Hasta antes de mi operación para corregir la miopía, siempre había creído que los robots eran seres mecánicos, pulidos como autos nuevos y de utilidad curiosa e inocua, como ensamblar un perno o dar la hora, y hasta patear tiros libres gracias a un complejo programa que ha gastado miles de horas estudiando los movimientos de David Beckham. Pero desde el advenimiento de mi visión recuperada y sin monturas, he podido constatar que la tecnología y la ciencia empiezan a ponernos en un aprieto en el que, de momento, llevamos la peor parte, pues evidencian algo que nuestro ego humanista se resistía a aceptar: la inteligencia artificial es una inteligencia superior y nosotros somos los robots.
La máquina que pule la cornea del ojo es capaz de obrar una precisión hasta ahora imposible de igualar para cualquier cirujano. El láser, asistido por una computadora, saca de juego al humano en el momento más importante, cuando hay que cortar la lámina corneal; donde antes había una cuchilla quirúrgica (el cenit evolutivo de las primeras piedras de corte primitivo), ahora hay un delicado haz de luz que hace lo propio sin agresión, sin invasión del ojo y de manera cien veces más precisa y eliminando el error humano. Para muchas cosas, ya estamos en manos de las máquinas. Pero esta no es una observación apocalíptica, todo lo contrario, es una invitación a aprender de esos seres de latón que a lo mejor ya tienen el corazón que tanto perseguía el Hombre de Hojalata en su camino a la Ciudad de Oz.
Algunas máquinas para pensar
El AP0201, de los británicos Martin Howse y Jonathan Kemp, es un parco sistema de componentes instalado en medio de la nada: entre las ramas de una enorme secuoya, entre las matas secas del desierto, en la viga de una vieja plataforma petrolera abandonada. Desde sus curiosas posiciones, expuestos a la intemperie y los rigores del clima, estos modelos se dedican a una tarea que cada vez practicamos menos: escuchar. Escuchan el viento, a los pájaros, la arena que se remueve al paso de una lagartija, el crujir de los fierros abatidos por la marea, las gotas de lluvia. Pero no sólo escuchan: reaccionan cambiando su configuración, sus propios códigos, reformulándose, reinventándose en su matriz programática y sus nodos lógicos de acuerdo al estímulo. Las instalaciones de AP0201 simplemente están allí, ajenas a los hombres, los animales y los vegetales; son entes “dinámicos”, y si omitimos lo incongruente: seres vivos. Vistos desde nuestra egolatría mundana, los AP0201 no sirven para nada, es decir, no nos aportan ningún provecho, y lo que resulta peor aún: a esas cajas de circuitos no les importa lo que esperemos de ellos, no les interesamos, no nos necesitan, pues acumulan energía solar y se comunican entre ellos a través de códigos ininteligibles por señal de radio. Es un gancho en la costilla del antropocentrismo.
El LiveForm:Telekinetiks (LF:TK), proyecto germano-canadiense firmado por Michelle Teran y Jeff Mann, nos invita a redescubrir el juego, el espíritu lúdico, a través de algo que hoy en día solo parece posible en las películas de Disney. Se trata de unos utensilios de cocina que arman la fiesta y se mueven al compás de la música. Los tenedores se agitan, las tostadoras se estremecen, las teteras abren y cierran sus picos como haciendo los coros y el que mejor lo pasa es el sacacorchos, que da vueltas en un trance loco y personal. ¿No resulta envidiable? Habría que pasarlo igual de bien en el trabajo. Señor, señora, muchachos: tomen el lápiz del escritorio, o el auricular del teléfono, o la regla de cálculo, use el casco para la percusión, amigo constructor, silbe hasta agotar el aire de los pulmones, zapatee, agite ese cuerpo atiesado de trabajo, estrés y vida moderna. Y si aparece el jefe, pues que se una. Hicimos todos esos objetos para dominar el mundo, ¡no es posible que los objetos se diviertan más que nosotros!
Y si no estamos convencidos de que nuestro lugar está cada vez más en los márgenes de lo funcional, los ANA (Autonomous Non-violent Agents, “Agentes autónomos no violentos”) están allí para recordarnos que pueden tomar nuestro lugar y hasta hacerlo mucho mejor. Frente a los “soldados robot” enviados a la guerra de Irak para desactivar minas o explorar lugares de riesgo, se plantan con talante de piqueteros y huelguistas curtidos los ANA, manifestantes robot que La Fábrica de Cosas Bonitas pretende llevar a cuanta cumbre del G8 y las Naciones Unidas sea posible para tratar de estrujar y conmover esos corazones de plomo.
