viernes, febrero 10

La canción de Dickens


Para Charles Dickens la vida no fue fácil. Su padre fue encarcelado por deudas cuando tenía 12 años y eso lo llevó a trabajar en una fábrica de calzado, donde experimentó la dura vida de las clases desfavorecidas de su país. Se impuso la lectura y la escritura para poder ascender y apoyar a su familia y lo consiguió de manera autodidacta. Pronto obtuvo un nuevo empleo, esta vez como pasante de abogado. Había sido un gran avance, sin duda, pero Charles soñaba con hacerse dramaturgo y periodista. Aprendió taquigrafía, comenzó a escribir crónicas de tribunales para luego convertirse en periodista parlamentario y, finalmente, bajo el seudónimo de Boz, publicó en 1833 una serie de artículos inspirados en la vida cotidiana de Londres.

En 1836 contrajo matrimonio con Catherine Hogarth, hija del director del Morning Chronicle, el periódico que difundió, entre ese año y el siguiente, el folletín de Los papeles póstumos del Club Pickwick, y los posteriores Oliver Twist y Nicholas Nickleby. La publicación de sus novelas por entregas resultó un éxito y la oportunidad de intervenirlas en función de la actualidad londinense le dieron un gran impulso al escritor.

A medida que los años pasaban, su estilo cambió de un tono ligero a uno de mayor compromiso social. Ejemplo de ello fue Oliver Twist, obra que le dio un gran renombre a nivel internacional, sobre todo en los Estados Unidos, país que visitó en 1842 y del que quedó decepcionado. Sus críticas, reflejadas en una serie de artículos y en la novela Martin Chuzzlewit, indignaron a los estadounidenses y la novela supuso el fracaso más sonado de su carrera en el viejo mundo. Pero todo eso quedó en el olvido un año más tarde con la publicación de Canción de Navidad, historia que ha sido adaptada en miles de oportunidades debido a la universalidad de su tema: la tolerancia y la caridad como valores. 

Dickens decidió entonces ampliar su radio de acción e incursionó en la dramaturgia y el periodismo con la fundación del efímero Daily News. Tras el cierre del rotativo, se dedicó a la que sería una de las novelas más perfectas de su carrera: Dombey e hijo (1848). En ella, maneja de forma genial los recursos literarios y la posibilidad de planificar detalles y poder volver atrás para afinarlos (a diferencia de sus primeras entregas). Esto le dio una unidad inquebrantable a la historia. 

En 1849 Charles Dickens fundó el Household News, un semanario donde además de promover nuevos talentos, como su amigo Wilkie Collins, publicó La casa desierta y Tiempos difíciles, ambas aclamadas desde su salida. En las páginas del Household News aparecieron también diversos ensayos, casi siempre orientados hacia una reforma social. Y aunque todo iba bien en su carrera, su vida personal era por demás complicada. Las constantes infidelidades y reproches de su esposa terminaron en separación. El hecho constituyó un escándalo que debió ser aliviado por el mismo Dickens desde su trinchera semanal. 

Ese mismo año, emprendió un viaje por Irlanda y el Reino Unido, adquirió la casa donde había transcurrido su infancia y la convirtió en su residencia permanente. En 1867, inició una gira en Estados Unidos que confirmó su notoriedad mundial. Incluso llegó a ser recibido por la reina Victoria poco antes de su muerte, acelerada por las secuelas que un accidente de ferrocarril dejó en su ya débil estado físico, en junio de 1870. Sus restos reposan en la abadía de Westminster, tras unos grandes funerales acordes con su legado. Este 7 de febrero habría cumplido doscientos años “el abogado de las clases deprimidas”- como lo describieran en un panegírico- y creo que precisamente allí reside el secreto de su tremenda actualidad.

viernes, febrero 3

Los dueños del mundo

Estudié en una escuela italiana como digno hijo de mi viejo. Recuerdo un día de esos, recuerdo a una profesora, con seguridad era 1992. El coche bomba en la calle Tarata había dejado una marca oscura en nuestros corazones. Esa noche, todos perdieron un primo, un hermano, un amigo, o conocíamos a alguien que había perdido a un primo, a un hermano o a un amigo. Esta proximidad, este hecho de estar todos tan cercanos a la desgracia hizo que por primera vez sintiéramos miedo, un miedo de verdad, un miedo patente y descabellado. Para 1992 los autos cargados de anfo no eran una novedad, pero es cierto que hasta entonces los adiestramientos de emergencia, como lanzarnos cuerpo a tierra con la boca abierta, o la tarea de hacer una equis en las ventanas con cinta de embalaje, nos habían parecido actividades cotidianas, como sacar a pasear al perro, ordenar la habitación o ayudar con los mandados. La muerte era algo que pasaba en la otra vereda, nunca en la nuestra.

Marcello Mastroianni cuenta en su biografía que se sorprendía cuando todos lamentaban lo duro que debió pasarlo en los años de entre guerra y la segunda guerra, con bombardeos, refugios, escasez de alimentos, olor a pólvora y mutilados. Mastroianni explica que nunca sintió miedo, que había nacido y crecido en medio de esas circunstancias y que como niño todo aquello le resultaba natural, parte concomitante del paisaje alrededor. Mastroianni creció sin miedo porque no había conocido otra versión del mundo y de las cosas. A nosotros nos pasó a la inversa, la versión del mundo que teníamos de pronto se convirtió en un castillo de naipes, de pronto pisábamos sobre galletas, todo parecía un azar frágil.

