sábado, febrero 21

Un señor alto y con barba

Durante años la pared delante de mi cama permaneció blanca y limpia esperando a su inquilino, amenazada solo por el peligroso avance de la humedad que se filtraba desde el techo de la vieja casa en San Miguel. Pero completar la galería de mis héroes parecía una empresa imposible.

De vez en cuando alguien me alcanzaba el dato de un fulano que podría ayudar, normalmente se trataba de un número telefónico que nadie atendía o de alguna coordenada clandestina que yo enfrentaba movido únicamente por la esperanza de encontrarlo. Pero cuando parecía estar frente a un facilitador con posibilidades, éste fruncía el ceño y preguntaba “¿Quién es ése?”; yo, incapaz de explicar tal cosa, sólo atinaba a decirle “Un señor alto y con barba”. Entonces me sacaban un afiche del Ché Guevara, alguna vieja imagen de Trotsky o de Lennon, y yo no hacía más que suspirar y dejarles un papelito con el número de casa por si tenían alguna novedad de mi héroe.

Tiempo después, cuando casi había perdido el entusiasmo, sonó el teléfono de casa. Morochito –uno de los tipos mil oficios que alguna vez me habían recomendado- aseguraba tener lo que buscaba, me esperaría en el Parque Kennedy, donde se ponen los acuarelistas, pedía 30 soles y el pasaje de regreso en autobús. No tenía nada qué perder, así que fui a verlo. Cuando llegué, me recibió con una sonrisa inmensa. “Ha costado, pero aquí está. No sé cómo lo vi entre las cosas viejas y me acordé de usted”. Desplegó el rollo que tenía entre manos y lo mostró orgulloso. “Aquí lo tiene, la barba no se ve, pero es él, el señor Cortázar”.

Morochito había encontrado la foto en un magazín viejo y no se le ocurrió mejor idea que ampliar la imagen y fabricarme ese afiche que acepté con la extraña sensación de formar parte de uno de los juegos fantásticos del argentino. Porque si Elvis vive, Cortázar también. Bueno, eso nos gustaba decir en el círculo de amigos que le habíamos nombrado patrón de nuestras pretensiones literarias. Fue así que finalmente se mudó a mi pared, junto a mis otros héroes de juventud, y desde allí gobernó todo hasta que lo perdí el día que nos mudamos, junto a casi toda la colección de baratijas que yo atesoraba y que alguien entendió como desperdicios.

Creo que todos tienen su Cortázar, es decir, cada uno se relaciona y vive las páginas de Julio con una particular intención y acento; todos alguna vez lo hemos usado para llorar, para jugar, para desternillarnos de risa, para acompañarnos, para refugiarnos, para ayudarnos a tratar de ser adultos. Y es que tiene tantos ribetes y matices, que resulta complejo abarcarlo. Por algún motivo, el realismo mágico envejeció, pero la fantasía cortazariana reina como una mariposa inquieta, cambiando de color y haciendo nuevas cabriolas en el aire.

Como obedeciendo a aquella famosa maldición china “Ojalá que vivas tiempos interesantes”, Cortázar se encargó de hacernos el mundo más vivible. En 1963 dio el gran golpe. Como lo harían más tarde The Beatles con el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, con Rayuela Julio lanzó una bomba que trastocaría todo para llevarnos al cielo. Fue ensalzado en su momento como el libro definitivo, el que señalaba un nuevo rumbo para la literatura. Con su riqueza visual, su rango estilístico que iba de la poesía a la prosa intimista, pasando por el lunfardo y las comparsas emotivas de las cosas simples, sus juegos de sentido y, en general, el clima magnífico de efervescente vitalidad y compromiso que contagiaba al lector, Rayuela fue el libro que padres e hijos se sucederían como testimonio de algo que hay que mantener.

