocé tremendamente con las correderas del chevalier Dupin y las aventuras del comisario Maigret, pero Chandler conectó directamente, a la vena, con el sujeto que era yo mientras leía. En pocas páginas (empecé por La ventana siniestra) quedé prendado de su detective Philip Marlowe, aficionado al alcohol y al ajedrez solitario, experto en decepciones (el engaño que sufrió de su falso amigo Terry Lennox en El largo adiós es de los que se incrustan en las entrañas, no en la memoria), mordaz hasta el virtuosismo y biológicamente alérgico a la autoridad aunque se hubiera encontrado con algunos tipos decentes en la policía.

En este año que se celebran 50 de la muerte del escritor, tuve que saltar de mi asiento para defender el honor de Chandler y, por ende de Marlowe, cuando un advenedizo puso en tela de juicio su valía apelando a factores extra literarios, lo cual es una aberración. El atrevido menospreciaba toda la saga Marlowe argumentando que Chandler fue un tipo retraído y cobarde que jamás supo cómo funcionaba un arma ni estuvo nunca en alguna calle de los bajos fondos, las cuales describía a la luz de crónicas negras y oídas acerca del crimen y la corrupción. ¡Imagínense tremendo pazguato!

Esta consideración es tan absurda como descartar la obra de Beethoven porque le fallaba el oído o cancelar a Peter Pan porque James Matthew Barrie no tuvo hijos. El conocimiento empírico y la observación participante no garantizan nada de nada. Todo esto se parece mucho a la discusión de si uno nace poeta o se hace poeta, que es como jugar a si el vaso está medio lleno o medio vacío. Además, si la grandeza literaria dependiera de lo que uno vive en este momento me hago asesino en serie, armo un holocausto, me cargo a millones y luego me siento a escribir el siguiente premio Nobel.

La historia de Chandler no se parece en nada a la de las otras egregias figuras de la novela policial, pero nadie dijo que tenía que ser sí. Dashiell Hammett fue empleado desde muy joven en la agencia de detectives de la temible Pinkerton y la abandonó a los veinticuatro años, asqueado de que ésta sirviera para destrozar huelgas y de que su legitimada metodología en la defensa del capitalismo superara con creces la salvaje eficiencia de la delincuencia. Entonces inventó a Sam Spade, quizá para exorcisarse. Sus descripciones literarias se alimentaron de su contacto con la realidad, de haber tenido un trato precoz con el mal. Pero eso tampoco lo hace mejor que Joseph Wambaugh, que fue cocinero antes que fraile, o James Ellroy, que se sabe por su propio testimonio que fue lumpen, adicto, clochard, inquilino de comisarías y sólo después autor de La dalia negra.

Llevamos demasiado tiempo buscándole un hijo legítimo a Philip Marlowe. Que cada cual escoja el suyo, aunque no está nada claro que entre su prolífica descendencia haya alguien capaz de igualar su legendaria altura. Dudo que alguien acepte alegremente que haya atmósferas mejores que las suyas, pintadas con el brochazo certero de dos adjetivos que se plantan como dos balazos.
Chandler trabajó como ejecutivo en el negocio petrolero, se casó con una mujer veinte años mayor que él y al morir ésta se dejó llevar por el alcohol y la depresión. Poco antes de su muerte intentó suicidarse en un hotel de Londres, pero falló porque no acertaba al apretar el gatillo de la pistola. Es verdad ¿y qué? Marlowe jamás habría sido Marlowe sin ese Raymond Chandler. Y eso es lo que cuenta.

lunes, abril 6

La risa, la política y el almuerzo


"Si admiras a alguien, aléjate. Lo más probable es que te decepcione". Esto que suena como un aforismo digno de la Ley de Murphy me lo dijo una ex enamorada, a la que seguramente también decepcioné. El caso es que la frase me vino a la mente porque ayer tuve ocasión de almorzar con uno de esos prohombres de primera línea, digno de todo respeto, y muy por el contrario he salido enteramente gratificado.

