sábado, marzo 28

Dejar pasar la tarde


En las tardes que siento que el día se acaba sin provecho, busco consuelo pensando que también los grandes tuvieron una de esas fechas corrientes, domésticas, sin asomo de milagros, con bochorno y puertas abiertas para ventilarse mientras empieza a trepar el olor a pan y las luces de la calle se encienden y sólo queda aguardar el ritual de las noticias como autorización para irse a la cama y tentar otro día mejor. Las biografías ayudan mucho en estos casos. En general, salvo algunos desdichados miserables, la vida de los grandes es aburrida y sólo cobran algún interés y algún sentido a la distancia. Ya lo había escrito Chejov: "El pasado sólo es maravilloso cuando ha quedado bien atrás".

A veces me gusta pensar en Kubrick, en ese que vemos en el documental de Jan Harlan (Stanley Kubrick, una vida en imágenes), con menos pelo y algunos kilos de más, paseando por su mansión en las afueras de Londres, rodeado de todos esos perros y gatos que le mordían la basta del pantalón, o contemplando el fogón de la cocina, dejando pasar la tarde. Detrás del pedestal cunde la monotonía. En Borges, el libro que contiene los extractos del diario personal de Bioy Casares referidos a su amigo, hay una anotación cargada de modorra y acaso también de hartazgo. "Cuando concluye el primer plato, Borges pone los cubiertos sobre el mantel, viene la criada, saca plato y cubiertos. Esto ocurre ¿desde 1935? Más o menos".


Ingmar Bergman se aburría sobremanera en sus últimos días y cuentan que como entretenimiento le gustaba inventar formas de suicidio. Al parecer, esa posibilidad negada en sus memorias por considerarse un tipo con un miedo a la muerte "demasiado sólido e infantil" (en La linterna Mágica), fue reconsiderada en la isla de Faro. Otro que se aburría mucho era Samuel Butler y para combatir esta situación practicaba la misoginia: "Me declararé partidario del voto de las mujeres cuando no hagan ruido en la sala de lectura del Museo Británico, cuando hayan renunciado a venir con moño encopetado a los sillones de las salas de música, y cuando haya visto doce al menos agarrarse a la correa o a la barra de apoyo al entrar en un ómnibus". Lo imagino harto de hurgar en alguna publicación erudita, saltando de la silla para ir a buscarles pleito a las salas de música, sólo para distraerse. Butler es autor de Erewhon, una novela antiutópica que criticaba la gran mentira que era la sociedad inglesa de su tiempo, allá por 1872. Si usted quiere evitar el aburrimiento, no la busque.

Henry Ford recurría a los somníferos cuando aceptaba que ya no podría hacer nada más productivo el resto del día, quizá para vencer al tiempo y amanecer más pronto al siguiente sol. En los días anteriores a comandar la Segunda Guerra, Winston Churchill pintaba para no morir de somnolencia y se ocupaba de crear naturalezas muertas, "que es lo único que un inglés puede pintar cuando no tiene nada qué hacer".

Hay días muertos, así de simple, sin novedad ni misterio, pero esto que en el tiempo de la hiper productividad y la competencia puede adquirir un cariz preocupante, operaba exactamente a la inversa para los cínicos y tal vez debamos apelar a ese espíritu. Una vez le preguntaron a Diógenes si no le aburría estarse allí, sin nada más que ver a la gente pasar, y él respondió: "Mi amigo, el placer del aburrimiento consiste en saber que no tenemos nada qué hacer".

viernes, marzo 20

El lado oscuro

A esta altura probablemente resulte un lugar común, pero es imposible no detenerse en la aberrante historia de Josef Fritzl, el llamado 'Monstruo de Austria'. Conocer los detalles de su perturbadora insanía equivale a sumergirse en el más retorcido guión de espanto. La primera pregunta que surge desde nuestra mórbida inocencia es '¿Por qué?' Nuestra formación de sujetos modernos reclama conocer el origen, la causa de estos hechos, como si de un agente patógeno se tratara, quizá para prevenirlos en el futuro, pero seguro también para que sometiéndolo a la razón podamos perderle el miedo a aquello de lo que también somos capaces.

Siempre que hemos ido detrás de un ¿por qué? la historia o la ciencia han salido satisfactoriamente al encuentro, pero me temo que tratándose de personas, la respuesta puede ser un páramo insondable. Como explica George Bataille en La literatura y el mal, los seres humanos estamos dotados de una imaginación y unos deseos que nos exigen vivir más, y mejor o peor de lo que vivimos, pero, en todo caso, de una manera distinta (más intensa, más temeraria, más insana) a aquella que la suerte nos deparó. En ese sentido, la ficción habría surgido como un modo de lograr que esa imposibilidad fuera posible, para que gracias a los poemas, las novelas, el drama, los cuentos y el cine, viviéramos aquello que las limitaciones y prohibiciones de la vida real nos impiden vivir. Y, por eso, la ficción está plagada de aventuras (incluso, de atroces aventuras) que podemos vivir vicariamente, gracias al hechizo del arte, en la pura ilusión. Esta vida ficticia, fabulada, nos completa, nos devuelve todo aquello que debió ser cercenado de nuestra vida para que la coexistencia social fuera posible.

