martes, enero 27

Poe, el cuervo sigue volando

A Poe le guardo un cariño especial. Es mi Peter Parker literario. Es decir, a Parker le va bien de superhéroe, pero quisiera tener a Mary Jane y el mundo no lo deja. A Poe no le fue mal como narrador, pero siempre quiso que lo llamaran poeta y el mundo se la puso difícil. No porque careciera de virtudes, sino porque le tocó una vida accidentada que lo puso delante de periódicos y revistas para ganarse la vida, allí hubo de optar por el género mejor remunerado y de mayor aceptación. En el prólogo a su libro El cuervo y otros poemas escribe: "Acontecimientos de fuerza mayor me han impedido realizar, en ningún momento, ningún esfuerzo serio dentro del campo que en circunstancias más felices hubiera sido el de mi predilección. Para mí, la poesía no ha sido un fin propuesto, sino una pasión; y las pasiones merecen reverencia: no deben, no pueden ser suscitadas en vista de las mezquinas compensaciones de la humanidad"... ¿Cuántas veces hemos querido echar al inodoro aquello que apenas toleramos a cambio de un salario?

A excepción de El cuervo, su obra poética no ha merecido la altísima consideración de sus relatos y, sin embargo, pocas veces se filtró tanta poesía entre los párrafos de una prosa que supo de los abismos de la mente, de terribles bellezas, de pesadillas, angustias y obsesiones. ¿Qué sería de
La caída de la casa Usher o de Ligeia sin esa vena que precozmente le valió reconocimiento? A los 20 años ya había publicado dos libros de poemas, pero lo que pudo ser una carrera brillante se ahogó en las odiosas y vulgares necesidades cotidianas. Cuando en 1833, habiéndose hecho del concurso de poesía convocado por el Saturday Visiter, fue invitado a cenar en casa de un ilustre señor de Baltimore, pero Edgard tuvo que contestarle que no podía ir porque no disponía de un traje decoroso.

A esto hay que sumarle que distinguidos personajes como Aldous Huxley consideraron públicamente que sus versos estaban escritos para las sirvientas y los ponían como ejemplo de mal gusto en sus tertulias. Tuvo defensores, sí, Baudelaire llegó a decir de él que era uno de los poetas más grandes del siglo y Mallarmé le admiró con devoción. Los abanderados de la modernidad supieron ver en él signos de un nuevo tiempo, hay incluso quienes tienen a Poe como un adelantado del simbolismo y para ello citan su ensayo Filosofía de la composición, donde remarca que la "corriente oculta de significado" ha de resultar siempre "indefinida". Pero la crítica norteamericana nunca estuvo de acuerdo en estas cosas.

Preferían sacarlo del estante para sumergirse en sus relatos, muy populares entre el público de la época. En este espacio debió moverse y como toda personalidad inquieta y genial, supo destrozarlo, reconfigurarlo, aprovecharlo para su propia necesidad. Sus cuentos exploran lo que hoy se denomina inconsciente y que antes era tenido sólo como fantasía o ensoñación. Poe se internó en viajes de opio y alcohol para lograr sus propósitos: zambullirse en los rincones más macabros del yo para hincarle la piel a la angustia. El método, socialmente admitido además, obró también como un escape de la vida dura que le tocó transitar. Huérfano desde pequeño, muy pronto quedó viudo de su querida prima Virginia Clemm, con la que se había casado al cumplir ella trece años, y a partir de allí estuvo solo, porque el destino siempre le arrebataba a las otras que quiso tanto, como Mrs. Helen Stannard, madre de un amigo de la Universidad. Toda esta dolorosa existencia le suministró material para el horror, la necrofilia, el sadismo, la muerte, su fascinación por la catalepsia... "Ya pasó, ya está vencida / la fiebre que llaman Vida", escribe Poe en los versos Para Annie. Años más tarde, Longfelow propondría estos mismos versos como perfecto epitafio para su autor.

Este enero se cumplen 200 del nacimiento de Poe. Si bien nunca perdió vigencia, hoy goza de un interés especial que, pienso yo, tiene mucho que ver con el 11 de setiembre (ese remake de La caída de la casa Usher). Poe es quien mejor entendió el miedo, lo inquietante. Y en estos tiempos hemos venido a darnos de bruces con la verdad: que el horror somos nosotros y ninguno como Poe para tramar con precisión el espanto que supone darse de bruces con uno mismo. Como le ocurre a su William Wilson, que descubre que lo abominable se cierne sobre nuestra propia realidad al no poder determinar si somos realmente nosotros los que habitamos esta vida, o si somos el doble de alguien más. A William Wilson lo acecha un sosias y a nuestro tiempo lo persigue su propia sombra, la estela de sus actos. Es inútil tratar de huir del espejo, ahora lo sabemos y el cuervo lo supo desde antes, por eso nos espía y nos escruta desde sus páginas.

Edgard quiso ser poeta y le salieron unos versos negros. Edgard (is) A. Poe(t).

viernes, enero 23

Pequeñas batallas perdidas

Conforme pasa el tiempo noto que avanza en mí una vocación por el ascetismo, el aislamiento, las ganas de ser un sujeto no contactado en alguna parte perdida del globo. Si de momento no he hecho nada por abrazar ese ideal es porque me detienen algunas dificultades de contexto, como la conexión a internet y el acceso a la televisión por cable para seguir el fútbol, pero el punto no es ése, el punto es que mi mal humor se ha tornado voluble y mis reacciones cada vez más fundamentalistas. Por ello, tal vez lo más saludable sea optar por el retiro.