Lo extraordinario de estos 25 años de fallecimiento, es que Julio sigue en mejor forma que cualquiera de nosotros. Todavía es posible toparse en las facultades con muchachas que quieren ser la Maga. Visten medias negras, se inventan un gesto con los dedos para fumar (a falta de Gitanes) unos Marlboro Light y dejan de interesarse en la cocina, es más, diría que hasta se empeñan en cocinar mal. Algunas llevan un ejemplar de Rayuela en la mochila como si fuera la estampa de un santo. Otras han llenado sus agendas y cuadernos de apuntes con frases o diálogos del libro. Le debemos a Rayuela la posible ternura que hay entre el cielo y la tierra. Porque parece que todas las mujeres son la Maga de algún Cortázar.

Pero a diferencia del Pepper, que puso a los Beatles más allá de todo, Cortázar se ganó tantos detractores como súbditos de sus letras. Algunos definieron sus textos como “cosmopolitas” y “exiliados” para oponerlos al par “comprometidos” y “afincados”, machacándole una nacionalidad y una estadía europeas. Le reprocharon la dedicación política que asumió, no sin valor y costos, y algunos prefirieron relegarlo al juego y descontarlo de la denuncia. Más tarde, hasta el término “cronopio” se convirtió en una contraseña fácil. En efecto, Cortázar tuvo que pasarse media vida dedicando la mitad de la jornada a responder a los ataques que recibía. Parece que las horas no le alcanzaban para combinar la creación literaria con las actividades políticas y, además, dedicar el tiempo libre a defenderse de las acusaciones de “machista” (en mala hora bautizó al lector pasivo lector hembra), “afrancesado”, “traidor a su propia clase”, “mandarín oligarca”, etcétera. Alguna vez dijo que estaba seguro de que, si al morir iba al cielo, San Pedro le estaría esperando con esas mismas preguntas.

Pero esas cosas no importan, porque de los discos y los libros uno se queda solo con el artesano, es decir, con esa imagen construida (no idealizada) que va más allá del hombre, una imagen que surge del propio texto o de la propia música. Por eso nosotros volvemos al ingeniero fantástico, al genio del Mandala (nombre con el que tituló Rayuela antes de su publicación), que no quiso cambiar el mundo sino cambiar al lector, acaso el requisito primero para asegurar cualquier otra revolución. Lejos de las obras que nos sustraen de la realidad, Rayuela pretendía encarnar en los lectores, en la realidad, y en cierta forma nos cambió el modo de vivir a través del juego trascendente de la lectura, como si quisiera develarnos que en la realidad había también formas y modos diferentes de los que cotidianamente percibimos.

A veces, la vida es demasiado seria como para tomársela al pie de la letra.

viernes, febrero 13

La conspiración del día de San Valentín

Este tiempo "del amor y la amistad" me resulta sospechoso. A diferencia de la navidad, que logra cuajar en el ambiente todo un feeling y una atmósfera que se puede cortar con cuchillo, los besos y los abrazos de estos días se delatan como forzados, alentados por una fuerza inercial que lleva olor a costumbre. Como muchas fechas ritualizadas en exceso, el Día de San Valentín se ha convertido en unos de esos espantosos días en que lo social se impone y parece conminarnos a querer como a los demás les parece. La teoría de la conspiración me lleva a pensar que esto no es gratuito ni obra de la sensiblería general, algún demiurgo se esconde cobardemente en alguna parte.

Los lamentos de un amigo me llevan a notar, entre otras cosas, que se trata de una fecha estratégica. El 14 no alberga excusas, no hay modo de escape, total, al día siguiente es quincena y uno adquiere carta libre para tirar la billetera por la ventana. El amor se convierte así en una magnitud proporcional a la capacidad de gasto. Cuando no hay hijos ni hipotecas de por medio, el amor consiste en salir a comer y gastar en chucherías. Si alguien pensó que la liberación femenina aliviaba en algo este trance, se equivoca. Por el contrario. La independencia laboral de las mujeres -con la que estoy enteramente de acuerdo y a favor- ha traído consigo un margen de preocupación y cuidado que antes no existía. Ahora tenemos delante el reto de tratar de igualarlas, cuando no nos gana el espíritu altamente competitivo del neanderthal cazador/recolector que todos llevamos dentro todavía y que nos obliga a tener que superarlas. Es decir, no solo debemos procurar el regalo mejor, sino el más grande o el más caro. Porque uno queda por las patas de la mesa, lacerado en el orgullo, si las cosas resultan a la inversa y peor aún -suspira mi amigo- si ocurre en un lugar público. De esta forma, el mercantilismo y el feminismo se darían la mano en una alianza pasajera y conveniente.

