A Poe le guardo un cariño especial. Es mi Peter Parker literario. Es decir, a Parker le va bien de superhéroe, pero quisiera tener a Mary Jane y el mundo no lo deja. A Poe no le fue mal como narrador, pero siempre quiso que lo llamaran poeta y el mundo se la puso difícil. No porque careciera de virtudes, sino porque le tocó una vida accidentada que lo puso delante de periódicos y revistas para ganarse la vida, allí hubo de optar por el género mejor remunerado y de mayor aceptación. En el prólogo a su libro El cuervo y otros poemas escribe: "Acontecimientos de fuerza mayor me han impedido realizar, en ningún momento, ningún esfuerzo serio dentro del campo que en circunstancias más felices hubiera sido el de mi predilección. Para mí, la poesía no ha sido un fin propuesto, sino una pasión; y las pasiones merecen reverencia: no deben, no pueden ser suscitadas en vista de las mezquinas compensaciones de la humanidad"... ¿Cuántas veces hemos querido echar al inodoro aquello que apenas toleramos a cambio de un salario?A excepción de El cuervo, su obra poética no ha merecido la altísima consideración de sus relatos y, sin embargo, pocas veces se filtró tanta poesía entre los párrafos de una prosa que supo de los abismos de la mente, de terribles bellezas, de pesadillas, angustias y obsesiones. ¿Qué sería de La caída de la casa Usher o de Ligeia sin esa vena que precozmente le valió reconocimiento? A los 20 años ya había publicado dos libros de poemas, pero lo que pudo ser una carrera brillante se ahogó en las odiosas y vulgares necesidades cotidianas. Cuando en 1833, habiéndose hecho del concurso de poesía convocado por el Saturday Visiter, fue invitado a cenar en casa de un ilustre señor de Baltimore, pero Edgard tuvo que contestarle que no podía ir porque no disponía de un traje decoroso.
A esto hay que sumarle que distinguidos personajes como Aldous Huxley consideraron públicamente que sus versos estaban escritos para las sirvientas y los ponían como ejemplo de mal gusto en sus tertulias. Tuvo defensores, sí, Baudelaire llegó a decir de él que era uno de los poetas más grandes del siglo y Mallarmé le admiró con devoción. Los abanderados de la modernidad supieron ver en él signos de un nuevo tiempo, hay incluso quienes tienen a Poe como un adelantado del simbolismo y para ello citan su ensayo Filosofía de la composición, donde remarca que la "corriente oculta de significado" ha de resultar siempre "indefinida". Pero la crítica norteamericana nunca estuvo de acuerdo en estas cosas.
Preferían sacarlo del estante para sumergirse en sus relatos, muy populares entre el público de la época. En este espacio debió moverse y como toda personalidad inquieta y genial, supo destrozarlo, reconfigurarlo, aprovecharlo para su propia necesidad. Sus cuentos exploran lo que hoy se denomina inconsciente y que antes era tenido sólo como fantasía o ensoñación. Poe se internó en viajes de opio y alcohol para lograr sus propósitos: zambullirse en los rincones más macabros del yo para hincarle la piel a la angustia. El método, socialmente admitido además, obró también como un escape de la vida dura que le tocó transitar. Huérfano desde pequeño, muy pronto quedó viudo de su querida prima Virginia Clemm, con la que se había casado al cumplir ella trece años, y a partir de allí estuvo solo, porque el destino siempre le arrebataba a las otras que quiso tanto, como Mrs. Helen Stannard, madre de un amigo de la Universidad. Toda esta dolorosa existencia le suministró material para el horror, la necrofilia, el sadismo, la muerte, su fascinación por la catalepsia... "Ya pasó, ya está vencida / la fiebre que llaman Vida", escribe Poe en los versos Para Annie. Años más tarde, Longfelow propondría estos mismos versos como perfecto epitafio para su autor.
Este enero se cumplen 200 del nacimiento de Poe. Si bien nunca perdió vigencia, hoy goza de un interés especial que, pienso yo, tiene mucho que ver con el 11 de setiembre (ese remake de La caída de la casa Usher). Poe es quien mejor entendió el miedo, lo inquietante. Y en estos tiempos hemos venido a darnos de bruces con la verdad: que el horror somos nosotros y ninguno como Poe para tramar con precisión el espanto que supone darse de bruces con uno mismo. Como le ocurre a su William Wilson, que descubre que lo abominable se cierne sobre nuestra propia realidad al no poder determinar si somos realmente nosotros los que habitamos esta vida, o si somos el doble de alguien más. A William Wilson lo acecha un sosias y a nuestro tiempo lo persigue su propia sombra, la estela de sus actos. Es inútil tratar de huir del espejo, ahora lo sabemos y el cuervo lo supo desde antes, por eso nos espía y nos escruta desde sus páginas.
Edgard quiso ser poeta y le salieron unos versos negros. Edgard (is) A. Poe(t).
