viernes, julio 10

En blanco y negro

Tiene un encanto especial tirarse en el sofá a dejar pasar las horas mientras seguimos por televisión algún clásico del cine en blanco y negro. No sé si es la tarde, o el domingo, o el domingo por la tarde, pero uno puede de pronto verse invadido de fantasmas, transportado a tiempos idos, mitológicos, a ciertas versiones de futuro que delataban la precariedad de su utilería pero la solidez de sus dramas. A veces es como meterse dentro de un afiche, caminar por entre las luces de una maquesina para acomodarse al lado de Gary Cooper, Katherine Hepburn, Montgomery Clift, Bette Davis, Jimmy Stuart, Marlene Dietrich, Steve McQueen, y sentirse del otro lado del mundo, en otra orilla, a salvo de la vida, con los pies balanceándose en el vacío mientras le lanzamos piedritas al puto mundo real.

Siempre me han gustado las películas que los viejos llamaban "de romanos" y que en la Universidad Chacho, Ricardo y Emilio llamaban, siguiendo a los críticos franceses, péplum. Confesión de parte: esta vocación por el género tiene que ver con mi afición a la épica, pero sobre todo con mi devoción por sus personajes femeninos, desde Ruth hasta Esther, pasando por Dalila, y desde Clitemnestra hasta Semiramis. En la escuela italiana donde me educaron, no nos importó ver caer al Imperio Romano con Sofía Loren a la cabeza. Tenían la buena costumbre de pasarnos películas aprovechando el viejo proyector del Auditorio Raimondi y allí, entre butacas con olor a madera seca y telas guardadas, nos picó el mosquito de la primera fiebre sexual, aquella que nos hacía dormir vencidos por la imagen de mujeres tentadoras como la Lollobrigida, Barbara Brylska, Sylva Koscina, Laura Antonelli y Rossana Podestà en su papel de Helena de Troya. Ellas fueron las maestras de nuestra educación sentimental, creo que todos pasamos la materia con honores y lo mejor de todo es nunca nos tomaron un examen.

Todos estos seres en blanco y negro fueron maravillosos pretextos para soñar y dejar ir la imaginación más allá de donde nuestros padres nos daban permiso. Volver a ese mundo en escala de grises es como obrar una resurrección masiva. Y eso está muy bien, porque hubiéramos querido que no se murieran, que no se acabaran, que no se fueran, que no los hubiéramos olvidado. La más grande de todas, Casablanca, nos repite que Bogart ya no está, y nos gusta pensar que está peleando contra los fascistas en alguna parte de Europa. Tampoco Peter Lorre, al que pensamos auxiliando a la libertad para que no se asfixie, ni Ingrid Bergman, que nuestro empático corazón pro Rick la condena a vagar por el mundo buscando el París que dejó ir. Tampoco está Dooley Wilson ni las viejas canciones, porque el tiempo pasa y un beso es un beso, un suspiro es sólo un suspiro y las cosas fundamentales suceden mientras el tiempo pasa.

Todos estos sueños parecen muertos en el mundo real, pero por suerte tienen otra vida... en blanco y negro.

viernes, julio 3

Reivindicación del yan kem po

Maspro Denkoh Corporation, un gigante japonés que colecciona obras de arte como los dragones antiguos sometían a las princesas, está a punto de decidir qué hacer con los US$20 millones que representan un paisaje de Cézanne, una callejuela del primer Picasso y la vista que Van Gogh pintara desde un galpón parisino. ¿Christie’s o Sotheby’s? Ambas casas de subasta son serias y han extendido contratos importantes. La decisión de Maspro Denkoh recae en Takashi Hashiyama, el hombre a cargo. Un pequeño comité lo observa orientalmente en el salón de directorio de vidrios impolutos y aire muy chic. Finalmente, se alisa el traje, resopla como si escupiera el corazón de una manzana atravesada en el pescuezo y decide que habrá que echarlo al yan kem po, un recurso milenario tan digno como el cara o cruz, ideal para desfacer entuertos sin sentirse culpable. Christie’s y Sotheby’s se batirán a un duelo de piedra, papel y tijera.