Las nuevas máquinas crean, progresan, se desinteresan de nosotros y hasta ensayan la filosofía, como aquella balanza de cocina de Roger Ibars que se pesa a sí misma cuando no está haciendo sus tareas para los humanos, como si buscara el autoconocimiento, como si indagara en su identidad metálica, como si sopesara las posibilidades de su suerte. Mientras, nosotros nos alzamos por la mañana al timbre de un despertador y dominados por el rigor de una aguja de reloj, aceleramos o menguamos el paso a fin de cumplir con nuestras tareas cotidianas, tomar el autobús, hacer las compras, pagar las cuentas, reponer energías, volver al ruedo, apuntalar los encargos, ajustar las misiones, planear el mañana, que también será automático. Porque es el papel que nos compete, el de los robots.
7 apuntes:
Hola, Giancarlo
Cuando se habla de inteligencia artificial, yo me pregunto qué se entiende por inteligencia en tal expresión…
Inteligencia no es sólo rapidez para procesar información o capacidad para almacenarla; es también lucidez y libertad para discernirla y elegirla o discriminarla por uno mismo sin necesidad de «programación previa de nadie»; libertad y lucidez que sólo tenemos los hombres y que por eso siempre nos hará superiores a las máquinas, aun cuando seamos más lentos… Ahora, reconozco que tu texto es muy sugestivo y a uno lo deja pensando…
Un abrazo
Lo artificial implica cosas como "pregramación previa" en estos casos, mi estimado Martín, sino estaríamos frente a organismos vivientes... de otro lado, ¿a qué lucidez te refieres? porque tengo varias en la cabeza: la lucidez para sacar mejor provecho del otro y de las cosas, la lucidez de quien vislumbra el movimiento ideal para el jaque mate, la lucidez del niño que pregunta por la utilidad de las cosas inútiles de los mayores, la lucidez del que inventa el dispositivo fatal para el desastre... ¿y la libertad? ¿cuál? ¿esa amortajada por el día a día?... No me ubico entre los futuristas o aquellos que ven en el desarrollo maquínico un tiempo nuevo, sólo he querido señalar la paradoja de que tres lecciones como pueden ser "aprender a escuchar", "aprender a tomarse la vida menos seriamente y dar cabida al juego", o el "compromiso participativo con ciertas causas" nos las estén dando precisamente esos seres menos inteligentes que nosotros.
Imagínate, una máquina escuchándolo todo. Incluso todo lo que los humanos nos rehusamos a escuchar. Me pregunto si seremos capaces de escuchar lo que la "escuchadora" tenga que decir cuando haya escuchado suficiente...
Entonces tal vez haya llegado un tiempo que sea mezcla de de Arthur C. Clarke y Kafka, e incluso tal vez empezaremos a cazar replicantes... (A propósito, ¿se comprobó si sueñan los androides con avejas eléctricas?)
Cada día están más cerca de hacerlo.
La semana pasada alguien ha visto a una cassettera entrar con un Ipod del brazo a un motel en Montmartre.
Hola, Giancarlo
Creo que cometí el error de apartarme del tema central de tu texto, con esa digresión mía sobre la inteligencia artificial.
Y la lucidez con la que me siento más afín es precisamente con una que mencionas: la lucidez del niño que pregunta por la utilidad de las cosas inútiles de los viejos (esa lucidez como la de El Principito, que con una gran sencillez e inocencia evidencia a los adultos el ridículo de muchas de sus pretensiones).
Y esa lucidez exige como condición previa la libertad, esto es: sólo una persona de pensamiento libre se atreve a preguntar por el porqué de las cosas y no las acepta ciegamente como un autómata; sólo un pensamiento libre de todo condicionamiento o presión (de cualquier índole) puede desarrollar una gran capacidad crítica para elegir libremente cuáles ideas asumir y cuáles rechazar.
Dicho esto, aun así una pregunta podría seguir latente: ¿qué es la libertad? Por lo pronto te diré que la libertad es poder hacer no tanto lo que queremos hacer sino lo que debemos hacer. Sé que esta afirmación es muy general y merecería un mayor desarrollo, pero ya mi comentario se haría muy dilatado.
En todo caso, tal cual los he desarrollado, a los términos lucidez y libertad los veo bastante relacionados. De allí que, aunque parezca terco, sólo los humanos somos capaces de soñar con ovejas, sean o no eléctricas =)
Por otra parte, en general, estoy de acuerdo contigo en que debemos aprender a escuchar, a tomarnos la vida menos seriamente, a dar cabida al juego, a comprometernos en ciertas causas.
Finalmente, ya leí tu texto sobre el Mayo Francés, y con algo más de tiempo te compartiré algunas reflexiones. El tema del Mayo Francés me interesa…
Saludos
Hermano:
No me sorprende lo que cuentas, andan de lo más especiales los aparatos... anoche mi refrigeradora se negó a acompañarme en el insomnio, abrí la puerta y la luz no se encendió.
Martín:
De acuerdo contigo, tal vez lo hagan más rápido que nosotros, e incluso mejor que nosotros, pero nunca lo harán como nosotros... (y todavía no sé si eso es una suerte o una pena) Un abrazo
Publicar un comentario en la entrada