Otro hecho particular sugiere que esta celebración, por más mundana que pueda resultar, cuenta con la venia sacrosanta de un patrón de la Iglesia, lo que haría insoslayable tener que exteriorizar nuestros sentimientos o hacer medianamente pública la condición y circunstancia de nuestros afectos. ¿Qué planes para el 14? ¿Qué hicieron por San Valentín? La teoría de la conspiración sugiere la pertinencia de un ojo censor que se encargaría de velar por el mantenimiento y la estabilidad de la pareja, una fecha puntual para que las relaciones renueven ante los otros su compromiso de unión para asegurar el sostenimiento de lo que todavía se considera el núcleo de la sociedad y la forja del cristianismo: la familia. Nada mejor que el amor envuelto en papel de regalo y las promesas de afecto duraderas para asegurar no solo la unión, sino lo más importante de esa unión: los hijos. No es gratuito que antaño estas fechas fueran el centro de rituales orientados a la fertilidad, mientras los griegos celebraban los esponsales de Zeus y Hera, los romanos sacrificaban animales y salpicaban sangre por toda la ciudad para beneficiar las condiciones femeninas de reproducción.

La lógica, además, me anima a concluir que si hay necesidad de alentar y celebrar en un día particular del calendario eso que llamamos amor y amistad es porque andamos carentes de ambas cosas. Es decir, si hubo que crear un Ministerio del Medio Ambiente para hacer valer premisas que ya debieran darse por descontadas, celebrar el amor y la amistad no sería más que un socorro colectivo. Curiosamente, este año se cumplen también 80 de la masacre ordenada por Al Capone en esta fecha.

En fin, probablemente acabaré practicando alguna de las ceremonias de rigor para este tiempo, quizá lo disimule con mi malhumor, pero confieso que lo haré porque me he propuesto no querer como el primer día, sino querer todos los días un poquito más. Así sea prendiéndome de esta excusa cuya mayor virtud es lograr abolir la cursilería por un día.

* La viñeta es del Maestro Quino, por supuesto. Inconfundible e inmejorable.

sábado, febrero 7

Apunte contra el literal

En sus Aventuras al otro lado del espejo, Alicia conoce a Humpty Dumpty y le reprocha la falta de criterio con que atribuye significados a las palabras. "La cuestión -dice Alicia- es si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes". "La cuestión -responde Humpty Dumpty- es quién manda".

Desde los antiquísimos diccionarios sirios hasta la enciclopedia británica, los compendios del idioma y el saber han estado siempre conectados a la ideología dominante. A inicios del siglo XVII, unos misioneros holandeses en la zona de Asia tropical estudiaban usos y costumbres de distintas comunidades en Java cuando repararon en cierta bellota de aspecto peculiar. Los naturales indicaron que se llamaba 'Merri' (la trascripción es fonética) y como el uso que se le daba a esta semilla era para inducir al vómito y fabricar cebos venenosos para la caza, volvieron preocupados al enclave de gobierno, pero con una idea entre manos. Poco tiempo después, argumentando motivos de seguridad, los militares delimitaron las zonas donde podría cultivarse esta planta y la controlaron con un celo especial. La medida detrás de esto era restringirla para que, al cabo de algunas generaciones, el nombre original se perdiera y fuera reemplazado por la nomenclatura científica en latín, strychnos nux-vomica, o su nombre corriente, nuez vómica, como se le conoce e identifica hasta hoy en todas las enciclopedias. Así, la bellota 'merri' se convirtió en nuez y el nombre de Mother Mary pudo circular sin referencias oprobiosas.

