Atila no era el personaje principal, pero era un tipazo: el más malo, el rudo, el que mandaba decapitar gente. Yo componía un personaje turbado, próximo a la esquizofrenia y el sanatorio, y me valía de eso para arruinar intencionalmente los ensayos con alguna broma, una jugada sucia, o improvisando el último capítulo de la telenovela de las 9. Si bien en cada ocasión el director aumentaba su stock de odios y maldiciones hacia mí, lo amigos se divertían de lo lindo. Yo fui el rey de la secundaria. Ese papel y mis bromas habían hecho que mi imagen subiera como la espuma, y que desde la primaria vinieran a reverenciar mis hazañas. Fueron dos meses de fama ganada a pulso a costa de una obra que cada día parecía menos posible de montar.
Honestamente, más allá de mis patanerías, el asunto no marchaba con fortuna. Un tramoyista había caído desde la parrilla de luces y la falta de un seguro de trabajo había puesto al colegio al borde de la inspección ministerial. Luego se prendió fuego un tacho de basura. Los especialistas en rastros dictaminaron que una vieja laca de pelo había entrado en contacto con la colilla de alguien que no debía estar fumando en camerinos, y se había ordenado investigación. Ocurrió también que la señora del vestuario nos cambió, en mitad de los ensayos, por una obra de verdad en el Teatro Larco. Y, por si fuera poco, a una semana del estreno, la niña protagonista debió ser internada para una operación de apéndice. Esta que parecía ser la estocada definitiva, no lo fue. Apareció Bianca para salvar el barco. Bianca, ese primer amor loco e indeleble que todos padecemos alguna vez. Aunque había sido descartada originalmente a causa de los nervios, desde su inadvertida presencia como Doncella #3 había memorizado no solo el texto, sino también los desplazamientos de ese papel que sentía suyo.
Este es el momento en que confieso que yo seguía prendado de ella, como Dante de Beatrice, como Florentino de Fermina… como Kevin Arnold de Winnie Cooper. Pese a nuestra nunca esclarecida ruptura y al noviecito que la escoltaba, yo seguía registrando su perfume todas las mañanas, sus manos blancas y pecosas, su cerquillo alborotado, las marcas coloradas que le brotaban después de cruzar una pierna sobre la rodilla... ¿Qué más puedo decir? Los ensayos hicieron que volviéramos a intimar y en adelante nuestras escenas fluyeron perfectas y cargadas de una energía que contagiaba todo de aires efervescentes, mágicos, muy Broadway y muy profesional; éramos, ¿cómo decirlo?, dos magnitudes insondables, desesperadas, Abelardo y Eloísa, dos cometas listos para estrellarse en Lima e incendiar con sus llamas hasta el mismísimo cielo. Pero (siempre hay un pero), este también es el momento en que empiezo a arruinar las cosas.
Nuestros textos parecían servidos en bandeja de plata para terminar de estropear el hígado del director, todos esperaban esa broma grandilocuente que sellara la faena, sin embargo, lo único que yo podía articular eran torpes balbuceos que intentaban no perder la letra ante esos ojos verdes y demoledores. Desde sus puestos, aquellos que esperaban el movimiento sorpresa, el retruque ingenioso, la travesura desfachatada, empezaron a bostezar y a silbar y a acusarme de blandengue. Entonces, tuve que elegir: la gloria y alabanza de los amigos, o simplemente ella, que siempre había querido actuar (Hamlet, lo tuyo era una bicoca…)
El dilema me desveló varias noches... Después de todo, era solo una obra de teatro escolar, ¿no?... ¡Tenía 15 años, por favor, a esa edad está permitido ser un poco idiota!... Además, ella me había dejado... Pero qué linda se veía en ese traje de sábanas romanas, blancas, inmaculadas… ¡No! ¡No y no! ¡Yo era Atila, y un rey tiene que hacer lo que un rey debe hacer!... De modo que, el día del ensayo general, en presencia de distintas personalidades, lo hice. Durante un pasaje en que Bianca me reclamaba ser más justo con los pobladores del reino, yo respondí improvisando un rollo supuestamente cómico acerca Pol Pot y las masacres de Camboya, haciendo una apología a Deng Xiaopin y el Khmer Rojo y ¡qué viva la China comunista!... Risa general de los amigos (“¡Buena, compadre!”), horror en el director y las señoras del comité, y llanto en Bianca, a quien había estropeado la mejor de sus escenas.
No hace falta detallar los gritos que recibí, las amenazas y advertencias que me hicieron. Y no hace falta y no vale la pena porque sus ojos llorosos los llevé clavados hasta después del verano.
El día del estreno, ella se robó los aplausos (el ojo entrenado de un productor le propondría más tarde filmar un comercial) y también los elogios y la admiración de mis propios secuaces.
Recitó sus textos mejor que en cualquier ensayo sin presión, pero nunca lo hizo mirándome a la cara. Y no me miró hasta varias semanas después, cuando un día coincidimos a la salida de la clase de computación: "Te faltó fuerza en nuestras escenas, ¿sabes?- me dijo- No parecías rey. Ni siquiera Pol Pot".


2 apuntes:
Ouch! Mi novia diría que eres un capullo y lo tienes bien merecido, pero yo te entindo, juro que te entiendo, vale así son, así nos llevan y lo peor de todo es que parece qeu siempre es culpa de nosotros. Saludos desde Madrid, señor Ornitorrinco
Gracias por la visita, Luis. ¿Para cuándo el blog? Un abrazo trasatlántico.
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