sábado, julio 5

El cielo de Saint-Exupéry


Saint-Exupéry apenas cabía en los aviones que pilotaba, no sabía qué decir cuando alguien lo alababa, se sentía piloto entre los escritores y escritor entre los pilotos: era maestro en el difícil arte de sobrellevar la incomodidad. Dicen que solo escribía de aquello que había vivido y que por eso no ingresó a la Escuela Naval: cuando ordenaron una composición de título forzado "Tribulaciones de un alsaciano que vuelve a su aldea natal después de la guerra", él argumentó que no era alsaciano. Esto que podría atentar contra cualquier futuro literario es más bien una declaración de principios, ya que todos sus libros remiten a la biografía: se completan con la historia de su vida y se han tornado interesantes por la historia de su vida.

Sólo El Principito, que escribió por encargo dos años antes de morir, suscita un efecto distinto. Quizá porque la infancia es universal, y de alguna manera todos reconocemos las fotografías de esa arcadia de la que nos sacaron para crecer, y por eso el pequeño príncipe se superpone a Saint Exupéry y nos asalta desde el libro con su emoción. Pero el acecho de la muerte, la desazón en forma de aburguesamiento, la urgencia de acción como resorte literario, la intranquilidad y la insondable perturbación que le producía el mundo, eran tópicos de los cuales solo se sentía liberado en el aire, entregado al vuelo, en medio de la nada, donde faltan tantas cosas que uno llega a sentirse incómodo consigo mismo.

Antoine de Saint Exupéry escribía en el cielo. A tal punto llegaba su amor por las alturas que se negaba a estar informado de las estrategias del Estado Mayor, ya que esos pilotos estaban prohibidos de volar para que no hablaran si eran atrapados. El cielo era lo suyo. En Tierra de Hombres narra cómo en el año 1935, estando aburrido y mal pagado en el departamento de publicidad de Air France, realizando vuelos eventuales para la Compañía Aeropostal en África y en América del Sur, pensó que lo único que podía hacer para solucionar las cosas era batir el récord París-Saigón y ganarse el premio instituido por el Ministerio del Aire. Hacía poco había invertido lo ganado con sus incursiones en el periodismo y con un guión para cine en la compra de un "Simoun", el avión aerodinámico que se llamaba como el viento cálido del Africa.

Tenía la máquina pero no tenía dinero para el combustible. Entonces, propuso a L'Intransigeant una serie de notas acerca del raid con la condición de un anticipo previo. En el diario aceptaron su trato y partió en compañía de André Prevot, un mecánico. En los confines del desierto de Libia chocaron contra la cima de una meseta. Saint-Exupery hace un registro pormenorizado de lo que siguió: la lucha espontánea inicial, la confianza que se va perdiendo, los camellos que pronto se revelan espejismos, los vómitos producidos por beber el rocío recogido en un trapo mezclado con pintura y aceite, la tos seca que anuncia el final, el cuerpo cubierto con arena para esperarlo, y la calma. El beduino que tomaron como último espejismo resulto ser real y los rescató. Les abrió los labios sellados por la sequía con la pluma de un ave y les dio agua antes de llevarlos hasta El Cairo.

Cuando Francia entró al combate en África del Norte, sólo le interesó volver a ser un piloto militar. La acción como condición inevitable de la escritura y la guerra como una página en blanco. Sin embargo, el libro nunca se escribió, porque nunca más se supo de él después de partir de Córcega, en una misión de guerra, una mañana de 1944. Según la biografía que hace Curtis Cate, las conjeturas más inmediatas, las de sus amigos, se inclinan por una falla en la provisión de oxigeno; otros, a partir de las anotaciones de un diario de guerra, suponen que pudo ser atacado por un avión alemán. Otros, a partir de los vasos desbordados de whisky que Saint-Exupéry había empezado a tomar, sospecharon un suicidio. Es cierto que las cosas en tierra no iban de lo mejor, su esposa Consuelo Suncin, jamás se acostumbró a saberlo un aristócrata con serias limitaciones financieras, pero Curtis Cate descarta con énfasis esta última hipótesis, sobre todo porque cuando se hallaron los restos de su avión en el Mediterráneo, rescataron una pulsera con el nombre de Consuelo grabado.