La violencia parece consubstancial a la especie humana. La neurociencia constata que las personas violentas suelen tener una corteza prefrontal (la que inhibe los impulsos) poco activa y de tamaño menor a lo habitual. Y la antropología muestra que el género humano se distingue de otros por su agresividad. El libro Las semillas de la violencia sugiere que ésta se forja durante los primeros años de vida estimulada por el medio hasta formar parte del carácter del adulto. La cuestión parece centrarse en determinar si es una cuestión instintiva o aprendida, Darwin contra Rousseau, pero en cualquiera de los casos el papel que juegan la cultura y el aprendizaje son fundamentales.

Este es el frente por el que discurren Jean Baudrillard y Edgar Morin para abordar la violencia contemporánea. Al reflexionar sobre el ataque a las Torres Gemelas, Baudrillard concluye que se trata de un crimen contra la forma del sistema que hay que pensar más allá de la violencia y que expresa el antagonismo radical surgido en el corazón del proceso de globalización. Baudrillard afirma que "el horror, para las cuatro mil víctimas, de morir en esas torres es inseparable de vivir en ellas, el horror de vivir y trabajar en esos sarcófagos de hormigón y acero". Morin habla de otra violencia, la de un progreso que genera desigualdad y humillación. La solución consiste en romper con el desarrollo técnico y económico y cambiar de vida trabajando para que lo probable se transforme en improbable y al revés.

¿Cómo entender entonces el caso de Fritzl? ¿De pronto un cromosoma dio la orden de desatar la barbarie? ¿Los estragos de la postguerra corrompieron su naturaleza? ¿Su empleo lo hacía infeliz y decidió cargarla con la hija? ¿De pequeño lo pasó fatal? ¿Fue condicionado o estuvo preso de impulsos irrefrenables? La psiquiatría ofrece un amplio inventario de secuelas, pero no da pistas acerca de sus orígenes, es decir, conocemos las diferentes modalidades del comportamiento cruel del individuo y la sociedad (violencia familiar, violación, sadismo, delincuencia, odio, venganza, suicidio, terrorismo, etc.), pero no aquello que las activa. Aún nos está vetado acceder a la parte oscura de la especie humana.

El caso de Fritzl me recuerda a otros lunáticos, como el caníbal alemán que se despachó a un tipo que accedió a ser su almuerzo; antes de la ceremonia de fondo ambos compartieron una cena compuesta por el pene de uno de ellos. Muchos años antes encontramos las crónicas acerca de Erzsébet Bathory, una noble húngara obsesionada con la eterna juventud que para mantener su lozanía bebía y se bañaba en la sangre de muchachas vírgenes. El personaje ha sido novelado por Valentine Penrose y Alejandra Pizarnik, pero sus torturas constan en documentos y relaciones según los cuales la Bathory escogía muchachas altas, bellas y resistentes para flagelarlas, desnudas, hasta que sus cuerpos se transformaban, como describe Penrose, en "llagas tumefactas".

¿Cuál es el por qué de todo esto? Tal vez la respuesta esté en nosotros mismos y tal vez sólo haga falta enfrentar el espejo y concentrarse seriamente hasta atravesar el vidrio y mirarnos el alma.

jueves, marzo 12

Café y psiquiatría


A esta altura del año ya he avanzado mucho en dos de mis propósitos más importantes: descubrirme a mí mismo y vencer la confabulación contra mi capuccino en Starbucks. Ambas cosas están relacionadas increíblemente y la relación misma tiene carácter científico.

Respecto a la confabulación del café, que puede resultar un dato fuera de lugar al lado de la trascendencia de descubrirse a sí mismo, diré que en las últimas semanas me han estado vendiendo medio envase y rellenando el resto con demasiada espuma. Es decir, me quieren hacer cholito, por más que insistan en que la fórmula indica eso y que me ofrezcan la opción de “customizarlo” y echarle más leche o pedirlo en adelante ‘húmedo’, es decir, sin espuma. O sea, tratan de estafarme por partida doble. Porque ni la palabra existe ni un capuccino se toma así. De otro lado, y así vamos entrando en materia, según las estadística del instituto frenopático, el uno por ciento de los peruanos somos psicóticos sin diagnosticar; los economistas calculan que el cincuenta y seis por ciento de las familias no llega a fin de mes; nos consideramos el país más pacifista de Latinoamérica; y otra investigación asegura que los trabajadores dependientes son mejores hombres de familia que los independientes.

