Tiene un encanto especial tirarse en el sofá a dejar pasar las horas mientras seguimos por televisión algún clásico del cine en blanco y negro. No sé si es la tarde, o el domingo, o el domingo por la tarde, pero uno puede de pronto verse invadido de fantasmas, transportado a tiempos idos, mitológicos, a ciertas versiones de futuro que delataban la precariedad de su utilería pero la solidez de sus dramas. A veces es como meterse dentro de un afiche, caminar por entre las luces de una maquesina para acomodarse al lado de Gary Cooper, Katherine Hepburn, Montgomery Clift, Bette Davis, Jimmy Stuart, Marlene Dietrich, Steve McQueen, y sentirse del otro lado del mundo, en otra orilla, a salvo de la vida, con los pies balanceándose en el vacío mientras le lanzamos piedritas al puto mundo real.
Siempre me han gustado las películas que los viejos llamaban "de romanos" y que en la Universidad Chacho, Ricardo y Emilio llamaban, siguiendo a los críticos franceses, péplum. Confesión de parte: esta vocación por el género tiene que ver con mi afición a la épica, pero sobre todo con mi devoción por sus personajes femeninos, desde Ruth hasta Esther, pasando por Dalila, y desde Clitemnestra hasta Semiramis. En la escuela italiana donde me educaron, no nos importó ver caer al Imperio Romano con Sofía Loren a la cabeza. Tenían la buena costumbre de pasarnos películas aprovechando el viejo proyector del Auditorio Raimondi y allí, entre butacas con olor a madera seca y telas guardadas, nos picó el mosquito de la primera fiebre sexual, aquella que nos hacía dormir vencidos por la imagen de mujeres tentadoras como la Lollobrigida, Barbara Brylska, Sylva Koscina, Laura Antonelli y Rossana Podestà en su papel de Helena de Troya. Ellas fueron las maestras de nuestra educación sentimental, creo que todos pasamos la materia con honores y lo mejor de todo es nunca nos tomaron un examen.
Todos estos seres en blanco y negro fueron maravillosos pretextos para soñar y dejar ir la imaginación más allá de donde nuestros padres nos daban permiso. Volver a ese mundo en escala de grises es como obrar una resurrección masiva. Y eso está muy bien, porque hubiéramos querido que no se murieran, que no se acabaran, que no se fueran, que no los hubiéramos olvidado. La más grande de todas, Casablanca, nos repite que Bogart ya no está, y nos gusta pensar que está peleando contra los fascistas en alguna parte de Europa. Tampoco Peter Lorre, al que pensamos auxiliando a la libertad para que no se asfixie, ni Ingrid Bergman, que nuestro empático corazón pro Rick la condena a vagar por el mundo buscando el París que dejó ir. Tampoco está Dooley Wilson ni las viejas canciones, porque el tiempo pasa y un beso es un beso, un suspiro es sólo un suspiro y las cosas fundamentales suceden mientras el tiempo pasa.
Todos estos sueños parecen muertos en el mundo real, pero por suerte tienen otra vida... en blanco y negro.
La variante con el "lagarto" y "spock" es obra de Sheldon Cooper, el mejor personaje de la serie
Entonces, ¿qué sucedería si nunca pasara nada? La respuesta que daría Parménides o los viejos que han vivido lo suficiente, es que en realidad nunca pasa nada porque nada podría pasar de otro modo. No tiene nada que ver el predeterminismo, ni el horóscopo, ni el destino. Simplemente es así. Lo que pasa hoy no tiene la pretensión ni la intención de hacernos felices o desdichados; las cosas, los hombres, los países, los políticos, la economía, los intereses, las luchas, la vida y la muerte sencillamente son.