La palabra "zurdo" todavía se relaciona con "desacertado" y "contrario a como se debía hacer". En la película Malcolm X de Spike Lee, la cámara recorre, con lentillas de aproximación, las múltiples y tendenciosas definiciones de "negro" en una enciclopedia. Aún así, la mayoría aceptamos a los diccionarios como la verdad revelada, sin preguntar nunca quiénes los han redactado, quiénes mandan en aquellas lejanas academias y a qué ideología responden.

Por eso es mejor pensar que la última versión de la verdad es la que está a punto de salirnos de la boca, esperando en la punta de la lengua.

domingo, febrero 1

Sin letras en los bolsillos

Llevo horas peleándome con un texto que jamás verá la luz. He fumado seis cigarrillos y he bebido más de un litro de Coca Cola Zero en vano. Me rindo, hoy no saldrá nada. Yo solo quería postear algo... Entonces me vienen a la mente las voces de algunos que dicen lo difícil, lo dificilísimo que es escribir relatos breves y lo extraordinariamente fácil que es el género de la novela. La idea que subyace detrás de estos comentarios es que cuanto más breve es un relato, más difícil es de escribir, de modo que un buen relato de tres páginas estaría sólo al alcance de los genios mientras que cualquier hijo de vecino que tenga paciencia es capaz de escribir un taco de setecientas. Puestas esas cartas sobre la mesa, escribir un post -me consuelo- es cosa de predestinados.

Yo no sé si la dificultad está efectivamente relacionada con la extensión o si la brillantez solo se cuenta en parrafadas cortas, pero sí estoy convencido de que escribir es un acto en el que nos vamos dejando la piel en cada batalla. En verdad, nada depende de nosotros, todo está en manos de esa buena o mala idea que decidimos usar como pretexto. Hay grandes tópicos que arruinamos con suma facilidad y pequeños garabatos que acaban reclamando pergaminos de grandeza. Desarrollar una idea se parece mucho a un partido de fútbol. Hay cotejos sencillos que se complican horrores y se pierden. Y hay partidos complejos que se resuelven felizmente con dos goles a favor antes del minuto veinte.

Lo que es bien cierto es que escribir en clave larga está mejor considerado y mejor visto, ¿no?, como que tiene más caché. Y lo mismo puede decirse del lector, que prefiere lucirse con una novela frondosa que con un catecismo de pequeñeces, al que muchas veces subestima como elemental o como lectura de paso o para el café o mientras-viajo. Es lo que llamo el síndrome del sobaco ilustrado. Es evidente que ocurre así. Pero no acuso ni culpo a nadie. Tenemos en el cerebro un mecanismo psicológico que nos lleva a rechazar lo obvio y a defender siempre la posibilidad más rara o implausible. Creemos que así somos más inteligentes y que le ganamos la mano a la realidad, esa gran tramposa que nos presenta siempre evidencias engañosas. Sin embargo, la realidad no es tan tramposa como creemos, y la mayoría de las veces las cosas son exactamente lo que parecen. Parece obvio que escribir un relato de quinientas páginas sea más difícil que escribir uno de cinco, y por esa razón intentamos hacernos creer a nosotros mismos de que no, que es al revés. Pero no es al revés.

De cualquier forma, la extensión no asegura la calidad y ese es el verdadero reto, finalmente. Pueden valer lo mismo un diamante del tamaño de una uña como un diamante que alcanza las dimensiones de un pepino. Es decir, no hay recetas para la inmortalidad. Un texto corto o uno largo no son ni fáciles ni difíciles, son sencillamente un milagro. Y esta tarde no hay dioses disponibles y ando sin letras en los bolsillos.