Con estos datos a mano, hoy tuve que controlar el impulso de saltarle al coffee maker y estampar mis nudillos en sus pómulos. Me puse a pensar y entendí que esa ira desmedida a causa de unos centilitros de café sólo podía ser algo psicótico. Terminé reconociéndome pacifista, al menos en la misma medida que psicótico, y concluí que todo yo era una tesis de psiquiatría. Porque probablemente esa psicosis por el café unida a mi noble pacifismo eran los responsables de que no hubiera ganado mi primer millón al cumplir los treinta, tal como me lo había propuesto hace años, y de que tenga que hacer ajustes para llegar a fin de mes. Con toda seguridad, la psicosis, el pacifismo y no llegar a fin de mes eran lo que me animaba a querer acabar con el coffee maker y su versión de mejor hombre de familia.

Pero lo verdaderamente interesante viene a continuación: se me ocurrió que al coffee maker podía estar pasándole lo mismo. Como buen psicótico, es probable que no se relacione con la realidad de un capuccino correctamente servido y en rigor habría que considerarlo inocente, más aún si se tiene en cuenta que toda la violencia contenida la está desviando pacíficamente hacia el ahorro inocuo de unos cuántos insumos. Todos estos motivos, a los que cabría añadir su puesto de dependiente y no de dueño de la cadena Starbucks, me indican que el coffe maker estafador tampoco llega a fin de mes y que en el fondo de su alma, pese a atentar contra mi desayuno, el chico puede ser un buen hombre de familia. Tal vez como yo. Y sólo un hombre bueno comprende que la violencia psicótica no debe extenderse a los congéneres.


Así que hoy cambié el pedido, tomé un espresso doppio y me retiré con una sonrisa solidaria para el coffe maker, porque más allá del delito contra mi capuccino el hombre es un semejante, un compatriota, un hermano en cuyo espejo avanzo en la tarea de descubrirme a mí mismo.

martes, marzo 3

Times new roman(tics)

Creo que la primera vez que me llamaron "romántico" fue hace varios años, cuando en el museo comenté que las cabezas clavas de la cultura Chavín me parecían extrañamente vivas. "Eres un romántico" dijo la chica que venía conmigo y que se fijaba más en los turistas guapos que en este servidor con pretensiones de quererla. Ser tachado de romántico fue como recibir un disparo por debajo de la línea de flotación.

Me han dicho romántico por tener muy presente ciertos detalles de la infancia, porque prefiero el invierno y los días grises o porque reniego de la comida fusión. Romántico le dijeron a Stuart Semple hace unos días, cuando decidió invadir el cielo de Londres con 2057 nubes rosas con forma de cara feliz para combatir el ambiente depresivo que se vive por la crisis financiera. De romántico calificaron también al hijo de cierta familia distinguida para justificar los estropicios que había ocasionado en su última soberbia borrachera.

Normalmente, "romántico" significa lo mismo que arbitrario, estúpido, sentimental, caótico, irracional, atrasado, descontrolado, adolescente, inmaduro, autocomplaciente, etc. Pero los llamados "románticos" no eran congénitamente imbéciles. Conviene recordar que "romántico" fue Bécquer, pero también Wagner y Hegel, Schopenhauer y Pushkin.

Sospecho que existe una idea equivocada que identifica la imaginación con lo irracional. Con gran facilidad nuestra cultura llama "romántico" a todo aquello que concibe como pre-moderno, improductivo, mítico, distante de la tierra. Practicar el amor a primera vista o esperar la iluminación de las musas es romántico. Igual que los horóscopos, el yoga o la meditación trascendental. Pero fumarse un porro o enchufarse con pastillas de éxtasis es cool.

Alguien dijo de Klaus Kinski que era un "romántico estúpido" porque aseguraba haber sentido la presencia de los dioses mientras cruzaba los Andes. Pues yo viajé a la cordillera hace algunos años y al acercarme a la cima del Huaytapallana sentí que todo me daba vueltas y que pronto vería a los dioses. Entonces me di cuenta, como es obvio, que sentir la presencia de los dioses era en realidad una cosa bastante vulgar y corriente y que no hacía falta ser Klaus Kinski para sentir algo así.

Alguna vez me sugirieron nunca discutir con un idiota porque puede que la gente no distinga quién es quién. De modo que he optado por aceptar mi supuesto romanticismo y permanecer callado. Ojalá sepan
distinguir quién es feliz y quién se muere de envidia.