sábado, junio 7

Jugar por jugar

Cuando jugar no necesitaba de artilugios externos, uno podía trasformarse en Mazinger Z o Ultra 7 diciendo “¡Yo soy...!”, e inmediatamente nos trasportábamos a la aventura. Hubo un tiempo en que explorar las copas de los árboles nos dejaba las rodillas destrozadas, o un chichón, o un brazo roto, y ésas eran las mejores medallas que uno podía reclamar; hablo de las tardes en que sentirse marinero, futbolista, millonario o superhombre era tan sencillo y distante del fracaso. Luego llegaron los juguetes. Y no me refiero a los soldaditos de plomo, los camioncitos de madera, las pelotas o los trompos, sino a esos que uno debía poseer para poder ser.

Aquel que conseguía primero el cachivache de moda, trepaba en la escala social de la banda. Claro, esto dependía muchas veces del bolsillo de los padres y de los parientes en el extranjero, pero ser el primero te convertía en punto de referencia y para acceder a ese séquito, debías conseguirte uno de esos preciosos juguetes. Yo nunca fui primero. Es decir, me ha tocado ser primero en cuestiones nada convenientes, por ejemplo, primero en contagiarse de algo, el primero de la fila en quedarse sin boletos, primero en padecer el acné, primero en tener entre sus manos un billete falsificado de 100 dólares, en fin. Pero también hay que decirlo, un par de veces estuve cerca de convertirme en profeta y alzarme con la primicia, pero el destino no tiene favoritos.

Una navidad recibí como regalo un muñeco forzudo en calzoncillos. Sospeché que se trataba de una equivocación, así que usé el juguete como víctima de mis experimentos pirotécnicos y pruebas de demolición, hasta que unos meses más tarde todos empezaron a lucir su musculoso en calzoncillos con orgullo y a llamarlo el defensor del Castillo Grayskull, y yo tuve que resignarme a participar de esas jornadas utilizando uno de los horrorosos muñecos villanos que alguien me prestaba, compadecido.

Poco tiempo después recibí a quien sería otro personaje de antología, Leon-O, que tenía una espada más estilizada que la de He-Man pero un peluquero atroz. El líder de los Thundercats tuvo que ser declarado desaparecido en combate. Aunque lo cuidé sospechando que en algún momento se pondría de moda, nunca más regresó a la caja de juguetes tras ofrecerse como voluntario para ser “el ídolo dorado” que debía encontrar Indiana Jones. Lo enterré en algún lugar impreciso y misterioso del acantilado del malecón de San Miguel, siguiendo las instrucciones de un complejo ritual inventado por mí que tomaba en cuenta la dirección del viento y los ángulos de las sombras. Luego fabriqué una especie de mapa antiguo y cuando llegué disfrazado como el famoso arqueólogo, no hubo forma de recuperarlo. La clave era una piedra rojiza de forma trapezoidal. ¡Pero no estaba! Alguien la había movido para usarla como uno de los postes del arco de fulbito y sin ella, Leon-O jamás pudo ser rescatado de esa tumba ignominiosa.

Decidido a romper la racha, cuando llegaron a mis manos los muñecos articulados G.I. Joe, ni siquiera los saqué de su caja. Fueron acomodados en el más sano rincón del closet, junto al deshumedecedor, esperando el momento exacto para saltar a la palestra. Esperé semanas, que luego se convirtieron en meses, pasó un año, y nada. Los recursos para una situación como esta, hace más de 15 años, eran reducidos, así que hice todo lo poco que estaba a mi alcance: escribí a El Mirador, el señor Kato, que comentaba la programación televisiva en El Comercio, y sustenté la pobreza de la oferta televisiva infantil sugiriendo como series renovadoras, entre otras, a los G.I.Joe, pero nunca me publicaron la carta. Llamé a un par de canales para preguntar si traerían los dibujos animados, pero me colgaron. Hasta que un día, entre el vértigo de las chicas y las fiestas de promoción, surgieron los G.I. Joe bajo el rótulo de ‘Muy pronto’, por canal 2. Pero fue demasiado tarde. Me había perdido de los juegos por pensar en los juguetes.

Ahora los grandes juegan a cosas de gente grande: al monopolio de mercado, a las trasnacionales, al adulterio, a la estrategia financiera, donde hay que evadir acreedores, salvar hipotecas, y disfrazarse de gente seria e internarse en unos horarios oscuros que ofrecen al final un viaje soñado, una casa propia, un nuevo televisor, o un bólido capaz de alcanzar los 300 kilómetros en 6 segundos, pero que solo podremos llevar por la ciudad a 80, porque el juego es complejo y siempre hay reglas, como las de tránsito, y letras pequeñas en los contratos.

Por eso, propongo que una vez a la samana nos sintamos como ese mágico chico que extravió su sombra, no cuesta nada y puede regalarnos mil satisfacciones. Hay que jugar sin juguetes, como antes. Hoy por ejemplo, me provoca ser Sandokan. ¡Yo soy Sandokan… ya canté! Y que vengan los canallas al abordaje.



* La imagen ha sido tomada de http://www.educastur.princast.es/

Jugar por jugar - JOAQUÍN SABINA

1 apuntes:

Martín dijo...

Hola, Giancarlo

Los juguetes que más recuerdo son a unos muñecos de He-Man y de Skeletor (a ésos también los tuve), a unos de la saga de Star Wars, a unos pequeños robots de un anime japonés que nunca se exhibieron en los canales peruanos (al menos por aquel entonces) pero que creo recientemente haberlos visto en un canal de cable. En fin, tu texto me ha hecho traer buenos recuerdos…

Muchos saludos