En medio de esa consternación ingresó a dar su lección la profesora Rosa Dini. Era una mujer robusta, de genio portentoso y facha de abuela a la que provoca abrazar antes que reprochar por jalarnos una oreja o lanzarnos un zapatazo. Recuerdo que hizo no sé qué pregunta y obtuvo por respuesta el silencio de la treintena de ojos melancólicos y abúlicos que la mirábamos desde las carpetas. Entonces cerró su libro, sacó un frasco de mermelada que siempre llevaba en el bolso, porque tenía bajones de azúcar, y mientras cuchareaba paseó su mirada por cada uno de nosotros. Sin mediar introducción nos contó de cierta vez que junto a su madre debió atravesar el fuego cruzado de aliados y nazis para alcanzar un terraplén seguro. Confesó que la idea la tenía paralizada, pero que su madre le dio una cachetada y le espetó: "Nunca olvides que una vez fuimos dueños del mundo. Los alemanes y los americanos no pueden hacernos nada". Inmediatamente sintió que tiraron de su brazo y lo demás fue solo correr. Durante el trayecto no escuchó el sonido de las balas, sino la oración que su madre siempre recitaba para San Francisco. Cuando llegaron del otro lado, sanas y salvas, se sintió invadida de una gloria y una satisfacción hasta ese momento desconocidas. Ser hijas de Roma les había valido la vida. Después de esto, la Dini guardó el frasco de mermelada, se colgó el bolso y dijo arrivederci, hasta la próxima semana. Había sido su forma de decir "No tengan miedo".

Ignoro si la anécdota es cierta o si la inventó para nosotros ese día, a esta altura del partido es lo que menos importa; algunos le dirán chovinismo, pero me gusta pensar que fue la mejor propaganda moral que recibí alguna vez. Nos infundió no solo seguridad, sino que logró, de a pocos y después del susto, que volviéramos a sonreír y sentirnos orgullosos.

Estuve en Roma a inicios de año, todavía no había llegado la ola de frío, pero había huelga de taxis, se había hundido el Costa Concordia en las aguas de Toscana y el gobierno de Monti aplicaba reformas económicas poco gratas. Digamos, en resumen, que la escena no era de lo mejor, pero el escenario era espléndido. Cuando miré por última vez las ruinas del foro y el Coliseo para meterme en el metro y marchar al aeropuerto, recordé a la Dini y su historia y entendí que todo iba a estar bien. No le faltaba razón, señora Dini: una vez fuimos dueños del mundo y ya van tres como campeones en el fútbol.

viernes, enero 27

El piano infinito

Le llamaron Danny Boodmann T.D. Lemon, pero todos le decían 1900 porque el primer día de ese año lo encontraron, dentro de una caja de limones, en el salón más distinguido de la primera clase de un barco trasatlántico. Sus padres habían llegado a Nueva York persiguiendo una nueva vida, pero una vida sin él, porque prefirieron abandonarlo antes que convertirlo en un pionero.
Danny creció al amparo de los obreros de las calderas, en los fondos del buque. Una madrugada, a la edad de cuatro años, se coló en el salón principal  y descubrió lo que era un piano. Ese coloso de madera que sus brazos no podían abarcar se encargó de completarlo, le dio una identidad, un modo de expresión y relación con los otros, a los que hablaba y describía con distintas melodías. Sin buscarlo, se convirtió en una leyenda ingrávida y fantástica, era capaz de improvisar genialidades ante el estímulo correcto: el mejor pianista del mundo vivía en un barco y jamás había pisado tierra firme.
Su historia llegó a oídos de Jelly Roll Morton, acaso el más famoso intérprete de la época, no solo por su destreza con las manos, sino porque su ego lo hacía ver como un campeón de boxeo siempre dispuesto a defender su corona. Morton se embarcó para desafiarlo y la batalla acabó decidiéndose por virtuosismo. Esa noche Danny tocó como un animal, a tal punto que logró encender un cigarrillo simplemente acercándolo a las cuerdas del piano después de abrumar a todos con una improvisación excelsa.
La gloria lo reclamaba en tierra firme, mucha gente subía al barco y viajaba sólo para grabarlo y ofrecerle contratos, pero salvo la ilusión de una muchacha a la que conoció en cubierta y que luego vio perderse por el muelle, allá afuera nada le interesaba. ¿Para qué descender? ¿Qué podía hacer consigo mismo allá abajo? Las ciudades modernas lo aterraban. Ni siquiera el mar había obrado esos efectos, pero con Nueva York no podía, le resultaba interminable, era un espacio sin límites, un despliegue inmanejable.
El teclado de su piano, igual que su barco, tenían un principio y un fin, pero la ciudad no. ¿Cómo elegir una sola calle, un solo camino, una sola mujer, una vida sin partidas ni llegadas? Tierra firme era un barco demasiado grande para andar a la deriva y nunca se bajó.
Danny sabía de melodías, pero nunca supo de pianos infinitos.

The legend of 1900. Dir: Giuseppe Tornatore. 1998.