Hace un tiempo hice una lista de las cosas que más me fastidiaban y entendí que algunas no tendrán solución en el mediano plazo (digamos que es remotamente probable, pero quizá mis nietos vean progreso) y que otras nunca van a cambiar. Entonces me propuse hacer algo por lograr que al menos no se me avinagre el carácter. Sin embargo, tengo que aceptar que he fracasado rotundamente: carezco de aquello que otros aparentemente tienen para tolerar algunas circunstancias de la vida cotidiana. (¿Será 'resignación'?).

Mis fastidios son en verdad pruritos, meras malditas coincidencias, quizá producto de la mala suerte, pero se trata de pequeñeces que han ido creciendo hasta tornarse intolerables, a tal punto que escribo estas líneas a modo de advertencia. Estoy harto de los tipos que hablan gritando por el celular. De las 4x4 que se estacionan sobre las veredas. De las personas que sacan a pasear a sus perros y siembran sorpresas desagradables. De las llamadas telefónicas cuasi persecutorias para convencerme de tomar algún servicio. De las demoras de los carpinteros. De que se equivoquen en mis órdenes los del delivery. De las letras chiquitas en los contratos. De que me quieran vender tilapia por corvina. De que el cliente sea siempre el más jodido. De las serenatas con mariachis en mis noches más cansadas o cargadas de trabajo. Del primer plano de llanto, lágrimas y moco en los noticieros. De los arreglos en las pistas sin señales de desvío. De las bocinas que se tocan sin sentido. De la gente que cruza al otro lado por cualquier parte menos por donde debe. De los noviecitos y los peloteros que pintarrajean las fachadas. De la gente que hace globos con el chicle y los estalla haciendo ruido. De los autos con mufles bullangueros. De los autos que advierten “Atención, atención, este coche está retrocediendo”. De los autos que me echan el smog en la cara. De la música de los supermercados. De los payasos tristes de chistes fáciles. De los esposos idiotas de mujeres hermosas. De las mujeres hermosas que adoran a los idiotas. De la contracultura. De los horóscopos reciclados. De los chifas que no regalan galletitas de la suerte ni toffes de arroz. De Montaner, de Arjona. De las señoras que usan esmalte con escarcha en las uñas de los pies. De las impulsadoras que tratan de embutirnos porquerías. De que me pregunten si quiero agrandar las papas. De los goles de Cubillas. Del "jugamos como nunca, pero perdimos como siempre".

Pero esta no es una capitulación. Por el contrario, quisiera que se tome como una suerte de declaración de principios, las máximas que constituyen mi lebensraum. Yo, a diferencia de Hitler, no voy a invadirlos o masacrarlos, pero es bueno que sepan que soy muy hábil con el taladro Bosch. Habré perdido algunas batallas, pero no la guerra.

Están todos advertidos.

domingo, enero 18

Francescoli, los escrúpulos y las moléculas

Cuando Joaquín me explicó que los escrúpulos son también una medida de peso antigua, utilizada en farmacia y equivalente a veinticuatro granos, o sea mil ciento noventa y ocho miligramos, le perdí el respeto a la gordura y gané mucho en amor propio: de pronto tenía más escrúpulos de lo que yo mismo imaginaba.

Luego leí en un artículo de Manuel Vicent que hay más moléculas en una simple gota de agua que estrellas en todas las galaxias juntas, y le perdí respeto al universo, especialmente después de recordar lo que decía mi profesor de ciencias: que nuestro cuerpo está formado de agua en sus tres cuartas partes.

Por entonces también supe que la justicia británica determinó que las papas fritas de la marca Pringles no son papas fritas porque contienen menos del 50% de su principal componente, la papa: y perdí el respeto por mi paladar peruano del Perú, papero por excelencia.

Otra vez me enteré que el tipo a quien yo tenía como el mayor de los ejemplos de futbolista también había hecho de las suyas y perdí todo respeto por él y por todos los grandes que se roban nuestro cariño. Me refiero a Enzo Francescoli, ese fabuloso uruguayo al que era imposible gritarle algo, aún si eras del equipo que acababa de recibir un gol de sus botines, porque el tipo transpiraba bonhomía, era un tipazo. El caso es que un día las noticias lo colocaron junto a Maradona y Batistuta, entre otros, como sospechoso de fraude a la Dirección General Impositiva, es decir, los que cobran impuestos. Se me vino abajo la imagen del ídolo, dejé de hacerme llamar como él en los partidos del barrio y lo condené al olvido.

Sin embargo, por esas casualidades que tiene la vida y que se dan para enrostrarnos nuestra propia estupidez, descubrí hurgando en Internet el final de aquella historia y debo decir que me siento aliviado. Nunca el respeto por algo o por alguien tuvo tanto valor para mí. Fue similar a recibir el alta después de un tratamiento por cáncer. Recuperé el sentido del respeto. Un viejo link me llevó a un viejo artículo del Clarín y allí encontré lo que mi precipitado desencanto y mis prejuicios me hicieron abandonar hace años: Enzo Francescoli era inocente. Las investigaciones habían determinado que el uruguayo había pagado más de lo que le correspondía, por lo que pasó de supuesto deudor a acreedor. Como dicen por ahí, el tipo era bueno hasta por error.

Afortunadamente los respetos no se gastan. Hoy he vuelto a colgármelo en el pecho... Sepa perdonar el desliz, Maestro.