A partir de los hallazgos de la nave, y de las últimas pesquisas en los archivos de vuelo militar, Horst Rippert, un ex piloto de la Luftwaffe nazi de 87 años, ha unido piezas y ha llegado a la conclusión de que pudo ser él quien derribara a Saint Exupéry en el suroeste de Francia disparando sobre las alas. Rippert, entonces de 24, vio el avión hundirse en el mar sin que el piloto se eyectara. "En nuestra juventud todos lo habíamos leído. Él sabía describir admirablemente el cielo, los pensamientos y los sentimientos de los pilotos. Su obra produjo la vocación de volar en muchos de nosotros. Si lo hubiera sabido jamás habría tirado. Nunca sobre él".
(El Comercio/ Agencias)

Me dio por escribir de Saint Exupéry porque la suya me parece una vida de bravos, de esos de antaño; un personaje con la fuerza de los mejores productos de Hemingway o Melville, pero con el toque mágico de John Barry. Y si quieren seguirme en el juego que dice que los libros de Saint Exupéry siempre remiten a su biografía, acabamos de asistir a su último relato: la innecesaria ‘confesión de parte’ de Rippert no es más que otra de sus historias de profunda humanidad, donde se describe el abismo que andamos los pedestres, ése que Antoine conoció muy bien desde las alturas.

Ojos de cielo - Victor Heredia y Leon gieco

3 apuntes:

Martín dijo...

Hola, Giancarlo

Destaco este párrafo tuyo:

« Dicen que solo escribía de aquello que había vivido y que por eso no ingresó a la Escuela Naval»

Comento:

Qué honestidad la del autor de El Principito: finalmente uno es más original al ser más auténtico, y, entre otros motivos, uno empieza a ser más auténtico cuando escribe sobre lo que ha vivido y sobre lo que mejor conoce…

Demás decir que El Principito está entre mis obras favoritas.

Un abrazo

El ornitorrinco dijo...

Hola Martín, gracias por la visita... es curioso, acabo de reparar que mi ejemplar de El Principito está junto a El Príncipe de Machiavello... la persona que ordenó los libros sí tenía un agudo sentido de la ironía. Un abrazo,

RICARDODZ dijo...

HOLA, GIANCARLO

ANTES QUE NADA UN FUERTE ABRAZO Y UN AGRADECIMIENTO MUY GRANDE POR DEDICARLE UN ESPACIO A UNO DE LOS HOMBRES QUE MAS ADMIRO.

HABLAR DE ANTOINE MIS ESTIMADOS, ES HABLAR DE HUMILDAD, DE AMOR, DE PASION, DE VALORES..., ESTE HOMBRE NOS DEMOSTRO CON SU VIDA QUE SE VIVE POR LO QUE MAS SE AMA: "LO QUE DA UNA RAZON PARA VIVIR, DA UNA RAZON PARA MORIR". SUS LIBROS SON UN CANTO AL HOMBRE LIBRE; EN ELLOS SE NOS MUESTRA UNA VIDA DE VERDAD SIN FICCIONES.

ES UNA VERDADERA LASTIMA QUE SUS DEMAS LIBROS SEAN TAN DIFICILES DE CONSEGUIR FISICAMENTE, POR QUE SI BIEN TENGO TODOS, CUARTO DE ELLOS SON DIGITALES.

EL PRINCIPITO ES EXELENTE. PERO LLORE CON LA RIQUEZA NARRATIVA DE TIERRA DE LOS HOMBRES

GRACIAS POR ESTA ESPACIO A TODOS AQUELLOS QUE AMAMOS AL GRAN CONDE DE SAINT-EX