jueves, septiembre 17

Canción de tarde (una historia de amor)


Por la letra ya habrás descubierto que soy yo, así que no voy a firmar con acrósticos o seudónimos cifrados. Aquí estoy. He superado la primera instancia de mi cobardía y lo peor que puede pasar es que las cosas sigan como están: tú en la ventanilla cuatro y yo en la tres. Sé que estás de paso, pero no quiero que regrese la chica a quien reemplazas; ojalá de pronto descubra que espera gemelos o que la transfieran, porque a mí me gusta sentir tu olor de mañana, jabón y buenos días cuando irrumpes alborotándolo todo, con una taza de café y un equilibrio digno de admiración sobre esos zapatos que te hacen ver más alta. De un tiempo a esta parte tus detalles son mi pasatiempo favorito. Tus manos, por ejemplo, así de blancas, así de limpias pese a los billetes y los sellos. Hay quienes dicen que por los ojos se conoce a las personas, pero yo digo que más certeros son los datos de las manos. Me gustan mucho tus manos. Siempre me cuesta retomar el control sobre mí mismo cuando aspiro de tus cabellos o cuando sonríes con esa boca ancha, que ni imaginas la cantidad de besos que le he dado en mis ficciones privadas. Aquí estoy. Allí estás, más linda que todas mis ilusiones juntas. Ya no quiero inventar excusas. Basta de fabricar casualidades. Felizmente estamos del mismo lado de la ventanilla. ¿Por qué no aprovechamos la tarde desierta de ahorristas y pagadores?