Un alumno me preguntó si escribiría algo por los cuarenta años de Mayo del 68. ¿Y qué podría escribir?, me dije, pero esquivé la circunstancia con un truco bajo la manga. La cuestión ha estado dando vueltas desde entonces. Hay fechas que sirven para aplacar la nostalgia, otras para reivindicar la verdad. Pero hay otras que son sencillamente aplastantes, de esas que amanecen como un piano de cola caído desde algún altísimo piso: la grandilocuencia, las cifras o los estragos operan como un efecto telúrico que desencaja el alma. Hay fechas en las que me avergüenzo por varias razones.
La primera es porque se trata de gestas eminentes. Las efemérides están ligadas al relato de los héroes, así estos hayan perdido las causas, y son héroes porque siguen dominando como figuras eternas del relato histórico sobre nosotros, pobres tipos de este ahora. Frente a ellas nos sentimos unos enanos, pues en ese tiempo ocurrieron cosas grandiosas que sujetos rapaces como nosotros no haremos nunca jamás. Se instalan en el imaginario como una inquietud que nos atormentará cada año, como una especie de vocecilla de la conciencia que adereza nuestra insignificancia y nos la echa en cara: “¿Y tú qué has hecho?”
Mi vergüenza se ahonda cuanto noto que estas efemérides se institucionalizan como formas coercitivas: “Debes ser como fulano”, “Tienes que cambiar el mundo”. Los hechos de esas gestas intimidan, porque son evidencias de que el destino existe y uno está obligado a alcanzarlo, y si para ello hay que arriesgarlo todo, no importa, porque si no estás alineado, estás en contra de esos valores suprahistóricos, en contra de la humanidad, de la patria o de algún macroobjetivo frente al cual nuevamente somos unos insectos. Esto me parece atroz, porque atenta contra nuestra individualidad, hunde la vara caliente en el egoísmo, en el pleno derecho a la inamovilidad, y reprocha nuestra falta de espíritu épico.
Sin embargo, no quisiera inducir a una tergiversación. Mi desasosiego con las grandes fechas no implica cancelar las grandes gestas, sobre todo porque pienso que aunque hayan sido un estruendoso y avisado derrumbe, una pizca cambiaron nuestras formas de vivir. La utopía es una cosa que debemos mantener, porque hacia algún norte tenemos que mirar. Lo que intento exponer es que la magnificación de ciertos acontecimientos y su inevitable vocación conminatoria, solo apunta a lograr otra fecha recordable y punto. Porque el cambio, cualquier cambio, el Mayo de París, la Primavera de Praga, la Revolución Cubana y hasta la experimentación con el genoma, no van a llevar a ningún sitio si antes no se ha realizado lo principal: el cambio del hombre. Si la revolución moderna ha sido un fracaso es porque se ocupó de todo, menos de hacer la revolución del sujeto: esa gran excusa, y a la vez, esa gran tarea pendiente.La pretensión de una celebración como los 40 años del 68, debiera tener por objetivo rescatar los comportamientos normales de las personas, y no pretender que sean personas excepcionales. Por ejemplo, ser honesto, es una característica que se puede denominar normal durante muchos años, pero si sobreviene la inestabilidad, si cunde la entropía, probablemente se convierta en una marca excepcional. No es el individuo que cambia, son las circunstancias que lo hacen aparecer así. Su mérito radica en haber mantenido esa conducta independientemente de la situación. Los ideales de igualdad, libertad y fraternidad, son los ideales que inauguraron el mundo moderno, y mantener esos ideales debiera ser una conducta cotidiana. Esa es una cuestión de conciencia, no de jerarquías.
Este mismo alumno que inició mis preguntas me ha regalado varios stickers que reproducen los graffitis de ese Mayo: “La imaginación al poder”, “El patriotismo es un egoísmo en masa”, "Pensar juntos, no. Empujar juntos, sí”, "La emancipación del hombre será total o no será", "¡Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar!". Quise preguntar si sabía qué quería decir todo eso, si los sueños de ese tiempo caben en el presente de ahora, ¿de qué se trata?, ¿de reproducir o actualizar? Pero no. Qué derecho tengo a sabotear su apuesta por el heroísmo. Que siga abrazado de ese otro famoso slogan “Sean realistas: pidan lo imposible”… Fernando Savater cuenta que encontró escrito en un muro universitario español hace algunas semanas lo siguiente: “La esperanza es lo último que se perdió”. Y de allí la vergüenza. Porque me asalta el escepticismo, y mi amigo Javier Baca seguro diría que es la posición más cómoda para enfrentar el problema.
5 apuntes:
Buena reflexión, Ornitorrinco. Y qué lejanos que parecen esos días, de los que nos separan tan sólo cuatro décadas. Hay veces que yo, con veintiséis años, me siento vieja, por una falta de identificación con mi generación en general. Qué querés que te diga, no puedo aceptar que la esperanza se haya perdido y que sigamos estando acá, dando vueltas...
Mariana, si al menos diéramos vueltas y vueltas todos juntos en el mismo sentido, a lo mejor conseguiríamos algo, ¿no crees? no sé, nuevos zurcos donde sembrar o simplemente una marca en el suelo, fea, pero nuestra.
Si regreso siempre por aquí es porque tenés una forma de abordar la tristeza que no se queda en el lamento y eso me encanta. Yo tampoco soy del 68, pero me siento como en la canción.
absurdas y optusas elucubraciones mentales, algunas contra el sistema establecido y otras en contra de si mismos; eso en realidad fue mayo del 68. pero realmente pudiese que eso no fue así, o por lo menos eso es lo que tratan de hacer ver que fue mayo del 68 en muchas de nuestras universidades latinoamericanas.
pero bueno, sera o conveniente o contraproducente una marcha como la que se desarrollo en francia? la pregunta queda abierta, pues en mi muy humilde opinion, esto no conduce a nada, pues no se tenia un norte, no se sabia por que se luchaba ni que si buscaba. total sirvio; pero sera que esto volveria a tener resultado?
Albert, gracias por la visita... me quedo con esa frase de Benedetti cuando le preguntaron acerca del compromiso: "No sé de ninguna batalla que se haya ganado con un soneto, sé de muchas que se perdieron por eso, pero aún así sirvieron para algo; los resultados se ven a largo plazo, y de plazo en plazo a lo mejor al final saldamos la deuda"... Creo que no hay peor gestión que la que no se intenta. Nos vemos.
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