
A veces me gusta pensar en Kubrick, en ese que vemos en el documental de Jan Harlan (Stanley Kubrick, una vida en imágenes), con menos pelo y algunos kilos de más, paseando por su mansión en las afueras de Londres, rodeado de todos esos perros y gatos que le mordían la basta del pantalón, o contemplando el fogón de la cocina, dejando pasar la tarde. Detrás del pedestal cunde la monotonía. En Borges, el libro que contiene los extractos del diario personal de Bioy Casares referidos a su amigo, hay una anotación cargada de modorra y acaso también de hartazgo. "Cuando concluye el primer plato, Borges pone los cubiertos sobre el mantel, viene la criada, saca plato y cubiertos. Esto ocurre ¿desde 1935? Más o menos".
Ingmar Bergman se aburría sobremanera en sus últimos días y cuentan que como entretenimiento le gustaba inventar formas de suicidio. Al parecer, esa posibilidad negada en sus memorias por considerarse un tipo con un miedo a la muerte "demasiado sólido e infantil" (en La linterna Mágica), fue reconsiderada en la isla de Faro. Otro que se aburría mucho era Samuel Butler y para combatir esta situación practicaba la misoginia: "Me declararé partidario del voto de las mujeres cuando no hagan ruido en la sala de lectura del Museo Británico, cuando hayan renunciado a venir con moño encopetado a los sillones de las salas de música, y cuando haya visto doce al menos agarrarse a la correa o a la barra de apoyo al entrar en un ómnibus". Lo imagino harto de hurgar en alguna publicación erudita, saltando de la silla para ir a buscarles pleito a las salas de música, sólo para distraerse. Butler es autor de Erewhon, una novela antiutópica que criticaba la gran mentira que era la sociedad inglesa de su tiempo, allá por 1872. Si usted quiere evitar el aburrimiento, no la busque.
Henry Ford recurría a los somníferos cuando aceptaba que ya no podría hacer nada más productivo el resto del día, quizá para vencer al tiempo y amanecer más pronto al siguiente sol. En los días anteriores a comandar la Segunda Guerra, Winston Churchill pintaba para no morir de somnolencia y se ocupaba de crear naturalezas muertas, "que es lo único que un inglés puede pintar cuando no tiene nada qué hacer".
Hay días muertos, así de simple, sin novedad ni misterio, pero esto que en el tiempo de la hiper productividad y la competencia puede adquirir un cariz preocupante, operaba exactamente a la inversa para los cínicos y tal vez debamos apelar a ese espíritu. Una vez le preguntaron a Diógenes si no le aburría estarse allí, sin nada más que ver a la gente pasar, y él respondió: "Mi amigo, el placer del aburrimiento consiste en saber que no tenemos nada qué hacer".


