De vez en cuando alguien me alcanzaba el dato de un fulano que podría ayudar, normalmente se trataba de un número telefónico que nadie atendía o de alguna coordenada clandestina que yo enfrentaba movido únicamente por la esperanza de encontrarlo. Pero cuando parecía estar frente a un facilitador con posibilidades, éste fruncía el ceño y preguntaba “¿Quién es ése?”; yo, incapaz de explicar tal cosa, sólo atinaba a decirle “Un señor alto y con barba”. Entonces me sacaban un afiche del Ché Guevara, alguna vieja imagen de Trotsky o de Lennon, y yo no hacía más que suspirar y dejarles un papelito con el número de casa por si tenían alguna novedad de mi héroe.
Tiempo después, cuando casi había perdido el entusiasmo, sonó el teléfono de casa. Morochito –uno de los tipos mil oficios que alguna vez me habían recomendado- aseguraba tener lo que buscaba, me esperaría en el Parque Kennedy, donde se ponen los acuarelistas, pedía 30 soles y el pasaje de regreso en autobús. No tenía nada qué perder, así que fui a verlo. Cuando llegué, me recibió con una sonrisa inmensa. “Ha costado, pero aquí está. No sé cómo lo vi entre las cosas viejas y me acordé de usted”. Desplegó el rollo que tenía entre manos y lo mostró orgulloso. “Aquí lo tiene, la barba no se ve, pero es él, el señor Cortázar”.
Morochito había encontrado la foto en un magazín viejo y no se le ocurrió mejor idea que ampliar la imagen y fabricarme ese afiche que acepté con la extraña sensación de formar parte de uno de los juegos fantásticos del argentino. Porque si Elvis vive, Cortázar también. Bueno, eso nos gustaba decir en el círculo de amigos que le habíamos nombrado patrón de nuestras pretensiones literarias. Fue así que finalmente se mudó a mi pared, junto a mis otros héroes de juventud, y desde allí gobernó todo hasta que lo perdí el día que nos mudamos, junto a casi toda la colección de baratijas que yo atesoraba y que alguien entendió como desperdicios.
Creo que todos tienen su Cortázar, es decir, cada uno se relaciona y vive las páginas de Julio con una particular intención y acento; todos alguna vez lo hemos usado para llorar, para jugar, para desternillarnos de risa, para acompañarnos, para refugiarnos, para ayudarnos a tratar de ser adultos. Y es que tiene tantos ribetes y matices, que resulta complejo abarcarlo. Por algún motivo, el realismo mágico envejeció, pero la fantasía cortazariana reina como una mariposa inquieta, cambiando de color y haciendo nuevas cabriolas en el aire.
Como obedeciendo a aquella famosa maldición china “Ojalá que vivas tiempos interesantes”, Cortázar se encargó de hacernos el mundo más vivible. En 1963 dio el gran golpe. Como lo harían más tarde The Beatles con el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, con Rayuela Julio lanzó una bomba que trastocaría todo para llevarnos al cielo. Fue ensalzado en su momento como el libro definitivo, el que señalaba un nuevo rumbo para la literatura. Con su riqueza visual, su rango estilístico que iba de la poesía a la prosa intimista, pasando por el lunfardo y las comparsas emotivas de las cosas simples, sus juegos de sentido y, en general, el clima magnífico de efervescente vitalidad y compromiso que contagiaba al lector, Rayuela fue el libro que padres e hijos se sucederían como testimonio de algo que hay que mantener.
Lo extraordinario de estos 25 años de fallecimiento, es que Julio sigue en mejor forma que cualquiera de nosotros. Todavía es posible toparse en las facultades con muchachas que quieren ser la Maga. Visten medias negras, se inventan un gesto con los dedos para fumar (a falta de Gitanes) unos Marlboro Light y dejan de interesarse en la cocina, es más, diría que hasta se empeñan en cocinar mal. Algunas llevan un ejemplar de Rayuela en la mochila como si fuera la estampa de un santo. Otras han llenado sus agendas y cuadernos de apuntes con frases o diálogos del libro. Le debemos a Rayuela la posible ternura que hay entre el cielo y la tierra. Porque parece que todas las mujeres son la Maga de algún Cortázar.
Pero a diferencia del Pepper, que puso a los Beatles más allá de todo, Cortázar se ganó tantos detractores como súbditos de sus letras. Algunos definieron sus textos como “cosmopolitas” y “exiliados” para oponerlos al par “comprometidos” y “afincados”, machacándole una nacionalidad y una estadía europeas. Le reprocharon la dedicación política que asumió, no sin valor y costos, y algunos prefirieron relegarlo al juego y descontarlo de la denuncia. Más tarde, hasta el término “cronopio” se convirtió en una contraseña fácil. En efecto, Cortázar tuvo que pasarse media vida dedicando la mitad de la jornada a responder a los ataques que recibía. Parece que las horas no le alcanzaban para combinar la creación literaria con las actividades políticas y, además, dedicar el tiempo libre a defenderse de las acusaciones de “machista” (en mala hora bautizó al lector pasivo lector hembra), “afrancesado”, “traidor a su propia clase”, “mandarín oligarca”, etcétera. Alguna vez dijo que estaba seguro de que, si al morir iba al cielo, San Pedro le estaría esperando con esas mismas preguntas.
A veces, la vida es demasiado seria como para tomársela al pie de la letra.