Hubo un tiempo en que todas las formas de la justicia y la democracia se dirimían en el yan kem po. Piedra, papel y tijera, representados en un juego de dedos alzados o recogidos, eran las armas totales. La piedra rompe las tijeras. El papel envuelve y atrapa a la piedra. Las tijeras hacen trizas al papel. La teoría de juegos matemática reduce el asunto a un problema de elección aleatoria. Pero como no son máquinas los involucrados, la psicología e intuición se mezclan en esta lúdica actividad. “No se trata de predecir qué es lo que tu oponente va a sacar. Es, más bien, predecir lo que tu oponente cree que tú vas a lanzar”. Esto lo dice Bob “The Rock” Cooper, campeón absoluto en el 2006 de la World Rock Paper Scissors Society (www.worldrps.com). Sí, hay jugadores profesionales y un torneo internacional del piedra-papel-tijera.

Existe un fino vértigo detrás del yan kem po, de pronto el cuerpo es invadido por un flujo que encoge el pecho y nos pone la piel de gallina. Como los curtidos jugadores de póker, hay quienes optan por no mirar a su oponente, otros que lo enfrentan con la mirada más conveniente. Se trata de un ajedrez de engaño, de la inseminación de la duda, de un juego de velos e intenciones que se proyectan para operar, al final, cualquiera de las demás alternativas.

La variante con el "lagarto" y "spock" es obra de Sheldon Cooper, el mejor personaje de la serie The Big Bang Theory. La lógica es la misma, pero la grandilocuencia, más compleja: “Las tijeras cortan el papel, el papel cubre a la piedra, la piedra aplasta al lagarto, el lagarto envenena a Spock, Spock destroza las tijeras, las tijeras decapitan al lagarto, el lagarto se come el papel, el papel refuta a Spock, Spock vaporiza la piedra, y, como es habitual… la piedra aplasta las tijeras.”

El yan kem po es como la definición por penales. Hay dos frente a frente que se juegan la gloria o el oprobio. Dicen que no hay penal errado sino mal pateado, porque todos los penales deberían entrar. Pues, en el yan kem po no hay jugada mala, porque todas tienen la misma carga del destino. Si el delantero falla el penal será condenado, si el portero ataja será endiosado. Pero si uno pierde al yan kem po, habrá sido todo culpa de los dioses. Es la forma más digna y humana de perder, porque la culpa nunca es de uno.

La suerte de los cuadros de Takashi Hashiyama se decidió en Londres. Los representantes de cada casa de subasta se sentaron frente a frente. En vez del tradicional mano a mano, escribieron su opción en una hoja. La tijera de Christie’s cortó el papel de Sotheby’s y el Cézanne se vendió en 12 millones de dólares. Luego seguirían otras dos partidas por el Picasso y el Van Gogh. De esta manera, Hashiyama aliviaba cualquier mala decisión y Sotheby's y Christie's practicaban la revancha. Porque el yan kem po siempre da revanchas.

jueves, junio 25

Dicen que se van de a tres

Dicen que se van de a tres. Hace unos días fue David Carradine, el pequeño inolvidable saltamontes de la serie Kung Fu. Y hoy, de un sopetón, Michael Jackson y Farrah Fawcett... Últimamente se está muriendo gente que antes no se moría.

¿Por qué nos duele? Sospecho que el asunto va más allá del fanatismo o la idealización. Sospecho que el asunto tiene que ver más con nosotros mismos de lo que en verdad calculamos. Nos apena la certeza de la muerte, comprobar que realmente existe y que ni el despiadado Bill, ni el plástico bailarín alado de Thriller, ni el ángel de cabellera imponente y sensual, fueron capaces de burlar a la Parca. Nos apena que exista el fin, porque hacia allí nos encaminamos todos. La muerte de los otros es sólo una forma vicaria de llorar nuestros propios miedos.

