
Este año se cumplen 110 del nacimiento de Bertolt Brecht.
No soy un hombre de teatro, pero mientras participé de las obras escolares (movido más por la idea de perder algunas clases antes que por vocación), su nombre siempre circuló como signo de una paternidad a la que había que volver. Al final me quedé con el cine y de Brecht no supe más, pero hace poco, buscando material para un artículo, lo reencontré merodeando Hollywood.
Historia de un desencuentro
En 1932 se estrenó en Berlín Kuhle Wampe, codirigida por Slatan Dudow y Bertolt Brecht, y no habría tenido mayor suceso si no hubiera preguntado “¿A quién pertenece el mundo?” La respuesta dejó en claro que nadie más que el pueblo debía gobernar su destino y Hitler, más poderoso que nunca con el Partido Nacional Socialista, se retorció de tal forma en su butaca que un año después Brecht tuvo que dejar Alemania.
El exilio lo llevó hasta Estados Unidos, donde esperaba hacerse de un lugar en la industria del cine. Para entonces, sus teorías dramáticas le habían otorgado cierto renombre y bien podía escribir guiones como dirigir, componer o producir. El salto al cine no era descabellado. Como soldado sanitario en un hospital militar en Augsburgo, durante la Primera Guerra Mundial, había pasado varias horas de ocio frente al aparato ruso de la revolución y la energía de Eisenstein, Dovjenko y Pudovkin le habían seducido al punto de querer aplicar al cine sus experimentos teatrales.
Llegó a California cargado de ideas y proyectos que darían luces acerca de un tiempo que empezaba a cocinar a fuego lento una segunda y larga guerra, pero se dio de bruces cuando los grandes estudios rechazaron sus propuestas. Casi de inmediato comprendió que Hollywood no era lo más apropiado para sus empeños porque estaba lleno de hombres de negocios, no de intelectuales.
Irónicamente, y muchos años después vino a saberse, por esa época sus ideas fueron consideradas más seriamente de lo que imaginó. En 1993, a propósito de la última desclasificación de legajos referidos a operaciones del FBI durante la Segunda Guerra, se supo que el Departamento del Tesoro había evaluado una campaña que pretendía usar las propuestas reflexivas de Brecht para persuadir al público de aceptar nuevos incrementos en sus aportaciones fiscales, tarea que finalmente recaería en una saga de cortos de la Disney con el Pato Donald a la cabeza… (Bertolt, sabrás dispensarlos).
Después de sugerir el argumento de Los verdugos también mueren (1943) a Fritz Lang, Brecht no volvió a colaborar en ninguna película. Según Norman Bunge y Christine Fischer, en My Name Is Bertolt Brecht: Exile in the USA (1989), el dramaturgo siempre tuvo una idea genial entre manos, pero nunca supo cómo librarse del ocio en las playas de Santa Mónica. Embotado de margaritas, solo hacía a un lado los bostezos para criticar a los estadounidenses mientras luchaban en Europa, y esas veces parecía como si el desquite de sus palabras aplacara la bronca.
Brecht terminó su estancia americana en 1947, cuando huyó para no declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, y se instaló en la República Democrática Alemana. No sirvió de nada que Joris Ivens le pidiese su colaboración para La canción de los ríos (1954), porque al final de su vida era un escéptico del cine. Sin embargo, por esos días, muchas de sus obras se llevaron a la gran pantalla, incluso hubo directores que filmaron sus ensayos con la Berliner Ensemble, donde aparece todavía empeñado en la técnica del distanciamiento, pero de la gran pantalla no quiso saber nada.
Curiosamente, la tarde que murió en 1956, en el Hospital de la Caridad de Berlín, un jovencísimo Rainer Werner Fassbinder ingresó para ocupar su cama, preso de unas fiebres alarmantes. Todo un capricho de guionista.
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