"Hay que leer". La frase se repite con variantes ingeniosas en marcadores de libros, en los respaldares del autobús y hasta en los impertinentes paneles publicitarios sobre los mingitorios. Cansados de la invocación racional, de la invitación civilizada, se ha optado por la conminación. "El que lee, triunfa". "Lee, hazte un bien". "Si no lees, ¿qué ejemplo estás dando a tus hijos?". La autoridad ya no es privilegio de la clase política, ahora se desplaza a la cultura y a las formas de entretenimiento, antiguos reductos del desorden y de la exploración de otros mundos. Y las librerías se han comprado la campaña y ponen de su parte: góndolas aerodinámicas, puntualmente iluminadas, café gratis, presentaciones especiales con canapés incluídos, y una oferta tan disímil como desconcertante... "Ok, vamos a leer- dice un bisoño, finalmente persuadido por la propaganda- Pero, ¿por dónde empiezo?". Todo parece importante, todo parece ineludible, todo se presenta en envases seductores. El comienzo y fin de la lectura están en el mismo punto.
"Hay que leer para recuperar la cultura", dice un ascéptico intelectual. ¿Cuál cultura? ¿La suya? Fuera del canon que se construye a partir del flujo de informaciones, pareciera que ningún otro texto merece los esfuerzos conminatorios del polit bureau literario. "Para cultivarse como personas", sostiene una educadora en entrevista por la tele. ¿De veras? De acuerdo con esto, los libros serían como semillitas donde una fórmula tipo Cervantes + Shakespeare + Dante + Joyce+ Borges + Kertész dan como resultado un sujeto más cívico, más tolerante, menos rastrero. "Para ejercer la libertad a partir del espíritu crítico", alega alguien más. Kant + Nietzsche + Husserl + Kierkegaard = nuevas generaciones superiores.
Hay un ideal que alcanzar dentro de la fiel tradición de occidente, un destino que debe lograrse a través del libro, pero ese ideal es uno solo y nada más: el de la clase ilustrada. El destino está para ser cumplido, señores. Por eso, jovencitos del mundo: hagan a un lado el brinco de sus hormonas, a un lado su desconcierto y sus temores para dejar paso a La Celestina, a Madame Bovary, a Los hermanos Karamazov, a La tía Tula. Suspendan su incredulidad, he allí la vida. "¿Y qué hago conmigo?", se defiende un púber con acné, que además ha entendido que sus problemas no tienen nada que ver con esos bolcheviques, ni con esa señorita tuberculosa, ni siquiera con el anacrónico Enrique, de Corazón. Quizás allí y no en el marketing (como sostienen los palurdos) resida el éxito de Harry Potter, porque la Rowling, como Samuel Johnson, entendieron que la lectura es una forma de interesarse por las propias preocupaciones, por "aquello que sentimos próximo a nosotros, aquello que podemos usar".
¿Cuánta culpa tienen los lectores que no encuentran un autor que refleje sus fascinaciones, sus extravíos, sus dudas, sus locuras contemporáneas? No sé si hay una crisis de lectores, tal vez haya una crisis de enganche, de sintonía. Siempre hay un roto para un descosido, dicen, pero no siempre un libro para cada lector. Sin embargo, aún así, también existen personajes como el muchacho apocado, calladito, en segundo plano, aparentemente nulo, digno de lástima y con prescripciones adelantadas de depresión, pero que resulta ser un exégeta en el mundo de Tolkien o Lovecraft.
Leer es solo una manera de vivir. La mejor manera de vivir es la vida misma. Es idiota proponer dicotomías, porque no es posible preferir la lectura al rock and roll o los videojuegos o la televisión, y viceversa. Por eso la conminación me resulta tan antipática. Imagino un consejo de libros vetustos tomando decisiones a voto en un ágora amenazada por las polillas para decidir la obligatoriedad de la lectura, renegando de una renovación que no llega porque el mundo ha cambiado y la vida, esa señorita descocada e inquieta, ha irrumpido en el silencio de las bibliotecas.
Nuestra educación libresca nos conmina a defender el libro. Finalmente, es la "mamma", la estampa de nuestro orgullo moderno, muy humanista, muy ilustrada y muy revolución del XVIII. Los libros quieren seguir dando cuenta de la vida, pero encuentran resistencias. Como ocurrió con la palabra ante la irrupción de la escritura. Platón nos recuerda muy bien esto, en el Fedro están sus argumentos, recelosos, anclados en una época, contrarios al texto escrito. Como en ese entonces, el mundo ha dado un paso más allá: hoy es más sensorial, más dinámico, menos estricto, más total.