Nos entristece la muerte porque enrostra la precariedad de este paquete en que venimos envueltos. A las injurias de la edad hay que sumarle las injurias del mundo. Apenas somos como esos caracoles de mi parque que se arrastran en las noches húmedas cargando su casa y tardan una vida en cruzar a otro lado igualmente improbable e incierto... si es que antes no nos pisa un sujeto inmensísimo que hacía footing para, a su vez, escurrirse de la muerte que andaba tras los pasos de su miocardio. Apenas somos un instante, un adefesio orgánico, un conjunto sustituible de partículas.

Quizá por eso tentamos la gloria, para burlar nuestro origen rastrero, para engañarnos, que es la mejor fórmula para soportar la vida. En la muerte de los otros se nos muere también un poco de pasado, un poco de futuro -¿por qué no?- una esquina de la infancia, una página de la bitácora, una certeza que creíamos ganada. Se nos marchita en cierta forma la seguridad, se estrechan las angustias, se hacen pesadas las sonrisas.

Que se muera la muerte o, por lo menos, que pierda "su asquerosa puntualidad".

viernes, junio 19

Disparos y disparates

Si algo me entretiene mientras espero en los cafés es la conversación de las mesas vecinas. Perdonen la indiscreción, pero más allá de la cháchara de trámite y las frases obvias, uno puede toparse de vez en cuando con cosas reveladoras. Una de las tres señoras que conversaba detrás de mí le dijo a las otras: "Yo no me hubiera casado con mi marido si no fuera un hombre hecho a sí mismo"... Ante este disparo, fue imposible que mi cabeza desocupada no le diera vueltas a la idea, y lo primero que me vino a la cabeza es ¿cómo alguien sabría que otra persona estaba hecha "a sí misma" si no era desde "él mismo"?... en fin.

Creo que la metáfora del "hombre hecho a sí mismo" es falsa y el problema es que el hombre hecho a sí mismo está llamado a ser la encarnación del modelo de la época, pero no gracias a que gana una lotería y lo consigue todo, sino gracias a que lo consigue por sus propios medios, con sudor y lágrimas, nada gratis, lo cual lo convierte en ejemplo de fortaleza y voluntad de poder (generalmente económico); es un individuo tenaz que forja su propio destino de éxito y, una vez culminada su automanufactura, configura la de mucha otra gente. Todo ello llevando en las alforjas, al parecer, sólo un yo: ganador, imbatible, vigoroso, infatigable, y por supuesto sin circunstancias adeversas, un titán de la vida cotidiana.

Si tal cosa fuera posible, uno recién conocería al hombre "hecho a sí mismo" sobre los ... ¿45, 50? El hombre hecho a sí mismo llegó sin nada y lo consiguió todo por sí mismo, sin ayuda. Una mentira gigantesca, una falacia ontológica, una imposibilidad material. Ese hombre ¿nunca hizo una llamada desde el teléfono inventado por Bell? ¿No recorrió una carretera pagada con los impuestos de los contribuyentes? ¿No encendió una bombilla de Edison? ¿No fue amamantado por su madre o, al menos, por una loba romana? Ese hombre que crea sus propias oportunidades, ¿no tuvo un maestro de estrategia? ¿Nadie le enseñó a jugar a las canicas o al ajedrez? ¿No aprendió nada de sus compañeros de juego? Y sus conocimientos, ¿no los adquirió en algún colegio público, inventado por los ilustrados, financiado por los ciudadanos, atendido por profesores? ¿O tal vez en uno privado, pagado por alguien, aunque fuera en forma de beca otorgada a su talento precoz? No. Ese hombre afirma haber aprendido de la vida, pero ¿es que nunca leyó las voces de otros tiempos? ¿Es que no escuchó jamás a los pescadores del puerto o los consejos de su hermana? ¿Es que no se detuvo, siendo niño, a observar una fila de hormigas? Ese hombre que desconoce la debilidad, ¿acaso nunca saboreó la delicia de ser consolado por otras palabras? ¿Es que habla solo? Ese individuo firme, que controla todas las situaciones y jamás se deja llevar, ¿es que no recibió nunca el regalo de otro cuerpo? Ese hombre al que nadie ha visto llorar porque se encierra en el baño, ¿no sabe que el saneamiento lo inventaron los romanos? ¿Cuánto de los otros lleva sobre sus espaldas el hombre hecho a sí mismo?

