jueves, octubre 29

Gastarse la juventud


Los viejos de mi infancia siempre decían que ser joven consiste en tener proyectos de qué ocuparse y en gozar de una salud aceptable (aceptable, porque la medicina ha avanzado tanto que es imposible encontrar a alguien completamente sano). Pero incluso cuando se es muy viejo uno tiene todavía grandes cosas qué hacer; por ejemplo, morirse. Largarse de este mundo me parece un proyecto tan desmesurado que demanda mucho para que nos salga bien, y mientras no nos llegue esa hora estamos en la obligación de meternos en líos y complicarnos la existencia, porque se piensa que mientras más fértil y grandiosa sea nuestra vida, más digna será nuestra muerte. En fin, el caso es que puestos a decidir de qué manera gastamos nuestra juventud, lo primero que viene a la mente son situaciones ideales, hazañas grandilocuentes, empresas quiméricas... y ya sabemos que la gente sería más feliz, tal vez, si se empeñara en propósitos al alcance de la mano. Ok, entonces qué hacemos con esta juventud: todo parece resuelto o inalcanzable o desalentador.

Los atlantes fueron unos héroes mitológicos que con sus propios brazos separaron el cielo de la tierra, lo elevaron a la estratósfera y todavía lo sostienen sobre sus espaldas. Frente a ese mito, la máxima hazaña que puede hoy realizar cualquiera consiste en cargar con el horizonte, como si se tratara de un decorado de teatro, y montarlo un poco más allá, siempre a tres meses de distancia, y ante él representar la obra de su propia vida entregándose a las más altas pasiones. Por mi parte, tengo la gran aspiración de estirar la felicidad hasta el próximo año. Si logro alcanzar ese horizonte, lo cargaré de nuevo al hombro para plantarlo en el verano siguiente.

Frente al decorado de cada estación del año, la vida puede cobrar una intensidad insospechada si la enfrentamos entendiendo que no hay nada más extraordinario que todo lo ordinario. De pronto, preparar el café de la mañana puede resultar un acto fundacional de dimensión planetaria; cruzar la pista tentando temerariamente las luces del semáforo puede redimirnos de todo un prontuario de cobardías; amanecerse trabajando puede reportarnos la primicia de una estrella fugaz por la ventana; hacer el amor puede convertirse en nuestro personalísimo desembarco en Normandía; en fin, basta correr el horizonte para sentirse un jovencito rodeado de hazañas.

Yo no aspiro más que a una vida sencilla porque así es la muerte, sencilla. Después de todo, nos apagan las luces y a dormir.