El mundo llama a la puerta. Hay que abrirle y salir a jugar. No hay que salir a buscar al Quijote, hay que dejar que él nos confunda con molinos, que nos encuentre confundidos con la vida. Luego, seremos sus discípulos.
"Hay que leer para recuperar la cultura", dice un ascéptico intelectual. ¿Cuál cultura? ¿La suya? Fuera del canon que se construye a partir del flujo de informaciones, pareciera que ningún otro texto merece los esfuerzos conminatorios del polit bureau literario. "Para cultivarse como personas", sostiene una educadora en entrevista por la tele. ¿De veras? De acuerdo con esto, los libros serían como semillitas donde una fórmula tipo Cervantes + Shakespeare + Dante + Joyce+ Borges + Kertész dan como resultado un sujeto más cívico, más tolerante, menos rastrero. "Para ejercer la libertad a partir del espíritu crítico", alega alguien más. Kant + Nietzsche + Husserl + Kierkegaard = nuevas generaciones superiores.Hay un ideal que alcanzar dentro de la fiel tradición de occidente, un destino que debe lograrse a través del libro, pero ese ideal es uno solo y nada más: el de la clase ilustrada. El destino está para ser cumplido, señores. Por eso, jovencitos del mundo: hagan a un lado el brinco de sus hormonas, a un lado su desconcierto y sus temores para dejar paso a La Celestina, a Madame Bovary, a Los hermanos Karamazov, a La tía Tula. Suspendan su incredulidad, he allí la vida. "¿Y qué hago conmigo?", se defiende un púber con acné, que además ha entendido que sus problemas no tienen nada que ver con esos bolcheviques, ni con esa señorita tuberculosa, ni siquiera con el anacrónico Enrique, de Corazón. Quizás allí y no en el marketing (como sostienen los palurdos) resida el éxito de Harry Potter, porque la Rowling, como Samuel Johnson, entendieron que la lectura es una forma de interesarse por las propias preocupaciones, por "aquello que sentimos próximo a nosotros, aquello que podemos usar".
¿Cuánta culpa tienen los lectores que no encuentran un autor que refleje sus fascinaciones, sus extravíos, sus dudas, sus locuras contemporáneas? No sé si hay una crisis de lectores, tal vez haya una crisis de enganche, de sintonía. Siempre hay un roto para un descosido, dicen, pero no siempre un libro para cada lector. Sin embargo, aún así, también existen personajes como el muchacho apocado, calladito, en segundo plano, aparentemente nulo, digno de lástima y con prescripciones adelantadas de depresión, pero que resulta ser un exégeta en el mundo de Tolkien o Lovecraft.
Leer es solo una manera de vivir. La mejor manera de vivir es la vida misma. Es idiota proponer dicotomías, porque no es posible preferir la lectura al rock and roll o los videojuegos o la televisión, y viceversa. Por eso la conminación me resulta tan antipática. Imagino un consejo de libros vetustos tomando decisiones a voto en un ágora amenazada por las polillas para decidir la obligatoriedad de la lectura, renegando de una renovación que no llega porque el mundo ha cambiado y la vida, esa señorita descocada e inquieta, ha irrumpido en el silencio de las bibliotecas.
Nuestra educación libresca nos conmina a defender el libro. Finalmente, es la "mamma", la estampa de nuestro orgullo moderno, muy humanista, muy ilustrada y muy revolución del XVIII. Los libros quieren seguir dando cuenta de la vida, pero encuentran resistencias. Como ocurrió con la palabra ante la irrupción de la escritura. Platón nos recuerda muy bien esto, en el Fedro están sus argumentos, recelosos, anclados en una época, contrarios al texto escrito. Como en ese entonces, el mundo ha dado un paso más allá: hoy es más sensorial, más dinámico, menos estricto, más total.
El mundo llama a la puerta. Hay que abrirle y salir a jugar. No hay que salir a buscar al Quijote, hay que dejar que él nos confunda con molinos, que nos encuentre confundidos con la vida. Luego, seremos sus discípulos.
2 apuntes:
Buenas tardes, de acuerdo con su contador de visitas soy el visitante número dos mil.
Espero instrucciones para recibir mi premio.
Afortunado visitante # 2000, debe dirigirse al paseo de los lagos, ubicarse en el parque recreativo infantil y sentarse en un columpio verde; impúlsese y disfrute.
atentamente,
el comité
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