De por sí es tan complicado ser uno mismo que hacerse uno mismo resulta un imposible. Ahora bien, la pregunta es, ¿a qué venía todo esto?... Mejor olvídenlo, seguro era un disparate.

viernes, junio 12

¿Y si no pasara nada?

Delante del televisor, ante el inventario de acontecimientos de los últimos días, quizá ganado por el sueño y la mala digestión, me asalta la pregunta: ¿Y si un día no pasara nada? No es una pregunta muy original, pero me he entretenido con ella en las noches de insomnio.

Si nunca pasara nada no habría asesinatos, ni robos, ni violaciones, ni accidentes, ni abusos sexuales, ni accidentes de tránsito, ni atentados terroristas, ni ataques al corazón, ni cáncer, ni frío, ni gripes, ni terremotos, ni atracos a mano armada, ni genocidios, ni crímenes contra la humanidad, ni secuestros al paso, ni tortura, ni clonación de tarjetas de crédito, ni fosas, ni cárceles, ni agendas secretas, ni cortinas de humo, ni represalias, ni amenazas; tampoco niños soldados, ni trata de blancas, ni bombas, ni minas antipersonales, ni sillas eléctricas, ni goteras, ni llantas que se ponchan, ni divorcios, ni olvido, ni desdicha, ni lágrimas, ni miedo.

Pero si nunca pasara nada tampoco habría cumpleaños, ni cenas, ni cines, ni descanso, ni café. Y no existirían las librerías, ni los gimnasios, ni los mercados de colores, ni los viajes, ni las series de televisión, no nacerían niños, no habría primer día de vacaciones, ni llegaría nunca la temporada de las mandarinas, ni del verano y las chicas ligeras de ropa, ni helados, ni sonrisas, ni sexo, ni bromas; tampoco solidaridad, ni confianza, ni regalos, ni malecón, ni mar de noche, ni estrella favorita, ni canciones, ni amigos, ni novias, ni amantes, ni cervezas, ni poemas, ni fútbol, ni retos, ni minifaldas, ni spaghetti, ni esperanza.

Parece, por tanto, que el hecho de que sucedan cosas no es, en sí mismo, bueno ni malo, dado que cuando suceden cosas pueden suceder cosas buenísimas y cosas horribles. Pero, ¿qué significa, desde un punto de vista puramente objetivo, que "pase algo"? Puede parecer una pregunta ociosa, pero es muy interesante. Alguien puede decir que cuando pasa algo, algo se transforma. Sin embargo, también podríamos citar a Parménides y de esta forma quedarnos al final con un palmo de narices.

Parménides plantea que las cosas no pueden ser más que como son, dado que el mundo es real. Esta que parece una idea obvia es complejísima pues revela que nunca sucede nada, porque todo lo que sucede es real y no podría haber sucedido de otra manera. Para Parménides no hay trasformación, sólo materia objetiva, invariable, su doctrina es la afirmación del ser y el rechazo del devenir. Por eso nadie se baña dos veces en el mismo río y por eso los aviones no se retrasan, porque llegan cuando llegan y porque en ese momento en que llegan es cuando "realmente" llegan, nunca podrían llegar "antes". De este modo, la realidad según Parménides no es una teoría o una posibilidad, simplemente es.

Entonces, ¿qué sucedería si nunca pasara nada? La respuesta que daría Parménides o los viejos que han vivido lo suficiente, es que en realidad nunca pasa nada porque nada podría pasar de otro modo. No tiene nada que ver el predeterminismo, ni el horóscopo, ni el destino. Simplemente es así. Lo que pasa hoy no tiene la pretensión ni la intención de hacernos felices o desdichados; las cosas, los hombres, los países, los políticos, la economía, los intereses, las luchas, la vida y la muerte sencillamente son.

Puede parecer un enjuague barato, un guiño a la resignación, la imperturbabilidad y la inmovilidad, pero me gusta mil veces más esta teoría que la que parece cumplirse alrededor todos los días: que las cosas que pasan nunca transforman nada, o como diría Lampedusa, que "todo cambia para que todo siga igual".