Visto de cierta forma, el almuerzo es una de esas pocas cosas salvajes y bárbaras que la civilización nos ha permitido conservar. Es decir, sentarse a la mesa y terminar de destrozar un animal muerto con dentelladas y cuchillos no es algo de lo que podamos jactarnos. Hay cierto vestigio de gula en la sonrisa satisfecha que dibujamos tras la experiencia de los jugos, los sabores y los olores. Tenemos de rudos guerreros medievales cuando decidimos ampliar la experiencia y usar las manos para sacarle a la pieza hasta el igv y el máximo provecho. En verdad, somos una banda de cavernícolas con impulsos reprimidos disfrazados de modales.

Entonces, pensaba, será por eso que el almuerzo es una de las pocas ocasiones en que las personas se muestran como son. Y será por eso también que mi ilustre compañero de mesa resultó tremendamente encantador, pese a la fama de hombre serio y refunfuñón. Estábamos en un restaurante de comida norteña en la Av. Garzón. Habían mediado ceviches, arroz con pato, seco de cabrito y algún chinguirito, tres jarras de chicha morada y un par de cervezas para contribuir con la digestión. La mayoría pidió café para rematar, pero el ilustre encargó una hierba luisa. Es en este marco que suelto una pregunta demasiado ingenua y él opta por darme la siguiente respuesta:

"Hay cosas por las que uno no debiera interesarse. En todo caso, pongámoslo de la siguiente manera: Un chico le pregunta a su padre ¿Qué es la política? El hombre, henchido de orgullo al comprobar que el campeoncito se está haciendo grande, prerara la respuesta usando su entorno como referencia... Fíjate hijo, yo traigo el dinero a casa, entonces represento el Capitalismo. Tu madre es la que administra, por tanto es el Gobierno. Tú eres el mayor y a quien hay que atender, representas al Pueblo. Tu hermanito que es el pequeño representa el Futuro. La criada que es la que nos hace el trabajo, representa a la Clase Obrera... El chico que no había entendido muy bien lo que su padre le había explicado, se retira al cuarto que comparte con el hermano que es apenas un bebe. Por la noche el niño pequeño empieza a llorar y el mayor se levanta, trata de calmarlo, pero comprueba que tiene los pañales cargados y necesita recambio. Entonces, va a la habitación de sus padres y trata de despertar a la mamá, pero está profundamente dormida y no consigue despertarla. Va en busca de la criada y antes de llegar a la puerta la encuentra con su padre en ciertos menesteres fáciles de imaginar. Convencido de que no solucionará nada, regresa a su habitación y se acuesta. Al día siguiente, cuando ve a su papá le dice: Anoche comprendí al fin qué es la política... El padre muy contento, responde: ¡Qué alegría! ¿Por qué no les cuentas a todos?... Muy orgulloso el niño responde: Mientras el capitalismo se jode a la clase obrera, el gobierno duerme a pierna suelta, al pueblo nadie le hace caso y el futuro sigue lleno de mierda hasta el cuello".

Lo fantástico de esta anécdota no está en el chiste, sino en haberlo visto reír como si hubiera cometido una travesura. El humor es algo que normalmente queda al margen de la inteligentzia. Acostumbrados a ver a nuestros intelectuales circunspectos y hablando con acentos graves, pareciera que el humor se presentara como una contradicción de sus capacidades. ¡Pamplinas! La risa no es, como pensaba el venerable Jorge, "un viento diabólico que deforma las facciones y hace que las personas parezcan monos". La risa también puede ser un instrumento dignísimo. El humor jamás ha estado reñido con el rigor y parece que el ilustre que nos acompañó en el almuerzo se había convencido ya.

A reír sin parar que el mundo se va a acabar. Es más, si la inteligentzia practicara el humor con más frecuencia tal vez tendríamos carcajadas más frescas y muchos más chistes buenos. Ja, ja, ja.