lunes, abril 28

El árbol



La esquina del viejo barrio ya no es la misma. Siempre tuvo algo especial ese lugar donde los carros pasaban cada quinientas veces y teníamos la pista entera a disposición de nuestras escondites. En la esquina había un árbol sobreviviente, un gigante despeinado que todos recordaban siempre allí, desde que mamá era pequeña y San Miguel sólo chacras y naranjas. Los años le sentaban bien. Pese a los terremotos, las dictaduras y sabe dios cuántos atentados por parte de niños que treparon sus ramas, se erguía firme y orgulloso.

Era un árbol bueno, me gustaba imaginarlo como una especie de abuelo, siempre echándonos un ojo desde su rincón, bien dispuesto a brindarnos el cobijo de la sombra, complaciente, aún cuando alguna tarde alguien lo meara o probara puntería con sus pájaros. Quién sabe si de haber crecido persona hubiera sido uno de esos doctores que lo hacen sentir a uno mejor con un truco de mago o un bastón de caramelo. Era un cómplice de lujo, incapaz de señalar a ése que erró el penal y reventó el vitral de la iglesia, siempre listo para formarse entre los sospechosos comunes. A lo mejor fue él quién urdió nuestras fechorías, para después reírse, orondo, viéndonos ponchar las llantas de los novios de las hermanas o incursionar clandestinamente en casa de la vecina para desvalijar su jardín de girasoles, esos que opacaban su reinado en la calle.

Sin embargo, hoy que el azar me depositó por esos predios, descubrí que el barrio está hecho un adefesio; es una comarca miserable, un jironcito decadente sin el viejo caballero que regía sus principios. Dicen que lo echaron sin aviso, que lo traicionó un consejo de señores, que lo rodearon, y aunque resistió con sus mejores mandobles, dicen que fue en la espalda que recibió el primer ardor de bayoneta. Era demasiado necio para negociar, demasiado hombre para pedir piedad. No estuvieron los amigos, los compinches de la cuadra, la patrulla de pillos, la tropa del Capitán Futuro, los émulos de He-man, los petizos bullangueros; tampoco la señora del 356, que a golpe de cinco nos regalaba adoquines de frutas en las tardes de verano, ni el veterinario del 321 que además nos reparaba las bicicletas y los skates; no tuvo al alcance ninguno de esos días de pantalones sucios intercambiando figurines y jugándonos la vida al yan ken pó. Y tampoco estuve yo, que me largué hace años.

Tal vez sea el destino y su caprichosa manera de decir que no somos los mismos, que no podíamos serlo siempre, y que ahora nos toca andar otros barrios y jugar a los juegos de la gente grande. O tal vez el ficus se rindió, cansado de vernos grises, de vernos pasar al lado sin devolverle las sonrisas, cansado de esperarnos para compartir la sombra de sus ramas y el plan de travesuras, cansado de pensar que a lo mejor el próximo verano sería como antes.

Quién sabe, después de todo, era mucho más que un tronco viejo.

2 apuntes:

Pequeño Cuervo dijo...

Siempre hay que dudar de los chismes hasta no corroborar con nuestros propios ojos...aunque es verdad que "cuando el río suena es que agua lleva".
Tal vez este personaje quiso ir a buscar nuevas historias, reirse con nuevos silencios y hablar con nuevas miradas. Sólo tal vez...

He regresado con nuevos bríos y nuevas perspectivas. Eché a andar un nuevo vuelo, lo veo en el recorrido.

Luftmensch dijo...

"un gigante despeinado", qué imagen, hermano. Bellísimo post. Un abrazo desde acá.